Tierra Adentro
Pintura de Li Bai con su poesía. Obra de dominio público recuperada de Wikimedia Commons.

Pintura de Li Bai con su poesía. Obra de dominio público recuperada de Wikimedia Commons.

Un poeta puede dotar de un sentido, o de otro, los elementos que integra en sus poemas. En sus versos el aullido de los monos puede ser para señalar la futilidad de todo acto humano o para celebrar el regreso a casa, lo último se puede ver en uno de los poemas que más se citan en chino de Li Po para expresar alegría:

PARTIDA MATINAL DE LA CIUDAD DE BAIDI

Digo adiós a Baidi

entre nubes multicolores del alba,

y hoy mismo llegaré a mi hogar

recorriendo cien leguas.

Con el incesante aullar de los monos

en ambas riberas,

se desliza, entre un bosque de montañas,

mi barca.

(Traducción de Chen Goujian en Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan)

El poeta compuso esos versos cuando tuvo la noticia del fin de su exilio, por lo que le era dado regresar; emoción que puso en su poema y que trece siglos después siguen utilizándose para consignar emociones paralelas.

Li Po, Li Bo o Li Bai dependiendo del sistema de transcripción del chino se elija —me decanto por Li Po por ser la forma más conocida en México, ya José Juan Tablada lo consignaba así en su libro homónino publicado hace poco más de un siglo—, fue un poeta que vivió en China durante la dinastía Tang, una de las épocas doradas de esa civilización milenaria.

Mientras que del otro lado de Eurasia el Imperio Romano de Occidente había caído y el Imperio Romano de Oriente se veía confinado a Anatolia y los territorios de la península balcánica y las islas del Egeo, los Tang llegaron hasta el Asia central. Numerosos estados le rendían vasallaje y era una de las sociedades más tecnológicamente avanzadas de su tiempo —es en este periodo que se inventan, sin ir más lejos, la imprenta, el papel y, probablemente, la pólvora—.Los Tang llegaron al poder en 618 y se mantuvieron en éste hasta casi tres siglos después en 907; la ciudad más poblada del mundo fue, durante ese periodo, su capital Chang’an (Xi’an, hoy en día). Bajo esta dinastía se perfeccionó la selección de funcionarios a partir de exámenes, para evitar la corrupción y que se constituyese una élite de aristócratas en el gobierno, así mismo se propició un uso más racional de los suelos y se aumentó la producción de granos.

Li Po —si se sigue la transcripción Wade-Giles: Li Pai— nació en el año 701 en la actual Chengdu, en la actual provincia de Sichuan, en pleno gobierno de la única emperatriz en la historia de China, Wu Zetian (624-705) —cuyo gobierno se considera un interregno en la dinastía Tang, pues ella proclamó su propia dinastía, la Wu; a esta emperatriz se debe, también, la incorporación de la poesía en los exámenes para funcionarios, requisito que se mantuvo en dinastías posteriores—.

Desde muy joven, Li Po dio muestras de su talento y fue reconocido como un poeta, razón por la cual se negó a realizar ningún examen para entrar al servicio del emperador; esperaba que el emperador mismo lo convocara a su servicio. Lo cual, en efecto, ocurrió en 742, cuando el poeta tenía 41 años y fue llamado por el emperador Xuan Zong. Así entró a la Academia Hanlin, pero su servicio como poeta del emperador no se extendió más de dos años; hay opiniones encontradas sobre la razón por la que dejó la corte, entre las cuales Goujian Chen señala que el poeta se cansó de las intrigas y la adulación como métodos para medrar y avanzar en la corte —hay otros autores que apuntan a una indiscreción por parte del poeta como la causa que lo llevó a apartarse de la corte—. Sea como sea, en 744 empezó a recorrer China, viajes en los que conoció al también poeta Du Fu, Tu Fu, (712-770) con quien entabló una sólida amistad que se prolongó hasta la muerte de Li Po.

En 755 inició la Rebelión de An Lushan contra el emperador, en la cual se vio inmiscuido. En 757 se le capturó y se le condenó a muerte, sin embargo, sus amigos en la corte consiguieron clemencia para él y la condena se le conmutó al exilio en Yelang (en el extremo suroeste de China). El poeta aceptó la condena, pero decidió que fuera en sus propios términos: hacía visitas a sus amigos en el camino, con quienes se quedaba hasta por meses enteros, también aprovechaba para la escritura de su poesía. El perdón imperial lo alcanzó antes de que llegara a su destino, en Wushan, 759 —fue cuando compuso el poema Partida matinal de la ciudad de Baidi—. En 762 Li Yangbing, familiar del poeta, fue hecho magistrado Dangtu, a donde Li Po acudió en pos de su protección. En esa comunidad murió, sin saber que el nuevo emperador, Daizong, lo había nombrado Secretario de la oficina del Comandante de Izquierda (727-779).

Li Yangbing se dedicó a armar una edición de la obra de su pariente. Desde entonces su obra no ha dejado de ser editada, siendo en la dinastía Song cuando se consignaron las mejores ediciones. Hay diversas versiones de su poesía, que se continua leyendo desde entonces, tanto dentro de China —donde versos suyos ya son dichos para expresar diversas emociones en el chino— como fuera de ella, primero en las naciones en las que la cultura china influyó, como la japonesa y la coreana, y fuera de ella —en Europa y las tradiciones literarias escritas en lenguas europeas desde el siglo XIX, cuando comenzó a ser traducido—.

En un poeta que produjo una cantidad ingente de poemas como Li Po, los temas son muy variados: el amor, la contemplación de la naturaleza, el paso del tiempo, la política y sus desilusiones, la alegría de vivir y beber con los amigos, o incluso con la luna y la propia sombra, como hace en uno de sus poemas más famosos.

Una jarra de vino entre las flores.

No hay ningún camarada para beber conmigo,

pero invito a la luna,

y, contando a mi sombra, somos tres…

mas la luna no bebe,

mi sombra se contenta con seguirme.

Tardaré poco en separarme de ella;

¡La primavera es tiempo de alegría!

(En la versión de Marcela de Juan en Segunda Antología de Poesía China).

La luna es, por cierto, uno de los motivos que aparecen en los poemas más conocidos del poeta, quien la dota de diversos significados y hace que su presencia sea muy diferente en cada uno de ellos, desde la compañera de alegrías hasta la encarnación de la nostalgia a través de su luz fría.

Parece la blancura de la escarcha en la tierra.

Miro a lo lejos. Veo los montes y la luna.

Inclino la cabeza. Pienso en mi país natal.

(En la versión de Marcela de Juan)

En Trescientos poemas de la dinastía Tang Guojian Chen señala que es:

[…] el poema más conocido y recitado de China y no falta en ningún libro de texto para los escolares. Los padres suelen enseñar a sus hijos al cumplir los cinco años a aprenderlo de memoria. Es fácil de entender, ya que, milagrosamente, no tiene la menor diferencia con el chino de hoy, y es fácil de recordar: consta solo de 20 sílabas y contiene una gran belleza fónica.

Fue ese poema el que, a finales de la década del noventa o principios de los dos mil, Enrique Servín, poeta y políglota, recitó a un grupo de chinos en la fila del consulado en Ciudad Juárez. Ellos rompieron la fila por escuchar a ese mexicano, en el otro lado del mundo, recitar la poesía que aprenden desde niños. La anécdota se la escuché más de una vez a Servín y él mismo la consignó en uno de sus poemas. Trece siglos después de la muerte de Li Po su poesía sigue viva, recitada y congregando a las personas para escucharla.

A mí me sigue maravillando, a pesar de que, a diferencia de Servín, sólo he podido acercarme a ella a través de traducciones. En sus poemas están las preocupaciones de toda la poesía —que son inevitablemente las de la condición humana—, planteadas con gran elegancia y sencillez.

El paso del tiempo, esa preocupación que a todos nos ha alcanzado en algún momento, sobre todo frente al temor de perder a algo o alguien, está, por supuesto, presente en la obre de Li Po. Sin embargo, el poeta no se conforma con constatar lo obvio, la vejez que a todos alcanza, ante ella opone el disfrute de la existencia.

A BEBER

¿No veis, amigos? Las aguas del río amarillo,

caídas del cielo, se lanzan hacia la mar

para no volver jamás.

¿No veis que en el espejo plateado del salón,

se miran tristes nuestros cabellos agrisados,

que los hilos de seda, negros por la mañana,

se han hecho blanca nieve al llegar el crepúsculo?

¡Entreguémonos a libar mientras podamos!

¡No dejemos vacías las copas doradas

frente a la luna!

Los dones que me otorgó el cielo

no se han de desperdiciar.

Vamos, maestro Qin y querido Dan Qiu.

No dejéis vuestras copas ni un instante.

Os voy a cantar una balada,

y escuchadme todos, os lo ruego:

Para mí no importan nada

los gongs, tambores ni exquisitos manjares.

Solo deseo una ebriedad perpetua.

Los santos y sabios del pasado

están todos olvidados.

Mientras que permanece intacta

la fama de los grandes bebedores.

El príncipe Chen aprovechó bien su tiempo:

En el Palacio de Paz y Delicias,

se entregaba a las orgías

con excelentes licores.

Ahora te pido más vino, anfitrión,

y, ¿dices que ya no queda dinero?

Llama al mozo y que vaya a traer

a mi corcel tordo y mi abrigo

que valdrá mil onzas de oro.

Que los cambie por buen vino

y ahoguemos juntos las tristezas de mil años.

(En la versión de Guojian Chen en Trescientos poemas de la dinastía Tang)

En este poema no sólo pondera el disfrute, sino que lo hace a través del desprecio de los bienes materiales, que en otras partes de su obra se manifiesta también con su desprecio a la corte y sus maneras.

Es la belleza siempre pasajera uno de los puntos donde el poeta logra desarrollar más la potencia de sus dotes, como en la luz de la luna que entra al cuarto, en una flor que todavía se ve fresca pero pronto se marchitará o en los sueños que se desvanecen apenas se despierta, como en CANTO DE ADIÓS A LA MONTAÑA MADRE DEL CIELO TRAS UN PASEO EN SUEÑOS:

[…]

Mi corazón se estremece de espanto.

Me despierto y suspiro largo rato:

No veo más que mi almohada y mi estera.

Ha desaparecido como por encanto

el mundo de las brumas y nieblas.

Así ocurre con los placeres de esta vida.

Todo pasa, desde siempre,

como las aguas del río

que corren hacia el este.

Te dejo, amigo, y no sé cuando volveré.

De momento, apacientaré mi ciervo blanco

entre los verdes picachos.

Cuando quiero pasear,

lo montaré y visitaré montañas

famosas en las leyendas.

¡Jamás bajaré mi altiva cabeza,

ni doblaré mi espina dorsal

ante los ricos y poderosos,

acabando con toda alegría

de mi corazón y de mi alma!

(En versión de Guojian Chen en Trescientos poemas de la dinastía Tang).

El poema que comienza con la descripción de un sueño, que es también una escena mitológica, y termina con un rechazo hacia los poderosos y sus futilidades. En eso último, recuerda a uno de los poemas caros a la tradición poética en nuestra lengua Coplas a la muerte de su padre de Jorge de Manrique, no sólo en señalar la vacuidad de la pompa y el poder, si no en la metáfora fluvial que, siete siglos después de Li Po y del otro lado de Eurasia, el noble castellano desarrolla en su poema, aunque, es cierto, imbuido por el pensamiento cristiano.

Las riquezas y su búsqueda, como la búsqueda del poder son, en la poesía de Li Po, dignos de burla o planteados en oposición al disfrute de la existencia en un mundo en el que todo acaba, incluidas las riquezas y el poder.

Así, en un poema Li Po señala la futilidad de las riquezas frente a la corta existencia concedida a los seres humanos —obra que, por cierto, recuerda al poema en el que el príncipe poeta texcocano, Nezahualcóyotl, señala que incluso el jade se rompe, el oro se quiebra y el quetzal se desgarra—; y en el que, además, la luna y el aullido de los monos vuelven a aparecer, pero esta vez, justamente para remarcar el fin y la desolación de la tumba a la que nos dirigimos:

¿Cuánto podrá durar para nosotros el disfrute del oro, la posesión del jade?

Cien años, cuando más: éste es el término de la esperanza máxima.

Vivir y morir luego; he aquí la sola seguridad del hombre.

Escuchad, allá lejos, bajo los rayos de la luna, el mono acurrucado y solo

llorar sobre las tumbas.

Y ahora llenad mi copa: es el momento de vaciarla de un trago.

(En versión de Marcela de Juan).

Secretaría de Cultura