Tierra Adentro

Ilustración por Valeria Álvarez.

What lives that does not live
from the death of someone else?

L. Compton, Nekromantik

 

Me gustarían mucho sus ojos en blanco, sus labios mudos,
su sexo glacial, ojalá estuviera usted muerto.
Por desgracia, tiene el mal gusto de estar vivo.

Gabrielle Wittkop, El necrófilo

 

 

No deja de sorprenderme cómo, a través de un pequeñísimo orificio, se pueden filtrar fragmentos de la vida o la muerte privada de quién sabe qué latitudes del mundo hasta ésta.

Por eso una cinta negra cubre la webcam de mi laptop, para evitar ser observada. Me aterra la sola idea de que alguien se cuele de la misma forma en mi intimidad, que invadan mi espacio con voracidad y morbo, ¡yo soy entrometida por una cuestión científica!

Desde que trabajo en casa, empecé a dedicar un par de horas a la semana a visitar la misma página en internet. Lo hacía por periodos restringidos porque era consciente de que no podía destinar a ese hobby un porcentaje tan alto de mi dinero y tiempo, hasta que encontré un sitio que ofrecía descuentos para acceder sin restricciones a cambio de una cantidad fija mensual.

Al final decidí comprar BlackShades, el creepware que se hizo famoso cuando se descubrió el caso de Cassidy Wolf, esa modelo adolescente a la que uno de sus compañeros de la facultad espió desde su webcam durante un año entero. Pero no tardó en volverse monótono. Ver tener sexo a las mismas parejas o la vida ordinaria de personas solitarias, tener conversaciones por Skype o masturbarse con pornografía llega a ser muy rutinario, así que probé con otro software espía.

Ilustración por Valeria Álvarez

Ilustración por Valeria Álvarez

Contacté a un cracker experto en el asunto. Cuando le dije que me interesaba ver dormir a la gente, me habló sobre el canal Sleeping Squad, pero las personas eran conscientes de que eran observadas, y eso mató mi curiosidad. Entonces me recomendó el Pandora RAT. Aunque no tiene la opción de ruleta del Chatspin, esa aplicación de videochat en la que puedes elegir entre un sinfín de cámaras, era suficiente un segundo para saber si la persona dormía o no.

Por lo general, tardo menos de una hora en localizar el objetivo perfecto: bultos inertes. Apago las bocinas porque lo único que necesito es la imagen, la representación visual excluida, ajena a cualquier otro tipo de contaminación sensitiva, lo que lo convierte en una especie de cine mudo a color.

No me interesa nada ni nadie en especial salvo la quietud de la muerte o su imitación: la inconsciencia, el sueño. Mi objetivo es contemplativo.

En ocasiones siento que estoy ahí, frente a ellos. Incluso me parece sentir su respiración y una breve ráfaga de viento cálido me eriza los vellos de los brazos. Cuando los durmientes despiertan, se pierde el encanto, y regreso a navegar el universo interminable de información disponible a un click de distancia. Así, divagando por la red, siguiendo uno y otro enlace, di con la página de un hombre especializado en las artes adivinatorias y el futuro. En su último video hablaba de la casi imperceptible mancha áurea que aparece sobre la frente de una persona días antes de su muerte, misma que únicamente puede ser captada por cámaras fotográficas o de video.

Esa tarde encontré a un anciano con aquella señal. La coincidencia fue impresionante. A pesar de que el viejo no estaba durmiendo, me cautivó en los segundos que lo vi avanzar, recostarse y cerrar los párpados con placidez. Con él descubrí que la belleza de un cuerpo no radica en la gracia del reposo, en su salud o juventud, sino también en la parsimonia de sus movimientos, en la calma de la existencia y su proximidad con la muerte. Se recostó en el sofá antes del anochecer, y tenía un sueño tan profundo que aunque su brazo izquierdo cayó y su mano golpeó el suelo, él no despertó.

Por una ventana amplia pude divisar algunas palmeras y un cielo despejado. El día claro, el viento, sus bermudas y las sandalias me hicieron imaginar un océano detrás de la casa.

Me fui a dormir y regresé durante la madrugada, poco antes de empezar a trabajar. Revisé la pestaña que mostraba al anciano y noté que, tras nueve horas de un sueño profundo, empezó a desperezarse, era momento de despedirme. Como fue el durmiente más comprometido que encontré durante varios días, cuando apareció de nuevo en mi pantalla registré su IP y, en adelante, iba directo a observarlo en el momento preciso. El hábito que tenía de ver televisión antes de dormir, siempre a la misma hora, se convirtió en mi ritual. La luz clara que inundaba la habitación me otorgaba nítidos detalles de mi durmiente que no podía conseguir con las exiguas luces de las habitaciones de la mayoría.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Pasaron algunas semanas y el único cambio que noté fue que él despertaba cada vez más tarde. Llegué a registrar hasta quince horas de sueño continuo, así que no me preocupé cuando lo descubrí al mediodía en la misma posición que tomó la tarde anterior. Para mi buena suerte era verano, y el viejo estaba en calzoncillos. Digo para mi buena suerte porque él ya tenía algunas horas muerto, y que nada lo cubriera era perfecto para apreciar su putrefacción.

Era un muerto reciente cuyo destino tendría un único testigo. Faces of death, videos y fotografías de las body farms gringas me habían instruido sobre los procesos de descomposición del cuerpo humano. Quería atestiguar desde el principio cada fase por las que pasaba un cadáver, ver los cambios cromáticos de la carne putrefacta de un occiso y su transformación física sin tener que experimentar una oleada de olores penetrantes y vomitivos. Quería atestiguar cómo cientos, miles de bocas diminutas de gusanos que parecen granos de arroz hervido, mordían casi con ternura la podredumbre para reintegrarla al interminable ciclo vital.

Incluso pude experimentar el tacto de hierro, el frío invisible que ya expelía aquel cuerpo pálido de dermis apergaminada y rígida. Unas horas después, desde la pelvis hasta los tobillos, aprecié tenues manchas violáceas. Sus extremidades iban ganando rigidez, lo podía notar al comparar las capturas de pantalla del cuerpo flácido que inició el sueño con la plancha que era ahora.

Aunque la resolución de la cámara no era la mejor, pude identificar, con ayuda de todo el zoom posible, la dureza en sus maxilares. Un par de movimientos veloces de los párpados y la curvatura en las articulaciones de los dedos de las manos me hicieron dudar por un momento sobre su estado, pero me tranquilicé al recordar que los gases producidos por la descomposición hacen que algunos cadáveres realicen movimientos espontáneos.

Debido a la alta temperatura, su rigor mortis desapareció pronto, poco después de las cuarenta y ocho horas. En su cuerpo continuó el proceso de aniquilación usual: los órganos principales del tórax y del abdomen se inflaron por los gases desatados debido a los cambios químicos internos. La actividad de la bioquímica es maravillosa e irrefrenable.

Durante los siguientes días, los tejidos se tornaron lentamente en pastas de colores verdosos y fétidos. Los fluidos almacenados comenzaron a congestionar aquel cuerpo que pronto parecería un globo repleto de helio. Los parásitos necrófagos empezaron a llegar a través de la ventana abierta.

A los cinco días, ya era manifiesta la putrefacción en los tonos aceitunados en su abdomen hinchado, y en su rostro, a pesar de estar de perfil, el cambio era notorio: la piel se tornó negruzca y mechas de cabellos grises yacían en la almohada amarillenta. De sus labios abultados comenzó a escurrir un hilo de sangre negra, su globo ocular derecho, el único dentro del encuadre, parecía una válvula de escape que luchaba por salir disparada para poder liberar todos los efluvios de aquel caldo de bacterias. Por su oído derecho y sus fosas nasales borboteaba una acuosidad amarillenta. El cuerpo esférico corrupto y su espectáculo eran fascinantes.

Me intrigaba que alguno de sus familiares o vecinos no hubiera notado su muerte aún. Si el anciano no vivía en un lugar aislado, entonces a los demás les importaba un carajo que llevara días sin salir de su hogar, y seguramente disfrazaban la pestilencia con un tufo químico y dulzón, asegurando que el hedor venía de una alcantarilla atascada o del vertedero cercano. El sitio debía oler a los mil demonios.

Las larvas que dejaron los insectos lo empezaron a consumir con presteza, como si fuera una carrera contra el tiempo, de celeridad. Mis ojos imitaban esas múltiples mandíbulas que masticaban cada detalle, nos alimentábamos de la podredumbre ajena con rapidez, con temor a que se llevaran nuestro manjar.

Yo, que siempre visto de colores opacos, compré vestidos y sandalias que hicieran juego con las ropas según los tonos del cadáver: morado asfixia, verde enfermedad y amarillo pálido. El primero, parecido a una quemadura de tercer grado; el segundo, como una vesícula enferma, llena de piedras; y el último, muy parecido al color de los sesos hervidos. También solía comprar flores que combinaba con sus matices: de los tonos fríos a los cálidos, y al final, el negro lóbrego.

A los diez días, el Servicio Forense apareció. Lamenté no lograr ver la marioneta perfecta y nívea en la que se convertiría, soporte vano y libre de cualquier revestimiento. Cuando retiraron el cadáver del sillón, sólo quedó una mancha oscura que daba cuenta del proceso, anhelado Sudario de Turín.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Ilustración por Valeria Álvarez.

Sé que en algún momento terminaré como aquel viejo, y tener esto presente, cercano, hará que la transición sea llevadera. La muerte aterroriza porque es una incógnita. Porque representa la oscuridad, lo desconocido. Y hay cierta probabilidad de revelar ese misterio a través de su contemplación.

Necesito establecer un vínculo con la muerte que vaya más allá de la devoción, estar cerca de ella tras el pequeño muro protector de mi pantalla hasta que me atreva a hacerlo en persona. Analizar los cambios del cuerpo, la transformación de los elementos. Registrar y catalogar decesos fortuitos. Crear mi propia granja de cadáveres.

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