Tierra Adentro

Ilustración de Maricarmen Zapatero

Estuviera donde estuviera, Magdalena Macías —conocida para su pesar como La Gorda Macías—desde siempre tuvo que convivir con la tiránica presencia de las telenovelas. En la casa donde creció el ruido de la tele casi nunca paraba, y sin importar en qué momento del día pusiera atención a la pantalla, siempre se enteraba de la vida de alguna güera muy peinada que no dejaba de batallar con la mala suerte que su bondad y belleza le traían.

Ya fuera en las telenovelas que vio de niña, de adolescente, o en las que ya de adulta encontraban la manera de colarse en su vida —porque nunca las había visto por ganas propias sino ajenas—, lo que aprendió fue que a las mujeres siempre les tocaba sufrir y llorar por algún hombre que a veces era malo, aunque si el hombre era bueno también sufrían, mientras que las otras mujeres, envidiosas, en vez de ayudar solo conspiraban contra la eterna bondad de la güera.

Aunque en su casa, la Gorda se abstuviera de prender la tele, la dictadura de las telenovelas la seguía a cualquier parte: si no era en la caseta de vigilancia era en la fonda, y si no, en la estética de Maricela, donde cada mes le tocaba su despuntada. Maricela tenía muchas clientas, y su éxito radicaba en que si le decías córtame nomás tres centímetros, tres centímetros te cortaba. Aunque en su salón había otras muchachas, la Gorda Macías —para entonces policía primero de las fuerzas municipales de Jojutla— siempre esperaba a Maricela.

En la tarde de aquel jueves aguardaba su turno en un silloncito descuadrado, y aunque trató de revisar su celular, hojear revistas de chismes o mirar para la calle, la Gorda al fin dirigió su atención a la tele empotrada entre pared y techo. En pantalla, vio cómo un comando de narcos, que más bien parecían strippers disfrazados de narcos, estaba a punto de ser emboscado en la operación peor organizada de la historia de la DEA. El narco principal, todavía más güero y más mamado que sus achichintles, decía te amo, Yolanda, dejemos el pasado atrás. Y esa Yolanda entonces sonreía con una felicidad conseguida a golpe de lágrima sufridora.

La Gorda ni se había dado cuenta de que Maricela la llamaba hasta que sacudió la capa de corte y dijo:

—Qué suerte que te tocaba corte, Gorda, que traigo problemas con una muchacha…

Además de cortar el cabello, Maricela se dedicaba a ayudar a mujeres que necesitaran un lugar a dónde ir. La Gorda recordaba bien la primera vez que, sobre el mismo silloncito descuadrado, Maricela le había dicho a una muchachita tímida y con un moretón en la cara: si te atreves a escaparte del viejo ese, yo te espero con un carro y te quedas en mi casa. De eso hacía ya unos seis años, y desde entonces Maricela acomodaba en su casa del Centro —una de esas antiguas, con jardín central y muchos cuartos— a cuanta muchacha lo necesitara.

Algunas de ellas aprendían a cortar el cabello y entraban a trabajar a su salón. Otras lograban irse para otro pueblo donde tuvieran familia. Con el tiempo y la ayuda de abogadas, trabajadoras sociales y alguna gente del municipio, Maricela había terminado por montar un albergue. De vez en cuando la Gorda tenía que espantarle a algún viejo cabrón. Más de una vez la habían amenazado, intentado quemar su casa y hasta secuestrarla, pero Maricela, siempre brava, se crecía con los problemas. Dijo:

—Ya sabes que yo no soy de susto fácil, pero es que el viejo de Perla es para darle de comer aparte.

Maricela le contó que desde que Perla había llegado a la casa, empezaron a pasar por enfrente las camionetas negras. Lujosas, sin música y sin escándalo, sin asomar armas. Siempre a vuelta de rueda y siempre a la misma hora, ya sabes que yo soy de poco dormir y me pongo aquí junto a la ventana a hacer mis muestrarios de uñas, pero eso no es lo peor. Según Maricela y las muchachas, alguien había entrado a la casa, porque una mañana al entrar a la sala vieron de cabeza la imagen de la Virgen de los Milagros.

—A mí esto me está dando ya mucho miedo, Gorda, los viejos de las otras muchachas son de venir a gritar, de decir que van a hacer y a deshacer, perros que ladran nomás, ya los conoces… Pero esto no es cosa de alguien normal. Y espérate, que el otro día me dejaron prendida una vela negra en mi ventana, no te rías, Gorda.

Y aunque se riera, la Gorda se tomó muy en serio lo que escuchaba, y pidió que la dejaran hablar con Perla.

—Pobrecita, a mí no me cuenta nada, dijo Maricela, a ver si a ti te quiere decir.

A la noche siguiente, después de su turno, la Gorda todavía uniformada fue a la casa de Maricela, que la hizo pasar a los cuartos. Perla estaba sentada en una cama estrecha idéntica a las otras que cabían en aquella habitación de techo alto y aire de hacienda. Su expresión era altiva a pesar de tener el ojo izquierdo cerrado por la hinchazón de un madrazo.

—Yo a ese lo dejé porque está loco, me celaba hasta de ir a ver a mi tía, le dijo a la Gorda con su voz de agüita de barranca; Perla tenía moretones en el cuello y también ese espanto que se queda en la mirada luego de que alguien intenta ahorcarte.

—¿Ese? ¿Y ese quién es? ¿Le vas a levantar una denuncia? La risa de Perla arrastró piedras.

—Uy sí, ahorita, para que amanezcamos todas balaceadas, empezando por usted, mi poli. Yo lo que quiero es irme, pero todavía no puedo hasta que no le mande un dinerito a mi tía, para que ella se vaya también. ¿Y si te encuentra? Perla miró a la Gorda como si aquella idea nunca se le hubiera ocurrido, y entonces se soltó a llorar como la escuincla asustada que era. Y aunque no dijo nada, a la Gorda le pareció raro que la novia de un narquillo estuviera tan dispuesta a hablar con un uniformado.

Cuando salió del cuarto, se juntó con Maricela en el patio. Las macetas desprendían un olor denso a toronjil y a Huele de Noche, que se mezclaba con el humo del cigarro de Maricela y el de un espiral espanta zancudos.

—¿Qué pasó? No, pues lo de siempre, que está cabrón. Maricela sacó humo y risa entre los dientes.

Por testimonio, deducción y repaso de su catálogo de malandros notables, La Gorda estuvo segura de que Perla se había escapado de Rufino Santos, alias El Chupín, narquillo ostentoso y fuereño, fiel a la Santa Muerte y vínculo de los Guerreros Unidos para mantener la plaza de Tlaquiltenango.

Pues si la muchacha denuncia podríamos aprehenderlo por violencia familiar, dijo al día siguiente Maldonado, brazo derecho de la Gorda, que tenía razón pero a la vez no, porque esos delitos eran de fianza fácil y solo servirían para terminar de prenderles la mecha a los viejos violentos.

—No, Maldonado, cómo cree, mire, esto va a ser como en el dominó: cuestión de atención, talento y vista. Y si querían mantener seguro el albergue de Maricela, resolverle su asunto tendría que ser cosa extraoficial.

Aunque por entonces la Gorda no daba órdenes a nadie, todos le hacían más caso que al comandante, un enviado de Cuernavaca que desde hacía más de un año se la pasaba haciéndose poco más que pendejo, y cuando un jefe se hace pendejo, es fácil imitarlo. Por eso, en vez de corretear a los secundarianos que se las tronaban entre las milpas, Maldonado y la Gorda averiguaron de Eulalia Ojeda, la tía de Perla, que vivía en una casita recién pintada por rumbo de Las Calaveras.

Eulalia habló con ellos: dijo que El Chupín se apostaba afuera de su casa en su camioneta negra, sin música y muy solemne, y se tomaba a pico de botella un tequila de los caros sin dejar de mirar fijo hacia su ventana.

—Haga como que se pone de su parte, dijo La Gorda, dígale que va a convencer a Perla de regresar con él, mientras nosotros vemos cómo lo calmamos. Y ella dijo que sí, que haría lo que fuera con tal de que dejara a su sobrina en paz. También sé, dijo Eulalia, que trae problemas con uno al que le dicen El Pleititos. Ya a solas, Maldonado le dijo a la Gorda:

—Ese Pleititos es el Rojo que debería disputarle la plaza al Chupín, pero mucho no le ha de disputar porque de él nomás cuentan que es más culo que espinazo.

Con los días, las amenazas a Maricela se pusieron más creativas: que si marcas afuera de su puerta, que si le dormían a los perros con jarabe para la tos, que si el corazón de un pollo aparecía en un charquito de sangre.

—¿Y esto qué significará, Macías?, dijo Maldonado. Lo que ya sabíamos: que el cabrón del Chupín anda muy confiado de que Maricela se va a asustar y va a correr a la niña. Perla, que no salía de la casa, cada tanto le contaba a la Gorda lo que sabía:

—El Chupín dice que pasa más chiva que nunca y que además de creerse dueño de Jojutla y Tlaquiltenango, ya hasta se quiere medir la vara con los de Yautepec.

Sobre el Pleititos Duarte se sabía que era un acapulqueño de familia importante, pero con una voz tan queda que, por más fusca que cargara, nadie terminaba de respetarlo. Su apellido sí metía miedo, pero quedaba claro que no el suficiente, porque la Autopista del Sol era territorio del Chupín, quien afirmaba con mucha devoción deber su buena fortuna a las ofrendas que hacía para su Niñita Blanca.

—Le digo que está loco, mi poli, decía Perla, si regreso con él me mata, y lo mismo si no regreso.

El Chupín tenía vigilados los movimientos de Maricela y de cualquiera de las muchachas que vivieran con ella en el albergue. Si salían al mercado, entre las bolsas del mandado se encontraban alguna amenaza críptica en un papel. Una noche llegó a la estética un cliente a pedir un corte que después intentó pagar a dos mil pesos, para al fin decirle a Maricela, por las buenas, que lo mejor para todo el mundo era que corriera a Perla de la casa.

—No sé ni de dónde saqué voz para decirle que se llevara su dinero, pero ya no puedo más, le dijo Maricela a la Gorda. Por si algo pasaba, la Gorda montó guardia con nada más que su Beretta y la bendición de Dios, pero esa noche todo estuvo tranquilo.

Al día siguiente, el dueño de Las Tres Parcas barría cristales en la entrada: el Chupín había armado un señor berrinche después de haber recibido una llamada.

—Hizo que sacara a todos los clientes, se puso a dispararle a las botellas de la barra y después a quebrar cuanto mueble se le puso enfrente mientras mentaba madres, mire el desmadre que me dejó y ni modo que con quién me queje.

No puede tratarse del asunto de Perla, pensó la Gorda, o hubiera ido en chinga a robársela, ni modo que no pudiera.

—Ese donde sea me va a encontrar, decía Perla todo el tiempo.

La Gorda, por más mala cara que cargara a veces, siempre hallaba la forma de saber lo que necesitaba.

—Y eso no se gana con que le tengan a uno miedo, es nomás porque hablo con la gente, me acuerdo de sus nombres, de quién son familia y de todas las cosas que me cuentan, eso es lo que hace que a un poli de pueblo le tengan confianza, le decía a cuanto novato se le cruzara, porque si dejamos que solo la placa y el uniforme hagan esa chamba pues estamos jodidos.

De chisme, dicho y rumor, Maldonado y la Gorda llegaron a saber que el Pleititos Duarte tenía mucha presión para recuperar la Carretera Del Sol. Se rumoraba que Los Rojos de más arriba esperaban un cargamento de armas de alto poder para que sus hombres tuvieran mayor fuerza de choque. Pero yo con esa información ahora sí que ya no sé qué hacer, dijo Maldonado, pues si esto se vuelve un operativo federal, nosotros seguro que terminamos en una caja.

Maricela ponía al tanto a la Gorda: que, aunque salieran todas juntas, sentían que el Chupín tenía ojos en todas partes.

—¿Le hiciste como te dije?, dijo la Gorda, cambia la ruta de las calles por las que caminas, ve a la tienda a horas diferentes, que no te conozcan la rutina, y Maricela decía que sí, que le hacía caso y que hasta era ella la que depositaba de a poquito el dinero que Perla quería poner en una cuenta, unos ahorritos nada más.

—Por cierto, Perla te manda a decir que al Chupín acababan de robarle mucha lana de una casa de seguridad, y que cuidado con lo que digas en Las Tres Parcas, que ahí él se entera de todo.

Mientras con Maldonado hacía sus rondas cerca del panteón viejo, la Gorda al fin tuvo una iluminación: había forma de deshacerse del Chupín sin ensuciarse las manos.

—Vamos a hacer como que le hacemos un favor, y le contamos que su rival quiere pasar un chingo de fierros por la caseta que ellos controlan, y de paso, que seguro fue el Pleititos quien le robó el billete.

—Está peligroso eso, Macías, le dijo Maldonado, ¿y si el Pleititos se nos viene encima? Pues ya veremos cuando pase, dijo ella, un asunto a la vez.

Nomás había que regar tantita pólvora para que la tensión entre esos dos se acrecentara: si algo les molesta a los narquillos es que alguien pase por encima de su nombre. La Gorda, junto con el resto de la Municipal, se encargó de poner a la gente alerta: que nadie salga muy tarde y mejor si evitan los lugares donde aquel par de envalentonados saben dejarse ver. Aunque no se digan en voz alta, en un pueblo chico esas cosas se saben. Para el Nescafé de la media tarde, Maldonado dijo que la cosa entre el Chupín y el Pleititos ya andaba muy caliente:

—En Las Tres Parcas me contaron que el jefe del Chupín ya lo dejó barrido y regado, y quiere que truene al Pleititos cuanto antes.

Ya estaba listo. Para cuando El Chupín fuera a cobrarse las ofensas, el Pleititos ya estaría bien armado.

—Lo que no quiero es que vengan a echar bala al pueblo, dijo La Gorda, mejor que lo hagan afuerita.

—No pues ya donde lo hagan lo harán, dijo Maldonado, que ya los alebrestamos, ¿segura que era por ahí, Macías?

—Pues si no por dónde, Maldonado, vea nomás este chaleco antibalas, si ha servido tantos años es solo por la estampita de San Judas que el dueño anterior, en paz descanse, le puso adentro.

Una noche calurosa, pegajosa y con rumores de balacera. Como El Pleititos, aunque trajera fierros nuevos, era mal tirador, El Chupín tenía chance de escaparse vivo. No podían correr riesgos. La Gorda le pidió a Zamudio, un poli nuevo y entrón, que fuera el conductor de Maldonado para seguir con discreción los pasos de El Chupín. A la mínima insinuación de enfrentamiento tendrían que comunicarse con ella, por celular y no por radio:

—Porque los narcos bien que saben interceptarnos la alta frecuencia.

En un coche incautado por la Municipal y con las luces apagadas, Zamudio y Maldonado seguían al Chupín por el libramiento a Galeana. Zamudio, que seguía órdenes extraoficiales solo por no tenerle miedo al miedo y por sentirse en película de acción, llamó a la Gorda al primer tableteo de los cuernos de chivo. Con dos patrullas, La Gorda cerró el paso en el libramiento para que ningún civil anduviera por ahí, a riesgo de que más narcos quisieran unirse a la batalla y su retén les valiera poco más que puras madres.

Después de estacionar detrás de una casa en obra negra, Maldonado bajó del carro y se internó en los arrozales. Zamudio lo siguió sin saber a dónde iban.

—¿Qué, no era nomás una operación de espionaje?, dijo Zamudio por lo bajo.

—Este espionaje que necesitamos tiene que ser de cerca, chamaco. Ambos tenían ya los pantalones mojados por el lodo próximo al río cuando llegaron al tramo de la carretera donde los sicarios se habían baleado. El Chupín se reía, de pie y con un agujero en el hombro:

—Gracias, Flaquita, tú nunca me fallas.

Entre las cañas, Maldonado, que de puro cazar conejos en el monte tenía buena puntería, pudo, a pesar de la oscuridad, encajarle al Chupín un tiro en el cuello. Luego dijo:

—Atención, talento y vista. Llámale a Macías.

Apenas terminó de hablar con la Gorda, Zamudio vomitó toda su cena entre los arrozales y después se recompuso para volver al coche y regresar con Maldonado por donde habían venido. La Gorda llegó al libramiento a Galeana con una ambulancia y dos camionetas de la Municipal para ver la sangre en cuerpo del Chupín aguarse en la corriente del Río Apatlaco. En un mensaje de Wasap, le dijo a Maricela que ya podía irse a acostar tranquila.

Al día siguiente, entre nerviosa y enojada, Maricela recibió a la Gorda:

—Buenos días Gorda, te ofrezco un café, dijo, pero luego se retractó, ay no, cómo café con este calor, mejor un agua de alfalfa.

—Café está bien, ¿qué traes?, le dijo la Gorda y ella negó con la cabeza.

—Esa méndiga de Perla, resulta que le robó un montón de dinero al viejo ese, y esos ahorritos que me decía que le guardara en el banco, ¿te acuerdas? los estaba lavando la cabrona.

—¿En serio? ¿Cómo? ¿Y dónde anda ahorita?, dijo la Gorda. Maricela daba vueltas entre el patio y la cocina: ni sé ni quiero saber, ella solo esperaba la noticia de que se habían quebrado al Chupín para largarse. Maricela desapareció en las habitaciones y regresó con una mochila rosa de niña que dejó abierta a medias, junto al café que le había servido a la Gorda. Muy seria, dijo:

—Me dijo que te diera tu parte, ¿tú crees?, la descarada. Pero bueno, mira, yo no ayudo a las mujeres porque tengan que ser buenas, sino porque necesitan ayuda, y pues Perla ayuda necesitaba… deja de reírte, tú.

La Gorda aún sonreía cuando dijo:

—Mira, mejor aquí que en las telenovelas, que las viejas a veces sí se salen con la suya.

Secretaría de Cultura