Tierra Adentro

Titulo: Aquí no es Miami

Autor: Fernanda Melchor

Editorial: Penguin Random House

Lugar y Año: México, 2018

 

Las representaciones del narcotráfico y las distintas violencias que engloba han aumentado considerablemente en los últimos años. Tal fenómeno parece estar relacionado con la circulación constante de productos audiovisuales que las plataformas mainstream y los medios de comunicación transmiten a diario . Si bien en los años noventa comenzaba a cobrar relevancia la figura del capo por la rápida expansión del narco en la sociedad mexicana, en la actualidad no falta el estreno en la televisión abierta o en Netflix de series que, a forma de biopic, van trazando la vida de los grandes narcos. Su lógica biográfica es lineal: se narra desde que eran unos mozalbetes hasta que, luego de grandes periplos no exentos de asesinatos, traiciones y venganzas, logran amasar dinero, fama y prestigio a través de la delincuencia (El Chapo, El señor de los cielos, Narcos, etc). La popularidad de dichos programas no parece sino remarcar algo: el narco llegó para quedarse.

¿Hemos normalizado tanto la violencia que personajes como El Chapo y Pablo Escobar ya no nos parecen personajes deleznables u objetos de crítica, sino símbolos del heroísmo y la superación personal? La respuesta es compleja. Para muchos de nosotros, que nacimos en los noventa, leer titulares que hablan sobre matanzas o de cómo el crimen organizado ha penetrado y desmantelado el tejido social nos parece algo cotidiano. Enterarnos de cifras y no de nombres (como de los 72 migrantes centroamericanos masacrados por los zetas o de las miles de personas que son desplazadas año con año por la violencia del narco) forma parte de nuestra realidad. Una realidad que, simplificada u obviada por algunas de las series mencionadas, se vuelve tolerable y, en algunos casos, hasta deseada.

Ante semejante panorama, me surgen las siguientes preguntas: ¿cómo representar lo irrepresentable?; ¿es posible que el lenguaje (con sus limitaciones) capture la brutalidad que brilla, justamente, por su carencia de límites?; ¿cómo exponer el despojo paulatino de los espacios públicos en manos de los cárteles y los logros mínimos por parte de las autoridades en su recuperación?; ¿cómo hablar, en fin, de los muertos y no de sus verdugos, de las pérdidas que han sufrido y siguen sufriendo muchas familias en las manos del crimen organizado?

Han sido notables los casos en la literatura mexicana cuyas páginas exponen las complejidades del narco y sus efectos en la sociedad. Uno de estos casos es Aquí no es Miami, de Fernanda Melchor (publicado originalmente por Almadía en 2013 y reeditado por Random House en el 2017). Eludiendo la presentación de estereotipos y lugares comunes, Melchor opta por escribir un retrato íntimo, fragmentario y a la vez crudo de Veracruz; valiéndose de las herramientas del reportaje y las ventajas de la ficción, traza una cronología que abarca desde la década de los setenta hasta la primera década de este siglo.

Como muchos de sus lectores, mi aproximación inicial a la obra de la veracruzana fue con Temporada de huracanes (2017). Mientras avanzaba en la historia de la Bruja y todos aquellos personajes marginados, criminales y con una sexualidad desaforada, supe que me encontraba con una de las mejores escritoras del panorama mexicano. Fui hipnotizado por su prosa que, sin desdeñar la oralidad y las ventajas de la confesión, conectaba voces, territorios, sensaciones, haciendo de esos párrafos inmensos una danza de imágenes lúgubres y prodigiosas. Al terminar el libro, busqué rápidamente otro para suplir la falta que padecen todos los buenos libros: finalmente se acaban.

En Aquí no es Miami ya son visibles lo temas que a la autora le interesan y le apasionan narrar. A estas alturas, me queda clara la fascinación de Melchor por la violencia y por indagar en los elementos que la propician. Para fortuna nuestra, las crónicas que componen el libro no se limitan a ser un catálogo pormenorizado de oprobios. Todo lo contrario: destacan por la fuerza del lenguaje y sus personajes, los cuales, por alguna u otra razón, se ven arrastrados por la violencia, llámese social, política, familiar o económica. A lo largo de sus páginas, los lectores compartimos el asombro que se lleva la narradora al enterarse de que los supuestos ovnis que veía de niña sobrevolando Boca del Río no eran más que avionetas de narcotraficantes (“Luces en el cielo”), así como el descubrimiento y la constatación de la misoginia en nuestro país, a través de la forma en que se enaltece de un hecho violento (“Reina, esclava o mujer”); no faltan, a su vez, las crónicas que abordan las razones o las circunstancias de alguien que decide meterse al narcotráfico (“Un buen elemento”), así como aquellas que narran los efectos psicológicos de un enfrentamiento armado en la vida de una señora (“Insomnio”). En todos estos relatos, destacan los inicios que obligan al lector a seguir con la crónica para descubrir por qué esa primera escena, como sucede en “Una cárcel de película”:

El traslado inició a las dos de la mañana, en medio de un norte furibundo. Algunos presos ni siquiera alcanzaron a vestirse por completo cuando los agentes federales irrumpieron en las crujías. A golpes y patadas los obligaron a formarse en los corredores, a cubrirse el rostro con los brazos desnudos, a desfilar frente a una valla de soldados que amenazaban con dispararles si se atrevían a alzar la mirada para buscar a sus familiares entre el griterío.

De manera similar a lo que Carlos Velázquez realiza con Torreón en El karma de vivir al norte (2013), las crónicas de Melchor nos permiten trazar una cartografía de su ciudad y de su estado, de cárceles que son desocupadas para grabar la nueva película de Mel Gibson (la ya comentada “Una cárcel de película”) y de aquellos lugares del puerto donde, antiguamente, hubo un gran negocio de mercancías robadas de los barcos (“El cinturón del vicio”). No es vana la comparación entre ambos autores: al igual que Velázquez, Melchor describe el deterioro de un país con un espacio particular; de modo similar al narrador norteño, habla de sus vivencias personales por medio de la historia de los otros (“La casa del estero”). A propósito de lo anterior, Melchor escribe al final del prólogo a esta última edición:

Aquí el lector no hallará ninguna fobia a la subjetividad, ninguna reticencia a sacudir el mecanismo del relato para darles a los hechos humanos un sentido distinto, más próximo al de la experiencia individual que al de la noticia. Tampoco hallará ficción ni fantasía, sólo historias que pudieron ocurrir en cualquier otra parte pero que, quién sabe por qué destino inexorable, no pudieron sino nacer en este sitio.

De acuerdo con Ricardo Piglia, los modos básicos y fundamentales de la narración son la investigación y el viaje. Si ese es el caso, son muchas las indagaciones que se narran en este libro (en torno a la impunidad, a los asesinatos, a la indiferencia), y muchos también son los viajes (los que realiza la autora para recabar información sobre un crimen, los que se ve obligada a realizar a través de los testimonios de los demás). La “subjetividad”, esa palabra tan denostada por cierta clase de periodismo ―aquella que se limita a mostrar cifras, a contabilizar los muertos, a señalar eventos sin reparar en sus circunstancias y las motivaciones de sus implicados― es retomada sin miedos y con destreza. Se sabe: a través de la mirada personal distinguimos solo fragmentos de la realidad. Sin embargo, es justo en la constatación de la imposibilidad de conocer los fenómenos a fondo donde estas crónicas encuentran una de sus mejores armas: “el mundo es ancho y ajeno”, afirmó Ciro Alegría, pero gracias a la escritura se vuelve menos ancho, menos ajeno.

Si en algo encuentran su efectividad los textos de este libro, es en la aseveración de que la violencia, antes de volverse espectáculo o mero titular en el periódico, afecta a ciertos cuerpos, a ciertos sectores de la población. No encontraremos una forma maniquea y limitada de observar el mundo; la frontera entre la maldad y la bondad, entre el amor y el odio, entre el individuo y la sociedad, es borrada y cuestionada constantemente. Exponer la vulnerabilidad a la que se han visto sujetos los veracruzanos y, por ende, los mexicanos, ha sido una tarea que Fernanda Melchor ha logrado con gran maestría y, sobre todo, con gran inteligencia. Es motivo de celebración encontrarnos con libros que nos sacuden de la atrofia con la cual vivimos la mayor parte del tiempo. Solo algo se espera: que Fernanda Melchor siga escribiendo y publicando, seduciéndonos con sus narraciones y obligándonos a explorar esta realidad tan sinsentido donde nos tocó habitar.

 

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