Tierra Adentro

Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Lo malo del asunto es que llamar Guillén a Marcos es otra manera de decir “Usted no existe. Usted es un farsante. Con usted no se puede negociar. Usted usa máscara. Aprenda de los priistas, que usamos nuestras caras como máscaras y engañamos a todo el mundo”.

Carlos Fuentes en La guerra y las palabras de Jorge Volpi

 

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¿Qué buscaba comprobar el flamante gobierno de Ernesto Zedillo, aquel 9 de febrero de 1995, a poco más de un año del alzamiento zapatista, en la rueda de prensa convocada para revelar el verdadero rostro del subcomandante Marcos? Convencidos de que debajo de ese pasamontañas humeado y empapado de sudor se encontraba el responsable del motín chiapaneco que estropeó la fiesta de fin de año de Salinas de Gortari, llamaron a los medios para darles la noticia. Pero cuando Antonio Lozano García, vocero de la PGR, ordenó que deslizaran la fotocopia del encapuchado para mostrar el rostro del delincuente, los televidentes no fueron los únicos que se llevaron una sorpresa. Como si se tratara de un acto de magia, creyeron dar finalmente un golpe efectivo contra la identidad de Rafael Sebastián Guillén Vicente. Ahora lo ven, ahora no lo ven.

Para el gobierno, el pasamontañas era insuficiente, no podía ser la cara de nadie, símbolo inequívoco, según creían, de la falta de agallas del tal Marcos para mostrarse con la cara desnuda. Temerosos de que resultara otro tapado en la carrera por el poder, quisieron desactivar su popularidad apelando a la Verdad, esa cosa que aún escribían con la inicial mayúscula. La acción no solo fue el hazmerreír de los televidentes, el tema de moda a la hora de la sobremesa. También representó el final de una era y el inicio de otra. Pioneros involuntarios de la posverdad, las autoridades creían que las revueltas en Chiapas eran un caso aislado en México que podían controlar con un poco más de la violencia acostumbrada. Sin embargo, Marcos era el estandarte de una lucha que incluía a más de un guerrillero.

Su existencia pertenece a un linaje combativo cuyas estrategias de sabotaje están cifradas en la elección del nombre. Luther Blissett, Ned Ludd, el Pobre Konrad, entre otros, son nombres multiusuario que incluyeron a numerosos anónimos revestidos por una identidad afantasmada. “Hubo varios Marcos distintos —escribe Jorge Volpi en La guerra y las palabras—, tal como los campesinos de Morelos a principios de siglo suponían la existencia de numerosos dobles de Zapata”. A esta situación se enfrentaban los priistas: la presencia de una rebelión multitudinaria y encubierta. Su error fue considerar que Marcos era una sola persona; que detrás del sabotaje al TLCAN había alguien (a quien no conocían) moviendo los hilos con el fin de arrebatarles la silla el próximo sexenio. Pero la consigna ¡Todos somos Marcos! no tenía nada que ver con las estratagemas priistas de mentira y ocultamiento. Si bien la capucha seducía por la amenaza que implicaba, el propósito de usarla dejó al descubierto que al gobierno le gustaba mentir, pero no que le mintieran.

Lo que buscaban era desaparecer al héroe para quedarse con la persona, quitarle la máscara al malo de la película que ellos protagonizaban como héroes ejemplares. Lo que pasó en televisión abierta ese 9 de febrero de 1995 me recuerda las aventuras de Scooby Doo. No hay capítulo en el que no desenmascaren al villano en turno. Aquellos años en México la política era eso: una caricatura llena de capuchas y tapados, máscaras de mentiritas que escondían a monstruos de verdad.

 

 

2

En los noventa, el PRI instauró una nueva forma de gobierno: la mentira. Y es que ninguna otra década habría engendrado a un guerrillero, mitad hombre mitad fantasma, cuyas exquisitas mentadas de madre hacían eco de la virulencia de escritores como Jorge Ibargüengoitia, otro cuchillito de palo que al igual que Marcos, escribía nomás por joder.

Prueba de esto son las decenas de artículos y relatos, principalmente cartas que el Sub escribió y con las que, de paso, renovó el género epistolar al grado de intercambiar la solemnidad acostumbrada por fina carrilla, esa otra manera de chingar a alguien sin tocarle un pelo. Considerando que a finales de este año habrá un nuevo mundial de futbol, vale la pena repasar una de dichas cartas, escrita en 2005. El documento iba dirigido a los directivos del Inter de Milán. Marcos les propuso organizar una serie de partidos amistosos entre el club neroazzurro y su Selección Intergaláctica, el combinado amateur conformado por camaradas tzeltales, tzotziles, cholos y tojolabales.

Marcos imaginaba el Dream Team de izquierdas: Diego Armando Maradona, Javier Aguirre, Jorge Valdano y Sócrates, el mediocampista brasileño, como árbitros del encuentro; Eduardo Galeano y Mario Benedetti serían los locutores, mientras que la animación correría a cargo del colectivo LGBT, cuya presencia en el partido, imaginaba el Sub, alarmaría a la derecha católica. Como puede verse, la carta era un pronunciamiento político disfrazado de simple invitación a echar la reta entre compas.

Más que jugar los partidos, Marcos buscaba desenrollar el mapa de la izquierda globalifóbica alrededor del mundo. Para ello sugirió distintas sedes: el estadio Olímpico Universitario (“que lo recaudado en la taquilla fuera para los indígenas desplazados por los paramilitares en los Altos de Chiapas”); el estadio Jalisco (“para apoyar jurídicamente a los jóvenes altermundistas presos injustamente”); Los Ángeles, California (cuyas entradas estarían dedicadas “a la asesoría legal para indocumentados en Estados Unidos”); y el Estadio San Siro (“para apoyar a los migrantes de diferentes nacionalidades que son criminalizados por los gobiernos de la Unión Europea”).

La iniciativa, bien elaborada aunque demasiado exigente, apelaba a la buena voluntad de Massimo Moratti, presidente del equipo en ese entonces, quien se mostró interesado en apoyar la causa zapatista. Javier Zanetti, delantero histórico del Inter, fungió como emisario en el enclave guerrillero de San Cristóbal de las Casas. Zanetti había hablado con Bruno Bartolozzi, periodista de formación y directivo del Inter, acerca de lo ocurrido en México el 1 de enero de 1994. Tal vez a otro jugador poco interesado en temas sociales le hubiera dado igual lo que sucedía en Chiapas. Pero no a Zanetti. Él, que había nacido en el seno de una familia de obreros de origen italiano que migraron a Sudamérica en plena dictadura, se sintió obligado a colaborar con la guerrilla. Sus padres habían cruzado el Atlántico instalándose en la dársena que forma lo que actualmente es Dock Sud, una de las ciudades de Avellaneda, en el conurbado bonaerense. Tal vez fue este pasado lo que llevó a Zanetti a encabezar la comitiva de apoyo, recaudando dinero en efectivo, una ambulancia y camisetas y balones para inspirar la resistencia también en las canchas.

Sobrevive una foto del encuentro entre Marcos y Zanetti. El primero sostiene la camiseta del club italiano con el número 4 en la espalda, dorsal que le pertenecía al delantero argentino, mientras que este último posa para la cámara. La cohorte zapatista que accedió al flash está formada por ocho hombres y dos mujeres. La mayoría usa pasamontañas salvo una persona, Zanetti, que al dejar su rostro descubierto permite saber que se trata de un forastero. En aquella mítica carta Marcos advierte que el uniforme del EZLN cambiaría de color durante cada partido, según se ganaran o perdieran: “Hemos diseñado un uniforme camaleónico (si vamos perdiendo, a nuestra camiseta le aparecen rayas negras y azules, confundiendo al rival, al árbitro… y al público”.

Hablar de la notoriedad que ganó el pasamontañas como una prenda política en la guerrilla zapatista, sería insistir en lo mismo que se ha dicho desde entonces. Sin duda, no era una prenda ingenua ni carecía de significado. De hecho, en México simbolizó lo que a partir de 1994, hasta bien entrado el nuevo milenio, se convirtió en un lenguaje común para hacer política: el ocultamiento y el disfraz.

 

3

En su “Diccionario zapatista”, Eduardo Galeano restituye el origen mítico de la capucha zapatista: “La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos [que] han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio”. Como si se tratara del mismo efluvio tóxico, un año después de la firma del TLCAN aterrizó en el país una criatura de procedencia presuntamente extraterrestre envuelta en una nebulosa igualmente perniciosa, emitida por los medios de comunicación. Se llamaba Chupacabras y era tan feo como Salinas de Gortari encuerado.

Para muchos era un marcianito olvidado por sus padres la última vez que visitaron la Tierra; para otros era un murciélago gigante resultado de un experimento genético. La formación compuesta de su nombre lo emparentaba incluso con algunos vampiros que se alimentan exclusivamente de sangre de borregos y animales de granja. Otras aproximaciones a su origen revelan incluso que se trata del mismísimo Lucifer, que había regresado a vengar las injurias en su contra.

La historia de su paso por la tierra afirma que su itinerario empezó en el Caribe y terminó en Los Ángeles. Los lugareños de Canóvanas, uno de los municipios del norte puertorriqueño, fueron los primeros en ver al Chupacabras. La cercanía con San Juan devolvía a la región un poco del esplendor del que gozaba la capital del país a cambio de grandes dosis de contaminación ambiental. Se cree que fue la polución del aire y de las aguas residuales lo que ayudó a la gestación  de la criatura; un monstruo nacido entre deshechos. De tradición isleña, el pasado del Chupacabras se remonta a tradiciones y tierras tan fértiles como el escepticismo alrededor de su existencia.

Antes de él ya existía el Garadiablo —un pez con cara de señor y cuerpo de bailarina clásica— que en los setenta azotó la bahía puertorriqueña. Su hallazgo se le debe a un hombre de origen filipino, llamado Alfredo García Garamendi, quien, al cabo de un buen rato de mantener una lucha grecorromana con el críptido, consiguió atraparlo sin vida. García Garamendi decidió fotografiarlo y conseguir cierto reconocimiento por su hazaña. No obstante, un grupo de científicos estadounidenses más tarde lo desmintieron pues lo que el filipino consideraba un animal extinto era en realidad el cadáver de una mantarraya disecada.

La manipulación de cadáveres de especies marinas tiene su historia entre los piratas holandeses que a finales del siglo XVI se embarcaban en viajes que recorrían de un extremo a otro el océano Atlántico. En cada parada, estos orfebres de ultramar pescaban fauna endémica para crear con ella curiosos muñequitos, como si de cera se compusieran sus escamas. Llama la atención el nombre que con el tiempo adquirirían estas creaciones de la taxidermia más ociosa. Derivado de una mala pronunciación de la expresión francesa jeun d’Anvers (“oriundo de Amberes”), el nombre de estas criaturas fue difundido en playas americanas como Jenny Haniver.

A decir verdad, los coqueteos entre el folclor europeo y el caribeño no se redujeron a meras artesanías zombis. Otro caso particular de aberraciones naturales es el del Loup Garou, una variante del hombre lobo francés —aunque en este caso de manufactura haitiana—. Se cree que el Loup Garou es muy parecido al nahual mexicano, un espíritu de la naturaleza que posee a un inocente y lo hace cometer actos reprobables contra la comunidad. Si bien la crisis económica que atraviesa el país caribeño desde hace décadas no surgió a raíz del nacimiento del Loup Garou, la creencia en su responsabilidad por el terremoto de 2010 ha mantenido cautivo al pueblo haitiano. Tal vez a estos engendros de ascendencia teratológica los emparente el oportunismo con que fueron creados.

La prensa aprovechó la hilaridad para dotar de identidad a la criatura. El hecho de que el Chupacabras apareciera en horario estelar hacía pensar no solo que su existencia era cierta, sino que los medios tenían la obligación de cubrir la nota. La prensa se arrogó el deber de informar los pormenores de su paso por tierras mexicanas. Corresponsales de una guerra invisible, algunos llegaron al lugar donde se le vio por última vez y recolectaron testimonios de gente dispuesta a colaborar para resolver el asunto.

En 1996, el Semanario de lo insólito encabezaba su nota principal dedicada al Chupacabras del modo siguiente: “¡El chupacabras! ¡Nadie lo ha podido retratar ni filmar, pero es indiscutible que existe!”. En ese mismo año, Alarma, otro de los periódicos de mayor circulación en México, encabezaba así la nota de ocho columnas: “¡El chupacabras, entre la verdad y el mito!”.

El Chupacabras surgió de un modo similar tras la firma del Tratado de Libre Comercio. La firma del TLCAN había sido una suerte de espaldarazo para emprender su viaje hacia Norteamérica. En una de esas correrías por fin llegó a nuestro país y, como ocurre con muchos exiliados y migrantes, aquí encontró su segundo hogar. Su existencia no solo engrosó el bestiario fantástico de nuestras tradiciones orales. También renovó nuestro escepticismo, manifiesto en esa peculiar risa nerviosa que deviene cada tanto carcajada esquizofrénica. Esta paranoia la compartimos quienes hemos dejado de creer en las versiones oficiales del gobierno. Veinte años después, importa menos el Chupacabras que la manera en que se gesta la verdad en nuestro país.

 

4

La creatividad nacional produjo piñatas, cómics, chistes, películas del Chupacabras. Por si fuera poco, también fundió en máscaras de plástico el rostro de la criatura con la del presunto responsable de su génesis. Las orejas de Carlos Salinas de Gortari (su calva y el bigotito que apenas le cubre el labio superior) crearon una criatura que espantaba en partes iguales. Una de estas máscaras se filtró en la icónica foto que el club de futbol Toros Neza se tomó a finales de octubre de 1997.

En el once titular, el Salinas de plástico alinea junto a Bart Simpson, Gene Simmons, Spiderman, el Hombre lobo, Butt-Head de Beavis and Butt-Head, y demás celebridades de la cultural pop gringa. La globalización empezaba a hacer lo suyo, mientras que en la cancha, los jugadores del club mexiquense 1se pintaban el pelo de rojo y jugaban al famoso tiquitaca como si ellos lo hubieran inventado.

Aunque muchos creen que el chupacabras no solo no sigue entre nosotros sino que nunca existió, es difícil pensar que este se haya ido del país después de haberle dado todo. Habría sido demasiado ingrato de su parte. Lo cierto es que ha envejecido aquí y en cualquier momento se quitará la máscara y mostrará su verdadero rostro, un rostro conocido.

 

  1. Se sabe que el Estado de México es cuna y bastión del priismo. De este han surgido joyas del partido como Enrique Peña Nieto, uno de los presidentes cuyo atractivo es proporcional al descaro y a la ineptitud con que gobernó el país durante su sexenio.

Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
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