Tierra Adentro

Portada Debolsillo, Mantra de Rodrigo Fresán

El lugar donde transcurre la novela Mantra de Rodrigo Fresán ya no existe. Probablemente nunca existió. El Distrito Federal, la Ciudad Monstruo que puebla las páginas del monstruo del autor, ha desaparecido. Ahora está ocupada por otra urbe con la que comparte la misma mitología, el tiempo y el imaginario: la CDMX. Y ambas transpiran el mismo pasado fantasmal: otra ciudad, la antigua Gran Tenochtitlan.

El autor de Mantra no existe ya, el editor tampoco. Esta obra fue ideada en Barcelona por un español: Claudio López Lamadrid, quien falleció en 2019. Le encomendó la tarea de hacer un fresco de las dimensiones de un Guernica a un argentino autoexiliado en Cataluña. Digo que el autor de Mantra ya no existe porque fue un prototipo que se utilizó en un solo experimento. Tal fue su misión, y luego desapareció. Y así entre estos tres elementos que ya no están con nosotros, el Distrito Federal, el autor y el editor, Mantra a 20 años de su publicación ha alcanzado su cenit: es una aparición espectral.

Por sus primeros cuentos, por Esperanto y, por sus múltiples artículos, se sabía que Fresán eran un gringólogo consumado. Escritores, series de televisión, músicos: el pedigrí gringo del autor es inconmensurable. Lo abarca todo, desde autores desconocidos, hasta las grandes leyendas, pasando por un conocimiento de la cultura rock que reverencia por encima de todas las cosas a Bob Dylan. Pero nadie sospechábamos que con ese Fresán gabacho conviviera en el mismo cuerpo este otro aspecto: el mexicano. Su conocimiento de lo mexa es tan deslumbrante que pareciera que ha vivido varias vidas, todas en México. Como una especie de revancha del karma que lo obliga a reencarnar siempre en este país.

Desde su portada, la foto de un niño con una máscara de luchador, Mantra ejerce su poder de seducción. La Lucha Libre es una parte central de la vida emocional de este país. Antes que la figura del narco fuera admirada por los oprimidos, era El Santo, el Enmascarado de Plata, el héroe que todos los mexicanos idolatraban. Partiendo de una imagen, cuya carga simbólica es doble, la foto que como la magdalena de Proust dispara la historia, y la del niño como un homenaje a los álbumes de barajitas de luchadores, conocemos a Martín Mantra, hijo de dos actores de telenovelas, otro fantasma que carga una pistola.

El viaje de la Ciudad de la Furia a la Ciudad de la Transa, con escala en Barcelona, lo hace Fresán enmascarado. Y es el súper poder que le otorga el ocultar su identidad lo que le permite escribir la mejor novela sobre la Ciudad de México de los últimos 25 años. Quizá sea verdad eso de que hay que alejarse un poco de las cosas para poder observarlas más detenidamente. Pero Mantra también produce el efecto de que Fresán es más mexicano que una lata de jalapeños de la Costeña. Pareciera ser que él siempre ha estado en México. O que México siempre ha estado en su interior. No es difícil imaginarlo de niño, sentado un domingo por la mañana frente al televisor viendo En familia con Chabelo.

Mantra es un experimento, es una parodia, es un homenaje, es una carta de amorodio a la Ciudad Monstruo. Es la ciudad que él inventó. De la vida que él se inventó para sí mismo. Porque queda claro que Martín Mantra es un alter ego de Fresán. Es un largo, larguísimo viaje de peyote en el que él vislumbró su vida como si hubiera sido mexicano. Y las visiones de este viajezote son el auténtico jardín de las delicias chilango. Mantra es como el mole. Una bomba para el estomago, pero al que no podemos resistirnos, aunque sepamos que al día siguiente las agruras nos estarán matando. No lo perdonamos. Y hasta nos dobleteamos.

Mantra es una reencarnación en sí misma, en la que todo cabe: Cortázar, vampiros aztecas, el metro, los Godínez, los vendedores ambulantes, las estatuas de Reforma, los hoyos fonquis, Burroughs, Rulfo, Comala City, López Tarzo, y un largo etcétera que se va desdoblando por las páginas de este platillo servido a rebosar. Que a cada bocado te hace repetir con fascinación. La primera reencarnación es el mismo Martín, la segunda el mundo de los muertos, en el que Rulfo se revela como el Santo Patrono y máxima autoridad en la materia. Y por último la presencia de ese otro santo maldito que fue William Burroughs. Momento en el que Fresán se quita la máscara para sacar a bailar su lado más beatnik.

Y es que, si Chabela Vargas es mexicana, el Tío Bill lo es también. Y no podía faltar en ese platillo la presencia del perpetrador de uno de los momentos más locos de la historia de la literatura: el asesinato de su esposa. Porque esas cosas sólo suceden en nuestras tierras. Esos episodios llevan tatuada la leyenda Made in Mexico. La misma Mantra sólo pudo ocurrir aquí. Narrada por un escritor que no existe, editada por un editor que ha muerto y desarrollada en una ciudad que dejó de existir, pero en la que en su actual reencarnación todavía se encuentran los tacos de tripa bien dorada más chingones y sabrosos del universo.

Secretaría de Cultura