Tierra Adentro

Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, dijo Spinoza1, y sí, nadie lo sabía. A mi madre  solo le dijeron que quedaría postrada en una cama, toda mi vida.  Parálisis cerebral, fue el nombre del diagnóstico que los médicos dijeron para nombrar lo que tiempo después se convertiría en el leitmotiv de mi creación artística.

Fue la falta de oxígeno al nacer; primero sacaron a mi hermana gemela, del vientre de mi madre, y cinco minutos más tarde a mí. No poder respirar a tiempo, me provocó un daño en el cerebelo, el área que controla los movimientos. Meses después de mi nacimiento, mi hermana evidenció que algo no estaba bien conmigo, en mi motricidad, pues mientras ella podía sostener su cabeza y sentarse bien, yo me desparramaba sin fuerza en la cama. Así que tras varios exámenes médicos el veredicto osciló de retraso motriz a parálisis cerebral infantil, nombre demasiado fuerte, y una etiqueta  para una niña de dos años, que apenas comenzaba su vida y, según los doctores, nunca podría valerse por sí misma.

Recuerdo las terapias, los ejercicios dolorosos, tener que esforzarme por decir una palabra para que supieran lo que yo quería o necesitaba, ir de aquí para allá con mi madre y hermana para hacerme valoraciones médicas, comprarme aparatos para corregir posturas, y todo lo necesario para que yo pudiera tener fuerza en el cuerpo y poder moverme. Siempre afronté todo eso con una sonrisa, porque sabía que al final del día podría jugar con mi hermana, y llegaría mi padre a leernos cuentos de Julio Cortázar, Nicanor Parra, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, y novelas de Michael Ende; o hacer el montaje de la obra de Romeo y Julieta, con  muñecos de peluche.

El arte es algo que siempre ha estado presente en mi vida. Mis padres pensaron que el arte contribuiría a mi desarrollo mental y físico así que, aparte de las terapias, decidieron inscribirnos, a mi hermana y a mí, en diversos talleres de pintura, dibujo, modelado en barro y plastilina, teatro y cuenta cuentos.

Esa era mi vida, terapias y talleres, hasta que llegó la hora de ir a la escuela y mis padres se toparon con una sociedad poco preparada para atender y entender a  personas como yo. Aprendí a leer en casa (porque no me aceptaron en la escuela) con ayuda de mi madre, quien ya había trabajado alfabetizando a personas mayores. Ahora le tocaba a ella aplicar ese conocimiento con su pequeña hija de ocho años, y lo hizo con gusto para que yo pudiera aprender, mediante los libros. Pasaba la mayor parte del tiempo leyendo cuentos, novelas o textos escolares como los que me daba mi padre, quien siempre fomentó en mí el amor por la literatura, la poesía y la música, abriendo mi perspectiva de la vida y dotándome de una sensibilidad propicia para la creación artística.

No me di cuenta de mi condición diferente hasta que me topé con la sociedad y todos sus prejuicios, tabúes y creencias. Mis padres siempre me trataron igual que a mi hermana, nunca me sentí diferente al resto de los niños, aunque mi manera de moverme fuera gateando o sosteniéndome de las paredes o muebles, en todo lugar. Fue hasta mi adolescencia que me empecé a hacer consiente de mi condición física y de lo que implicaba tener un cuerpo diferente, pues me enfrenté a todo tipo de limitantes que la misma sociedad me ponía y, cuando veían que podía traspasar esas limitantes, los confrontaba con sus propias carencias de pensamiento y visión de las cosas.

Con todas las herramientas que me proporcionaron mis padres y la escuela académica, superé mi propio diagnóstico médico. Decidí estudiar la licenciatura en arte digital, pues mi habilidad con la computadora y la tecnología siempre ha sido destacada. Ya en la facultad de artes empecé a cuestionarme muchas situaciones sobre mi cuerpo, y de cómo vivía habitándolo. En primer estancia me sentía separada de él, como si mi mente y mi cuerpo fueran dos partes, sobre todo el lado derecho, pues es el que menos puedo controlar. Sentía que estaba en un cuerpo invadido por el caos. Tras varias reflexiones me di cuenta de que si bien había caos en mi cuerpo, que se manifestaba en movimientos involuntarios, también había un orden visible en mis movimientos de precisión. Esos dos aspectos (caos y orden) conforman mi cuerpo, creando un equilibrio.

El medio que encontré para trasladar mis reflexiones sobre mi cuerpo al arte es el performance o arte acción, el cual me permite expresar, mediante acciones, lo que me inquieta, además de explorar nuevas posibilidades corporales. Este arte también abre mi consciencia sobre el estado natural de mi cuerpo, y no el que le impusieron mediante patrones de movimiento “normal”. Aquí puedo ser yo, inmersa en una sociedad donde puedo expresarme libremente, y artísticamente tener contacto directo con el espectador. Esta experiencia compartida es muy enriquecedora, tanto para mí como para el público asistente.

Considero que mi arte nos invita a repensar el cuerpo y a cuestionarnos sobre las normas impuestas. Hace una invitación a romperlas desde la aceptación y el auto conocimiento del cuerpo, para tener mas empatía con el otro y asumir las diferencias como algo que enriquece al mundo y lo conforma como un todo, en donde la diversidad es necesaria para nuestro crecimiento pues, después de todo “nadie sabe lo que puede un cuerpo”.

 

  1. Delleuze, G. (2009). Spinoza: Filosofía Práctica. España: Fábula Tusquets.

Autores
(Metepec, 1992). Ilustradora, performer, pintora y escritora. Licenciada en Arte Digital (Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de México). Becaria del Centro de Actividades Artísticas (CEAC) de la UAEMéx en donde se especializó en pintura al óleo (2003). Becaria del FONCA Jóvenes Creadores (2018). Ganadora del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad (PAPIAM-D, 2019). Por sus conocimientos en el diseño de ilustraciones, ha colaborado en algunas revistas de carácter literario, como La Colmena (UAEMéx, 2016), Dislexia Mundial (2016) y Revista de la Universidad de México (2020).
Secretaría de Cultura