Tierra Adentro

Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

Parece locura preguntar, ahora, en plena guerra: ¿para qué se pelea? Cuando alguien hace una pregunta de esta naturaleza la gente se escandaliza. Y los que no fulminan al impertinente, contestan con frases vagas acerca de la Libertad y la Democracia, o enumeran los horrores cometidos por los totalitarios. Y, sin embargo, es necesario y saludable preguntarnos y preguntar a todos los que dirigen la guerra: ¿para qué y por qué se pelea?

Las necesidades de la propaganda hacen cada día más triviales nuestros razonamientos e ideas y más superficial nuestra imagen del nazismo. Se nos habla de los horrores del nazismo pero nunca se nos explica la fuente de esos horrores; al destacar la brutalidad de los procedimientos nazis, generalmente sólo se subraya su brutalidad, su carácter ofensivo y bárbaro pero no se nos dice nada en torno de los sistemas políticos nazis, ni se pretende hacer luz sobre la historia social de los últimos años.

Y sólo en esa historia podremos encontrar una explicación sobre la brutalidad de los totalitarios. Esta excesiva simplificación de la realidad, hace pensar a la gente sencilla que los procedimientos de los nazis son el fruto de una especial malignidad del pueblo alemán. Pero nosotros no somos racistas; sabemos, por lo tanto, que los procedimientos militares y políticos de los totalitarios no tienen nada qué ver con esa supuesta maldad innata, sino que representan, simultáneamente, una monstruosa utilización de la técnica moderna y un lógico desarrollo de sus doctrinas políticas.

Se oye decir a menudo que nazismo y germanismo son lo mismo. Muchos de nuestros compañeros— y casi siempre los de última hora— intentan identificar el nazismo con Alemania, a Italia con el fascismo y al Japón con los militares imperialistas.

Afirmaciones semejantes conducen a un totalitarismo diverso, apenas cubierto por la palabra democracia, pero más peligroso e hipócrita. El nazismo, claro está, posee muchos rasgos alemanes, privativos de Alemania y su tradición, pero su esencia es universal. No es distinto, en todo caso, al ridículo y sangriento falangismo, ni a tendencias semejantes, que han brotado en todas partes del mundo, allí donde las condiciones sociales lo han permitido. El nazismo no es un hongo alemán, aunque se justifique con las teorías de Nietzsche, declame a Wagner y use la vieja bota prusiana, como el fascismo no es sólo italiano, aunque el régimen sea una copia pobretona del cesarismo y en los discursos de Mussolini se alíe la música de ópera a las olvidadas gesticulaciones de la Bertini.

El totalitarismo capitalista es el fruto último del capitalismo desesperado; “la economía dirigida” en esos países significa la dictadura de un grupo de magnates, que han prescindido de los guantes blancos y prefieren los modales de los gángsters. Antes de saquear a Europa, Hitler robó y explotó al pueblo alemán. Y en todos los países donde prevalezcan condiciones semejantes a las que existían en Alemania al tomar los nazis el poder, se producirá el mismo fenómeno, aunque los asaltantes recen a Buda en lugar de rezar a Votán. Por lo tanto, luchar contra el nazismo quiere decir, luchar contra las condiciones sociales y políticas que hicieron posible su triunfo en Alemania y… en otros sitios.

Sí, en otros sitios. Porque si Hitler triunfó en Alemania como después en España, Austria y Checoslovaquia, es porque antes había triunfado diplomáticamente en Londres, París y Washington. Existe un frente interno de batalla: el combate contra los “apaciguadores”. Pero los círculos que ayudaron a Hitler desde el exterior no lo hicieron por simple simpatía ideológica, ni por ignorancia acerca de la verdadera naturaleza del movimiento hitlerista; los apaciguadores defendían sus intereses, los intereses sociales de su clan privilegiado. Mañana brotarán otros “apaciguadores”, dispuestos a pactar con un pelele creado por el militarismo y los capitalistas alemanes, listos a defender sus ganancias a costa de la libertad de los pueblos. Harold Laski, el famoso economista inglés, demostraba hace poco que en Inglaterra, pese a los impuestos, la guerra había acelerado considerablemente el proceso de concentración de la riqueza. Esto significa que la renta nacional ha crecido vertiginosamente, sin que ese aumento beneficie al pueblo en general, sino a un grupo cada vez más reducido. El monopolio crece, alimentado por la guerra, y en proporción semejante crece el número de trabajadores. ¿Y después? Seguramente ocurre otro tanto en los Estados Unidos. Ahora bien, este clima es propicio al desarrollo de los gérmenes totalitarios. En México muchos especulan y se enriquecen con la guerra: los especuladores de hoy serán los padres de los nazis del mañana.

Estos ejemplos muestran que no basta con aniquilar a Hitler en los campos de batalla, e iluminan el carácter de la lucha. Esta guerra no sólo es una guerra militar; es una guerra de pueblos, esto es, política. No es todo liquidar a Hitler; hay que liquidar las posibilidades de un nuevo totalitarismo, en cualquier país. Por eso es saludable preguntarse: ¿para qué se pelea? Se pelea para crear un mundo en donde la libertad y la democracia no engendren la explotación y el imperialismo, padres del régimen totalitario.

 

“¿Para qué se pelea?”, Novedades (14 de junio de 1943), p. 4.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Mixcoac, 1914) es autor de la plaquette Luna Silvestre (Fábula, 1933) y fue editor de Barandal.
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