Tierra Adentro

Ilustración de Luis Ham

 

Cuando uno está fuera de
lugar, uno siempre tiene que
estar listo para brincar al lado,
trecho a trecho, en la Nada que
se encuentra precisamente al
lado del fuera del lugar

(Jelinek, 2006, pág. 30)

 

Hay cuerpos que ya tenían largas décadas de esta prolongada escena distópica que hoy se hace evidente por la aceleración sobreexpuesta de lo naturalizado en los modos de vida. Hay cuerpos que se deben proteger, resguardar y salvar. También (como apunta Jelinek, una de esas escritoras que incomodan a muchxs) cuerpos que, acostumbradxs a fuerza de sobrevivencia, han aprendido a habitar en el cambio constante y el caos que representa la incertidumbre.

 

Existen cuerpos que no encuentran seguridad, ni en el hogar construido por la modernidad, ni en las formas institucionales (reales o simbólicas que hasta ahora se habían postrado como benefactoras), porque a cambio de la fuerza de trabajo devuelven dádivas para la subsistencia. De hecho, contrario a lo que se piensa, lo evidente con la pandemia (y, con los tiempos posteriores) es que la posibilidad de la vida no sólo radica en lo fisiológico, sino, sobre todo, en lo económico-social; un lugar ya común en las reflexiones de este siglo, pero pocas veces “ilustrado” bajo esta forma que recuerda a la estética camp.

 

Dudé mucho al momento de escribir esto, intenté, por todos los medios, aliviar las preguntas que me colocaban no sólo en un cuestionamiento, sino, sobre todo, en un dilema ético. Porque, en el fondo, sé reconocer que algunas de las estrategias de sanitización, al menos desde Latinoamérica, nos dejan con los cuerpos expuestos a los regímenes totalitarios. No podía dejar de pensar en lo que pasaría en Chile, por ejemplo, un país con todas las luchas abiertas, con todas las heridas expuestas y con toda su población disidente en las calles. Mientras parecía que, en México, incluso algunas voces “progresistas” apelaban por el disciplinamiento como recurso último para la salvaguardia. Sigo sin poder concebir que se vuelva ley la prohibición al espacio público, me parece que, muy a menudo, lo que se desea en momentos de miedo, puede resultar contradictorio en momentos de calma.

 

Es un virus que “hace llorar a Foucault”, había pensado de forma irónica, porque parece que lo único efectivo es la obligación del confinamiento; pero no es la pandemia, sino la forma social que se basa en el disciplinamiento, más que en la razón afectiva o, como lo denomina Orlando Fals Borda, una práctica sentipensanteque pueda ser congruente con lo cotidiano.

 

Estamos peligrosamente receptivos a la orden de lxs otrxs, porque no reconocemos la voz propia que nos salvaguarda. Y peor, creemos que estamos bajo la idea de una sociedad benefactora, pero pocxs se han preguntado por qué no son tan difundidas las casi nulas propuestas de traducir a los modos de vida de comunidades indígenas que, en México, para 2018, registran la existencia de 68 pueblos y más de 25 millones de personas que se autoadscriben como tal, por lo que representan el 21% de la población total del país; y que conservan formas distintas de agrupación familiar y comunitaria, por lo que deberían existir medidas apropiadas para sus realidades (espacios en los que carecen de agua, formas de agrupación distintas a las mestizas, centros de salud a muchas horas y sin posibilidad de transporte, etc.). Otra deuda del proyecto fallido del capitalismo multicultural. Y otra evidencia de esta fase que algunxs denominan como biocapitalismo.

 

Aquí me gustaría establecer un vínculo con la forma discursiva que ha adquirido el COVID-19, porque, sobre todo, está convertido en signos de circulación que contienen, lo mismo fake news, que cifras, aportes científicos, posturas institucionales, comentarios personales, memes, bromas o hasta canciones. La fase más expansiva del virus está en su contexto de significación: lo comunicable.

 

Tanto asépticxs como escépticxs coinciden en que esta crisis modificará ampliamente los modos de vida y los vínculos más estructurales. Incluso, muchxs de mis pensadores favortixs se muestran optimistas frente a lo que parece una forma de “obturar” el capitalismo y generar espacios resilientes derivados de expresiones comunitarias fuera de la noción de estado (como ya lo practican muchos espacios sociales). Por supuesto, lxs hay menos entusiastas, y yo tiendo a situarme ahí, no sé si por (post)colonizadx o porque mi lectura sobre la “vasija de Pandora” es que ahí se guardaban los peores males del mundo y entre ellos está la esperanza, pero yo guardaría muchas reservas.

 

Otro pensamiento con el que también me he encontrado, ha sido el de especular que la fase del capitalismo por venir sólo agudizará estrategias basadas en la búsqueda de la protección del cuerpo fisiológico; lo que deriva en dispositivos que aumentan la invisibilidad de aquellxs otrxs que quedan al margen del trabajo “intelectual-creativo”. Es decir, una composición social que podría considerar el aislamiento como una estrategia de salvaguardia perfecta frente a un virus o “casi cualquier atentado”; sin embargo, trasladar las formas de producción, distribución y consumo a los espacios virtuales, sólo haría más invisible la necesidad de una mano de obra presencial que, al no estar contemplada como relevante, es más susceptible a ser precarizada.

 

Para exponer un poco más la idea anterior, pensaba que, si algo se ha expuesto en medio de todas las medidas de seguridad recomendadas es la posibilidad de resguardo de algunxs, porque existen otrxs que continúan con la distribución y, más aún, porque han observado en los sistemas de repartición a domicilio, una forma de laborar. Lo que, ni empleadxs por estos medios, ni consumidores observamos a primera instancia es cómo se precariza el trabajo que requiere la presencialidad del cuerpo. Mientras hay quienes pueden protegerse casi al punto de la esterilización absoluta (en su mayoría con algún tipo de seguridad sanitaria social o privada), hay quienes sólo pueden ver en la contingencia, la posibilidad de sobrevivir al (bio)capitalismo y, por supuesto, cumplen con labores que no suelen ofrecer ningún tipo de garantía en sectores de salud.

 

¿El virus replica los formatos de producción, distribución y consumo del capitalismo? O será que, por el contrario, hemos naturalizado, a tal punto, las estrategias económicas que se expresan en un cuerpo que no se desprende de lo fisiológico, por más intentos de salirnos de nuestra condición animal. Hasta ahora, por lo que sabemos, es que la propagación tan acelerada del virus se ha posibilitado por los modos de vida actuales. Si bien, la enfermedad se hace evidente en los cuerpos “más vulnerables”, también se hace más evidente aquella frase que hoy parece sacada del oráculo de Delfos, cuando Marx nos advertía “todo lo sólido se desvanece en el aire”; lo problemático, ahora, no sólo es que se desvanezca sino que se propague y albergue sin reconocer cómo se materializa.

 

Hay un sector, muy probablemente menor (pero considerable en torno a su capacidad de crear posicionamiento discursivo a través de medios digitales), que ha visto la posibilidad de trasladar su entorno laboral a los espacios virtuales, y lo que ha premiado es la “simulación” efectiva de herramientas que posibiliten la continuidad de una vida que no se vea detenida por un momento crítico que, bajo esta posición, encontrará su fecha de término. Algunxs creerían que es momento de agradecer las posturas naif, pero la realidad es que el estado de contingencia había iniciado con los modelos económicos que han desprovisto de lo más elemental a los cuerpos, arrojándolos como “producto de las polarizaciones económicas y el bombardeo informativo/publicitario que crea y afianza la identidad hiperconsumista y su contraparte: la cada vez más escasa población con poder adquisitivo, que satisfaga el deseo de consumo.” (Valencia, 2010, pág. 55), es decir, una escena más del Capitalismo Gore.

 

 

Mientras que Europa observa en esta pandemia una vicisitud sólo similar a la que tuvieron en la Segunda Guerra Mundial (léanse las declaraciones de Ángela Merkel), en Latinoamérica, sólo por mencionar una sección del mundo colonizado, hemos atravesado por conflictos políticos, pandemias y desastres naturales que, al no ser contagiados a otras latitudes, se han invisibilizado. Así son, aunque en narrativas digitales, las memorias débiles y fuertes, de las que habla Enzo Traverso.

 

Hasta ahora, parece que sólo se puede hablar desde la obviedad: se agudizará lo que, desde hace muchos años, se estaba advirtiendo. Se espera; sin embargo, encontrar un lugar para recomponer lo que, de por sí, estaba roto. Esto que aparece como un caos es sólo la imagen aumentada de lo que, por mucho tiempo se hacía evidente y se salía por todas partes. Y sí, también se hace indudable que no hay soluciones refractarias porque, hasta ahora, los aspectos más simbólicos de la vida se siguen planteando como una expansión consecuente a modelos económicos que requieren la conexión que, en algún momento, deja de ser virtual.

 

Si lo que se vive ahora es sólo la expresión de las estrategias bioeconómicas que se han estructurado en las formas del capitalismo tardío/avanzado(Jameson), aún sigo preguntándome por qué, incluso la escena del caos se ve como una representación de las ciudades hegemónicas, evidencia de la pérdida del confort vivido sólo por unxs cuantxs y sostenido por una constante distopía que, lejos de ver su final, podría encontrar un reto más para la resistencia.

 

 

 

 

 

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