Tierra Adentro

 

 

Nyarlathotep… el caos reptante… Yo soy el último… Le contaré al vacío que escucha…

No recuerdo de forma precisa cuándo comenzó, pero fue hace meses. La tensión general era horrible. A una temporada de revueltas políticas y sociales se añadió una extraña y melancólica aprehensión de un horrible peligro físico; un peligro generalizado y que todo lo abarcaría, un peligro que solo se puede concebir en los más terribles fantasmas de la noche, Recuerdo que la gente iba y venía con la cara pálida y expresión preocupada, y susurraba advertencias y profecías que nadie se atrevía, de manera consciente, a repetir o aceptar para sí mismo que las había escuchado. Un sentimiento de culpa monstruosa se extendía sobre la tierra, y de los vacíos que hay entre las estrellas soplaban corrientes que hacían temblar a los hombres en la oscuridad y los lugares solitarios. Había una alteración demoníaca en el orden de las estaciones —el calor se prolongó durante el otoño de manera espantosa, y todos sintieron que el control del mundo y, tal vez, el universo había pasado de manos de dioses y fuerzas conocidas a manos de dioses o fuerzas desconocidas.

Fue entonces que Nyarlathotep salió de Egipto. ¿Quién era? Nadie lo sabía, pero era de la vieja sangre nativa y tenía el aspecto de un faraón. Los fellah se arrodillaban cuando lo veían, pero eran incapaces de decir por qué. Él decía que había surgido de la oscuridad de 27 siglos, y que había escuchado mensajes de lugares fuera de este planeta. A la civilización llego Nyarlathotep, moreno, delgado y siniestro, comprando extraños instrumentos de vidrio y metal y combinándolos para convertirlos en instrumentos todavía más extraños. Hablaba mucho de ciencias —de electricidad y psicología—, y hacía exhibiciones de poder que dejaban a sus espectadores sin palabras que aumentaron su fama a una magnitud impresionante. Los hombres se aconsejaban los unos a los otros que fueran a ver a Nyarlathotep, y temblaban. A donde iba Nyarlathotep, desaparecía el descanso; pues las madrugadas se llenaban con gritos de pesadillas. Nunca antes los gritos de pesadillas habían sido tal problema público; ahora, los hombres sabios casi deseaban que se prohibiera dormir en las madrugadas, para que los alaridos de la ciudad molestaran menos espantosamente a la pálida y lastimera luna que brillaba tenuemente sobre las aguas verdosas que corrían bajo los puentes y los viejos campanarios que se derrumbaban contra un cielo enfermizo.

Recuerdo cuando Nyarlathotep llegó a mi ciudad —la gran, la vieja, la terrible ciudad de incontables crímenes—. Mi amigo  me había hablado de él, y de la irresistible fascinación y lo llamativo de sus revelaciones, y yo ardía con fervor por explorar sus misterios más escondidos. Mi amigo me dijo que eran horribles e impresionantes, más allá de mis más enfebrecidos pensamientos; que en una pantalla de una habitación a oscuras se habían proyectado imágenes proféticas que nadie, a excepción de Nyarlathotep se había atrevido profetizar, y que en un chisporroteo de sus chispas les había quitado a los hombres aquello que no se les había quitado antes y que solo se mostraba en sus ojos. Y escuché que en el extranjero se rumoraba que los que conocían a Nyarlathotep podía ver cosas que otros no.

Fue en el cálido otoño que pase la noche con las multitudes ansiosas por ver a Nyarlathotep; a través de la pesada noche y las interminables escaleras que llevaban a un cuarto asfixiante. Y vi en una pantalla las sombras de seres encapuchados escondidos entre ruinas, y caras amarillas y malignas espiando desde detrás de monumentos caídos. Y vi al mundo batallar contra las tinieblas, contra las oleadas de destrucción procedentes de lo más recóndito del espacio; arremolinándose, agitándose y batallando alrededor de un sol que se iba debilitando y enfriando. Entonces las chispas comenzaron a saltar de forma sorprendente sobre las cabezas de los espectadores, y los cabellos se erizaron, a la vez que sombras todavía más grotescas de lo que puedo expresar salieron y se agacharon sobre las cabezas. Y cuando yo, que era de pensamiento más frío y científico que el resto, murmure una protesta temblorosa sobre “falsedad” y electricidad estática”, Nyarlathotep nos guió a la salida, por esas escaleras hacia abajo, a las húmedas, calientes y desiertas calles de la medianoche. Grité tan fuerte como pude que no tenía miedo, que yo nunca podría tener miedo; y otros gritaron conmigo como forma de consuelo. Nos juramos los unos a los otros que la ciudad era exactamente la misma, y todavía vivía; y cuando las luces eléctricas comenzaron a desvanecerse, maldecimos la compañía una y otra vez, y nos reímos de las caras extrañas que hicimos.

Creo que sentimos algo descendía de la luna verdosa, pues cuando empezamos a depender de su luz, de modo involuntario hicimos una formación extraña y parecíamos conocer nuestro destino, aunque no nos atrevíamos a pensar en ello. Una vez miramos al pavimento y encontramos que los adoquines estaban flojos y desplazados por el pasto, con poco menos que una línea de metal oxidado que mostraba el lugar donde alguna vez habían pasado los tranvías. Y una vez más vimos un tranvía solitario y sin ventanas, arruinado y volcado. Cuando volteamos a ver el horizonte, no pudimos encontrar la tercera torre que se encontraba cerca del río, y nos dimos cuenta que la silueta de la segunda torre estaba rota de la parte superior. Entonces la formación que hicimos se separó en delgadas columnas y cada una pareció tomar una dirección distinta. Una de ellas desapareció en un estrecho callejón que estaba la izquierda, dejando solamente el eco de un chocante gemido. Otra, bajo por una entrada del metro que estaba atestada de hierbajos dando alaridos y riendo como locos. Mi propia columna se vio atraída hacia el campo abierto y sentí un escalofrío poco nada común en el cálido otoño; pues mientras caminábamos furtivamente en la oscuridad de páramo, vimos que nos rodeaba el demoniaco brillo lunar de nieves malignas. Nieves sin caminos, inexplicables, divididas por la mitad en una sola dirección que daba hacia un abismo tan negro que contrastaba con sus paredes brillantes. La columna parecía muy delgada mientras avanzaba somnolienta hacia el abismo. Yo me quedé rezagado, pues la hendidura negra en medio de la nieve iluminada por la luz verdosa me provocaba terror, y creí escuchar las reverberaciones de un lamento desasosegado a la vez que mis compañeros desaparecían; pero mi poder de resistencia fue poco. Como si estuviese atraído o me hubiesen llamado aquellos que se habían ido antes, medio floté entre los colosales montones de nieve, estremeciéndome y asustado, hacia el vórtice de lo inimaginable.

Extremadamente sensible, estúpidamente delirante, solo los dioses que fueron podrían explicarlo. Una enfermiza y sensitiva sombra retorciéndose en manos que no son manos, y arremolinándose ciegamente, dejando atrás medianoches fantasmagóricas de creación putrefacta, cuerpos de mundos muertos con llagas que alguna vez fueron ciudades, vientos de muerte que rozan las estrellas pálidas y las hacen titilar tenuemente. Vagos espectros de cosas monstruosas pertenecientes a más allá de los mundos; columnas entrevistas de templos sin santificar que descansan en rocas sin nombre debajo del espacio y que alcanzan hasta los vertiginosos abismos por encima de las esferas de luz y de oscuridad. Y a través de este nauseabundo cementerio del universo, el sordo y enloquecedor batir de los tambores, y el fino y monótono alarido de las flautas blasfemas provenientes de las inconcebibles y oscuros aposentos más allá del tiempo; el detestable golpeteo y pitido allá donde bailan lenta, torpe y absurdamente los gigantescos y tenebrosos dioses definitivos; las ciegas, mudas e imbéciles gárgolas cuya alma es la de Nyarlathotep.

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Secretaría de Cultura