Tierra Adentro

Ilustración realizada por Mariana Martínez

En alguna parte, en algún rincón de mi ser, siento desapego.

Siempre he sentido desapego (en parte). Siempre.

“Proyecto para un viaje a China”, Susan Sontag

Con mirada fija hacia la Matlalcueye amanece Xicohténcatl Axayacatzin. La oscura estatua del guerrero —rodeada por tres manos de concreto— está fija en el centro de Tizatlán, uno de los Cuatro Señoríos que conformaban la antigua federación de Tlaxcallan. Algunas réplicas se han colocado en lugares específicos alrededor de la ciudad, en sitios concurridos como glorietas o parques. A la llegada de los españoles, y luego de su conversión al cristianismo, los representantes de cada uno de los Cuatro Señoríos se encargaron de proveer a los invasores de lo necesario para derrotar a sus enemigos mexicas y lograr, mediante la unión, la caída de la Gran Tenochtitlan. Pero antes de llegar a ese punto, el guerrero Xicohténcatl se enfrentó a los conquistadores en varias ocasiones. Razón por la cual hoy en día su imagen en piedra o bronce es la figura de bienvenida a la actual ciudad de Tlaxcala, parece que ahí, desde lo alto, recuerda el honor de un sitio que, antes de su alianza, dio gran batalla al enemigo.

Contemplar la vista panorámica que me ofrece el Altiplano a los pies de Xicohténcatl me trae siempre a esta historia. Sin embargo, pese a tener en mente unos cuantos datos históricos, en realidad desconozco en parte mi ciudad de origen. No sé, por ejemplo, cuál es el nombre de los cerros que rodean el centro de la ciudad, aunque sí se que detrás de ellos, hacia el suroeste, está la casa de mi madre. Mi intención actual es hacerme de nuevos datos históricos, visitar los lugares que me recuerdan los acontecimientos importantes, resulta factible, teniendo en cuenta que se trata del estado más pequeño de la República Mexicana.

Es por esto mismo que acepto la invitación a una ceremonia de temazcal. En un principio, sin la ilusión exotizada de volver a mis raíces indígenas, más bien con el ansia de aumentar ese puñado de datos regionales. La invitación llega por parte de uno de mis mejores amigos, es la forma en la que celebra su vuelta al sol. La idea me atrajo de inmediato porque admiro sus conocimientos, que en los últimos años tomaron un vuelco hacia los orígenes de la tierra en la que ambos nacimos. El punto de reunión: La Maquinita, en el municipio de Apizaco. La hora: 8 am. Llegamos cerca de quince personas, algunos son viejos amigos. Subimos a una camioneta y después de varios kilómetros llegamos a la comunidad de Tetla; luego avanzamos unos minutos entre caminos pedregosos para llegar al centro ecoturístico.

Antes de dar inicio al baño de temazcal, acompañados por los sonidos del panhuehuetl, formamos un círculo alrededor de una ofrenda. Nos dirigimos cada tanto hacia los cuatro puntos cardinales, pero sin deshacer el círculo, girando sobre nuestro propio eje. En la cosmogonía nahua, figuras como la espiral son símbolos sagrados para proyectar la energía de un ciclo que se cierra a la par que otro se abre. Por ello, hay que tener presente esta imagen a lo largo de la ceremonia. Tres personas están a cargo: dos abuelitas (guardianas de la tierra) y un abuelo fuego (honrador y preservador de este elemento). Los tres emanan una tranquilidad envidiable. Los tres nos preguntan si hemos estado en un temazcal antes.

Una vez dentro nos explican que lo ideal es resistir a las cuatro puertas que lo conforman. No se sabe con precisión cuánto durará cada una de ellas, el tiempo lo define el calor de las piedras que se introducen en cuatro momentos diferentes a lo largo del día. Numeración que recuerda los cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos de la naturaleza y las cuatro estaciones del año. Esa es la única medida del tiempo a partir de ahora. Nuestra estancia en el útero temazcal será nuestro renacimiento, dicen, nuestra vuelta a la vida.

 

Primera puerta

Se introducen las primeras piedras al centro del domo y se les rocía agua, se cubre la entrada y quedamos a merced de la negrura. La claustrofobia no se hace esperar. El hijo pequeño de una amiga llora, grita, dice que quiere salir; tiene un miedo profundo a la oscuridad y las piedras incandescentes, emanando un vapor sonoro, alimentan su pánico. El resto de los adultos somos testigos de su pataleo aunque se ha prendido una velita para apaciguar su miedo. Nadie esperaba un inicio tan caótico. Las abuelas dirigentes, quienes controlan el vapor de las rocas volcánicas a través del agua de hierbas, no se molestan, continúan el baño ritual como si nada. Nos mencionan los beneficios y al mismo tiempo nos recalcan la importancia de no perder nuestra conexión con la naturaleza. Nos preguntan nuestro nombre y nos invitan a pedir un deseo profundo en silencio.

 

Segunda puerta

Tenemos unos instantes para retener el aire que se cuela desde la entrada. La tarea de introducir las piedras al centro de la casita circular está a cargo del abuelito fuego, que en realidad es un joven de no más de cuarenta años. Mi amigo me explica que un abuelo fuego es considerado un guerrero por su vida llena de sacrificios y por las experiencias que carga consigo: el fuego quema, hiere; pero también representa la calidez del corazón que sabe amar y proteger. Para mí es difícil verlo como un abuelo, prefiero verlo como el Joven Fuego. Es él quien sale y va por las piedras que llevan horas y horas calentándose en medio de la leña, las carga con un horquillo y las introduce con cuidado al centro del temazcal. Al terminar su tarea vuelve a cerrar la puerta y nos priva de la frescura.

El calor aumenta. Nuestros cuerpos sudan. Sabemos nuestros nombres ahora, somos hermanos porque compartimos el útero como compartimos la Tierra. En cuestión de segundos el vapor comienza a ser insoportable. Algunos no resisten y salen, entre ellos el pequeño. No sabemos cuánto tiempo ha pasado, pero seguro que no mucho. Yo también quiero salir, pero resisto. Esto apenas inicia, lo tomo como un reto personal, como ofrenda al desarraigo, por la brevedad de mis visitas en los últimos años, por el desconocimiento de mis raíces.

Es difícil ignorar el sopor, es difícil que el cuerpo pueda concentrarse en algo más allá de lo corporal. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, el sitio me invita a pensar en los esfuerzos de la permanencia. Lo primero que viene a mi mente es la negación. Desde pequeña, la ilusión del viaje y el cambio me han sido atractivos imperantes. Salir de casa se convirtió muy pronto en mi actividad predilecta. Interrumpo mis cavilaciones cuando noto que en todo este tiempo se han pronunciado palabras en lengua náhuatl que desconozco, pero no me es difícil pronunciar. Es la lengua en la que se comunicaban los habitantes del Altiplano central, la lengua que se va extinguiendo poco a poco, pero sobrevive todavía en los nombres de algunos de nosotros. De ahí mismo proviene mi apellido materno: Ahuatzin; que, según me han ayudado a interpretar, puede tener dos posibles traducciones: “reverenciado u honorable encino” y “espinita”1.

 

Tercera puerta

Para resistir el nuevo calor pienso en el encino; pienso en la imagen de los árboles con la que despertaba todas las mañanas de mi infancia. No sé de qué tipo eran, tal vez alguno de ellos fuera un roble. Me viene el nombre de una de mis novelas favoritas: Árboles o apuntes de viaje, en la que su autora, Rosario Sanmiguel, narra la travesía de una mujer en busca de su historia familiar. No por elección totalmente propia, pues Andrea, la protagonista, ha estado evitando a toda costa el encuentro con el pasado de su madre. Atraigo a mi mente la frase con la que termina la novela corta, las palabras de reconciliación que la mujer le ofrece a su hija olvidada, “Tú también recuerda esto. Que una tarde de San Juan, o una tarde de viento, o una tarde cualquiera, amarré el corazón al corazón de un árbol”. Si pudiera exaltar alguna cualidad del significado de mi apellido materno no sería la dureza del roble, sino la ligereza de su pequeño fruto; el corazoncito hueco que se desprende de él en cada bellota.

¿Cuánto tiempo falta para que termine la tercera puerta? Me obligo a atraer la frescura de los árboles en un rinconcito, acerco mi nariz a la pared curvada para percibir esa suerte de petricor del ambiente húmedo. Mi cuerpo quiere salir, recordar lo que es el frío; no sabe permanecer, no sabe estarse quieto. Tengo suficiente tiempo para reconocer que el motivo principal de huida es siempre el tedio. En mi vida, mi ciudad de origen es un paisaje que mi memoria no logra asir del todo. Es como esta bruma que siento ahora: agota, pero al mismo tiempo contiene sustancias benéficas para el cuerpo; es una imagen borrosa de sueño y a veces hasta de pesadilla. Un diseño en acuarela que limita sus bordes según la fecha en que se dibuja.

El calor hace que la mente deambule de un lado a otro, de la inestabilidad a la búsqueda de la permanencia, de la sustancia líquida al vapor con olor a hierbas, de la solidez del temazcal al intangible recuerdo de nuestras historias favoritas. Entonces me es inevitable volver al tema de la escritura de Rosario Sanmiguel, a su noción del territorio blando, a la construcción de sus personajes desarraigados o autoexiliados, a la puesta en duda del “sentido de pertenencia” en cada uno de sus cuentos y recuerdo que para ella el concepto de Identidad simula un pretexto para hablar de los lugares que no tienen cuerpo salvo en la memoria.

 

Cuarta puerta

Desconozco de quién es el cuerpo que está a mi lado, desconozco los cantos que enuncian las abuelitas, quiero llorar, el sudor escurre por mis ojos y su sal me irrita. Mis extremidades poco a poco se vuelven más pesadas, pero la idea de huir del sitio ya no me seduce. No puedo rendirme después de tantos esfuerzos. Las abuelitas nos animan, ya falta poco para nuestro alumbramiento.

Me fatiga estar aquí, mi única manera de soportarlo es imaginar que estoy en otra parte. Imaginar que paseo con mi familia, vamos a la Laguna de Acuitlapilco o a la zona arqueológica de Cacaxtla; subo hasta el último peldaño de la Pirámide de las Flores, extiendo los brazos pero no logro asir el aire fresco de la altitud golpeando mis mejillas; reconozco mi linaje, en la cumbre de Xochitécatl. Respiro y veo a lo lejos, entre nubarrones grisáceos, al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl.

La cuarta puerta es una pasividad absoluta donde impera el bochorno. Varios cuerpos se fueron y no regresaron y aún así es casi imposible respirar. Las abuelitas nos dicen que en esta puerta aparecen los espíritus de otros abuelos, seres que despiertan en una sombra oscurísima y se posan cerca del que más lo necesita. Traen un mensaje que no se transmite a través de la boca sino del tacto. Nos hablan de fantasmas pero ya nadie tiene miedo, comprendemos que en este mundo existe una visión distinta de la muerte y que es obligatorio honrarla tanto como a la vida misma. El ciclo interminable de la espiral.

La abuela mayor hace un último esfuerzo, ha llegado el momento de bendecir a cada uno. Será ella la intermediaria para que se cumpla nuestro deseo. El mío es simple, tiene que ver con la culpa, el desarraigo y el centro. La abuela toma su ramillete de hierbas y lo pasa sobre mi cuerpo, de la cabeza a los pies y luego de vuelta. Pronuncia el deseo y yo pronuncio mi nombre. El sufijo tzin que articulo al terminar me lo recuerda: pertenezco aquí, soy de la ciudad de la tortilla de maíz, pero también de esos otros lugares donde me han acogido. Un suave perfume se me impregna al cuerpo y siento que las hierbas surten su efecto en mis pulmones.

Aunque ya hemos pasado por todas las etapas del temazcal todavía no es recomendable salir. Hay que esperar unos minutos para apaciguar el contraste de temperaturas. Alguien despliega los sarapes que cubren la entrada. No es bueno mirar hacia el resplandor, hay que agachar la cabeza y tomar la salida con precaución. Durante estos últimos minutos siento ahora que mi casa es esa ciudad imaginaria oculta entre volcanes, a veces incluso esa oscuridad y esa calidez casi asfixiante que despierta las ansias de salir corriendo cuando se abren las puertas. Ya no me preocupo por acumular datos geográficos o históricos, apenas si tengo fuerzas para resguardarlos en la mente, quizá lo más propicio sea no introducirlos en la cabeza, sino buscarles un espacio donde el cuerpo pueda rememorarlos.

Ha llegado el momento. La sensación de ir hacia afuera es extraña. No lo parece, pero hemos permanecido aquí más de cinco horas. Se sugiere que nos tomemos nuestro tiempo y que en el momento preciso, cuando nos “nazca”, salgamos. Entonces elijo el fragmento literario con el que quiero iniciar esta salida. En Memoria del fuego II, Eduardo Galeano recomienda que, “Si se te pierde el alma en un descuido”, regreses al lugar donde sucedió aquello y emprendas una cuidadosa búsqueda para hallar algo tan frágil y errante como el alma perdida. El relato me viene a cuenta en medio del adormecimiento y la falta de energía. Estoy lista para salir, inclino mi cabeza y me arrastro ligeramente hacia el umbral de la puertecita, al mismo tiempo que pronuncio las palabras de profundo agradecimiento: Tlazocamati. Mis pies se llenan de polvo y me enfrento al desconcierto de mirar como por vez primera la luz del exterior.

 

  1. El sufijo ‘tzin’ del náhuatl suele utilizarse como una forma de profundo respeto cuando se dirige a la nobleza o a los adultos mayores, pero también como una forma cariñosa cuando se habla a los niños, una especie de diminutivo. Ahuate, espina, ahuatzin, espinita; ãhua’, encino, ahuatzin, honorable encino.
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