Tierra Adentro

Ilustración realizada por Mariana Martínez

I. Introducción

En el discurso científico, no importa si se trata de libros de texto, divulgación o saberes expertos, no se titubea en referirse a los descubrimientos sin mayor reparo en la metáfora que esto conforma. Lejos de resultar una inocente forma de hablar, el discurso del descubrimiento encubre una conceptualización errónea de la actividad científica. El modo de conocimiento que ocupa la ciencia no es el de la revelación, propio de la teología, sino el de la representación, la intervención y la simulación. La ciencia no descubre, la ciencia conceptualiza fenómenos técnicamente constituidos.

 

II. Usos de las metáforas y metáforas que usan

La noción de descubrimiento exige dos instancias: el ser y su apariencia; el mundo y su velo; lo secreto y lo expuesto. La ignorancia oculta, el conocimiento desnuda. Esta asociación es tan primaria que incluso podría anteceder las eras patriarcales de dioses abstractos donde el hombre penetra en los misterios de la naturaleza. Podemos suponer que, en los albores de las instancias matrísticas, tiempos de diosas madres, la metáfora dar a luz ya identificaba tanto el nacimiento de las ideas como de quien las piensa.

Pero la revelación no fue ni será la única narrativa de la que disponemos. La exploración, por ejemplo, pide otra lengua, una donde el mundo se extiende continuamente sin mayores divisiones que el que las tierras sean conocidas o ignotas. Quien explora recorre y registra, mas no descubre; encuentra e inspecciona, mas no revela.

El yerro de situar el conocimiento científico bajo el modo de la revelación es grave en tanto que ofrece una imagen desvirtuada de la actividad científica y obstaculiza el entendimiento de los propios hallazgos científicos. No importa el “descubrimiento científico” que analicemos –la insulina, las ondas gravitacionales, la plástica estructura molecular del carbono, las paredes celulares de quitina de los hongos–, en ningún caso el objeto de la ciencia se esconde tras velo alguno. Todo lo contrario, la historia de la ciencia muestra como recurrente el drama del objeto ubicuo que, no obstante, pasa inadvertido. La ciencia construye, fabrica, amplifica, tamiza, clasifica, selecciona, aísla, purifica, compone, genera e inventa. La ciencia aprende a detectar y nombrar, pero no descubre.

¿Por qué, entonces, se hizo cómoda dentro de la ciencia una forma de hablar que le resulta tan ajena? Durante el proceso de secularización, la incipiente ciencia moderna debía legitimarse, debía mostrar que era una fuente de conocimiento tan confiable como sus contrincantes. No era un reto sencillo destronar en su propio juego a las instancias teológicas de las cuales aún no se terminaba de desembarazar. Como la ciencia no podía rivalizar con las verdades reveladas, siguió una estrategia diferente, hizo de sus hallazgos nuevas y distintas revelaciones: los descubrimientos. Funcionó: no contaba con epifanías pero tenía eurekas; los cansados peregrinos del templo del hierofante podían hacer una parada en el taller del inventor o en el estudio del erudito. El problema llegó cuando, una vez afianzados, los defensores de la ciencia olvidaron que la noción de descubrimiento no era más que una metáfora estratégica. Habían abusado de la palabra al punto que su origen les resultaba irreconocible. Por supuesto, la metáfora no tuvo la culpa. Lejos de resultar indeseables, las metáforas son no solo útiles, sino también necesarias: son imágenes movilizadoras. El error fue que los artífices se dejaron caer bajo el encanto de sus propios artificios. Y tal sigue siendo el caso cuando hablamos de descubrimientos científicos, en lugar de usar el discurso, nos dejamos usar por él.

 

III. De la Naturaleza Artificial a la Naturaleza Natural

Ahora bien, si la glosa del descubrimiento alcanzó una estabilidad tan notable dentro de la ciencia fue porque sus filosofías e historiografías así se lo permitieron. En especial, la noción de revelación es cara para la filosofía de corte realista. “Cazar las causas ocultas”, “adentrarse en los mecanismos”, son maneras favoritas de hablar para el realista. Pero este no es un problema del estatus de los objetos teóricos o de ismos. Cualquier filosofía de la ciencia que en verdad se quiera manumitir de los modos de producción de conocimiento ajenos al científico debe estallar una rebelión contra la revelación, lo contrario es traición o negligencia.

Encontramos en el giro hacia la práctica de la epistemología una forma de insurgencia y en Bachelard a uno de sus caudillos. Bachelard insistió en que “nada está dado” (1938, p. 14) porque buscaba señalar que la mente científica necesita ser formada (psicoanálisis), el objeto científico tiene que ser creado (fenomenotecnia) y ambos necesitan ser mutuamente purificados en un proceso histórico (ortopsiquismo).  En otras palabras, la ciencia más que describir los fenómenos los produce y es, por tanto, “la metatécnica de una naturaleza artificial” (1931, 24).

Muy a menudo “artificial” se utiliza en su dimensión peyorativa, con Bachelard se tiene todo lo contrario. En tanto constructiva, la ciencia es un dominio asaz artificial, y está bien que lo sea, sólo una naturaleza artificial podría explicar la naturaleza natural (1932, 50). Entonces, entendiendo fenómeno bajo su acepción científica (como un proceso observable y repetible) y noúmeno como la convergencia de nociones, Bachelard fue capaz de resumir exitosamente la actividad científica, lejos del dañoso discurso del descubrimiento, como la preparación nouménica de fenómenos técnicamente constituidos (Bachelard 1949, 103).

La artificialidad de la ciencia podrá parecer obvia en algunos ejemplos (láseres, etc.), pero forzada en otros (avistamiento de aves, etc.). Las dudas se disipan cuando hacemos un recuento detallado de cualquier actividad científica. En la imagen del descubrimiento, el objeto desconocido brilla tras la remoción de su cubierta. En el proceso de purificación científica, el objeto conocido orquesta una constelación cada vez más grande y exótica de otros objetos. En lugar de recorrer linealmente el velo, la ciencia hace justamente lo opuesto: viste y reviste de técnica y conceptos sus objetos. Veámoslo en un ejemplo.

 

IV. Azúcar, Perros y Extractos

Para comprender la historia de la diabetes –hoy en día uno de los principales problemas de salud a nivel global–, es fundamental tomar en cuenta que se trata de un padecimiento sumamente complejo: se expresa sistémicamente. Las primeras descripciones se remontan al Egipto antiguo. Siglos después, los griegos le llamaron diabétes, que a su vez deriva del verbo diabaíno ‘caminar, pasar’, refiriéndose al paso ininterrumpido del agua por el cuerpo, pues el primer síntoma descrito fue la poliuria (exceso de orina). A su vez, en el siglo II, Galeno describió la diabetes enfatizando la poliuria y la polidipsia (sed). La asociación entre el azúcar y la diabetes apareció por primera vez en los Vedas por los médicos indios Susruta y Chákara en los siglos V y VI. La orina de los enfermos se describía, tal y como lo hicieron chinos, japoneses y árabes, dulce como la miel, pegajosa al tacto y atrayente para las hormigas. Esta enfermedad fue nombrada madhumeha o enfermedad de la orina dulce. Además se reconocían dos formas de la enfermedad, una que afectaba a las personas mayores y obesas, y otra a niños y jóvenes delgados que fallecían rápidamente. Las descripciones indias fueron reproducidas y validadas en el Canon de Medicina de Ibn Sena, incluyendo a las hormigas y los perros, que en este caso no eran sujetos experimentales, sino adictos al azúcar de la orina de los enfermos. La dulzura de la orina se asemejaba a la de la miel. Este rasgo fue integrado al nombre de la enfermedad por Thomas Willis en 1675 cuando agregó la palabra mellitus.

Las distintas formas de nombrar dan cuenta de la diversidad de aspectos de los fenómenos que quisieran explicar. Pero incluso las descripciones cuidadosas no escapan por sí mismas a su condición anecdótica. En la rectificación de sus ideas, la representación científica goza de una diferencia, está condicionada por las herramientas materiales y conceptuales disponibles con las que los fenómenos son intervenidos o simulados en los procesos experimentales.

En 1921 dos médicos canadienses, Frederick Banting y Charles Best (con ayuda de los químicos James Collip y John Macleod), lograron aislar la hormona insulina gracias al proceso de purificación de extractos de páncreas de ovejas. Leonard Thompson fue el primer paciente de diabetes en recibir insulina como tratamiento para la diabetes y su condición mejoró. El nombre “insulina” fue retomado del trabajo de Edward Sharpay–Shafer, quien en 1910 presentó la hipótesis de que la diabetes se producía por la deficiencia de algún producto químico elaborado en el páncreas. Esta sustancia fue llamada insulina, del latín insula, en referencia a los islotes pancreáticos descritos en 1869 por Langerhans; cúmulos de células que secretan dicha hormona. El así llamado “descubrimiento” de la insulina derivó en la generación de tratamientos efectivos para los diabéticos. Publicaron su estudio en 1922 bajo el título The internal secretion of the pancreas en The Journal of Laboratory and Clinical Medicine y un año después ambos médicos recibieron el Premio Nobel de Medicina, mismo que fue compartido con Collip y Macleod.1

Sin embargo, una serie de médicos y científicos se manifestaron en contra, pues cada uno de ellos había brindado diferentes aportes a la investigación sobre el páncreas y la diabetes, mismos que parecían haber sido pasados por alto:

George L. Zuelzer, médico alemán que trabajó con extractos de páncreas y realizó pruebas en pacientes diabéticos con éxito parcial desde 1906, aunque con la presencia de efectos adversos derivados de las impurezas de la sustancia. En 1911 patentó su extracto bajo el nombre de “acomatol”.

Ernest Lyman Scott que en 1912, durante sus estudios de maestría, experimentó con perros a los que les extraía el páncreas y observó la forma en la que sus niveles de azúcar en la sangre se elevaban. En su tesis pretendía aislar el “principio activo” para usos terapéuticos. Su trabajo fue citado por Banting y Best, pero el premio no fue compartido.

Nicolae Paulescu, médico rumano que también trabajó los extractos pancreáticos y sus efectos anti-diabéticos. Paulescu describió su uso en perros y posteriormente logró aislar una sustancia que llamó “pancreína”. Su trabajo fue publicado en 1922. Al año siguiente, escribió una carta para la Real Academia de las Ciencias de Suecia buscando ser reconocido como “descubridor”, misma que fue ignorada. Paulescu fue antisemita y participó en el holocausto rumano, razones por las que quizás las academias occidentales prefirieron negar su figura en la investigación en torno a la insulina.

La relación entre el páncreas y la diabetes, que fue el punto de partida para los científicos ya mencionados, es un hilo largo cuya trayectoria nos obliga a reconocer los trabajos en torno a la pancreatectomía en los perros, realizadas por Josef von Mering y Oskar Minkowski en 1889. En el plano experimental, observaron que la extirpación del páncreas generaba una diabetes fatal, de tal forma que se estableció la primera pista de que el páncreas jugaba un rol causal en la regulación de la glucosa en la sangre. Sin embargo, esto no habría sido posible sin los registros de Thomas Cawley, quien en 1788 observó daños en el páncreas en las necropsias a pacientes diabéticos fallecidos.

Ante este episodio de la historia de las ciencias médicas, etiquetar el trabajo de ciertos científicos y sus comunidades e instituciones como “descubrimientos” puede distraernos del carácter procesual e histórico de la investigación científica. Las rupturas y continuidades que se expresan en los resultados –siempre provisionales– de la ciencia son parte de entramados que abarcan distintas coordenadas espaciales y temporales: la ciencia siempre está situada.

El caso de la insulina es ampliamente representativo, las investigaciones científicas recorren caminos que se ramifican, existen paralelismos y a veces bucles. Que varios científicos trabajen sobre el mismo tema con independencia entre sí, es evidencia del pluralismo metodológico; la existencia de múltiples formas de enfrentarse y reaccionar a un fenómeno. El diálogo entre los científicos y sus distintas formas de practicar la ciencia teje una red epistémica, más o menos robusta, donde los nodos son aportes en relación constante con los nuevos resultados. Los investigadores como Paulescu, Scott y Zeulzer trabajaron en torno a los tejidos pancreáticos y sospecharon la existencia de un “principio activo” que en estado puro pudiese ser una herramienta terapéutica. Que llegaran a resultados contradictorios o abandonaran sus líneas de investigación demuestra que, contrario a la narrativa victoriosa del descubrimiento, el camino de la ciencia no es lineal y ascendente.

 

V. Conclusión

“Ciertamente los dioses no revelaron todas las cosas desde el principio a los hombres, sino que, mediante la investigación, llegan éstos con el tiempo a descubrir mejor” (Jenófanes en Kirk, 1983, 208). La afirmación de que la investigación descubre lo que los dioses encubren terminó por fraguar la ilusión de que la revelación era la forma del conocimiento válido. A golpe de martillo, hoy debemos terminar de romper semejante losa conceptual, lastre del proceso de secularización. No hay velos que cubren al mundo ni separan al conocimiento de la ignorancia. La realidad está expuesta y aún así no resulta del todo inteligible. La ignorancia no sólo no cede ante el conocimiento, cuanto mayor es el área de lo conocido, mayor es el perímetro de lo no-conocido. Debemos aceptar la perplejidad de que incluso a plena vista, lo visible es invisible si no se ha aprendido a verlo.

“¿La ciencia descubre o inventa?” Tanta tinta gastada en un dilema cuya primera alternativa ni siquiera existe. Descubrimiento científico es demasía; solo una mirada crítica y atenta a las prácticas científicas dejará al descubierto todos sus equívocos. La producción científica se da bajo los modos de representación, intervención y simulación, dominios lejanos a la verdad revelada ya sea por gracia divina o esfuerzo propio. El trabajo científico se realiza en laboratorios, no en oratorios. Que los teólogos imploren, los científicos exploran. La rebelión contra la revelación es ahora.

 

Referencias:

Bachelard, Gaston,

(1931) 1970 – Etudes. Paris: Vrin..

1932, Le pluralisme cohérent de la chimie moderne, Paris: Vrin.

(1938) 1969. La formation de l’esprit scientifique, Paris: Vrin, 6th edition.

(1949) 1998. Le rationalisme appliqué, Paris: Presses Universitaires de France, 3rd edition, Quadrige/PUF.

Kirk, G. S., J. E. Raven, M. Schofield, en Los Filósofos Presocráticos. Ed. Gredos. España. 1983.

Murray I. “The search for insulin”, en Scottish Medical Journal, 1969;14: 286—95

  1. Esta narración es común a todos los discursos en torno al tema de la historia de la diabetes y los tratamientos. De hecho, no existe artículo alguno que narre la historia de la insulina y no incluya el término “descubrimiento”.
Secretaría de Cultura