Tierra Adentro

"Pasteur inoculando una oveja contra ántrax" Imagen tomada de Wikimedia commons, cc. Subida por Wellcome Images.

¿Quién usa el correo postal hoy en día? ¿Quién va al buzón? Ante la facilidad y la eficiencia de los mensajes virtuales y los servicios de entrega a domicilio, hemos casi olvidado el ritual de la estampilla y el sobre. Parece casi ficción que, a principios de este siglo, recibir el correo, una actividad que parece tan simple, haya representado un peligro de salud pública nacional, por lo menos en Estados Unidos. ¿Quién recuerda el ántrax y su descripción? Ese polvo que, decían, podía matarte. Ese polvo que, de ser inhalado o de hacer contacto con tu piel, desencadenaría una reacción letal. Los síntomas eran muy parecidos a los de las enfermedades comunes (fiebre, dolor de pecho, falta de aire, confusión, tos, dolor de cabeza y náuseas); las posibilidades de sobrevivir, muy pocas.

Entre septiembre y octubre de 2001 murieron cinco personas en Estados Unidos a causa de la inhalación o el contacto con ántrax. Recordar la cadena de eventos, dos décadas después, remite a un momento de agitación mundial, a la angustia que provoca la posibilidad de una guerra que, de pronto, ya no se trataba de una guerra de bombas, o de tanques y disparos, sino una guerra silenciosa, inmediata, al alcance de la mano.

Las primeras cartas con ántrax fueron dirigidas a las cadenas de noticias: ABC, NBC, CBS. Las segundas, a los senadores demócratas.

Los mensajes eran simples:

09-11-01

ESTO ES LO QUE SIGUE

TOMA PENICILINA AHORA

09-11-01

NO NOS PUEDEN DETENER.

TENEMOS ESTE ÁNTRAX.

VAS A MORIR AHORA.

¿TIENES MIEDO?

Cómo no tenerlo. Cómo imaginar la posibilidad de que, dentro del sobre que viene junto a tu recibo de la luz, haya una bacteria. Leer se convirtió en una actividad peligrosa. La guerra biológica era inminente. Si este texto estuviera publicado en una revista impresa y la revista estuviera contaminada con carbunco (otra forma de referirse al ántrax), para este momento usted ya tendría en los dedos la suficiente cantidad para matarle. Ya habría inhalado, al acercarse la revista a los ojos, una cantidad considerable.

Por suerte no es así y tenemos la seguridad de la pantalla y el hogar. Al investigar sobre ántrax, desde la comodidad de una silla y con la certeza de que, por lo menos hoy, no seré víctima de un ataque terrorista, encuentro que, apenas hace cinco años, en una comunidad de pastores nómadas en Siberia, veinte personas se infectaron al tener contacto con la bacteria. Sucede que el ántrax es una enfermedad del ganado y, los pastores rusos, al hacer contacto con renos enfermos o comer su carne, tienen un alto riesgo de contagio. A los ataques con ántrax se les conoce, en estas comunidades, como “peste siberiana”.

La investigación me lleva a saber que la enfermedad por ántrax en animales es conocida, o al menos así lo asegura el artículo que leo, desde tiempos bíblicos. Y que las lesiones en el ganado tienen características muy singulares: en los caballos, las vacas y las ovejas, el efecto inmediato ocurre en la sangre, que se vuelve oscura; el bazo se inflama y tiene, así lo asegura también el artículo, la apariencia de la confitura de frambuesas. En los cerdos, es la garganta la parte que más sufre: hay edemas y hemorragias. El tratamiento más común es la penicilina. Y existe una vacuna, por suerte: fue desarrollada por Louis Pasteur.

Sin embargo, todo lo anterior era desconocido en Estados Unidos aquel septiembre, ¿a quién le iban a importar los caballos y el ganado vacuno si para entonces ya habían caído las Torres Gemelas? ¿Quién iba a pensar en los pastores que, del otro lado del mundo, cocinaban carne en una fogata? La foto de una vaca muerta y con sangre en el hocico me provoca una alarma inusitada, quizá la misma alarma que me daría ver en el correo una carta con la siguiente advertencia: tome penicilina ya, en este momento, porque usted va a morir. En ese caso las palabras, tan familiares para mí, un espacio que doy por seguro, serían mi peor amenaza. ¿Cómo será para un pastor ruso saber que el reno que lleva de un lado a otro, tan familiar para él, es el ser que puede matarlo?

Mientras el ántrax es todavía una realidad para los veterinarios, los pastores y los trabajadores de plantas procesadoras de carne de todas partes del mundo, en otros espacios es ya entretenimiento. La National Geographic dedica al ántrax un capítulo de su serie televisiva The Hot Zone. Lo que fue, hace veinte años, el terror, se presenta en la serie como una trama detectivesca. Bruce Ivins, un reconocido microbiólogo que trabajó durante dieciocho años en el Instituto Militar para el Estudio de Enfermedades Infecciosas en Estados Unidos, se convirtió en el principal sospechoso de los ataques con cartas infectadas. El FBI, siguiendo su instinto, descubrió que el ántrax usado en los ataques era el mismo que se utilizaba en el Pentágono para realizar investigaciones, ¿cómo era posible? ¿Acaso el peligro estaba infiltrado en una zona que todos daban por segura? Ivins se suicidó en 2008 con una sobredosis de paracetamol.

El fenómeno de las cartas con ántrax recuerda que nunca debemos ir al buzón. Dejemos que el buzón se empolve y quedémonos viendo Netflix. En Netflix podemos aprender, por ejemplo, que el correo es un peligro. El caso de Bruce Ivins remite a otro caso de terrorismo en Estados Unidos que también involucra el correo y que, por supuesto, ya se ha convertido en serie. En los ocho capítulos de Manhunt: Unabomber y en los cuatro de Unabomber en sus propias palabras llegaremos a saber la historia completa de Ted Kaczynski, con giros de tuerca incluidos. Kaczynski (¿alguien lo recuerda?) se hizo famoso por enviar cartas bomba durante varios años, la primera en 1978, y su caso se convirtió en uno de los más costosos en la historia del FBI.

Matemático, filósofo y neoludita, Kaczynski escribe desde la prisión y en 2016 publica Anti-tech revolution: why and how. En el capítulo 2 nos advierte sobre la posibilidad de una guerra biológica. Traduzco: “Hay que ser extraordinariamente ingenuos para imaginar que los organismos creados, alterados o manipulados por los humanos permanecerán siempre bajo control de forma segura y, de hecho, ya ha habido casos en los que tales organismos han escapado de las instalaciones de investigación. Estos organismos tienen el potencial de hacer un daño grave”.1 Desde una postura pacifista y contra el cambio climático, Kaczynski advierte, quién lo diría, que hemos llegado, como humanidad, a un punto de no retorno.

Me gustaría preguntar, a quien lea esto, si se siente bien para este momento de la lectura. Es posible que sí. Por si acaso, revise su provisión de medicamentos. Espero que tenga penicilina, quizá la necesite algún día, nunca se sabe. Como advertencia, quizá convenga que sepa lo que podría ocurrir en caso de que, uno de estos días, reciba usted una carta con ántrax. Para ello, retomo el testimonio de uno de los sobrevivientes de 2001: Casey Chamberlain dice que todos los días se pregunta: ¿quién envió la carta? Menciona que, diez días después de leer la correspondencia contaminada, empezó a sentirse mal. Que llevó el ántrax en su ropa sin darse cuenta y contaminó su hogar. Y que, en consecuencia, todos sus objetos personales debieron ser destruidos. Añade, asimismo, que nunca, en ningún lugar, ha vuelto a sentirse seguro.2

Sin duda saber que el peligro se infiltra en los lugares más cercanos es una afrenta. Como el investigador del FBI que encuentra que el arma biológica contra la que lucha salió de un espacio próximo. Como el pastor de renos siberiano que se prepara la cena y nunca vuelve a ser el mismo. Esperemos no hallarnos, uno de estos días, la carta equivocada. Pienso en Joan Didion, El año del pensamiento mágico, y dejo que sea ella quien cierre este texto: “Ahora me doy cuenta de que esto no tiene nada de raro: cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodinas que eran las circunstancias en las que ha tenido lugar lo impensable, en el cielo azul claro del que ha caído el avión, en el recado rutinario que ha terminado con el coche en llamas en el arcén, en los columpios donde los niños estaban jugando como de costumbre cuando la serpiente de cascabel atacó desde la hiedra. «Estaba volviendo a casa del trabajo, feliz, triunfador y sano, y de repente ya no existía»”.

  1. https://archive.org/stream/KaczynskiAntiTechRevolutionWhyAndHow_201803/Kaczynski%20Anti-Tech%20Revolution%20Why%20and%20How_djvu.txt
  2. http://www.ph.ucla.edu/epi/bioter/anthraxsurvivorstory.html

Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Secretaría de Cultura