Tierra Adentro

Ilustración de Luis Ham

Tocas la pantalla y se abre la aplicación. Tocas un botón más, en el centro, para comenzar tu jornada laboral. Estás en línea. Una ansiosa viborita negra que va de izquierda a derecha simula estar ocupada en buscarte tu primer viaje del día. En la pantalla aparece el mapa delimitado de la zona donde vives. Eres una flecha sobredimensionada que cintila sobre el mapa y eso te hace sentir importante. Un número en la esquina señala la bonificación del día y de la hora. En las horas pico ganas a veces hasta el doble por entrega y es mejor que aproveches que la demanda se incrementa y precisan de tu fuerza de trabajo.

Cansada de la academia, renuncié a mi trabajo fijo como profesora universitaria en California el pasado diciembre. Me mudé y comencé a estudiar psicología clínica. Desde enero, dependía de un trabajo temporal dando clases de español y escritura en la universidad en la que también estudio, pero tras la crisis económica provocada por la pandemia del Covid-19 no me ofrecieron dar más clases. Hace tres meses que no tengo trabajo pero la renta tiene que pagarse y tengo que comer. Dadas las circunstancias de la pandemia, no hay mucho que una doctora en letras pueda hacer: el tipo de “trabajadores esenciales” que se necesitan ante la crisis no son intelectuales. He solicitado decenas de trabajos sin respuesta. Para sobrevivir, a partir de marzo decidí explorar diferentes trabajos en la llamada “gig economy” (economía de los trabajos esporádicos o, en mi traducción más coloquial, “economía de las chambitas”). Una semana después de descargar varias aplicaciones en mi teléfono y solicitar los materiales que no tardaron en llegarme por correo, me convertí en una trabajadora independiente para diferentes plataformas. Ahora soy repartidora de comida y de compras del supermercado.

 

Tu perfil muestra una foto de tu rostro con una sonrisa falsa, tu primer nombre y, justo debajo, las temidas estadísticas. En esta aplicación has tenido suerte y tienes un índice de satisfacción del 97%, pero en la otra que usas comúnmente tu aprobación baja hasta 90%. En tu perfil te presentas así:

Picture1Estudiante de psicología y escritora. ¡Me encanta manejar!

Picture2Sabe inglés, español y holandés.

Picture3De la Ciudad de México.

 

Nadie verá tu perfil, pero aún así te esfuerzas en ser coherente e interesante. En realidad, solo quieren que les entregues la comida a tiempo, pero nunca está de más poner una buena cara para que te den una propina que te ayudará al menos a pagar la gasolina o el seguro del coche que usas para trabajar.

 

Aunque el trabajo independiente o por contrato (“freelance”) ha existido desde la invención del dinero, la economía de las chambitas comenzó a crecer cuando se lanzó la aplicación de Uber. La compañía usó por primera vez la inteligencia artificial y las aplicaciones móviles para conectar a los pasajeros con conductores “independientes”.

La economía de las chambitas es diferente de los mercados con trabajadores independientes porque se enfoca en labores en donde no es necesario tener muchas habilidades, ningún título, estudios, o experiencia y porque controla los precios y la mercadotecnia (que en mercados que requieren mayor habilidad son controlados por los trabajadores independientes). Después del surgimiento de Uber en 2013, una gran cantidad de nuevas empresas imitaron el modelo: Instacart es el Uber de las compras en tiendas departamentales y Taskrabbit es el Uber de los trabajos domésticos (que nació con gente que se anunciaba como expertos en ensamblar muebles de Ikea). En pleno 2020, las aplicaciones que conectan a usuarios o empresas con trabajadores independientes son demasiadas: Fiverr, Shipt, DoorDash, UberEats, Grubhub, Postmates, Lyft, Kitchensurfing, Wag, Rover, entre otras, son las más populares en los Estados Unidos. La colección de plataformas en línea y aplicaciones prometen trascender el capitalismo, pero lo único que ha cambiado es el modo o la tecnología a través de la cual el trabajador es alienado y se le explota.

 

En este mundo, tus estadísticas valen más que tus habilidades: 75 viajes en UberEats, 93 entregas en Doordash, 37 para Postmates y 12 entregas de compras del supermercado para Shipt.

Como buena investigadora, te dedicas a comparar fríamente las aplicaciones, los requisitos, lo que paga cada una de ellas, y qué tan fácil es usarlas. Tienen ventajas y desventajas, pero su objetivo es el mismo: trasladar del punto A al punto B mercancía, comida o personas. Pero como buena escritora que eres, te aferras al término más poético que usa una de las aplicaciones para contar tu tarde de trabajo en forma de “viajes” (y no de “entregas”). Te gusta imaginar que vas a viajar a diferentes lugares en poco tiempo y que eres una arqueóloga voluntaria del lugar en el que vives.

 

Viaje 1. Suena una campanita en el celular. Aparece un círculo con el restaurante al que tienes que ir y la compensación estimada, así como el kilometraje del viaje. Lo aceptas antes de que se agoten los quince segundos que te dan antes de que desaparezca de tu pantalla y le envíen el trabajo a otro repartidor. Llenas tu botella de agua para la jornada laboral y sales de casa. Caminas cinco cuadras hasta la calle donde puedes estacionar tu coche sin que te pongan una multa. Conectas tu celular y manejas unos cinco minutos hasta el Starbucks en un pequeño centro comercial. Te pones el cubrebocas antes de salir de tu coche. En el piso, unos cuadritos marcados con cintas fosforescentes te señalan dónde debes pararte mientras esperas la orden y un letrero te señala que no podrás pedir una orden si no estás usando un cubrebocas. Pides la orden con el nombre del cliente que te aparece en la aplicación y te entregan una bolsa de papel cerrada con un sello que contiene dos cafés fríos con mucha crema batida y chispitas de chocolate, además de algo que huele a tocino. Regresas al coche y acomodas el paquete en el asiento del pasajero mientras deslizas el dedo sobre la pantalla para que te aparezca la dirección en la que debes entregar el pedido. Sigues las instrucciones del GPS y tu coche se convierte en la flecha que navega el mapa. Maniobras para que no se te caiga todo al tomar las curvas a una velocidad más alta que la máxima y a ratos tienes que ser un pulpo para detener las bebidas cuando frenas abruptamente.

Llegas a un complejo de apartamentos de tres pisos, mal numerado, y ves las temidas instrucciones: “dejar el pedido en la puerta: edificio 9, departamento F”. Suspiras. Estacionas el coche en el lugar para las visitas. Tomas el paquete con cuidado y ves que la bolsa de papel está un poco mojada por abajo. La crema batida está batida. Ni modo, ni qué hacerle. Subes y bajas escaleras. Caminas alrededor de la alberca y frente a los buzones con el paquete en mano. Es un laberinto polvoso lleno de rincones mínimos que la gente llama “hogar”. Caminas durante diez minutos dando vueltas alrededor del complejo hasta encontrar el edificio 9. El apartamento F es el último del tercer piso. Subes tres escaleras y la herrumbre de la letra “F” te da la bienvenida. Quitas unas telarañas del tapete de la entrada y ahí mismo colocas el paquete. Sacas tu celular para tomar una fotografía y así completar la entrega. Pero tu celular parece no tener señal. Presionas la pantalla una y otra vez hasta que toma una borrosa foto de la bolsa de papel medio húmeda con el logo de Starbucks, sobre el tapete que clama: ¡Bienvenido! Vuelves al coche. Has triunfado. Una vez recuperas la señal, la pantalla de tu teléfono se enciende con un nuevo pedido que deberás recoger en Panda Express.

 

Las empresas de la economía de las chambitas venden sus modelos de trabajo con la idea de que son un camino hacia el sueño de tener una mejor calidad de vida y que el trabajador puede administrar su propio “negocio”. Hay muchas cosas que, en principio, se ponen en juego en la ilusión que le brindan al trabajador: tienes la libertad de armar tu propio horario, no necesitas ningún tipo de entrenamiento, no tienes un jefe que te obligue a nada y puedes vivir la vida que quieres. ¿Se trata entonces de un paraíso de flexibilidad y libertad individual? ¿O es un mundo de explotación, lleno de conflictos?

Es una ironía un tanto cruel que los trabajadores en este tipo de plataformas vivan sin ninguna de las protecciones o seguridad que se le asegura a cualquier otro trabajador, incluso aquellos que trabajan por el salario mínimo. En los Estados Unidos, a los trabajadores de la economía de las chambitas se les paga bajo el esquema de “contratistas independientes” (también llamados “trabajadores 1099” por la forma que reciben para pagar impuestos) y por lo tanto no reciben compensaciones extra por su trabajo, no tienen beneficios si pierden su trabajo ni pueden tener vacaciones pagadas, un fondo de retiros, protecciones de licencia familiar o por discapacidad y tampoco tienen derecho de conformar sindicatos de trabajadores.

Este panorama se torna aún más gris si se considera que los repartidores bajo este endeble esquema laboral también somos considerados “trabajadores esenciales” durante la pandemia y que necesitamos salir y arriesgar la salud para ganar unos dólares y entregar a tiempo la comida de quienes tienen el lujo de quedarse en casa.

 

Viaje 2. Manejas diez minutos siguiendo el destino que te marca el GPS. Entras al restaurante luego de leer los cinco carteles que dicen que no puedes entrar sin un cubre bocas que te tape por completo la boca y nariz. Te colocas bien la mascarilla quirúrgica que te envió una de las aplicaciones que usas (aunque el costo del envío, por supuesto, lo tuviste que pagar tú) y te paras en una de las flechitas anaranjadas que florecieron en los suelos en todos los supermercados y restaurantes, marcando los famosos seis pies de distancia. Sigues sin entender si los seis pies son los de alguien de dos metros o los de un niño de seis años, quizás porque a pesar de que llevas ya ocho años en este país, te niegas a aprender el sistema inglés de medidas. Hablas con el empleado y recoges una bolsa. Te dice que te falta llenar un vaso con la bebida que pide el cliente y ya en la máquina decides ponerle un poco de hielo, por si acaso.

Al coche de nuevo y manejar según lo marca el GPS hacia los dormitorios de la universidad. Por la carretera, el paisaje se torna verde hasta entrar al campus. Manejas por un estrecho camino hasta encontrar a un muchacho asiático que espera en la esquina con su celular. Te detienes y le entregas la bolsa. Pocas entregas son así de sencillas, pero sabes que cuando vas a la universidad no te espera ninguna propina y lo entiendes, pero no deja de decepcionarte. Los estudiantes que todavía están en el campus son los que no pudieron salir en medio del semestre, cuando se declaró la pandemia y las clases se pasaron al formato en línea o, quizás, son extranjeros, o no tienen otra casa, y posiblemente lidian con servicios de comida reducidos en los pocos comedores que todavía funcionan.

 

“Todo viaje depende de la carga de mito que el viajero sea capaz de agregarle, voluntaria o involuntariamente”, dice Martín Caparrós. Me pregunto cuál es la mitología que me impulsa en los viajes que hago al menos tres veces por semana entregando comida. A veces soy un caballero errante que lucha con perderse en el bosque de apartamentos y rescata a damiselas cautivas en prisiones, llevándoles comida que las sustente, arriesgándose a luchar con virus microscópicos potencialmente letales. Pero a veces soy Tlazoltéotl, “la comedora de suciedad”, visitando a la gente que está por morir, alentando la lujuria y el exceso de los deseos de crema batida de los moribundos.

 

Viaje 3. Apenas regresas al coche, te aparece otro viaje para ir a un restaurante tailandés, cerca de la zona turística de la ciudad, ahora desierta. Lo conoces bien y entonces te apresuras a aceptar la entrega. Rara vez rechazas un viaje y al algoritmo no le gusta cuando no le respondes. Si te distraes por un momento o vas con música en el coche y no escuchas la campanita, no aceptas el viaje por omisión y la aplicación te penaliza con unos minutos (y a veces horas) en los que no te envía nuevas entregas.

Manejas y te estacionas en una calle empinada. Te asomas a ver si la rueda de la fortuna ya está moviéndose o si los juegos mecánicos ya abrieron, pero todo sigue cerrado y probablemente tardará mucho en volver a abrir. Eso sí, nunca falta gente en la playa, pese a que suelen estar cerradas de 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Cruzas la calle, abres la puerta de metal con algo de temor (imaginas virus pegados a las manijas cada vez que abres una puerta). Pides la orden con el nombre del cliente y esperas. Cinco minutos. La mujer de la caja grita el nombre del cliente que tú ya habías olvidado en tu breve ensueño en el que sentiste el calor de la arena en tus pies mientras caminabas por las playas de Tailandia que muestran las vetustas fotografías en las paredes. Revisas el teléfono y confirmas. Tomas la bolsa con cuidado y otra vez te imaginas al virus como criaturitas colgadas de la bolsa que la mujer recién ató para ti. La puerta de nuevo, punto posible de contacto con virus número diez o quince, se pierde la cuenta. Al llegar al coche deslizas el dedo sobre el teléfono y comienzas la entrega. Te pones gel antibacterial por enésima vez y arrancas.

Frente a ti, la playa. Esquivas a los peatones que deciden que la calle también es su playa y caminan en todos lados. Si llegas tarde, dile adiós a tus buenas estadísticas y posiblemente te toquen menos pedidos. El algoritmo es cruel y despersonalizado, no hay a quien reclamarle en caso de que pase algo y no puedes dirigir tu enojo sino al yugo de una aplicación, ubicua, sin rostro. Mate a su jefe es ahora desinstale la aplicación.

Luego de sortear los obstáculos en el camino llegas a la dirección. Ya te sabes el truco: cuando el mapa de Google dice que ya llegaste, sabes que todavía no has llegado y el destino está unos metros más adelante. Encuentras el número de la casa y tocas el timbre. Un perro ladra desgañitándose como desesperado, pero nadie sale. Esperas unos minutos más. Tocas la puerta con la mano, temiendo que el virus esté untado por ahí porque alguien estornudó. Nadie. Una vez más tocas el timbre y el perro gruñe y se golpea con la ventana. Finalmente, una mujer sale, luego de ponerse su máscara a paso de tortuga, a recibir la comida. Te aseguras de verla a los ojos, aunque quizás eso le parezca muy invasivo. No sabes si con los ojos le estás exigiendo algo o más bien se siente avergonzada, pero te dice: “Ya te dejé la propina en la aplicación”, luego de verte de abajo hacia arriba. “Gracias”, le respondes detrás de tu cubrebocas con voz impostada, para que te escuche: “que tenga un buen día”.

Cuando los clientes eligen la opción de que les entregues la comida a ellos y no que la dejes sobre el tapete lleno de telarañas, se ven forzados a ver que otro ser humano de carne y hueso y no un robot sin rostro es quien les lleva su comida. Suelen dejarte más propina. Un par de veces te han indicado en las instrucciones que te dejaron un billete debajo del tapete (te imaginas un ejército de virus que vive ahí debajo, pero necesitas agarrar ese billete que inmediatamente guardas en una bolsa de plástico sellada). En una ocasión, incluso, te dejaron un sobre pegado con cinta adhesiva en la puerta con tu nombre, con algo de dinero en efectivo. A decir verdad, te emociona el papel en tus manos más de lo que te aterra que el billete tenga el virus: el dinero en efectivo hace que tu trabajo se sienta más real y le da algo de solidez a la labor que se desvanece en el aire de seguir las instrucciones de una aplicación en tu celular.

 

Llevo mi pluma y cuaderno a todas partes. Es mi copiloto fiel en las entregas y me asegura que la literatura es pertinente en medio del mar del capital, la inmediatez y la urgencia que me devora.

Si tengo suerte (que otros verían como mala suerte y tiempo perdido) me quedan algunos minutos entre entrega y entrega. Abro la ventana del coche, extiendo el brazo y destapo mi pluma fuente blanca, de la que fluye tinta roja, lista para garabatear y desahogar observaciones mínimas:

 

Grietas y más grietas con líneas de colores: carreteras que comprimen el sentido del espacio bajo el tiempo.

 

No hay un arco dramático ni narrativo. Los personajes no tienen un trasfondo psicológico. Hay sólo un ojo que ve de forma oblicua y un oído que escucha el silencio. Una mano anota la realidad según la percibe y arma su sentido del tiempo: crónica (palabra que debiera ser un verbo).

 

El yugo de no hacer es estar perdiendo (lo único que se nos ha dado: tiempo).

 

Tu cuerpo será: el vaso comunicante de mi deseo o el obstáculo ante su satisfacción.

 

Suena la campanita y acaba tu tiempo libre. Los perros de Pavlov salivan y tú estás lista para aceptar un nuevo viaje.

 

Viaje 4. La aplicación te ofrece entregar una pizza. Te parece una buena entrega porque como está lejos y a mayor distancia, el pago es mejor. Decides tomarla, todo listo con presionar la pantalla dentro del círculo que se prende y apaga con insistencia. Manejas hasta la pizzería y al bajar del coche la aplicación te ofrece otro pedido para añadirlo a tu ruta. Rara vez se encadenan los pedidos pero cuando sucede debes aprovecharlo.

Aún recuerdas el primer pedido que recogiste, en esa misma pizzería, hace unos meses. Estabas muy nerviosa y llevabas, por si acaso, la bolsa para mantener los alimentos calientes que la aplicación te había enviado a tu casa junto con tu paquete de “bienvenida”. Como si la bolsa fuera tu escudo de legítima repartidora cualificada cuando lo único que hiciste fue llenar un perfil en línea y presionar un botón. No podías creer que fuera tan fácil como pedir la orden por el nombre y luego llevar la comida al domicilio. En esa primera entrega, una viejita te dio una propina en efectivo y te emocionó mucho llevarle la comida a quien realmente lo necesita. Pero con el tiempo y los muchos viajes esa sensación se te ha desvanecido y ahora ves a tu trabajo como una oportunidad mecánica y sin mucho sentido. En realidad, los repartidores son cuerpos intercambiables que se desplazan a su propio costo y riesgo, en sus coches y pagando todos los gastos. No son empleados y no tienen ningún beneficio. No son tampoco “emprendedores” como lo anuncia la aplicación cuando busca que seas repartidor con la promesa de “tener un horario flexible”, “ser tu propio jefe” o “empezar a ganar dinero de forma inmediata”.

 

Esa retórica, junto con tácticas como bonos de cientos de dólares para los conductores que reclutan amigos para unirse a la plataforma, ayudan a las aplicaciones a inscribir a decenas de miles de trabajadores en todo el mundo. A su vez, la tecnología se promueve como innovadora y funciona con algoritmos de distribución de la oferta y demanda y crea la ilusión de una relación parecida a la de los empleados con sus empleadores. Pero en la era ubicua de las aplicaciones cuando surge un problema no hay a quién llamar.

En lugar de tener un jefe que da instrucciones directas, los trabajadores tienen entrenamientos por medio de videos en línea en los que todos sonríen; les llega trabajo por algoritmos y los evalúan por medio de calificaciones de “estrellitas” o de un pulgar hacia arriba o hacia abajo, según juzguen apropiado los propios clientes. Los sistemas de calificación por estrellas que ahora son estándar en todas las aplicaciones y páginas de comentarios de productos tienen graves problemas, lo sabemos; ayudan a las empresas a deslindarse de toda responsabilidad, culpando a los trabajadores independientes de hacer un mal trabajo. La empresa nunca tiene la culpa.

La naturaleza de las plataformas y las aplicaciones también garantiza (hasta cierto punto) una mayor atomización de los trabajadores que rara vez se encuentran y por lo tanto no interactúan en un lugar de trabajo y no pueden comunicarse ni identificarse a través de las plataformas, lo que hace más difícil que los trabajadores se organicen en sindicatos o exijan beneficios de forma colectiva. Las empresas se protegen así en contra de las demandas laborales y parece que todo es benéfico para ellos.

 

Entras a la pizzería donde ya conoces a algunos de los empleados y te preguntan para quién estás recogiendo hoy un pedido. Les dices los dos nombres y esperas unos minutos para que tengan lista la orden. Tomas las siete cajas de pizza sobre tus brazos y, balanceándote, logras empujar la puerta con un pie y salir a duras penas. Colocas sobre el asiento la torre de pizzas con humo que se escabulle por las comisuras de la caja. Tu coche se impregna con el olor a comida y carne. Te asquea un poco. Tu primera entrega queda a unos diez kilómetros y luego de un buen rato por la carretera, el GPS te señala que debes salir. Luego de varias vueltas, te encuentras en un camino de una vía no pavimentada, en medio de un bosque de secuoyas rojas. Has venido muchas veces a esta zona a entregar comida, pero no a un lugar tan remoto. Llegas finalmente a una zona llena de lo que acá llaman “casas móviles”. En realidad, las casas no son móviles sino estructuras baratas prefabricadas que se pueden colocar en terrenos que se rentan y nunca son de las personas que viven ahí. Lo peor de venir a los lotes de casas móviles es que la numeración es una pesadilla y no tiene ningún sentido. Das dos vueltas al terreno y finalmente encuentras la casa, en plena reparación, donde debes dejar cuatro cajas de pizza. Le das las cajas a una señora en la mano, intentando alejarte lo más posible de ella.

La siguiente entrega queda a cinco minutos. Sales del imponente bosque y te ciega el sol. Te detienes unos momentos a ver la dirección: la entrega tiene como destino un hotel. Sigues tu camino. Llegas finalmente al borde del mapa de la aplicación, en una zona llena de granjas y cultivos y por lo tanto los letreros de pronto están todos en español.

La señora de la casa móvil te envía un mensaje, quejándose porque le faltó una pizza. Tú no podías haberlo sabido, seguiste las instrucciones. Buscas una solución en línea, pero no hay con quién quejarse, a quién llamar. Le recomiendas por mensaje que se comunique con la pizzería y te disculpas por la omisión. Despídete de tu buena reputación en la aplicación luego de este incidente.

Llegas finalmente a tu segunda entrega. Ahí, cerca de la carretera, hay un hotel de paso. La aplicación te señala en las instrucciones que debes entregar las tres cajas de pizza restantes en la habitación 205. Entras al hotel sin decir nada, cargando las cajas, y luego de esperar el elevador y caminar por un largo pasillo, encuentras la habitación. Tocas la puerta mientras detienes las cajas entre tu cadera y la pared. Alguien, detrás de una cortina de humo de marihuana, extiende la mano y no te dice una sola palabra luego de tomar las cajas y azotarte la puerta en las narices en medio de la frase que apenas comenzaste a decir: “que tenga un…”.

“Buen día”, te dices a ti misma, ya de regreso en tu coche.

 

Me han comentado amigos de otras latitudes que me imaginan repartiendo comida en una motocicleta o bicicleta. Si pudieran ver las enormes carreteras, venas y arterias del estado de California, entenderían por qué me da tanta risa la imagen de un repartidor en motocicleta. Sería imposible franquear las distancias y probablemente me pondrían varias multas por usar la carretera en dos ruedas. A veces yo misma me cuestiono: ¿qué hace una doctora en letras repartiendo comida para una aplicación o esperando un pedido detrás de la bodega del supermercado? Pero no es un asunto de grados ni de títulos, sino de formas de ver el mundo. Me emociona cuando descubro algo nuevo en este trabajo y nada me gusta más que manejar para ir completando en mi mente el mapa mental de la California que desconozco. La ambivalencia en torno a las contradicciones en las que se fundó esta sociedad es lo que me mueve a seguir descubriendo sus rincones, no sin también querer denunciar la terrible inequidad en la que se basa el sueño del oro inmaterial de Silicon Valley, en el corazón californiano. Hay que trazar una arqueología del presente que se derrumba. Construir incansablemente con tinta un mundo más habitable.

 

Viaje 5. Te duele el cuello luego de tanto manejar y poner atención al mapa pero decides tomar una última entrega antes de que anochezca. Llegas a un local de comida rápida que vende hamburguesas. “¿Tiene una orden para Jota Ce?”, le preguntas a la empleada detrás del mostrador, ahora cubierto con acrílico transparente para evitar el contacto directo. “No, no hay ninguna orden”, te responde “aquí no llega nada por ese sistema”. Te sonríe y coloca unas papas a la francesa con demasiado aceite dentro de una bolsa que después engrapa para cerrarla. Te vuelve a sonreír, te ve a los ojos y espera a que digas algo. “Pero aquí me mandó la aplicación y dice que recoja esta orden, ¿en serio no hay nada para Jota Ce?” Te ve fijamente y después se ríe. Su risa retumba en todo el local, prácticamente vacío. El eco multiplica su risa que se adhiere al aceite de las papas y a tu preocupación. Desconcertada, la ves. Comienzas a caminar hacia afuera.

“¡No!” te grita. “Estaba bromeando”, te dice y al fin respiras. Te ríes, pero de pura vergüenza, víctima de su broma, acaso su única diversión en el día tras preparar hamburguesas durante horas en un local sin un solo cliente, con esas paredes pintadas de amarillo que te hacen sentir como que te tienes que mover y que tenías que haber acabado hace horas y apúrate porque aquí se sirve comida rápida y no es lugar para la sobremesa y el disfrute, sino para el consumo eficaz. Acaso por eso te sorprende más ese retraso y la broma de la empleada, tomándose su tiempo para disfrutar de su breve engaño y tu cara de preocupación. Te da, al fin, la bolsa engrapada, aceitosa.

Ya con la orden de Jota Ce en mano, decides que esta será tu última entrega del día y presionas el ícono que tiene una mano en rojo que señala “parar” las siguientes ordenes. Para tu buena suerte, tu destino está cerca de tu casa. Tras manejar unos minutos en una calle cuyos letreros exigen que te detengas absurdamente en cada esquina, llegas a la casa del tal Jota Ce. Le dejas el pedido en las escaleras, sobre el montón de arena y enfrente del coche gris, como estipuló en las instrucciones. Tomas la fotografía de rigor y eres libre, acabó tu jornada laboral.

Vuelves a casa y ves tus ganancias del día. Habría que restarle a la cifra final los impuestos que todavía no pagas, la gasolina que te gastaste y subió esta semana de precio, el seguro del coche del mes y tus pagos por el coche que tampoco es tuyo, sino de tu banco que te lo financió. Lo que queda, es tu ganancia, algo risible. Lo mismo te espera mañana, si es que decides prender de nuevo la aplicación o hacerle caso cuando te manda notificaciones de que te necesitan y te ofrecen un dólar más por entrega porque hay más demanda de lo que hay conductores.

 

Una última anotación en mi libreta de ese día, luego de estacionarme:

Nada se percibe como algo enteramente nuevo (sería incognoscible). La memoria filtra el mundo y acomoda lo que se sale del cauce de la norma o es extraordinario. Quizás por eso me obsesionan las grietas y las manchas, las nubes y no los cielos: dinamitan la continuidad de lo mismo, introducen la diferencia en el horizonte de lo dado.

 

Viajo para encontrar las consecuencias de las grietas y persigo las nubes para encontrar el punto en el que condensan e intercambian mi mirada por la tuya aquí, en la palabra que nació como mirada y que la tinta, apresurada, logró apresar.

Secretaría de Cultura