Tierra Adentro

Titulo: Los muchachos de zinc

Autor: Svetlana Alexiévich

Editorial: Debate

Lugar y Año: México, 2016

 

La mayor parte de los lectores en español conocieron a Svetlana Alexiévich gracias al Nobel y, sobre todo, a La guerra no tiene rostro de mujer, un texto que dejó en claro al menos dos cosas: la potencia de su voz (o mejor dicho, de la multiplicidad de voces contenidas dentro de su obra) y la inevitabilidad de su postura antibélica. Ahora, con casi todos sus libros traducidos y disponibles en nuestro idioma, podemos entender mejor las posturas autorales de Alexiévich que, con o sin mayor sustento heurístico, han sido interpretadas por la crítica internacional en clave antisoviética e incluso anti Putin.

«No quiero volver a escribir sobre la guerra», escribe la autora en la obertura de Los muchachos de zinc, como una advertencia perdida de antemano: ella, testigo y cronista, juez y parte, tiene el mismo margen de elección que aquellos soldados soviéticos que fueron convocados por su país a pelear en Afganistán, uno muy reducido pero también fatídico e impostergable. Con todo, a diferencia de lo que ocurre en La guerra…, en esta ocasión no sólo serán las voces femeninas —los rostros de mujer: madre, esposa, doctora— sino también las masculinas —el soldado, el cabo, el fusilero— quienes relaten el escarpado camino que va y viene del campo de batalla. Mediante una perspectiva a escala humana como antídoto del totalitarismo de la historia con mayúscula, en contrasentido de la grandilocuencia del discurso oficialista y las medallas patrias, se va hilando un discurso sutil de exclamaciones y recuerdos fragmentados, de reclamos en voz baja. Sobre todo, se va construyendo un sentimiento de enorme engaño, tanto en ellas y ellos testigos, como en nosotros que leemos, de estar asistiendo al desarrollo de una puesta en escena del absurdo titulada «Guerra de Afganistán».

El expediente con el que cierra el libro, una serie de transcripciones de los careos a los que tuvo que someterse Alexiévich, acusada de antipatriotismo y de calumnia, luego de la publicación del libro, intensifica este sentimiento. A menudo las contrapartes de Alexiévich se dicen ultrajadas, borradas, difamadas. «Usted hace ver a nuestros hijos como unos malvados asesinos», afirman. Es claro que los demandantes han sido coartados y coaccionados por las autoridades censoras del gobierno ruso. Es claro que la intención de la autora no ha sido tergiversar ni cambiar. Con todo, si la guerra ha de tener un rostro, entonces el de él, soldado, fusilero o cabo; el de ella, enfermera, madre o esposa, e incluso el de ella que firma el texto, y el de nosotros que leemos, que toleramos, se refleja como deformado en un espejo, un rostro singular pero colectivo a la vez, abismado en esa multiplicidad absurda titulada «Guerra de Afganistán», o si se prefiere «Guerra de Cualquier Parte», guerra simplemente y a secas.

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