Tierra Adentro

Ilustración por Zauriel

Reinaldo Trotamundos tiene el cuerpo gris. Sus brazos asimétricos y de colores se mueven con la fuerza del ímpetu que el monstruo pone en sus palabras. Su pelo se enrosca en increíbles rizos que no pierden el estilo por más actividad que tenga. Habla rápido y se gira de un lado a otro en cada oportunidad. Sus ojos siempre están abiertos. Es sencillo preguntarse cómo un alma entera cabe dentro de un pequeño monstruo hecho de una calceta.

Marilinda, su creadora, también es de colores. Quiero decir, es una mujer normal. Pero cada tanto publica en redes sociales alguna fotografía suya con una máscara gruesa, quimérica, que la convierte en otra un poco más parecida a Reinaldo que a ella misma. También es sencillo preguntarse cómo una mujer, con una sola alma, puede parecer tan distinta a sí misma solo con usar un atavío como lo es una máscara.

Marilinda, además, es escritora. Al leerla parece que crea desde ese lugar en el que es mitad ella y mitad Reinaldo. Petinaq Ri Or, su cuento incluido en la antología Ficciones mínimas (Dendro Ediciones, 2020), sucede en un plato de comida y se convierte en una batalla en favor de una emancipación. Sería sencillo pensar que esto no lo imaginó ella, sino Reinaldo. Pero, en lugar de eso habría que darse cuenta de que el títere de calceta, aun teniendo una personalidad independiente, intereses, gustos y opiniones propias —le gusta comer papas fritas con chocolate, la música que lo arrulle por la noche, el crecimiento de sus patitas y su bufanda de Perú―, nació de su creadora con un objetivo que quizá aún no descubrimos. Por ahora, Reinaldo hace amigos y amigas, enseña a leer y a crear manualidades. A veces enseña a las personas a convivir con sus miedos, como lo hace él. En este punto, sin lugar a dudas, podríamos decir que esos hábitos, en el monstruo y en la monstruóloga, nacen del mismo lugar, y quizá es eso lo que les conecta más allá de que una dé vida al otro. Reinaldo, además, ha sido activista durante la escasez de vacunas contra covid en Guatemala, su país de origen.

Al menos este monstruo, con sus patas asimétricas y de colores, su cuerpo de calceta y sus ojos de botón que podría protagonizar los malos sueños o hacer travesuras para legitimarse como uno de aquellos espantos, en realidad no es tan monstruoso. Y como Reinaldo, hay muchos ejemplos que aún tienen un lugar en la memoria y el presente de las personas: los muppets, los wuzzles, Guaripolo y todos los personajes de 31 minutos. ¿Podríamos decir que hay humanidad en los monstruos?

No muy lejos de este instinto monstruoso está Lola Ancira.

Carl Gustav Jung planteó la idea de los arquetipos instalados en el inconsciente colectivo de las sociedades como una especie de memoria heredada que permite al ser humano ocupar distintos lugares dentro de un grupo de personas. Uno de los más interesantes es la sombra, contraparte indispensable de la persona. La sombra, es aquella parte del ser humano que debe esconderse porque no es aceptable entre sus iguales, porque rompe con la moral y lo socialmente correcto. La sombra, es ese monstruo que se sienta de manera permanente sobre un hombro y nos habla al oído cuando cree que le haremos caso. Esa sombra que es tan individual como universal, le cuenta a Lola las historias que convierte en cuentos, con las que conectamos porque nos atraviesan de alguna manera. El vals de los monstruos y Tristes sombras son solo un par de ejemplos de la manera cómo Lola explora esta profunda oscuridad en lo humano.

Cerca de Lola, en sentido literal y figurado, podemos encontrar la narrativa de Iliana Vargas quien, desde hace más de veinte años, ha dedicado sus letras a la construcción de un universo que oscila entre géneros, personajes, mundos y, sobre todo, monstruos. De esos monstruos impactantes que aparecen en las situaciones cotidianas, impensables. Iliana tiene la gran habilidad de construir tal atmósfera, tal tono, que, aunque comprendemos la imposibilidad de la existencia de estos monstruos, en realidad creemos que existe una posibilidad de que puedan ser reales.

Iliana pertenece a ese grupo de escritoras cuyo universo contiene algo tan universal que le permite situarse en diferentes latitudes y coordenadas de realidad. Sus textos han sido publicados en medios digitales e impresos como Antología virtual de minificción mexicana, Asfáltica, Axxon, Azoth, Blanco móvil, Brevedades literarias, Entremaresmagazine, La rabia del axolotl y Tierra Adentro, entre muchos otros. Sus libros son Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (CONACULTA/FETA, 2012), Magnetofónica (Ediciones y punto, 2015), Habitantes del aire caníbal (Editorial Resistencia, 2017) y Yo no voy a salvarte (Ediciones Eolas, 2020).

Muy al sur del continente americano, encontramos a Cynthia A. Matayoshi. Psicoanalista de profesión, Cynthia ha publicado poesía, ensayos sobre literatura japonesa y ha formado parte de antologías en su país. La sombra de las ballenas (Marciana Editorial, 2019), además de su primera novela, es la construcción del universo que nació, entre otros orígenes, de su propio inconsciente. Tenemos en ella personajes humanos, quiméricos y monstruosos, hilvanados con el hilo que los une a un mundo claroscuro en donde los extremos se diluyen, en donde se ven obligados a oscilar entre lo bueno y lo malo, entre el día y la noche, entre el pecado y la bondad. Hay quien afirma que La sombra de las ballenas es una novela inclasificable, que a veces atraviesa una película de Hayao Miyazaki y otras un auténtico barrio japonés situado en Argentina desde largo tiempo atrás. Se dilucida una mitología propia, íntima, un universo independiente del nuestro.

Marilinda, Lola, Iliana y Cynthia son las monstruólogas que elegí para mencionar en este texto. Pero no se me malentienda: justo en este momento, en muchos lugares del mundo hay otras escritoras que construyen sus propios universos monstruosos, porque cada una tiene una manera particular que comprender/emprender/representar/nombrar a los monstruos que habitan en todas las personas. Y esas podríamos ser: quien escribe esto y quien lo lee.

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