Tierra Adentro

Dolores abrió los ojos tras sentir cosquilleos recorriendo su cuerpo, preso en las entrañas de la tierra. En cuestión de segundos su piel fue sacudida por punzantes escalofríos que desembocaron en un grito ahogado. Sus huesos paralizados le impidieron matar al maldito insecto que caminaba por sus labios agrietados y pronto sus ojos se empaparon de lágrimas.

—¡No quiero morir! ¡Por favor, ayúdenme! ¿Cómo es que estoy aquí? No quiero morir, no de esta forma, ¿por qué, Dios?, ¿por qué no me permitiste morir en vez de dejarme atrapada entre tierra y catalepsia? No puedo solamente esperar la muerte, tengo que encontrar la forma de vivir.

Cerró los ojos apretándolos lo más intensamente que pudo. Todo eso debía ser un terrible sueño, una paroniria. Pensó que sería despertada por su alarma o por el ruido citadino, pero en vez de eso solo escuchaba chillidos de ratas que se apresuraron a caminar sobre ella. Abrió los ojos de golpe. ¡Eso no era una pesadilla, era real! ¿Qué clase de embrujo, karma o maldición era esta que no podía siquiera recordar cómo llegó ahí?

Dolores miró a su derecha y observó una parte reblandecida de tierra, así que comenzó a rascar para encontrar una salida. La luz de la luna se asomaba por el agujero. Pudo saborear la promesa de la vida. Poco a poco sus temblorosas manos consiguieron moldear un hoyo más grande, sus lánguidos brazos le permitieron empinarse con dificultad para escapar de aquel precipicio, dejó caer su pecho sobre la tierra y se arrastró por el suelo hasta encontrarse sobre la superficie. El aire gélido alborotaba sus cabellos enlodados. Miró hacia atrás. En el lugar del hueco por el que se fugó. Había una tumba de tierra intacta con flores frescas y una cruz clavada con su nombre.

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