Tierra Adentro

Fotografía por Pies cansados, extraída de Flickr.

 

 

Muy a menudo la gente no sabe lo que quiere, o no quiere lo que sabe, o simplemente quiere algo que está mal. (…) ¿qué ocurre con la democracia cuando la mayoría se siente inclinada a votar por, pongamos, leyes racistas y sexistas?

Slavoj Zizek

 

La migración es un proceso natural de movimiento, un hecho inherente a la vida misma. Los pájaros, las ballenas y los renos migran en busca de alimento, refugio o de un clima ideal para dar a luz. Además de un mecanismo de supervivencia, su movimiento garantiza el equilibrio del ecosistema, el orden secreto en el flujo de las cosas. Quizás las migraciones del homo sapiens desde África hacia el resto del mundo, acontecidas en el paleolítico, guardan algo de esa naturalidad.  En cambio, las migraciones masivas propiciadas por las expediciones de Cristóbal Colón o Marco Polo, así como el éxodo rural de la Revolución Industrial, responden a un interés material y quizás epistemológico. Sin embargo, desde el siglo XX la cuestión se ha tornado un tanto más compleja, acaso por los giros sociales derivados de los conflictos armados, del intervencionismo y de la globalización de la economía. Este fenómeno ha provocado que los migrantes se hayan convertido en el nuevo proletariado de Occidente, como anota Zizek[1].

"Migrants" por Jeanne Menjoulet. Extraida de Flickr.

“Migrants” por Jeanne Menjoulet. Extraida de Flickr.

Hay factores de expulsión que establecen diferencias enormes entre un migrante y otro. No es lo mismo hablar de un refugiado de guerra que de un funcionario internacional o del mal llamado “migrante económico”. Incluso, dentro de estos grupos, hay distinciones que complejizan aún más el problema: ¿acaso es semejante la situación del refugiado sirio en Europa quien, con suerte, encontrará un trabajo precario en condiciones desfavorables, que la situación de los refugiados europeos de la guerra civil española que se asentaron en Latinoamérica como empresarios y amasaron grandes fortunas? (no olvidemos que la mayoría de refugiados añora volver a su patria) O, peor aún, ¿acaso un emprendedor venezolano, que arrastra los pesados estigmas de su nacionalidad, recibe el mismo trato que uno francés en un país como México?

Pareciera que la efervescencia migratoria en Estados Unidos, Francia o Alemania con respecto a países como Cuba, Argelia o Siria es la prueba reina de que existe un Espíritu de la Historia, tal y como lo pretendía Hegel. ¿O si no, cómo podría explicarse que las mismas naciones, antiguos verdugos del colonialismo y el intervencionismo, se vean ahora ocupadas por las “hordas de bárbaros” que provienen de los países colonizados e invadidos en el pasado?

 

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En La ética de la migración, el filósofo y exsecretario de estado alemán Julian Nïda-Rumelin confronta dos tendencias generales bastante claras: por un lado, están quienes predican una apertura total de las fronteras, un cosmopolitismo o universalismo que recuerda el proyecto humanista del renacimiento. Por el otro están los nacionalistas, aquellos que legitiman la defensa de las fronteras y la absoluta soberanía de los estados. No obstante, ambas posturas resultan insostenibles si las aplicamos al sistema democrático. No es posible vivir en estados sin restricciones políticas respecto al mercado laboral porque eso pondría en duda el poder de decisión y los derechos de los ciudadanos que integran ese estado. Además, como afirma Nïda-Rumelin, la migración transcontinental “empobrecería aún más a las regiones más pobres del mundo, ya que su mano de obra calificada emigraría a las regiones más ricas”[2]. Por otro lado, adoptar un modelo hermético y nacionalista atentaría contra las bases de solidaridad y buena fe que cimentan, por lo menos en principio, nuestra sociedad. Sería también un acto hipócrita en la medida en que muchas de las olas de migrantes a ciertos países fueron provocadas por la política intervencionista de esos países. Esa encrucijada es lo que Noam Chomsky describe como la “crisis humana”[3].

"Mirando los sueños", fotografía por Pies cansados, extraída de Flickr.

“Mirando los sueños”, fotografía por Pies cansados, extraída de Flickr.

 

En definitiva, controlar la migración termina siendo un derecho inalienable para un país, pero asimismo la ayuda humanitaria constituye un deber inevitable (por la Convención de Ginebra) que se desprende de los principios éticos de la política global. Lo más problemático del asunto es que la miseria de la migración económica no se resolvería en ninguno de los dos sistemas. Fenómenos como el braindrain (la fuga de jóvenes con estudios en busca de oportunidades en el extranjero)  y la migración en masa en países como El Salvador, Nicaragua y México ha implicado la pérdida de un tercio de su población juvenil entre 2005 y 2010. Por otra parte, es evidente que “los más pobres de los pobres no tienen la posibilidad de emigrar atravesando continentes”[4].

 

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Personalmente, mi experiencia de la migración me ha mostrado dos aristas bastante significativas del fenómeno social. Tuve la fortuna culminar una licenciatura en Colombia (menos del 15% de la población joven puede decir lo mismo) y gracias a una beca de estudios en Colombia y a las subvenciones del gobierno francés para estudiantes extranjeros obtuve mi grado de maestría. Sin embargo, la inserción laboral no fue nada fácil. Tuve decenas de pequeños trabajos o “Jobs” que poco o nada tenían que ver con mi formación académica (letras y literatura francesa). Fui mesero, recreacionista, profesor de español, de francés, chofer y finalmente obrero en una agencia de trabajos varios (limpieza, construcción y maniobras). Recuerdo particularmente esa época porque tuve que aprender oficios que desconocía por completo y me vi confrontado a una situación de precariedad similar, tal vez, a la de los jornaleros en las áreas rurales: cada día debía esforzarme al máximo para darle un rendimiento considerable a la agencia y me llamaran de nuevo al día siguiente. Competía con otros jóvenes de origen árabe, gitano y africano, que deseaban en secreto que alguno de los demás llegara tarde o no diera el rendimiento suficiente para que uno de sus familiares o amigos tomara ese lugar. Lo más curioso es que durante la pausa de la comida teníamos momentos de fraternidad: nos reuníamos, contábamos chistes y recordábamos nuestros lugares de origen o el de nuestros padres. Por supuesto, la remuneración, así como la incertidumbre, era diaria.

Fotografía por Pies cansados, extraída de Flickr.

Fotografía por Pies cansados, extraída de Flickr.

Afuera del trabajo, la tensión social con otros jóvenes franceses (que difícilmente consideran un extranjero no-europeo como un igual), suscitaba muchas dudas con respecto a mi estadía y futuro.

En cambio, mi vida profesional en México tuvo un vuelco considerable. Después de algunas prácticas profesionales no remuneradas en Francia, algunas incursiones en el mundo de las revistas literarias y en la traducción (igualmente no remuneradas), tuve la fortuna de encontrarme con un anuncio de servicio social de la Embajada de Francia en la Ciudad de México. Tras la entrevista laboral, el viaje, y algunos meses de trabajo, mi diploma internacional y mi experiencia me permitieron acceder a una esfera mucho menos marginal de la sociedad. Comencé a escribir en distintos medios culturales, luego trabajé como profesor universitario y finalmente como consultor pedagógico en una casa editorial francesa instalada en México. Para ese entonces, no solamente muchos me consideraban como un igual, sino que en realidad demostraban su admiración, respeto, y a veces su envidia. Por supuesto, mi origen colombiano no deja de evocar el problema del narcotráfico y también una sincera fraternidad por las profundas semejanzas que hermanan a Colombia y México.

 

Así pues, esas dos caras dispares de la migración me han mostrado hasta qué punto puede ser complejo el espectro de prejuicios, estereotipos e ideas que tiene una sociedad sobre la nacionalidad y los migrantes. Pero sobre todo, he entendido que el contacto humano sincero y profundo solo se construye en medio de una lucha constante por despojarse de esos nocivos fantasmas.

 


 

 

[1] En La Nueva Lucha de clases: los refugiados y el terror, Zizek realiza una serie de reflexiones en torno a cuestiones diversas como el feminismo, el conflicto de Estados Unidos y Europa con ISIS, la ola de los refugiados en Siria y Afganistan, y las nuevas implicaciones del enfrentamiento entre Israel y Palestina.

[2] Fragmento tomado de la entrevista “Filosofía y migración”, disponible en: https://www.deutschland.de/es/topic/politica/filosofia-y-migracion

[3] Tras el juicio de Scott Warren, un norteamericano condenado a 20 años de prisión por ofrecer agua y refugio a dos inmigrantes indocumentados que atravesaron la frontera de Estados Unidos y México, Noam Chomsky se pronunció al respecto. Artículo disponible en: https://www.infobae.com/america/eeuu/2019/05/29/es-una-crisis-humana-dijo-chomsky-sobre-el-juicio-que-enfrenta-un-profesor-que-dio-agua-a-migrantes/

[4] Ibídem, “Filosofía y migración”.

Secretaría de Cultura