Tierra Adentro

María Hernández ama la vida porque la ha arriesgado dos veces.

A los dieciséis años cruzó la frontera México-Estados Unidos por un túnel. No había aire. No había luz. En esa sofocante humedad se arrastró entre los huesos de quienes habían perdido la vida en el camino. Apenas podía respirar.

A los cuarenta, siendo madre de cinco, cruzó un cerro empinado en el desierto para poder reunirse con sus hijos del otro lado. Cansada y sedienta se tropezó con una piedra. De no haber sido por sus compañeros de viaje se habría caído por un barranco.

Hoy María quiere contar su experiencia. Tiene cincuenta y seis años y trabaja en una granja comunal en el pueblo de Richmond, California, a dos kilómetros de su casa. Siembra, protege y consiente a sus plantas.

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“Yo creo que soy muy maternal”, me dijo sonriendo y con una voz tan tierna que hace pensar que siempre está de buen humor, “No puedo estar sin mis plantas. Y no puedo estar sin mis hijos”.

Su historia —como la de muchos paisanos— es de lucha, fuerza y determinación, de salir siempre adelante ante circunstancias adversas. Pero sobre todo es una historia en la que el amor a la familia es central: lo único que le queda cuando parece que ya no hay nada.

María y yo estamos sentadas en un sillón de la sala de su casa, un espacio modesto de dos pisos en el que vive con cinco familiares. Un altar colorido protege la entrada. Tiene manteles tejidos en rosa y morado, nochebuenas frescas, orquídeas blancas, rosarios de colores, veladoras y una Virgen de Guadalupe. Arriba del sillón, contra una pared amarilla, cuelga un marco con una foto despintada. Se trata de los papás de María: el papá aparece con lentes y sombrero, y la mamá con un vestido morado y dos trenzas.

María nació en un rancho cerca de Jaltepec, al norte de Oaxaca. Sus papás son campesinos que trabajan el maíz. Ellos le enseñaron a sembrar desde pequeña. Siendo la más grande de siete hermanos, cuando tenía apenas trece se fue a vivir con su papá a la Ciudad de México —un enorme monstruo urbano que poco se comparaba con el pequeño pueblo en el que había crecido—. Durante tres años trabajó limpiando casas de señoras ricas en Coyoacán. Hasta que a los dieciséis, y sin saber muy bien por qué, fue hora de irse pa’l norte, como decía su familia.

“El sueño de toda la gente es el norte”, me dijo mientras nos acomodábamos entre los cojines de la sala. “Que porque acá van a venir a ganar en dólares. Ahora me doy cuenta de que allá [en México] vives en un paraíso. Tienes tus propios terrenos, tus propias cosechas. Pero yo no sé por qué la gente siempre quiere venir pa’l norte.”

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Su papá le dio un poco de dinero, y con apenas esas monedas y un suéter para cubrirse del frío se subió a un camión que la llevó a Tijuana, sin tener idea de lo que le esperaba.

Viajó acompañada por dos tíos. Pagaron ciento cincuenta dólares para que un coyote los guiara. Eran un grupo de cuarenta hombres y cuarenta mujeres. María recuerda una vegetación “tan verde y tan hermosa que los árboles chocaban unos con otros, por eso los helicópteros no nos miraban, porque las camionetas van por abajo.” Pasaron semanas sin comer y sin tomar agua. Los labios se les partían del hambre y la deshidratación.

Hasta que un día María ya no pudo más. “Necesito voluntarios para ir por comida”, dijo el coyote. Sin pensarlo se ofreció a ir. Ella, dos hombres y otra mujer del grupo se pusieron gorras, pants y tenis para ir a una tiendita cercana sin que nadie sospechara que eran migrantes. El plan era hacerse pasar por parejas que hacían ejercicio. Compraron ocho paquetes de pan Bimbo y dos galones de leche para las ochenta personas. “Pobre gente, se arrebataba el pan”, recuerda María.

Luego vino el túnel. Uno de los ciento sesenta y ocho que existen entre México, Arizona y California, según las autoridades aduanales de Estados Unidos. Una pesadilla de oscuridad, humedad y muerte. No había oxígeno, iban a gatas y sin ver nada. “Me arrastraba y hacía a un lado los huesos de la gente que murió ahí”. Con mucha calma y tomándose las manos, María respira y sigue: “Sentí horrible al tocar los huesitos, nomás para hacerlos a un lado. Estaba tan oscuro que no miraba nada. Creo que fue por eso que no me dio miedo. No tuve ni tiempo de decir algo. De rezarles. Tenías que pasar rápido, si no tu también te ibas a a quedar ahí.”

Desde entonces para María la muerte tiene olor a humedad.

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Del otro lado del túnel era de día, pero el sol no se veía entre los árboles. El grupo caminó y llegó a una carretera. Los coyotes les dieron instrucciones para esconderse y esperar. “Te dicen que te metas a los matorrales porque va a llegar una camioneta que empieza a pitar. Cuando pasa eso corres y te subes”, recuerda María, “pero no había que confundirlo con la perrera de La Migra, pues esa te lleva a otro lado”, dice refiriéndose a las camionetas de policías que patrullan la zona.

En la frontera los coyotes esperaban el cambio de turno de los guardias para pasar cuando las casetas estuvieran vacías. “Ahora ya es bien diferente”, dice. Cuando por fin cruzó, los viajeros se dispersaron. María se fue con sus tíos a una casa de migrantes en Los Ángeles, hasta que las hermanas de ellos los fueron a sacar. Aquellos primeros días María trabajó cuidando a una señora enferma, ya mayor. Después se fue con “la tía Cata”, una amiga suya, tía de cariño, a vivir a Clovis, también en California, para trabajar en una tortillería, y allí conoció a su esposo.

“Cuando yo la conocí ella traía otro novio”, me dijo José por teléfono, “pero el muchacho no trabajaba ahí. Empezamos en el trabajo a platicar y a hablar, ya después la invité a salir al baile. Y le dije que si quería ser mi novia. Me dijo que sí”.

Se enamoraron, y cuando María tenía veinte años tuvieron a su primera hija, Yuri. Pero un día la mamá de José se enfermó del corazón. Los doctores le pronosticaban pocos días de vida. Y así, sin papeles ni identidades legales o pasaporte, emprendieron el viaje de regreso a Guanajuato con la familia de José.

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Tuvieron cuatro hijos más. José iba y venía porque en México no había trabajo. Vivía en Richmond por periodos de dos o tres años trabajando en el campo, en construcción o haciendo tortillas. Ganaba siete dólares por hora y cada semana le mandaba de cincuenta a cien a su familia. Cuando no alcanzaba, María compraba quesos y cajeta para vender en la Ciudad de México. Siempre que José volvía a México llevaba regalos para toda la familia.

Yuri, ya de 36 años, entra a la sala donde María y yo estamos sentadas. Son vecinas y se ven diario. Le gusta vivir en Estados Unidos porque tiene mejores ingresos y está con su familia. “Acá hay más oportunidades y tienes una vida mejor para la familia”, me dijo. “Allá en México cada que comíamos jamón hacíamos fiesta. Y los días que mi mamá llevaba cereales, también”. María asiente con la cabeza y dice: “Allá está más difícil, nosotros les mandamos cajas de ropa a nuestra familia, y dinero para que la pasen un poquito mejor”.

Yuri va a la cocina y se lleva ollas y cucharas. Va a hacer sopa de camarón para todos. María, mientras tanto, me cuenta cómo José arriesgaba la vida cada que cruzaba la frontera. Un día, cargados de ilusiones, decidieron que todos se irían otra vez pa’l norte.

Esta vez cruzaron por Mexicali. Sus tres hijos más chicos pasaron con una coyota que tenía papeles. Eran casi las doce de la noche cuando la señora recogió a a los niños en una camioneta nueva. Víctor tenía diez años, Leonardo siete y Érik cuatro. Les cobraron diez mil dólares que José tuvo que pedir prestados.

“Estaba bien oscuro cuando cruzamos”, recuerda Víctor, el más grande. “La coyota nos dio ropa nueva y nos cortó el pelo para que pareciéramos gabachos. Me dijo que me sentara y que me hiciera el dormido. Como éramos niños, la policía no nos preguntó nada”.

María tuvo que tomar una ruta más difícil: cruzar el desierto del Cerro Centinela, conocido por ser un escenario recurrente del tráfico de personas. Caminó durante una semana con un calor infernal y ampollas en los pies. Esta vez no traía nada más que naranjas y limones para la deshidratación. “Me resbalé con una piedra y me caí”, dice María, “y si no hubiera sido porque otras personas me agararron, me habría ido por un barranco”.

María vio varios cuerpos en el desierto. Muertes invisibles que nadie regresa a llorar, ni a enterrar. “Lo más dificil fue el sacrificio”, dice entre pausas, con los ojos llorosos. “Cómo miras a los muertos en el desierto. Mucha gente que se quedaba, que ya no podía, y cómo ayudarlos. Sobre todo la gente grande que viene caminando y se deshidrata, o los pies se le desfiguran de caminar.” Las líneas de expresión que rodean su boca delatan el paso de esos años difíciles.

El primero de enero del 2001 llegó cansada, sucia y adolorida a Los Ángeles por segunda vez. De ahí se fue a Fresno, donde vivía su hermana. Al día siguiente, después de comer y bañarse, su esposo la fue a recoger para llevarla a Richmond con la familia. “Llegué con mi montoncito, y fue como si el corazón me hubiera regresado al cuerpo”, dice María con su característica sonrisa.

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En la sala de su casa se hace tarde. El sol cae y el frío californiano empieza a apretar. María se frota las manos, se pone un suéter y calienta un par de tortillas recién hechas para las dos. Nos las comemos con salsa de chile de árbol y limón.

En la casa de al lado, la familia se reúne para cenar la sopa que Yuri preparó. Dos nietos de María, hijos de Yuri, entran corriendo después de la escuela. “Guelaaaa guelaaaaa”, gritan los niños mientras la abrazan, sin poder decir “abuela” todavía en español. Juegan trick or treat detrás de la puerta de la despensa. Su inglés es casi perfecto. La chiquita viste unos pants rosas, tenis Nike negros, un moño grande en la cabeza y una playera que dice con letras doradas I love my family.

“Será que porque uno no tiene mucho dinero, pero siempre tenemos que estar unidos para sobrevivir. Y los gabachos no. Ellos ya a los dieciocho años los sacan a sus hijos, que se vayan”, dice María poniéndole limón a la sopa. “Pero como no tenemos, estamos todos juntitos para pagar esta casa. Es lo que nos hace estar todos unidos”.

Después de cenar María toma una ducha y se prepara para irse a la preparatoria de Richmond, donde toma clases de inglés tres veces a la semana. Después de muchos trámites, desde julio del año pasado María ya es residente legal en Estados Unidos. Pero las estrictas políticas de migración actuales tienen a su familia en alerta. Su próxima reto es aprender a hablar inglés correctamente.

“Nunca se sabe con ese Trump”, me dijo. “Tenemos que estar bien preparados”.

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Una primera versión de este artículo apareció en inglés en Richmond Confidential.

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