Tierra Adentro

Fotografía por Carlos Castro. Extraída de Flickr.

 

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo;
donde parezca sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo.

Para entonces, Manuel Gutiérrez Nájera

 

 

Estos últimos días me he convencido, por fin, de que nada vale nada. No sé qué me habrá convencido finalmente. Tal vez el minúsculo departamento donde vivo. El olor a smog que sube a mi ventana cada mañana. El cielo. Mi cuarto vacío. Mi cama vacía. Yo. Pero me desperté. Un día de esos me desperté. Pensando, por primera vez en la vida, que en realidad nada importaba.

No es que lo haya planeado. Creo que nunca se me ha permitido planear nada. Tampoco me ha importado. Pero un día, un día pensé que tenía que haber algo mejor que esto.

 

Ir.

Venir.

Despertar.

Dormir.

Comer.

Cagar.

Vivir.

Morir.

 

Le dije eso a Marina. Que tenía que haber algo mejor y que si no había nada mejor, entonces nada valía nada. Nada jamás volvería a valer algo en la vida.

Marina me miraba con sus ojos negros, como de gato. Dos orbes inmensos e inmensamente tristes. Ojos de no entender pero sí hacerlo al mismo tiempo. De entenderme a mí. De no querer entenderme. De aceptar. Aceptarme. Aceptar sin entender. Tomaba sorbitos minúsculos de su té de manzanilla mientras me miraba como inspeccionando algo. Tal vez a mí.  Dijo algo. Algo muy bonito, algo que solo Marina podría decir. Me fui a casa y me quedé pensando todo el día en lo que había dicho. Resultó ser una maldición. Lo que Marina había dicho.

Marina dijo. Aún ahora me cuesta pensar en eso. Marina dijo, con mucha tranquilidad e ignorando todo lo que le había dicho antes. Marina dijo que le gustaría morir en el mar. Así, nada más. Dio un suspiro muy largo y lo soltó.

—Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar.

No volvió a mencionarlo, yo no volví a mencionarlo. Nadie dijo nada. Me fui a mi casa con la cara de Marina grabada en la pupila. Y esa frase: “Sabes, Alejo, me gustaría morir en el mar”. Esa frase dando vueltas en mi cabeza. Me di cuenta. Me di cuenta de que nunca había visto el mar. Bueno, lo había visto. En la televisión. En el cine. En fotografías. En anuncios. En los ojos tristes y negros de Marina, pero nunca lo había visto visto.

Soñé con el mar ese día, y el siguiente, y el siguiente. Con el mar. Con los ojos de Marina. Con una profunda inmensidad que nos engullía. Con un cielo despejado. El sol que se ponía. Un silencio abrasador. Con las olas. Nunca he olido ni oído una ola. Pero ahí, en sueños, bajo la atenta mirada gatuna de Marina, pude entender las olas.

Entendí que eran igual a ella.

Marina no volvió a decir nada. Sería más acertado decir —aceptar—, que no volví a ver a Marina de nuevo. Que Marina desapareció sin más. Como espuma. Mientras, pasaban los días y las horas sin Marina, con el mar. Sin Marina. Con las olas.

Entendí que, seguramente, Marina tampoco había visto nunca el mar. Pero que ahora se había ido a morir ahí. A morir o qué sé yo. A tomar té de manzanilla. Pero que ella estaba ahí, que quizás eso me había querido decir ese día. El día que yo no la había escuchado. Por hablar de la ciudad. Por hablar de mi mediocridad. Del smog. De mi inmundicia.

Y yo. Yo seguía aquí.

Despertar, dormir. Desayunar, cenar. El cielo. Mi cama. El trabajo. La comida.

Sin Mar. Sin Marina.

Despertar, dormir, la nada. El que nada vuelva a valer algo de nuevo, de nuevo. Llamar a Marina. Que no responda. Que su madre me diga que ahora sí se nos fue. Que Marina hizo lo que siempre había dicho que haría. Pero que lo hizo sin mí. Peor aún. Que Marina despertó un día pensando que el mar era hermoso. Que nunca había conocido personalmente al mar, pero que se le daba la gana morir ahí. O conocerlo. O dormir ahí. Existir un rato en ese lugar inmenso.

 

Nada de Marina. Nada del Mar.

El mar.

El mar.

El mar siempre.

 

En sueños, en un atardecer infinito, un sol extendiendo sus últimos rayos sobre las aguas. Sobre la cara de Marina. Marina sobre las olas. Dormida. Tan Marina. Con sus ojos negros, cerrados. A la mitad del silencio y de la nada. A su alrededor una cosa sola. Las olas. Su tumbo constante. Majestuoso, diría Marina.

 

Y yo,

aquí.

 

En la ciudad, en la contaminación infinita. Una neblina que nos traga a poco a poco. Día a día, con el ruido constante de los coches, de la gente, gente que no es Marina. Rodeado de cosas que tal vez no vuelvan a tener sentido nunca. No sé. No sé nada. Un día me desperté y nada tenía sentido. Un día me desperté sabiendo que no había visto el mar en la vida.

Un día me desperté deseando ser Marina. La de mis sueños. Ahí, dormida.

 

A la mierda.

A la mierda.

A la mierda todo.

 

Hice una maleta. Con prisa. Pero una prisa imbécil porque en realidad no tenía prisa para nada.

Tomé todo mi dinero, llamé a mamá.

—Mamá, sabes, creo que quiero morir en el mar. Me gustaría ver el mar, al menos una vez en la vida.

Llamé a Marina. Bueno, llamé al buzón de voz de Marina. Para decirle que me iba yo también al mar. Llamé a la mamá de Marina para decirle que yo también me iba. Ahora sí. Me dijo algo. Que solo la mamá de Marina diría. Me dijo, saboreando cada palabra. Con un ronroneo. Me dijo que la vida era mía. Dijo:

—Alejo, querido, la vida es tuya.

Y yo no pude evitar reírme. Porque era ridículo. Toda esta situación era estúpida. Pero no se lo dije. Solo me reí bajito. Porque era algo que seguro le había dicho también a Marina y que Marina también había reído.

La carretera. Los coches. El cielo. Las montañas. El aire. La brisa marina.

La brisa marina es una cosa chistosa. Se pega en la cara. No te deja respirar pero te llena los pulmones.

 

 Entonces lo vi. 

 

El mar.

 

Mi mente se vació cuando vi el mar. Y todo: mi culpa, Marina, que nada vuelva a valer nada nunca, mi pequeño departamento, el caos de la ciudad, el smog, mi trabajo, todo, todo, todo; todo dejó de importar. Solo estaba esa cosa frente a mí. Esa bestia desconocida y profundamente familiar que rugía con la voz de miles de olas. Mi mente no podía abarcarlo, mis manos no podían tocarlo, no completo, no a su inmensidad. No sé si me quité los zapatos, no sé en qué momento tiré mis cosas en la playa y corrí.

 Él me recibió como si me hubiera estado esperando. Desee disolverme como sal entre sus olas.

Ahí, en el mar por fin, con nada a mi alrededor. Solo cielo, mar, olas, verde, sol, atardeceres. Ahí en un lugar que se me pareció inmenso, que se me hizo que era lo único que tenía o que alguna vez tendría sentido en esta vida, cerré los ojos y pensé en Marina.

 

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