Tierra Adentro

Imagen de Gerd Altmann de Pixabay

Quizá yo también lo conocí. Se llamaba Elliot Rodger y tendría mi edad de no haberse suicidado tras escapar de la policía. Había asesinado a siete personas en las inmediaciones de la Universidad de Santa Bárbara, en Isla Vista, California. Era 2014, y los dos teníamos 22 años, una edad en la que ya es tarde para suicidarse por falta de atención, pero en la que todavía estás a tiempo, si te lo propones, de matar a alguien más por la misma razón. A Elliot se le pasó la oportunidad de desaparecer precozmente, por lo que tuvo que esperar unos años para fortalecer su baja autoestima. No digo que el chico no haya intentado quitarse la vida antes, sobre todo en la secundaria, cuando las chicas de su salón lo tildaban de raro y no tenía más remedio que desahogarse en internet junto a otros hombres como él, que no sabían qué hacer cuando esas mismas chicas los rechazaban.

A inicios del 2000, en internet había foros y salas de chats por montones, sitios destinados para incitar el intercambio entre los usuarios de anécdotas, comentarios, ideas, opiniones, secretos, en fin, todo lo que supieran sobre un tema en concreto, sin la necesidad de erigirse como líderes de opinión –algo que más tarde vendría con la web 2.0 y las redes sociales–. Si en la “vida real” no eras tan cool, en el “ciberespacio” podías encontrar al menos una comunidad con la cual compartir los más extravagantes intereses. Más o menos así nacieron Reddit y 4chan. Con el tiempo, y sin que este haya sido su propósito original, estos foros se convirtieron en el semillero de resentidos sociales que aprovechaban el anonimato para describir sus frustraciones. Bajo el elocuente nickname de Anonymous, muchas personas entraban para fraguar venganzas o esparcir sus hipótesis más perversas sobre la sociedad. Debido a mi carácter, inestable y disperso, me cuesta trabajo definir una postura respecto a casi cualquier cosa, incluida la manera en que son y se comportan los hombres. Incluso cuando utilizo hombre para referirme a la humanidad, sé que algo queda fuera, por más que insistan quienes opinan que el hombre como masculino genérico incluye a todos y a todas.

En mi adolescencia, habiendo probado ya las mieles de la pansexualidad delante de la webcam, a menudo me preguntaba si realmente era necesario comportarme como varón (lo que sea que esto signifique) en un mundo donde el anonimato me permitía, en cambio, experimentar con otras expresiones e identidades. Era divertido y, a su modo, placentero. Sin embargo, mientras algunos estábamos ocupados imaginando vidas paralelas, otros –hombres jóvenes en su mayoría– aprovechaban el anonimato para defender su “verdadera esencia”. Se hacían llamar incels y aún existen, aunque ya no solo en los márgenes de internet. Paradójicamente, la historia de estos hombres tiene orígenes femeninos.

En los noventas, una mujer llamada Alana acuñó el término incel para referirse a la comunidad a la que pertenecía. Los miembros se distinguían por no encontrar pareja debido a su inseguridad. Al inicio Alana quería llamar a su comunidad “Vírgenes solitarios”, pero creyó que era ofensivo y optó entonces por Involuntary Celibates, expresión completa del acrónimo incels (“célibes involuntarios” en español). La virginidad de los incels es directamente proporcional al rencor que les guardan a las mujeres. No pasó mucho tiempo para que algún hombre la usara en 4chan por primera vez para referirse a sus fracasos amorosos y hacer pública su misoginia. Lo más interesante del asunto es que tiempo después se desataron diversas versiones sobre la sexualidad y el género de Alana. En algunos sitios cuentan que era bisexual, otros dicen que era una mujer trans y otros más que era queer. Pareciera que su indefinición se burlara de los esfuerzos de aquellos hombres obsesionados con defender las virtudes masculinas.

Como toda comunidad en internet, los incels tienen sus propios códigos e incluso una jerga compuesta por términos que utilizan para catalogar a quienes no son como ellos, esos otros que siempre son el problema. Los Chads y las Stacy son, respectivamente, hombres y mujeres tan atractivos que no necesitan esforzarse para encontrar a su media naranja, en una sociedad que los promueve como modélicos estilos de vida. Según la mentalidad incel, su aspecto les facilita las cosas en una sociedad que aspira a ser como ellos. Por años, los incels han respondido con creces a las preguntas planteadas por una masculinidad que creen conocer a fondo. Construyeron una lógica condescendiente con sus propias creencias, una perspectiva del mundo en el que ellos por fin toman el control. Sin embargo, más que descifrar los códigos masculinos, protagonizan una sociedad a su medida. Se han hecho de una habitación propia donde duermen arrullados por sus propias certezas.

Antes de que Rodger se convirtiera en mártir del movimiento, la palabra era el único catalizador de emociones destructivas que tenía a su alcance, en la secundaria, para drenar su propia agresividad. El día de la masacre en Isla Vista, Rodger subió a YouTube un video de casi siete minutos con el título Elliot Rodger’s Retribution, donde explicaba las razones que lo llevaron a vengarse del modo en que lo hizo. Entre sus víctimas se encontraban tres hombres que compartían departamento en una hermandad muy cerca de la universidad, al igual que tres mujeres que también vivían juntas. Otra mujer, en una cafetería cercana, se uniría a la lista minutos después. De este modo Rodger había concertado su Retribution’s Day: un acto de rendición de cuentas, una purga de los malos ciudadanos. Esos “malos ciudadanos” comprendían al género femenino, particularmente a las mujeres que se habían negado a intimar con él, así como a los hombres atractivos y musculosos y a las parejas interraciales, pues Elliot no toleraba que un negro, un chino o un mexicano tuvieran más sexo que él y, peor aún, con las mujeres que le pertenecían únicamente por ser su paisano.

Además, desde muy chico llevó una especie de diario titulado My Twisted World, que hasta el día de hoy algunos consideran el manifiesto de la virilidad oprimida. A la manera de una bildungsroman, Rodger relata a partir de su nacimiento hasta la planeación de su castigo, recordando cada tanto las vejaciones y rechazos constantes por los que atravesó desde que llegó a este mundo y tomó conciencia de su maldad. Son más de 100 páginas que, con un editor visionario, pudo haber ocupado las mesas de novedades días después de que llevara a cabo la matanza por la que se le recuerda. Lo cierto es que no creo que My Twisted World pertenezca a la no ficción. Al contrario, la imaginación de Rodger se desborda en busca de una imagen en particular: la de la víctima que se redime tras vengar su agravio. Su historia tiene más ficción que realidad. No me refiero a que haya mentido, al contrario, su relato es tan creíble para él, tan nítido y cierto, que mentir habría sido faltar a la verdad. Su verdad. Ya desde las primeras líneas hay un tono que persiste hasta la última, con la que incluso cierra el libro de un modo por lo demás sugerente: “Finally, at long last, I can show the world my true worth” (Por fin, puedo mostrarle al mundo mi verdadero valor).

Para él, pasar desapercibido era una manera de confirmar que los demás se estaban perdiendo de su “verdadero valor” (en la primaria lo llamaban “Quiet Kid”). En cambio, para mí fue un modo de encontrar el mío. A los trece años, yo quería descubrirlo con ayuda de internet, mientras que Rodger lo tenía muy claro y no podía perder tiempo dudando. Éramos adolescentes que buscamos refugio en las salas de chat, en los foros virtuales, en los videojuegos multijugador como World of Warcraft (WoW). Elliot podía pasar todo el verano jugando en casa de su madre, sobre todo luego del divorcio y de que la casa paterna se convirtiera en una cárcel para él. Su estancia en las salas de chat de las que habla en su libro, las fotos que un amigo suyo le mandó de mujeres desnudas, los gráficos de Halo que se convertiría en su videojuego favorito, la poca atención que le prestaban las chicas cuando salía a jugar en comparación con la que recibían otros chicos más apuestos que él… Elliot Rodger era un adolescente inadaptado como yo, ¿por qué entonces asesinar en vez de suicidarse, como lo haría cualquier adolescente inseguro y deprimido que se respete? Porque para los hombres como él, los demás siempre han sido el problema.

Días después de la Masacre de Isla Vista, algunos hombres comenzaron a llamarlo San Rodger, entre ellos Alek Minassian, quien años más tarde pondría en práctica el mandato de su ídolo. El 23 de abril de 2018, con veinticinco años, Minassian atropelló a veinticinco personas –de las que solo sobrevivieron quince– en condiciones más o menos parecidas a lo ocurrido en California. Sin embargo, esta vez detrás del ataque había un motivo de orden superior. Minassian dejaría un mensaje en clave militar para el recuerdo:

El soldado (recluta) de Infantería Minassian 00010 desea hablar con el sargento 4chan, por favor. C23249161. ¡La rebelión de los incel ya ha comenzado! Derrocaremos a todos los Chads y las Stacys. ¡Saluden todos al supremo caballero Elliot Rodger!

Tanto Rodger como Minassian son protagonistas en un relato para nada nuevo. Sus historias pertenecen a una constelación narrativa como un capítulo más de la violencia sistemática que se vive a diario. Sus biografías bien podrían venderse como bestseller, y seguramente en el futuro alguien decida publicarlas y haga dinero a costa de un par de adolescentes confundidos. Más que un testimonio, ambos personifican la invención del héroe modélico para el que los demás son el origen de todos los males. Cuando finalmente esos hombres reunidos delante de una pantalla aceptaron que morirían por su causa, defendiendo a muerte su propia virilidad mancillada, dejaron de pertenecerse a sí mismos y crearon la imagen del incel que hoy conocemos: un hombre que solo le pertenece a otros hombres.

Naturalmente, cuando los incel reclaman sexo se refieren únicamente al coito heterosexual. Pero la falta de sexo no es su único problema. Si fuera así, en cada foro las amenazas contra las mujeres alternarían con propuestas homoeróticas entre los participantes. Tal vez alguno de estos hombres desarrollara con el tiempo una filia que consistiera en excitarse con los lamentos de otros hombres. Seguramente aquel se masturbaba frenéticamente mientras leía las historias de rechazo de los demás. Un incel llora únicamente delante de otros hombres. Hacerlo con una mujer no resulta placentero. Casados con su imagen de víctimas, de tener enfrente a una chica, podrían decepcionarse de sí mismos y de lo que habían imaginado. No querrían desperdiciar sus lágrimas, como si de semen se tratara, frente a una mujer. Lo harían, por el contrario, entre más hombres como ellos, hombres que también lloran, pero solo frente a una pantalla y en compañía masculina. El llanto funciona igual que la eyaculación: con una imagen que cala hasta el fondo de nuestras fantasías. Los muertos ya no lloran ni se masturban, por lo que mantener el deseo significa seguir vivo, y estos hombres quieren seguir vivos, siendo lo que son, perteneciendo a donde pertenecen, elucubrando planes que a última hora no cumplen porque es más cómodo quedarse en casa y no arriesgarse a perder lo único que les queda: su condición erótica de víctimas.

Por eso Rodger, el primer mártir en morir por la causa incel, fue santificado inmediatamente. Lo habían despojado de toda atracción sexual. Su carencia de sensualidad permitía que se le viera como un santo. Rodger marcó la ruta hacia un único destino: el de la trascendencia. A menos que estos mismos hombres decidan morir en vida, esto es, renieguen de sí mismos y cambien –en definitiva, se vuelvan más humanos– seguirán siendo los mismos hombres de siempre.

Hace unos días estaba aburrido y quise adentrarme lo más que pudiera en las profundidades de internet. Hice un recorrido por algunas páginas relacionadas con los incels, incluidas 4chan y Reddit, de donde fueron vetados no hace mucho. Sin embargo, estos hombres no se dieron por vencidos y diseñaron su propio sitio web, www.incels.co. A la manera de aquellos foros, en su webpage tejen hilos de discusión sobre temas como la masculinidad ultrajada de la que, según parece, todavía tienen mucho que decir. También encontré comentarios de hombres que insinuaban violaciones como castigo a las mujeres que los habían rechazado; hombres que vendían fotos íntimas de sus compañeras de clase; hombres que hacían tutoriales de conquista; hombres que presumían haber abusado de sus hermanas, primas, sobrinas. En definitiva, hombres más hombres que humanos.

Si el odio hacia las mujeres los une es porque su masculinidad no es suficiente. Para poder definirse necesitan de un enemigo en común, en este caso son todas y cada una de las mujeres que los han rechazado. Que les dijeron que no, y ellos no pudieron vivir con la negación pues los hacía sentir incompletos, carentes de algo, poco-hombres. Aventurarse a lo desconocido, a las profundidades de lo distinto, los mostraría vulnerables, y su vulnerabilidad terminaría por desactivar su automatismo. Los incels son peligrosos no solo por su misoginia y sus amenazas, sino por la imagen viril que insisten en preservar. En su masculinidad no existe el tal vez: eres o no eres hombre; vives –y sobre todo, mueres– o no como uno.

 

Bibliografía

 

Elliot Rodger, My Twisted World. Encontrado en: https://schoolshooters.info/sites/default/files/rodger_my_twisted_world.pdf

Elliot Rodger’s Retribution. Encontrado en: https://www.nytimes.com/video/us/100000002900707/youtube-video-retribution.html

Nota adicional

Este ensayo pertenece a Yosotr3s, libro inédito de ensayos sobre reescritura y cultura digital.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992) es autor del libro de ensayos Punto ciego editado por Ediciones de Punto de Partida y la Dirección de Literatura UNAM. Actualmente, estudia la Maestría en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana Puebla. Además, es becario del FONCA en el área de ensayo creativo (Generación 2020-2021), mientras que en 2014 lo fue, también en ensayo, del PECDA-Puebla. En 2015 obtuvo el Primer Premio de Ensayo en el concurso 46 de la revista Punto de Partida.
Secretaría de Cultura