Tierra Adentro

Imagen de Arturo Espinosa tomada de Flickr. CC. https://www.flickr.com/photos/espinosa_rosique/7738654716/in/photostream/

Todo ocurre dos veces en la historia; primero en forma de tragedia y luego en forma de farsa.

Marx

La vida está llena de momentos irrelevantes. Esperar en la fila del banco, viajar en el transporte público o cepillarse los dientes suelen ser actividades insípidas que, si no fuera por los ratos de esparcimiento, placer e intensidad, harían de nuestro paso por el mundo una diligencia tediosa. A propósito, decía Schopenhauer que existir es un incesante oscilar entre aburrimiento y sufrimiento —aunque su noción de sufrir, distinta a la nuestra, se acercaba a la de “sentir”; para él goce y dolor eran ambas afirmaciones de la vida, muestras irrestrictas del pathos.

Cualquiera que pueda contar un buen relato sabe que lo trágico, lo atractivo y lo importante son caras de una misma moneda. No es casual entonces que literatura e historiografía coincidan: lo que Hegel llamó “Espíritu de la historia” [Geschichte geist], una especie de Dios creador que escribe los grandes eventos del mundo en el libro de la memoria humana, se enlaza con la noción niezscheana del “eterno retorno” ya que todo lo importante sucede y vuelve a suceder de otra forma, bajo un velo distinto. El paralelismo en los destinos de seres como Julio César, Napoleón y Hitler conjura esta misteriosa geometría y quizás por ello los sucesos históricos merecen una versión ficticia que ilumine lo trascendental con el prisma del arte literario, como lo creyó Stefan Zweig, un genio de la microscopía y la profundidad psicológica obsesionado con el intersticio donde se encuentran lo biográfico y lo imaginario.

 

El fracaso del sueño europeo: 22 de febrero de 1942, Petrópolis, Brasil.

Son casi las tres de la tarde. Afuera el viento corre libremente, pero en la habitación se siente el bochorno a pesar de la frescura que despiden las vigas, las ventanas y el mobiliario de madera. Las palmeras de Petrópolis se mecen en una danza voluptuosa que solía reconfortarlo en los días calurosos en que trabajaba con esmero frente a la Olivetti M40, tecleando a ritmo frenético. En un cestillo de caoba hay un cúmulo de bolitas de papel mecanografiado o manuscrito –acaso los intentos fallidos del testamento fatal y las cartas de despedida.

Las celosías tiemblan, a través de los postigos una tímida luz blanca horada el centro de la habitación y la mitad inferior de la cama. Sobre ella yacen los cuerpos sin vida de Stefan Zweig y Charlotte Elisabeth Altmann. Están tendidos, abrazados el uno al otro en una posición que todas las parejas han adoptado alguna vez: él medio recostado sobre la cabecera de la cama, la cara ligeramente inclinada. Ella contra su cuerpo, la mejilla recostada entre el hombro y el brazo, y su mano sobre el pecho de él, delatando lo que horas antes había sido un abrazo. Él tiene una camisa azul de manga corta, unos pantalones y una corbata oscura; ella un vestido de tela blanco de macramé bordado con pequeñas hojas. Ambos tienen la boca abierta y cualquier diría que duermen profundamente, pues eso ocasiona la ingesta de veronal en dosis normales, incluso se usa para tratar fuertes angustias o crisis psicóticas en enfermos debido a sus propiedades hipnóticas, pero en dosis elevadas conduce a una muerte segura.

El médico forense sería el primero en descubrir la hoja blanca en la mesa de noche, junto a la lámpara, el frasco del sedante y el vaso de vidrio:

DECLARAÇAO

Antes de dejar esta vida por voluntad propia y con las ideas claras siento que he de realizar una última tarea. Mostrarle mi más sincero agradecimiento a Brasil, este maravilloso país que le dieron a mí y a mi obra un descanso acogedor. Día tras día aprendí amarlo más, ahora que mi querida tierra natal se ha desvanecido para mí y ahora que Europa se está destruyendo a sí misma.

Pero a la edad de sesenta años es imprescindible que uno tenga una gran fortaleza mental para empezar de nuevo. Y se me han acabado las fuerzas tras tanto deambular. Por lo que pienso que es preferible poner fin a mi vida, una vida en que mi actividad intelectual me ha concedido sumo placer y libertad personal, el mayor lujo de este mundo

Les mando mi apoyo a mis amigos. Que vivan para ver el amanecer tras la larga noche.

Soy tan impaciente que me marcho antes que ellos.1

S.W.

Vuelta atrás: agosto de 1901

Solo una mezcla excepcional como el judaísmo progresista podía acunar un carácter tan libertario y sensible como el de Stefan Zweig. A imagen y semejanza de sus padres, Zweig se perfiló desde niño como un laico: no aprendió a hablar yiddish, no frecuentó la sinagoga y en lo posible no reprodujo las tradiciones culturales del judaísmo. Eso no le impidió sufrir la opresión intelectual ejercida a las juventudes semitas en la Viena de final de siglo XIX. Ya nos trataban como prisioneros, repitió cada vez que lo interrogaron sobre su primera educación en los glamorosos patios empedrados del Gymnasium Wasagasse.

Quizás fue ese clima de tácita hostilidad psicológica, o quizás su fascinación por los detalles pintorescos de la historia literaria, pero el motivo de su primer cuento selló para siempre su camino. En la nieve, publicado en el periódico sionista “El mundo”, no es tan solo el hipnótico relato de un pogromo —brutal linchamiento y expropiación de una comunidad cultural distinta, sobre todo de origen judío— sino una asombrosa predicción a destiempo. Un puñado de sefarditas se aprestan a festejar un ritual en una rica sinagoga medieval cuando un jinete exhausto irrumpe en la sala y les avisa de un inminente peligro: hordas de flagelantes germánicos armados de algo más que látigos se acercan y amenazan con aniquilarlos. Horripilados, los practicantes emprenden una fuga en medio de la nieve invernal que tornará su búsqueda de paz en una muerte lenta y dramática.

¿Cómo es que un judío laico habría de adelantarse a la historia escribiendo en 1901 la historia de una invasión alemana en tierras polacas que culminaba con una cruenta masacre antisemita?

La errancia judía y el encuentro: 1903-1911

En los diarios que lo acompañaron hasta el día de su suicidio Zweig se quejaba de su debilidad por el viaje. Una inquietud interior que me carcome el alma, no hace más que aumentar y se vuelve intolerable, escribiría. El imaginario romántico de viajeros que admiró y sobre los cuales escribió libros enteros como Michel de Montaigne, Federico Magallanes y Giacomo Casanova lo acompañó en sus largas travesías por lugares tan dispares como India, Estados Unidos, Argentina o Bélgica.

Al llegar a un país desconocido, Zweig se fijaba en los intersticios sociales, en los puntos neurálgicos donde se rozaban mundos dispares. Acaso su condición de apátrida y la distancia que tomó con respecto a lo judío afilaron esa óptica. Siempre le fascinó un fenómeno que, con el paso del tiempo, tomaría relevancia en los estudios de Spengler bajo el nombre de Decadencia de occidente y casi medio siglo después sería denominado en términos sociológicos como “choque de civilizaciones”: el encuentro de culturas distintas en un mismo espacio y las reacciones marcadas por riñas o muestras de cooperación que para él era, de alguna manera, el rumbo que dictaba la historia mundial en sus anales.

Asimismo sus cuadernos de viaje consignaban una recurrente solidaridad por los migrantes, por todos aquellos que lo dejaban todo para probar suerte en lugares recónditos y desconocidos —sin saberlo, sus palabras retumbarían años más tarde en su propio sino de caminante. En especial le fascinaba la valentía de las comunidades que no solo se adaptaban a su nuevo norte sino que además lograban conservar la quintaesencia de su ethos cultural. Para un lector de hoy sus reflexiones pueden pecar de simplistas o lineales2, pues al igual que muchos pensadores de la historia en el siglo XX, la entendía como un proceso lineal y jerárquico. Sin embargo, la agudeza de sus observaciones sigue siendo notable como señalamiento de la fractura cultural: Los franceses de Quebec comparten hoy, ciento cincuenta años más tarde, la suerte de los indios que fueron los primeros en expulsar de sus hogares, sacándolos de los bosques sagrados para empujarlos hacia las estepas hasta que estuvieran arruinados, disueltos en naciones extranjeras, dispersos, rotos. Ahora, es el turno de ellos de, presionados por los nuevos ocupantes del país, tener que abandonar una cultura (sin ninguna duda superior), la de Francia, para entrar en la esfera estadounidense, escribió en un francés impecable hacia 1911 tras su viaje por la Canadá francesa.

Por esos ajetreados días sus pasos vieron puerto en una amistad decisiva. Romain Rolland era un carácter solar cuyo encanto brillaba sin pasar desapercibido en ningún lado. “Yo soy europeo de corazón, y usted también lo es”3, cejó el francés la tarde de febrero en que se encontraron en un concurrido salón de recepciones en el séptimo distrito de París. Cultivado en las ideas de la no-violencia de Gandhi, enérgico admirador de la obra de Tolstoi –en especial de Guerra y Paz– cuyos motivos humanistas y antibélicos detonaron en su propia literatura, y convencido de que los pueblos deben hermanarse por encima de todo y que el único arte que vale la pena es el que sirve para congregarlos, Rolland sería un mentor y un aliado infatigable en la vida de Zweig.

Juntos, los amigos emprendieron una cooperación franco-germánica de la cual brotaron decenas de traducciones –Verlaine, Baudelaire y Émile Verhaeren, entre otros– y un libro de Zweig dedicado a la obra de Rolland, quien poco después recibiría el premio Nobel. Tristemente, el ideal de unión cultural europea a través de los constructos culturales y artísticos quedaría destrozado con los disparos del joven bosnio Gavrilo Princip al coche donde iba el archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía, pocos metros más adelante del puente latino que conecta a Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. El estallido de la primera guerra mundial fue sin duda el primer golpe a los anhelos pacifistas de artistas como Zweig y la antesala de la obra donde retrató la decadencia del viejo continente, El mundo de ayer: recuerdos de un europeo (1941).

El antibelicismo a ultranza: de julio de 1914 a los años veinte

La fortuna quiso que Zweig fuera juzgado inapto para ir al frente de guerra por sus problemas de miopía y espalda. Pese a ello, decidió alistarse en los servicios de archivos militares, desde donde se mantuvo al tanto de los nacientes barrios bajos destinados exclusivamente a los judíos y los horrores que se cometieron en el campo de batalla y de los pueblos que fueron reducidos a la nada en Italia, Austria, Bélgica y el nororiente de Francia. Pocas voces se alzaron a favor de un armisticio, pero fueron acalladas o mal recibidas.

Entonces llegó a resoluciones tan ingenuas como sensibles sobre el respeto y fraguó sentencias de corte antibelicista que habrían de retumbar entre letrados animosos y jóvenes entusiastas del comunitarismo: “La intolerancia lleva a la guerra y la tolerancia, a la paz”, repetirían con aire dogmático sus cófrades en cafés y cenáculos antes de las primeras muestras de represión militar, que no tardarían en llegar de lado y lado.

El impacto de los hechos en su estilo es fácil de rastrear después de tanto tiempo: el realismo de Balzac y Stendhal que dominó sus estudios comparativos y biográficos también permeó su escritura. Muestra de esto es Jeremías, pieza de teatro abiertamente pacifista que creó cuando aún estaba en el ejército y solo pudo representar en Suiza (único país neutral cercano) y tres veces en Austria antes de que fuera prohibida. La obra ofrece una reinvención de la figura del profeta trágico Jeremías, que llamó al arrepentimiento de los poderosos y advirtió sobre las invasiones de las hordas del norte sobre el mundo:

Jeremías: (…) Los necios no dejan de hablar de paz, pero no por ello van a tener paz; los incautos se echan a dormir y pretenden descansar, sin saber que el sueño que duermen es el de la muerte. (…) Muy pronto, los vivos envidiarán a los muertos que yacen en la tumba, porque ellos tienen paz, y los que ven envidiarán a los ciegos, porque ellos viven en la oscuridad.4

 

Nuevamente el poder profético de su verbo, esta vez motivado por el acaecimiento de los imperantes sucesos históricos, le empieza a revelar las disposiciones del peligro antisemita. Tras el armisticio de 1918 Zweig y su esposa Frederika, a quien conoce poco antes del comienzo de la guerra, deciden instalarse en Salzburgo, donde el escritor ve los abundantes frutos de su trabajo biográfico: Tres maestros (1921), El combate contra el demonio (1925), Tres poetas de su vida (1928), y La cura por el espíritu (1931), consagrado a Sigmund Freud, a quien conocía como parte de la pléyade de intelectuales vieneses de comienzos de siglo.

Durante esa década concretaría su idea de la historia como un entramado perfectible y semejante al arte. Según él, así como los artistas pueden pasar años o décadas sin producir nada valioso pero de pronto dan rienda suelta a un huracán de creatividad y genio. Asimismo, la historia tiene sus “momentos de inspiración” en los cuales escriben páginas memorables en los pergaminos de la historia universal. Aunque de esta idea podría esperarse una visión optimista y positiva de la historiografía, nada más lejos de la realidad. En Momentos estelares de la humanidad (1918), Zweig noveliza las vidas de personajes tan emblemáticos como Cicerón, el orador y filósofo romano; Vasco Núñez de Balboa, el primer navegante del océano pacífico del que se tiene memoria; o Tolstoi, el escritor ruso que habría de morir en tan lamentables condiciones en la estación de tren de Astápovo, luego de huir de su esposa, su modus vivendi aristócrata y contraer una neumonía fatal.

Esta visión del sentido de la vida vinculado a la intensidad dramática o, como diría Milán Kundera, al “peso metafísico de la existencia”, que se siente en Momentos estelares de la humanidad, recuerda las espectaculares sinfonías de Beethoven y, en materia literaria, se equipara al proyecto de Jorge Luis Borges en Historia Universal de la infamia (1935) que, en modestísima síntesis, define como “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”5.

 

El vals del exilio: Londres, Nueva York y Brasil

Las explosiones de los años treinta en la vida de occidente han sido relatadas muchas veces. Para Zweig, como judío “por el azar de las circunstancias”, el ascenso de Hitler y el partido nazi trajo numerosas y devastadoras consecuencias. Amigos cercanos desaparecidos, encarcelados, despedidos y posteriormente torturados, muertos o enviados a los primeros campos de concentración. En principio trató de sostenerse en la neutralidad y lo consiguió durante un año, pues contaba con el apoyo de figuras como Richard Strauss, pero conforme se van intensificando las medidas de control, los artistas son los primeros en perder sus libertades. Su obra de teatro La mujer silenciosa se presenta tres veces en Alemania antes de ser prohibida bajo el naciente epíteto de “arte degenerado” que se sumaba con desvergüenza al de “obra judía”. Para completar, una de sus noveletas llamada “Secreto ardiente” es adaptada al cine en 1933 y conoce una gran difusión por toda Europa y Estados Unidos, detalle que aumenta la rabia de los reguladores del nazismo en su contra. Un buen día de febrero de 1934, al percibir las intrigas de sus vecinos y ver su casa vigilada por agentes uniformados y de civil, decide darse a la fuga a Londres.

Esos años en la Inglaterra de Churchill están cargados de cambios, miedos y una fuerte crisis depresiva que, contrariando cualquier lineamiento lógico, encuentra un contrapeso creativo. Su interés por figuras controversiales fuertemente oprimidas por la situación política conoce un punto culminante con la obra acerca de María Estuardo (1933) y María Antonieta (1932-1934). La renuencia de su esposa de venir a Londres con él porque juzga “exageradas” sus sospechas, le trae meses difíciles en donde acaricia la idea de volver a Europa pero desiste a último momento. Sin embargo, se acerca cada vez más a su secretaria, Charlotte Elisabeth Altmann, hasta conducirlo a las nupcias. La declaración de la guerra civil en España trae un caos que se disemina junto con el ascenso del Fascismo en Italia y los avances del Nazismo en Alemania. Después de 1936 la vida de Zweig se transforma en un incesante ir y venir entre Brasil e Inglaterra, con una profunda decepción por la humanidad y las ideas que abrigara en su temprana adultez. La utopía de una Europa unida por la cultura y el arte se tiñe de oscuridad con las bárbaras invasiones del ejército de Hitler, que en 1938 declara la anexión de Austria y traza los preámbulos de la segunda guerra mundial. Ni la naturalización como ciudadano inglés, ni los cuidados prodigados por “Lotte” son un bálsamo suficiente para Zweig, que cada vez vive con una paranoia más grande, imaginando el triunfo definitivo del nazismo sobre la faz de la tierra, y con el cual se va, triste y dramáticamente, a la tumba.

Su existencia transcurrió como la antítesis de que los seres humanos aprenden de sus errores y quienes no conocen su historia están condenados a repetirla. En su caso, el hondo y apasionado conocimiento del relato universal fue más una sentencia de muerte que de redención.

  1. Carta tomada de la documentación expuesta en la película Farewell to Europe (2016), de Maria Schrader.
  2. En su libro Stefan Zweig: ¿cavernícola o imperialista? el profesor Ruben de Rubinat hace una crítica mordaz de un conjunto de obras que el austríaco bautizó Los constructores del mundo: una tipología del espíritu y comprende Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski [1920], La lucha contra el demonio: Holderlin, Nietzsche, Kleist [1925] y tres poetas de sus vidas: Casanova, Stendhal, Dostoievski. De Rubinat examina una serie de “irracionalismos” en el pensamiento de Zweig, sobre todo en lo referente a sus ideas mesiánicas, a su visión jerárquica con ciertos dejos imperialistas, y a lo que denomina “La teocracia de la belleza y el supranacionalismo del espíritu”. Una explicación magistral puede verse en línea: https://www.youtube.com/watch?v=s2Dpdjq7W78&ab_channel=fgbuenotv
  3. https://www.association-romainrolland.org/image_articles16/Brancy16.pdf
  4. Zweig, Stefan, Jeremías, fragmento disponible en línea en: http://www.acantilado.es/wp-content/uploads/Extracto-Jeremias.pdf
  5. Borges, Jorge Luis, Historia Universal de la infamia, Buenos Aires, 1931. Disponible en línea en: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/infamia.pdf
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