Tierra Adentro

Ilustración de María Magaña

La idea de la alfabetización generalizada como símbolo de progreso y civilización es bastante reciente. Las personas que insisten en que las lenguas indígenas no tienen abecedario ni tradición escrita olvidan que, hacia principios del siglo XX, en México, la mayor parte de la población era analfabeta. Analfabeta, esa palabra que ahora es un insulto y que equivale a tratar a alguien como ignorante, aunque la evidencia demuestre que no es así necesariamente. Durante la mayor parte de la historia de la escritura, las personas que podían acceder a esa habilidad y conocimiento eran pocas, se trataba de un conocimiento especializado. La escritura y los escribanos estuvieron concentrados durante mucho tiempo en monasterios en los que se transmitía ese conocimiento al que no podía acceder toda la población.

La idea de que las lenguas indígenas, por serlo, carecen de escritura es también falsa. Muchas cuentan con una sólida tradición escrita y otras no, como sucede con el resto de los idiomas del mundo. Mesoamérica fue un lugar en el que la escritura jugó un papel importante, donde también se crearon espacios determinados para ello y surgieron especialistas en este oficio. Durante una buena parte de la época colonial, las imprentas produjeron libros escritos en lenguas indígenas utilizando caracteres latinos. La escritura ha tenido una gran importancia y forma parte de la tradición mesoamericana. Esta tradición desapareció con el establecimiento del Estado nacional; con la Independencia de México, el nuevo país privilegió el idioma de la minoría para utilizarlo en la administración gubernamental. Por otro lado, la escritura no hace que una lengua sea más completa; la escritura es una entre varios métodos de transmisión de conocimiento entre los que también destaca la tradición oral.

En todo este proceso, al ser un conocimiento especializado durante mucho tiempo, a pocas mujeres se les ha sido permitido aprender a escribir, pero son más de las que pensamos. Como en muchos otros aspectos, la presencia de las mujeres y su función en la tradición escrita ha sido borrada. La historia de Aurora, que llegó a mí por medio de las narraciones de mi abuela, representa una de las excepciones. Aurora fue escribana en una comunidad mixe de la Sierra Norte de Oaxaca hacia mediados del siglo XX; como escribana, una función generalmente reservada a los hombres, llevaba asuntos y registros públicos además de redactar y leer asuntos personales. Esta función implicaba no solo hablar español, saber leer y escribir, sino también entender las complejidades de la vida comunitaria y las del funcionamiento del estado con el que muchas veces tenía que interactuar. Más que una escriba era una mediadora. Lamentablemente la violencia que llegó a la sierra le arrebató la vida. Fue asesinada en circunstancias no esclarecidas en su escritorio mientras estaba redactando un texto. Esta historia siempre me impresionó. La existencia de una mujer escribana en la sierra abría a mis ojos muchas posibilidades, pero la manera en la que le arrebataron la vida parecía un acto aleccionador.

Una vez que la alfabetización masiva se volvió uno de los principales objetivos de la política posrevolucionaria, la diversidad ligüística se mostró como un obstáculo a un noble objetivo necesario de cumplir. En este proceso las mujeres eran las que menos estuvieron bajo el proceso de la castellanización forzada. Aún ahora, los índices más altos de analfabetismo se reportan en mujeres indígenas. Esta situación implica distintas lecturas. Por un lado, las campañas y programas de alfabetización rara vez consideran la alfabetización en lenguas indígenas y, en muchos sentidos, hablar de alfabetización significa castellanización forzada. Los procesos de alfabetización, para adultos o población infantil, pocas veces consideran la diversidad lingüística y la implementación de procesos de aprendizaje del español como segunda lengua. Por otro lado, los reportes sobre analfabetismo en mujeres pertenecientes a estas comunidades se utilizan como una prueba más de la vulnerabilidad en la que habitan sin matizar o dar cuenta de que estas mujeres, en muchísimos casos, son expertas en diversos conocimientos muy valiosos: resguardan las narraciones tradicionales de su comunidad, son expertas en medicina tradicional o en otros conocimientos que no están atravesados por la escritura.

En este contexto, la existencia de mujeres indígenas que escriben literatura en sus lenguas maternas es desafiante. A pesar de la estructura que pesa sobre ellas, las escritoras han tomado ese mecanismo para expresarse frente al largo silencio que se les ha impuesto. Estamos en un momento en el que surgen cada vez más mujeres que escriben literatura en sus propias lenguas y traducen contenido literario activamente. Nombres como el de Briceida Cuevas Cob, Irma Pineda, Enriqueta Lunez, Celerina Sánchez, Natalia Toledo o Sol Ceh Moh, por mencionar solo algunos, forman parte de un movimiento cada vez más potente de escritura femenina en las lenguas originarias de este país. Los retos a los que esta literatura se enfrenta son muchos; los espacios de publicación, las posibilidades de traducción, los mecanismos para distribuir sus creaciones todavía necesitan abrirse a la diversidad de las mujeres indígenas que escriben.

Estas mujeres retoman en sus creaciones los conocimientos que las mujeres de su comunidad han resguardado en la memoria, pero también utilizan sus letras para denunciar la violencia estructural que los pueblos enfrentan, así como la violencia particular que las mujeres indígenas sufren por la estructura colonialista y el régimen patriarcal. Leerlas es necesario porque muestran una subversión de lo esperable, una negación elocuente a las voces y estructuras que han dicho siempre que las lenguas indígenas no se escriben y peor aún, que las mujeres indígenas no escriben.

 

 

Secretaría de Cultura