Tierra Adentro

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

 

Rafael Gumucio resalta la lucha interna y externa del legendario físico y poeta por librar a la poesía de la solemnidad, y nos recuerda que el legado de Parra no sólo es la antipoesía, sino también la resistencia.

 

La historia de la antipoesía contada por Nicanor Parra es la de un combate lento y complejo para poder decir en voz alta lo que pensaba en secreto y silencio desde que nació en San Fabían de Alico, sur de Chile, en la primavera del año 1914. Su infancia y adolescencia las pasó en Lautaro, Santiago y Chillán, cerca de cementerios, prostíbulos y circos pobres. Quizá por eso no pudo creer en ninguno de los grandes metarrelatos de su época. La belleza y la pureza le resultaban mentiras piadosas. Le parecía que la poesía al intentar embellecer el diálogo, olvidaba justamente el poder de la real conversación. Le interesaba la realidad real, pero sabía que hablar de eso, de todo eso, lo obligaba al peligro de quedar expuesto y solo en un mundo cultural que se dividía entre el surrealismo místico del grupo Mandragorista y su maestro Vicente Huidobro y la retórica fundacional de Pablo Neruda y su banda.

Así, poder hablar, permitirse el derecho a hablar, fue su único combate. Preguntas que a finales de los años cuarenta pasaron de su cabeza a su garganta, y de ahí a sus pulmones impidiéndole a comienzos de 1952 pronunciar ninguna palabra de más de dos sílabas.

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)


 
 

«Cuando niño, yo me asustaba mucho con las caras, con los trajes y con las voces de los interlocutores, y quedaba prácticamente inhibido para comunicarme —les decía a los estudiantes de la Universidad de Chicago en 1987, invitado por el catedrático americano René de Costa a dar un seminario sobre su poesía—. Quedaba pegado, por ejemplo, en un par de anteojos; si alguien me miraba con unos anteojos chiquititos así, entonces yo me quedaba pegado en los anteojos, o en si la nariz era demasiado gruesa. De eso se trataría, de encontrar un método que le permita a uno efectivamente llegar al interlocutor, sin enredarse, sin quedarse pegado en el mar de Sargazos. De a poco empecé a perder la voz. Podía decir palabras aisladas: árbol, árabe, sombra, tinta china. Pero juntar las cosas no podía. Por ejemplo: podía yo decir “qué”, “hora”, “es”, pero “¿qué hora es?” no me podía salir. No podía hablar, no era una simple especulación».

Tenía 38 años. Trabajaba como profesor de mecánica teórica, una rama de la física en la Facultad de Física y Matemática de la Universidad de Chile. Su incapacidad de hablar lo obligó a desplazarse de la docencia a las labores administrativas. Se convirtió en subdirector de la escuela. Ni joven ni viejo, era entonces un hombre delgado, moreno, casi siempre impecablemente trajeado de tweed y corbata, casi siempre serio, alerta, aun cuando lograba salir de los monosílabos usaba el tono altisonante e irrisorio de los payasos de circo pobre. Eso eran sus hermanos, rumoreaban sus colegas y alumnos en tono de burla. Los habían visto alguna vez en bares, carpas desvencijadas, cantando en prostíbulos, Roberto, Eduardo, Lautaro y Óscar (alias Tony Canarito).

La vergüenza era aún la moneda más corriente en su intercambio con el resto de los colegas y alumnos que sabían sin saber del todo una serie de rumores sobre el subdirector de la carrera, un señor formal y puntual que más o menos abandonó a tres hijos por ahí junto a su madre, Ana Troncoso, reemplazada por una misteriosa sueca igualita a Ingrid Bergman en Stromboli, de Rosellini, una película en la que una sueca, por desesperación económica, se casa con un pescador siciliano que la lleva a una miserable isla volcánica donde nadie intenta entenderla.

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Sin aire, a veces el profesor repasaba su vida larga y angosta, una serie de logros que eran fracasos, un libro que ganó el premio municipal que le daba vergüenza, una beca en Oxford en que se dedicó a no estudiar nada, y la impresión de comprender todo, de tener todo más claro que nadie y no poder decírselo a nadie. «Me morí una vez haciendo clases en la Escuela de Ingeniería —le contó a la periodista Ximena Torres Cautivo en 2001—. Vi un rectángulo con mis dos manos encima: después me di cuenta de que era un libro. Fue una secuencia en tres etapas. Lo vi al frente mío, después lo mismo en negativo, el mismo rectángulo negro. De repente, volví. Estaba sentado frente a mis alumnos y eso me produjo cierto terror, una molestia tremenda. Y dije: ah, pero claro. Ellos son mis estudiantes; yo soy Parra. Habían transcurrido los nueve segundos en el ring; yo llegué hasta ocho. Al décimo, uno está listo: knock out».

Resucitado salía a la calle después de hacer clases y era víctima de alucinaciones criminales. Ganas de mear sobre los muros y escribir con su orina consignas terribles. Ganas de encabezar rebeliones de mendigos, ganas de morir y de matar.

«Yo estaba tartamudeando —explicaba Parra a los alumnos de Chicago— para conquistar un discurso plausible. Entonces, como los discursos no me parecían plausibles, no podía hablar. Me parecía una mentira, una comedia, hablar como habla un profesor, por ejemplo, o como habla cualquier sujeto, o como habla un poeta establecido».

«Un terror al significado, un horror al significado, una conquista, un discurso plausible», se diagnosticaba a sí mismo en la consulta del psiquiatra que le hizo ver que llevaba ya tres sesiones hablando perfectamente.

Si quiere seguir viniendo, venga, pero ya no es necesario.

Aunque hablaba, sentía que seguía siendo mudo.

Cuento eso como un hecho después de otro. La historia de un hombre de clase media atormentado por su pasado y aterrorizado por su futuro. Pero Parra contaba la historia como una leyenda medieval, como una lucha de fuerzas míticas, como una broma.

No podía hablar, ni menos escribir, así que pegoteaba palabras con Enrique Lihn y Alejandro Jorodowsky, dos jóvenes de menos de 20 años, que mezclaban en enormes cartulinas titulares y fotos del diario que luego colgaban en la calle para provocar a los paseantes.

ANTROPÓLOGOS COMPRAN MUERTOS O HERIDOS EN FRASCOS.

O

GORDO ESPECTACULAR HA SOBREPASADO TODO LÍMITE DE CONSIDERACIÓN Y RESPETO.

O

EN UN ASILO DE HUÉRFANOS SE DISPUTAN OJOS Y OÍDOS.

Quebrantahuesos, como le puso Parra por un pájaro terrible del sur, y provocó un pequeño escándalo con carabineros, y opiniones encontradas en la ciudad resfriada de 1952. Y después el silencio, la carga académica, los permisos sin sueldos, los exámenes finales. Rumiando versos mientras tanto, inventando defensas para no publicarlos, para terminar de terminar esas frases oídas de pasada en la calle. Hasta que sin aviso previo Pablo Neruda lo retó a duelo.

«A ver, Parrita, léenos algo si te atreves, lee esos esquinazos tan graciosos…».

«El poeta —abría los ojos y las manos Nicanor Parra en Las Cruces para señalarte la importancia del momento—, así se decía entonces, “el poeta”, y todo su círculo, todos esperando ahí para destruirme. No se le podía decir que no así nomás al poeta. Eso sí que no».

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Ilustración de Hernán Gallo (Ciudad de México, 1987)

Y sus cejas y sus uñas amarillas crispadas para que supiera que venía el salto mortal. «Qué se hace en esos casos, me pregunto yo», se seguía preguntando Parra como si se tratara de una película del Oeste, o más cerca aún, unas coplas del Martín Fierro. Neruda quería unos «Esquinazos», unos poemas semifolclóricos que le habían gustado cuando conoció a Parra en Chillán en 1938. Parra sabía que si le daba eso se encerraría para siempre en el personaje que Neruda le había inventado. Tenía que hablar, tenía que lanzar su voz o morir para siempre. Así que, agitado, buscó entre las hojas fusiladas por la máquina de escribir. Las vacas sagradas a su alrededor sostenían el silencio. Hacía frío, como siempre de noche en La Reina, Los Guindos, Michoacán, como llamaban la casa que compartía el poeta con la Hormiguita, Delia del Carril, «tú ubicas con la Hormiguita, la mujer del Pablo». Todos eran redondos, gordos, imponentes. Sólo Parra se sostenía en sus huesos como un pararrayo al que se colgara una cresta de indomable pelo negro.

Carraspeó. Su garganta atravesó varias capas de hielo hasta encontrar la voz rotunda y falsa de sus hermanos en el circo. Esa voz que habla directamente desde los pulmones. Fingió leer el poema que sabía de memoria, porque llevaba años y años redondeando cada palabra, cada exabrupto:

Los delincuentes modernos
están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines,
provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo […]

La cara redonda de Acario Cotapos, del ex policía Diego Muñoz, la complicada cara de bandido rural de Tomás Lago, la Hormiguita Delia del Carril y las ojeras anfibias de Pablo Neruda que no entiende: «¿dónde va Parrita? ¿Qué pretende este cabro ahora?» Parra sintió la obligación de seguir, aunque el frío le hiciera doblar las rodillas y bajo sus zapatos de cuero, cubiertos de una delgada capa de polvo, se abriera un vacío de mil metros:

[…] entran a saco en los quioscos favorecidos por la muerte
e instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.
Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que deambulan por los
alrededores
procurando levantar un pequeño templo a la miseria
y si se presenta la oportunidad llegan a poseer a un lustrabotas
melancólico.

«Cáspita, recórcholis, sorpresa general, escándalo, silencio totaaaaal. ¿Qué es eso? ¿Qué pasó aquí?», contaba Nicanor Parra 50 años después de aquel día, en casa de Neruda, en el centro mismo de su círculo, que asombrado le quitó las hojas de las manos buscando el truco:

«¿Cómo hiciste eso, Parra? ¿De dónde sacaste eso?»

Agitando las hojas para ver si caía la trampa, las palabras, algo. El resto no se atrevía a pronunciarse antes de que lo hiciera el propio Neruda, que dejó pasar varios segundos para luego levantar las cejas, el pecho gigantesco, la voz nasal, y decretar que lo aprueba total y parcialmente, que incluso lo prologaría.

Era 1954. Cumplía 40, había recuperado su propia voz, y fue el año en que, de una u otra manera, Nicanor Parra admitía haber nacido.


Autores
(Santiago, Chile, 1970) es escritor y dirige el Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales en Santiago. Su novela más reciente es El galán imperfecto (2017).

Ilustrador
Hernán Gallo
(Ciudad de México, 1987). Es ilustrador y artista gráfico. Ha colaborado en revistas para Chile, México y Colombia. Actualmente trabaja en proyectos independientes y colabora en libros y revistas.
Secretaría de Cultura