Tierra Adentro

La droga de diseño favorita de Alex y sus Droogs (A Clockwork Orange, Kubrick, 1971) se llama Moloko Vellocet. Es un compuesto sintético mezclado con leche que se bebe en el Korova Milk Bar y que prepara el cuerpo para la ultraviolencia. No se sabe exactamente qué año es en el distópico Londres de Kubrick, pero tampoco importa: es aquí y ahora, pues Alex representa, el inconsciente humano en su estado puro, aquél bárbaro jadeante que se civiliza (un término tétrico bastante tétrico) por medio de la castración.

La película me parece inabarcable, lo mismo en un post que en una tesis doctoral, aunque quizás podemos hacer un close-up al detalle de la droga. Para mí, la Moloko Vellocet reina sobre todas las demás drogas de película. Se trata de la corrupción total, la inclusión de la blanca, pura y maternal leche en ese terreno abismal de donde sale el rapto y la violación satirizada. La Moloko es aún más siniestra si se tiene en cuenta que, de acuerdo al libro de Anthony Burguess, en el que se basa la película, el bar Korova ha dejado de vender bebidas alcohólicas para burlar la legislación y permitir la entrada a menores de edad. Es un bar que droga jovencitos a través de un vehículo puro y blanco como la leche. Punto para la civilización.

A Clockwork Orange, Kubrick

A Clockwork Orange, Kubrick

Kubrick entendía el lenguaje del color invertido, la extraña certeza de que el bien es el mal/es el bien/es el mal. El blanco se traga al negro. Para una historia donde el libre albedrío es un gran lavado de cerebro, la Moloko funciona como un elixir: se compone de barbitúricos (de efecto ansiolítico, hipnótico y sedante), opiáceos y algo de mezcalina. La Moloko produce algunas alucinaciones pero disminuye la angustia de ser y permite romper cabezas a batazos sin mayor culpa.

Kubrick dijo que su película exploraba la dificultad de reconciliar la libertad individual y el orden social, ya que Alex ejercita su libertad a través de sus actos criminales hasta que el Estado lo convierte en un zombie que ya no sabe la diferencia entre el bien y el mal, sólo la repetición de lo impuesto. ¿Podrá la maldad considerarse una libertad? Para alguien que vive en la sociedad del Korova Milk Bar, quizá sí. Se trata de un mundo −o un Estado− capaz de aplicar la técnica Ludovico (tortura conductista) a un criminal. Sus actos son terribles pese a las intenciones purificadoras. Así, tal cual, como la Moloko y la leche.

Cada sociedad tiene la droga que necesita. Si en 1971 se necesitaba aniquilar la moral con Moloko hoy vamos por el alma entera. El crack o más recientemente al Krokodil con su efecto come carne-zombieficador, lo demuestran. Soy de la opinión que deberíamos reconsiderar la Moloko Vellocet.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
1 réplica a este post
  1. Wow ! profunda y atrevida cronica que supera las barreras de la cinta y a su creador, tridimencionalizandola con el libro !
    Creo que tambien se sugiere en los ambientes de
    una Polonia o Alemania 70s en sus guetos como un fracaso social…

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