Tierra Adentro

Si me despierto en la noche aún siento que él respira en la habitación de al lado. Desde mi cama veo la luz de la lámpara que cae dulce sobre su cuna.

Ya no vives aquí, ya nunca están cerradas las puertas de la casa.

Ya no temo que Gabriel, gateando, llegue a la cocina y tome algo que pueda lastimarlo. Ya no temo al oír el motor de la Lobo al estacionarse enfrente.

Ya ni tú ni él viven en esta mierdera colonia de Infonavit.

¿Qué se siente haberse llevado a un hijo que ni era tuyo?

Me lo quitaste por joder. La única temporada en la que tuvimos una relación cordial y pacífica fue la del divorcio. Pensaste que reaccionaría, que pelearía como madre leona, que usaría todo lo que no me habías matado del carácter. Reclamaste a Gabriel pensando que no lo obtendrías. Sólo pedí la Lobo. La casa no es más que un contrato de renta. Me quedé con la camioneta, también, por joder.

Ya no corras, Gabriel.

¿Quién nombra a un hijo como propio, sin estar seguro de que lo sea? Sólo aquellos que buscan algo de qué asirse en el mundo. Tú andabas sobre la tierra en tu camioneta que parecía volar sobre las dunas.

Ya no corras, Gabriel.

Y girabas en tu desierto, sobrevolabas tu situación de clase media pobre, aparentabas ser otro en esa camioneta que valía más de lo que teníamos o hubiéramos llegado a tener nunca.

Nunca, Gabriel.

Si me despierto en la noche ya no temo tu rabia.

No es seguro ni para un pelado andar en esa troca. Andabas por la noche como quien no teme al despojo, a la tortura, a las desapariciones, al frío del metal sobre los ojos, al ruido de las balas, a ser uno contra doce, a las sospechas, a la policía, a las falsas acusaciones, al rumor de ser de «los otros», al ejército, a la sangre que chorrea de las cajuelas de otros vehículos, a la envidia hacia tu camioneta negra.

Andabas por la noche como quien busca la muerte.

Ya no corras, Gabriel.

Y yo te esperaba angustiada para encerrarme en cuanto te oía llegar. Al niño lo dejaba en su cuarto, en la cuna, porque él te tranquilizaba, te recordaba que sí, la vida es frágil, la vida es mierda, pero también puede ser bella. Y yo en la recámara sabía que no debía abrir la puerta hasta saber que no venías de madrearte con cuanto se te hubiera puesto delante.

Ya no corras, mi amor.

Te enfrentabas a la existencia como quien la odia. Sólo la inocencia del niño te tranquilizaba.

Ya no llores, Gabriel, no hagas enojar a tu papá.

Pero tú y yo sabíamos que el niño no era tuyo.

A veces venías de buen humor.

Por la camioneta, unos clientes creyeron que yo era el contratista.

Quitarle a un albañil su Lobo es tan cruel como quitarle el hijo a una madre. ¿Cuántos años trabajaste por ella, cabrón?, ¿cuánto tiempo no hubo para ti descanso, no hubo familia que te importara? Yo me encargué del hambre del niño. Estabas empelotado con esa troca porque siempre te gustó aparentar, lucir como quien no serías nunca. Por eso ahora tienes un hijo a quien no reconoces como ajeno.

Me lo contaste desde la primera vez que me invitaste a salir: habías comenzado a trabajar para tener la camioneta desde los once años. Fue cuando supiste de las resolanas de esta tierra seca, del viento hielo que en invierno corta como navajas. Apenas eras un niño cuando ya estabas solo. Un niño que quería jugar a los carritos.

Ya no temo a la oscuridad ni a la dureza de tus puños. Ya no temo la fiereza de la noche. Me pierdo en ella protegida por el metal de tu Lobo. Yo también he tomado una vida que no me pertenece. Tus amigos ya son los míos. Al Flaco es al que veo más seguido.

Ya no corras, Gabriel.

Ahora entiendo que tenías prisa por destruirte.

¿Cómo se continúa viviendo después de destruir las fotos de boda? ¿Cómo se sigue habitando una casa con una cuna vacía?

Ya no corra, ¿para dónde va?

Ya van dos veces que me detienen en la noche. La primera vez fueron «los malos». La segunda fueron «los buenos». Quien vive en una casa vacía no teme ni a unos ni a otros.

Salía de la casa del Flaco a las cuatro de la mañana. No sé cómo un hombre tan hosco y recio puede tener un ronquido tan delicado, como de gatita, apenas perceptible. El Flaco duerme junto a mí como quien se aferra a su madre. Yo ya no lo soy. Hice madre a tu nueva mujer cuando le cedí a mi hijo.

Dicen que la tercera es la vencida. La primera vez «los malos» me dijeron que andaba de suerte, que nada más no querían volver a verme por ahí. Era la noche de Apodaca y sus silencios.

Aunque es de mi edad, en el Flaco no puedo ver a un hombre porque duerme junto a mí como si le tuviera miedo a la oscuridad. Quiero al Flaco como quien quiere a un hermano porque así lo querías tú.

Lo dejo en medio de la noche porque debe aprender a no temerle a nada.

¿Sí sabe que por aquí están matando mujeres?

También están matando hombres, oficial.

La segunda vez me detuvieron «los buenos», y yo no llevaba dinero conmigo.

Me pidieron los papeles, me preguntaron de quién era la camioneta. Llevaban dos kilómetros parándome y dejándome ir. Hacían que me orillara y luego se iban. Después de jugar un rato uno de ellos se bajó a hablarme. Yo no olía ni a alcohol ni a mota. El cuerpo del Flaco era mi único aroma.

¿Sí sabe que no son horas para andar por aquí?, ¿viene de la fiesta, o qué?, me dijo acercándose para olerme el aliento.

Fue otra vez sentir la fragilidad de mi cuerpo, esa certeza de que tu puño ya no se retraería.

Me sube la ventanilla, y ya no corra.

Del ejército uno puede librarse sólo por lástima. O misericordia.

No subo las ventanillas porque me gusta que entre a la Lobo toda la oscuridad y toda la noche.

Nunca lastimarías a Gabriel, lo vi en tu mirada cuando te lo entregué. Cuando ni titubeaste al entregarme las llaves de la camioneta.

Eres una perra.

¿Quién cambia un hijo por una troca? Ni siquiera me sentí insultada.

Ya no temo a la noche, ni a la casa ni a los caminos vacíos.

La tercera es la vencida.

Hay una casa de un piso con dos recámaras diminutas donde ya no viven mis hombres.

¿Gabriel llora todavía si despierta y ve que está completamente a oscuras?

Debe aprender que en la oscuridad es donde está el descanso. Enséñale eso cuando crezca.

¿Me extraña?

La tercera es la vencida, pero si ni buenos ni malos se encargan de mí, la noche es una Lobo que sabrá devorarme, meterme en su boca, engullirme.

Hay muros y hay barrancos.

Un desierto que arde.

Un desierto de estrellas ciegas.

Ya no corras, Gabriel.

Me arrastras, Gabriel.


Autores
(nacida en Nuevo León en 1979) es escritora y editora, autora de las novelas Perra brava (Planeta, 2010) y Bitch Doll (Ediciones B, 2013). Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, UANL. Ha sido becaria del FONCA en dos ocasiones y finalista del Primer Premio Iberoamericano de Narrativa Las Américas. Sus textos aparecen en diversas antologías y revistas. Fue editora en Alfaguara Infantil, editorial Aguilar y el grupo Random House Mondadori, entre otros. Actualmente es la directora editorial de MiaUtopía y editora en 27 editores.
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