Tierra Adentro

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¿Quién no ha jugado a encontrar formas definidas en las nubes de un cielo primaveral? ¿Quién no ha creído ver patrones nítidos al atravesar un patio lleno de azulejos o al pasar a prisa por una hilera de baldosas?  La paraidolia es una reacción psicológica que nos lleva a creer que vemos claramente una figura cuando se trata, en realidad, de elementos dispuestos de manera casual e involuntaria. Definir la línea que separa la especulación de la información parece una tarea sencilla, pero no lo es. Tomemos como ejemplo las constelaciones. Muchos creen que son sólo cuerpos celestes al alcance de nuestra vista, si bien se pueden tomar como referencias geográficas para localizar los puntos cardinales y recobrar el rumbo. Para otros, en cambio, las constelaciones trazan formas definidas en el firmamento: escorpiones, doncellas y seres de antiguas mitologías, símbolos arcanos con una influencia directa sobre la vida cotidiana y el destino de la especie humana. En este punto valdría la pena preguntarse si es posible sostener con sincera contundencia alguna de estas dos posturas, ¿acaso este dilema no se reduce a un asunto de creencia e intuición, a un conocimiento que rebasa la razón? Algo similar ocurre con ciertas teorías conspirativas cuando no abusan del sentido común y la lógica. Sin embargo, el conspiracionismo incita serios problemas en el marco de incertidumbre de la pandemia y sobre todo en una época en que los rumores, las mentiras y la falsa información se difunden en cuestión de minutos a través de sitios web y redes sociales. 

 

El discreto encanto del conspiracionismo 

¿Bill Gates elaboró el Covid-19 en sus laboratorios para vender vacunas con implantes de GPS y someter la población a un control total? ¿Los atentados del 9/11 fueron planeados por el gobierno de Bush para tener un pretexto de invadir Medio Oriente? Las teorías conspirativas suelen tener un lado fascinante. Nos insertan en un emocionante relato donde convergen los complots maquiavélicos, las profecías apocalípticas y mejor aún: los oyentes juegan un papel central en la historia con el simple hecho de conocerla, de alguna forma parecen ser los únicos capaces de detener la catástrofe inminente.  

Esto no niega la veracidad de algunas teorías conspirativas como el Watergate –el presidente Nixon tuvo que renunciar porque espiaba ilegalmente a sus opositores, y seguramente no ha sido el único– o “la conspiración de la bombilla de luz” –en 1924 diferentes productores de bombillas, entre ellos Osram y General Electric, acordaron limitar la duración de los focos de luz a menos de 1000 horas para forzar el consumo1 

Es innegable que la codicia, la ambición desmedida y otras enfermedades del poder llevan a los seres humanos a orquestar terribles golpes contra sus pares. De hecho, muchas sociedades secretas como el Kuklux Clan se han gestado con este propósito exclusivo. Pero la existencia real de algunas teorías conspirativas no es su único fundamento. También las situaciones de crisis (económicas, políticas, ecológicas) activan una disposición psicológica hacia la desconfianza que fácilmente puede disparar un criticismo desmedido. ¿Cómo reconocer una teoría conspirativa? En The psycology of conspiracy theories (2017) Jan-Willem Van Prooijen sostiene que tienen cinco características básicas e irremplazables:  

  1. Patrones: establece conexiones causales entre dos o más hechos sin relación aparente. Por ejemplo, a) Bill Gates patrocina investigaciones científicas sobre las gripas viales. b) El Covid-19, una gripa vial, se esparce por el mundo.  
  2. Voluntad: La maquinación de un plan con una clara intención.  
  3. Coaliciones: Un grupo (no necesariamente humano) se organiza entorno a una misión. 
  4. Hostilidad: La conspiración tiene un efecto negativo sobre la humanidad. 
  5. Continuo secreto: Una serie de impedimentos mantienen el plan en la clandestinidad. 

 Esta tipología habla mucho de cómo nuestra psique se relaciona con lo desconocido y a veces decidimos aceptar tal o cual creencia con una inocencia relativa.  

 

¿Por qué creemos en las teorías conspirativas? 

El conocimiento tiene un componente inevitable de buena fe. No se puede tener un doctorado en todas las áreas del saber. Aunque se pudiera, sería necesario creer en la veracidad de los documentos y los libros, en las enseñanzas de los maestros y el legado de pensadores, científicos y demás figuras de autoridad. Incluso las estadísticas tienen un margen de error, zonas de indeterminación. En resumen, las certezas son parciales. Por eso mismo todos creemos por lo menos en un par de conspiraciones.  

¿Cómo estar 100% seguros de que los astronautas norteamericanos y soviéticos pisaron la luna en la década de los sesenta?, ¿cómo verificar que fue William Shakespeare quien escribió sus obras y no su mayordomo, a quien previamente había cortado la lengua y encerrado en un calabozo para sacar provecho de su talento literario?, ¿cómo saber si la muerte de John F. Kennedy fue consecuencia de un plan urdido por un misterioso grupo de hombres poderosos? Todas estas son preguntas difíciles de responder a menos que el interlocutor posea recursos extraordinarios para sustentar las teorías que puedan llegar a surgir de cada pregunta. Por eso la cultura responde a un acto de confianza en fuentes y medios. Es un poco como el mecanismo de voto por procuración en la democracia participativaCuando uno no puede ir personalmente a votar pero desea hacerlo, puede otorgarle un “poder” a un tercero por medio del cual autoriza a votar en representación de uno. De cierta manera así funciona el conocimiento. Uno ejerce un acto de buena fe y deposita “un voto de confianza” en otros. De por sí confiar cuesta trabajo por ltiples razones (gobiernos corruptos, policía autoritaria, inseguridad, egoísmo, etc.)pero en tiempos de crisis aumenta el recelo, se añade un fuerte componente de miedo– después de las recesiones económicas, por ejemplo, hay una atmósfera de hostilidad que empeora conductas como la misoginia o la xenofobia.  

En general, cada individuo confía más en una fuente que en otra, y esa decisión no está guiada como casi ninguna por un conocimiento 100% racional la razón pura tiene sus límites, dijo Kant. Una cantidad de sesgos nos determinan, seamos o no conscientes de ello. El prestigio es uno de ellos. La celebridad o fama de una persona, un grupo o una fuente, inclinan notablemente nuestras decisiones, poco importa si están bien o mal fundamentadas. Asimismo los sesgos que provienen del narcisismo, como el deseo de tener razón a toda costa o la expectativa de ver nuestras convicciones confirmadas –la antesala de los prejuicios–, ambos son factores capitales a la hora de entregar nuestro voto de confianza a un artículo informativo, un rumor o programa de noticias. 

En cuanto a la psicología colectiva, el delirio conspiracionista a menudo dibuja en esquema que divide las situaciones en dos grupos: “los buenos” y “los malos”. El primer grupo está conformado por quienes conocen la conspiración y de alguna forma, desconocida incluso para ellos mismos, van a detenerlo; el segundo grupo lo conforman los conspiradores y el resto del mundo que no ha tenido la agudeza para descubrir “la verdad”.  

De igual forma, un factor psicológico colectivo reside en sobreestimar el egoísmo y el alcance de los demás. La mayoría de los países esgrime una creencia o un dicho popular según el cual desconfiar del otro es un síntoma de inteligencia y astucia. Cuando Marc Zuckerberg donó el 99% de los beneficios de Facebook a organismos caritativos, cientos de bloggers y medios denunciaban su acto como egoísta y tramposo; hay un poco de hiperparanoia en esta reacción.  

 

Es cierto que vivir en sociedad implica estar prevenido y desconfiar aunque el peligro real varía según el lugarpero en situaciones críticas como guerras o crisis sanitarias el panorama empeora considerablementeLas poblaciones dudan de todolos individuos sospechan unos de otros y reina un clima de tensión que anticipa el caos. Es el terreno ideal para la proliferación de rumores conspirativos. Interesantes experimentos han probado la relación entre ambos fenómenos2. ¿Cómo llegaron miles de londinenses a creer que las torres de red inalámbrica 5G transmiten el Covid-19 por medio de ondas electromagnéticas? Peor aún, ¿cómo llegaron a tal nivel de paranoia que prendieron fuego a decenas de torres y dejaron heridos, muertos e innumerables problemas para los usuarios de la web? Quizás lo peor del asunto es que los artículos, videos y fakenews que consultaban por internet los llevaron a destruir los dispositivos que les permitían acceder a dicha información. Una ironía que coquetea con la esquizofrenia y el telón de fondo de la distopía 

 

Tanto más sucedió en la célebre anécdota de Orson Welles y “La guerra de los mundos”. El 30 de octubre de 1938 poco menos de 12 millones de personas oyeron un programa radial en el que Welles teatralizaba, junto a la compañía “The Mercury teather on the air”, la novela de ciencia ficción del escritor británico H.G. Wells. El futuro director interpretaba el papel del Dr. Pierson, un científico que presenciaba la invasión alienígena: “Señoras y señores, esto es lo más aterrador que he presenciado nunca… ¡espera un minuto! Alguien se está acercando desde el hueco. Alguien o algo… Puedo ver dos discos luminosos… ¿serán ojos? ¿o un rostro? O tal vez sea…” Pese a que se trataba de una emisión semanal consagrada a los clásicos de la literatura, y a una “pequeña broma de Halloween” en palabras de Welles, la audiencia se tomó tan en serio la representación del futuro cineasta que miles se escondieron en sus sótanos o salieron despavoridos de sus casas, la policía recibió incontables llamadas telefónicas y se reportaron varios accidentes de tráfico a esa hora a lo largo y ancho del país. ¿Por qué millones de personas habrían de creer esto?  

No se puede olvidar que en los años treinta amenazaba la expansión del nazismo y había fuertes rezagos del trauma social provocado por la Gran Depresión en 1929. Nacía entonces en Estados Unidos una desconfianza generalizada, una atmósfera del complot que ha revivido en momentos neurálgicos de su historia como el asesinato de Kennedy, el escándalo de Watergate y los atentados de 9-11. En estas situaciones la gente estaba muy nerviosa, sentía miedo y en especial tendía a sobreestimar el alcance de un grupo ajeno y desconocido (los extraterrestres, los misteriosos opositores al gobierno de Kennedy o el grupo de poderosos detrás del presidente Bush), que es otro de los rasgos psicológicos del conspiracionismo. Lo distinto puede suscitar horror y aversión en las poblaciones, un escenario perfecto para el oportunismo de líderes políticos con figura paternal y un discurso nacionalista que reivindica ideologías en las cuales el racismo y la xenofobia son puntas de lanza.  

 

Las conspiraciones y las ideologías  

La historia de las conspiraciones es tan larga como la del ser humano. Los antiguos atenienses ya desconfiaban de la presencia de foráneos en tiempos previos al ejercicio democrático. De hecho, el juicio contra Sócrates fue producto de un acuerdo entre varios hombres poderosos pertenecientes al Tribunal de los Heliastas que dictaminó su muerte por toma de Cicuta3. ¿Qué agregar sobre el complot de Marcus Brutus y los senadores del Imperio Romano para asesinar a puñaladas a Julio César? 

En la edad media, la Inquisición acusó a las mujeres de conspirar con el diablo para lastimar a la población.  Monjes  radicales como Heinrich Kramer, autor del Malleus Maleficarum, señalaron a las “brujas” campesinas viejas o jóvenes, solteras y desligadas del poder eclesiástico como responsables directas de fenómenos dispares y no relacionados: epidemias que diezmaban a la población, sequías que afectaban los sembradíos, abortos y muertes durante el embarazo, tales fueron algunos de los injustos cargos que se tradujeron en una conspiración a gran escala. Secundados por el episcopado, los agentes de la Inquisición iniciaron una brutal “cacería de brujas, un genocidio de miles de mujeres en la horca o la hoguera4. 

El Holocausto también es en buena medida el fruto de un complot: un cenáculo de líderes nazis, oficiales y agentes de la S.S. encabezados por Hitler, se reunió en enero de 1942 en una villa de Wansee, cerca de Berlín, dictaminó el exterminio a la población judía de Europa. Este evento ha sido registrado en la historiografía como “La conferencia de Wansee5. 

Asimismo, en Tuskegee, Alabama, tuvo lugar un abominable experimento entre 1932 y 1970. El servicio de salud pública de Estados Unidos examinó cientos de pacientes negros enfermos de sífilis sin informarles que eran objeto de una investigación. En vez de tratarlos con penicilina para lograr su recuperación, observaron los efectos de la enfermedad hasta sus últimas consecuencias. Incluso provocaron la enfermedad en pacientes sanos con el fin de realizar su maquiavélico diagnóstico. Como resultado, murieron casi 150 afroamericanos.  

En los últimos treinta años, las conspiraciones han tomado un giro particular con la militancia cibernética de personajes como Julien Assange, Edward Snowden o Aaron SchwartzDesde sus computadoras, estos individuos accedieron a información celosamente guardada en los archivos gubernamentales o judiciales de instituciones como el pentágono o la CIA, e hicieron hasta lo imposible para liberar la información al dominio público. Como retaliación, han sido perseguidos con saña, sus vidas y su libertad sufrieron numerosos atentados. Assange, por ejemplo, sacó a la luz Kenia: el llanto de sangre, un informe sobre los cientos de ejecuciones extrajudiciales cometidas por la policía de Kenia desde 2007 y atribuidas a pandillas o grupos rebeldes6. Ese mismo año, presentó al mundo el portal de Wikileaks, una red de páginas web desde donde filtró sucesos como crímenes de guerra perpetrados por el ejército norteamericano en Irak y Afganistán7. A partir de ese momento se convirtió en uno de los hombres más buscados en el mundo y a su alrededor se fraguó una alianza de sus enemigos políticos para inculparlo y atraparlo. Assange huyó de Australia, de Francia y se refugió durante años en la embajada ecuatoriana en Inglaterra, donde vivió en un estado constante de aislamiento y sin comunicación con el mundo exterior. Finalmente el gobierno ecuatoriano cedió a la presión internacional en abril de 2019Assange fue apresado inmediatamente y encerrado en la prisión de Belmarshen Londres. El gobierno de los Estados Unidos ha manifestado en repetidas ocasiones su deseo de extraditar al activista para juzgarlo por “alta traición”, un delito que todavía es castigado con la pena de muerte en ese país.  

Todas las conspiraciones anteriores han sido comprobadas por diversas fuentes. Cada una expone una aberración de la ideología o una enfermedad del poder: racismo, antisemitismo, misoginia, fanatismo religioso y tiranía política. No obstante, son esencialmente distintas de las teorías conspirativas que circulan en nuestros días. ¿Por qué? Primero, hay pruebas fehacientes de su existencia, no se basan en rumores que suponen hechos improbables; además, no caen en abusos de la sensatez de teorías que declaraexcentricidades como la existencia de una asociación de reptilianos o vampiros-cyborg que nos controlan de maneras energéticas, espirituales e insospechadas así lo sostiene en sus extraños videos8  Laura Eisenhowerbisnieta del expresidente y general estadounidense Dwight Eisenhower, cuya paranoia conspiracionista y constantes menciones del “gobierno en las sombras” (shadow governementlo preceden.  

 

Los peligros de la conspiranoia  

En nuestros días las teorías conspirativas ejercen un impacto nunca antes visto. La inmediatez de su difusión entre los cibernautas entraña consecuencias inmediatas a nivel mundial. Actualmente son capaces de determinar la dimisión de un presidente o su elección como es el caso de Donald Trump, quien repetía sin cesar que el cambio climático era una farsa inventada por los chinos y que Barack Obama no nació en Estados Unidos sino en Kenia9. Asimismo, las conspiracioneconllevan el riesgo de esparcir una enfermedad mortal y causar muertes, como ocurre con la población que no se vacuna (o no vacuna a sus hijos) porque considera que las vacunas son inventos de la industria farmacéutica para ganar dinero, están manipuladas para someter la voluntad humana y causar autismo10. Peor aún, los delirios conspiranoicos provocan agresiones racistas o xenofóbicas. Así ha venido sucediendo con los linchamientos y las muestras de violencia sufridas por la población de fisonomía asiática11, juzgada como chivo expiatorio por la idea según la cual el gobierno chino elaboró el Covid-19 y lo esparció entre sus ciudadanos para derrocar la economía mundial“Una mentira repetida mil veces se vuelve verdad”, decía GoebbelsVivimos en una época en que las mentiras tienen tal influencia sobre el mundo que pueden modificarlo y hacer realidad algo que de otra manera no hubiera sucedido nunca. 

 

La mirada del observador transforma lo observado 

En 1927 Werner Heisenbgerg propuso un principio de física cuántica que establece la imposibilidad de medir con precisión la posición de las partículas. Según el físico alemán, su constante movimiento y la capacidad de superposición permiten a las moléculas ocupar más de un lugar al mismo tiempo. Además, la intervención del sujeto que mide también puede ejercer una influencia sobre lo medido. En otras palabras, si existiera un microscopio tan sofisticado que permitiera observar las partículas más ínfimas del universo, éste sería tan potente que las terminaría afectando por la interacción de la luz y los átomos. Por lo tanto, realizar muchas veces el mismo experimento puede arrojar resultados distintos. 

Es posible entrever un símil entre el principio de incertidumbre y las limitaciones de nuestro juicio en lo que respecta a las teorías conspirativas. Dado que ocupamos una posición singular en el mundo, estamos segmentarizados por factores como nuestrcontexto socioeconómico, nuestras creencias (políticas, religiosas, etc.) y nuestros deseos inconscientes (las ganas de tener la razón, de confirmar nuestros prejuicios, de oponernos a una ideología o creencia). De alguna forma estas condiciones nos imposibilitan para distinguir con claridad situaciones de una complejidad que nos rebasa y cuya impotencia nos inclina a aceptar conspiraciones imposibles de ratificar. Quizás la consciencia de esas limitaciones nos ayude a revisitar nuestras convicciones, a reconocer nuestros sesgos como los rediles de una pradera que acaso podemos ampliar o transitar con serenidad, aceptando que la experiencia de lo incierto forma parte de la vida misma.  

  1. En el documental “Comprar, tirar, comprar”, de la alemana Cosima Dannoritzer, se explica que la tecnología actual podría rendir mayores beneficios a los usuarios, pero hay una serie de chips insertados en ciertos electrodomésticos que los bloquean al cabo de una cantidad de usos. La película está disponible en línea, en https://www.youtube.com/watch?v=uGAghAZRMyU  .
  2.  En 1973, Thomas Wright y Jack Arbuthnot hicieron un análisis psicológico de cientos de personas. Los dividieron en dos grupos: alto nivel de desconfianza y bajo nivel de desconfianza. Evidentemente, quienes pertenecían al primer grupo eran más proclives a creer en teorías conspirativas, particularmente en la que envolvió a Nixon y le costó la presidencia. Además, el estudio confirmó que las personas, en general, tienden a dar crédito a conspiraciones que involucran a un grupo (étnico, social, político) de personas cuya ideología se opone o difiere de la de ellos. En: Van Prooijen, Jan-Willem, The psycology of conspiracy theoriesRoudledge, Londres, 2017, p. 14.
  3. RAMIS, Juan Pablo, “Reflexiones sobre el trasfondo político del juicio contra Sócrates”, en Atenea,  Universidad de Cuyo, Mendoza, Argentina, 2005. El artículo está  disponible en línea:  https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-04622005000100005 
  4.  FEDERICI, Silvia, Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originariaTraficantes de sueños, Madrid, 2004.
  5. Van Prooijen, Jan-Willem, The psycology of conspiracy theoriesRoudledge, Londres, 2017.  
  6. La investigación, que fue galardonada en 2009 con el premio Amnesty International UK Media Award por su excelente labor periodística, puede leerse en línea en el siguiente enlace: https://web.archive.org/web/20101214060055/http://www.marsgroupkenya.org/pdfs/2009/03/KNCHR_crimes-against-humanity-extra-judicial-killings-by-kenya-police-exposed.pdf 
  7. En 2007, el portal Wikileaks dirigido por Julien Assange filtró este video donde se observa al menos 14 homicidios colaterales del ejército norteamericano en los suburbios de Bagdad: https://www.youtube.com/watch?v=HfvFpT-iypw Tres años más tarde y gracias a la ayuda de una la analista informática y exsoldado Chelsea Manning, la misma red de información publicó Diarios de Afganistán, un expediente con más de noventa archivos sobre las ejecuciones durante la guerra de Afganistán.  
  8. Teoría expuesta repetidamente en su canal de youtube y, en particular, en los siguientes videos: https://www.youtube.com/watch?v=4Au0E3n65Ro ,  https://www.facebook.com/dali.valdivia/videos/3406905836006231 
  9. Teoría expuesta repetidamente en su canal de youtube y, en particular, en los siguientes videos: https://www.youtube.com/watch?v=4Au0E3n65Ro ,  https://www.facebook.com/dali.valdivia/videos/3406905836006231 
  10. A este respecto, el caso de Andrew Wakefield es bastante representativo:  https://www.eluniversal.com.mx/opinion/jose-manuel-valinas/antivacunas-la-mentira-mortal  
  11. Ahora mismo es difícil estimar la cantidad de agresiones producidas, pero apenas a finales de febrero, cuando el confinamiento no había sido decretado todavía, ya había cientos de casos en lugares tan apartados como Estados Unidos, España o África: Un hombre golpea en la cabeza a una mujer, en las galerías del metro de Nueva York, tras llamarla “puta enferma”. Un joven escupe y derriba de una patada en la espalda a un viandante, en la misma ciudad, al grito de “puto coronavirus chino”. En un instituto de Los Ángeles, un joven de 16 años es agredido por sus compañeros que le acusan de tener Covid-19. Empleados de un hotel de Indiana impiden la entrada a una familia con rasgos orientales. Decenas de historias circulan por las redes sociales y la prensa estas semanas. Un total de 260 colectivos firmaron una carta a los líderes del Congreso pidiendo acción contra “la marea creciente de racismo dirigido a la comunidad asiático-estadounidense”. Una coalición de grupos de derechos civiles puso en marcha el jueves pasado una página web para documentar denuncias de estos incidentes. En 24 horas, recogieron más de 40”. Tomado de : https://elpais.com/internacional/2020-03-23/temor-en-la-comunidad-asiatica-en-estados-unidos-ante-los-ataques-racistas-por-el-coronavirus.html    

     

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