Tierra Adentro

Ilustración por Aricollage.

¿Qué procesos físicos se activan en el instante posterior a una revelación? Es como si una luz nos encandilara para enseñarnos un pedazo nuevo de la realidad. La cabeza da vueltas, la piel se eriza, las pupilas se dilatan. Eso es la crónica (un ornitorrinco, según Juan Villoro; un Kiwi, de acuerdo con el argentino Martín Caparrós), un rayo luminoso en lo que existe y desconocemos, o fingimos desconocer. Un artefacto extraño. Mutante con brazos de ensayo, piernas de novela, torso de periodismo y cabeza de poesía. La crónica no reniega su intención totalizadora, subjetiva y revolucionaria, sino que la profundiza.

“De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la ‘voz de proscenio’, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona”, escribió Juan Villoro en La crónica, ornitorrinco de la prosa, publicado por La Nación de Argentina el 22 de enero del 2006. En una de las definiciones más exactas que existen sobre el género, pilar del periodismo narrativo en México. Villoro combinó los elementos que confluyen al interior de una crónica. La multiplicidad, queda claro, es su mayor virtud.

Inconforme con mostrar lo que ignorábamos, la crónica también lo explica, o como escribió Sara Sefchovich en Vida y milagros de la crónica en México (2017), “se propone dar fe de lo que sucede, pero también entenderlo”, bajo el mecanismo de reconstruir la realidad “mediada por quien la realiza”.

En ese sentido, la crónica posee dos rasgos inamovibles: la intención del texto —lo que se traduce en el enfoque único de quien la escribe— y su función social, cuyo carácter ha variado a la par de los contextos históricos. Esto es, según Sefchovich:

La crónica ha tenido una larga vida en México, siempre con enorme fuerza y vitalidad. Y las sigue teniendo hoy en el siglo XXI. Suyos han sido muchos milagros: desde inventariar a este país y a su gente hasta darle voz a quienes no la tienen; desde desenmascarar los discursos oficiales hasta visibilizar la realidad que no vemos o que deliberadamente se oculta; desde mostrar la vida cotidiana pero también lo excepcional, hasta denunciar la miseria, la violencia, la corrupción y la negligencia.

En México, la crónica es el género literario por excelencia y el más icónico del periodismo narrativo. Desde hace cientos de años, ha retratado los procesos sociales y las transformaciones del país. Algunos autores consignan como los antecedentes del género los textos del Chilam Balam y el Popol Vuh, así como las Crónicas de Indias, cuyas miradas pretendieron tergiversar los hechos cruentos de la conquista española. Así hasta la llegada de otros cronistas, como Miguel León Portilla, quien puso los sucesos en su justa dimensión.

Por lo tanto, la crónica, asociada por inherencia al tiempo, pretende ser un reflejo de la historia, donde, ante la incapacidad de contar una totalidad, la de nuestra cultura y tradiciones en permanente transformación, hace el trabajo de recortarla a través de una mirada personal.

Bajo esa línea, la crónica habla de los usos y costumbres, también preserva la tradición oral, generando una vía de comunicación con las masas, esquivando los textos dedicados a la llamada “élite intelectual”. Es, como escribió Sefchovich, una “descripción de la vida colectiva a través de tipos genéricos”, con “la utilización de los espacios que representan actitudes psicológicas de carácter social”.

Recalcando el valor de la palabra escrita, la crónica es información y es arte; es objeto para el saber y para el placer. Y, como apunta Sefchovich, “por ello se convirtió en el género más frecuentado en la literatura mexicana, el que más se lee” y “tiene más autoridad en la cultura”.

Una de las taras del periodismo tradicional es la necesidad de esconder al narrador. Quien mira y escribe debe pasar desapercibido en textos en tercera persona del singular, con una adjetivación que bien podría haber programado una máquina. Por el contrario, la crónica y el periodismo narrativo apuntan a quien escribe; su mirada única del mundo, su forma de concebir la existencia. Se trata, pues, del género más político y frontal; del menos elusivo.

Los cronistas no van sobre la corriente, sino en contra; aunque esto, como escribió Caparrós, los obligue a soslayar “las necesidades primordiales de las audiencias”. De hecho, la crónica no persigue su asimilación en un sentido de consumo, sino que se lanza a la confrontación, como una luz sobre las zonas oscuras de la sociedad. Contrasta historias, en apariencia diminutas, con la realidad mundial, o, como escribió el peruano Julio Villanueva Chang en El que enciende la luz. ¿Qué significa escribir una crónica hoy?1:

Un cronista necesita, para poder explicar fenómenos de estos tiempos, más de obrero que de príncipe, y bastante menos de escritor que de detective(…). Una parte de las historias más memorables son aquellas en la que un cronista ha sabido contagiar esa fascinación que sintió por lo descubierto, incluso cuando vuelve extraordinario lo banal.

También podría definirse a la crónica como un acto, una visión de algún contexto determinado, de la forma en que lo describe Sefchovich:

Por igual Díaz del Castillo que Prieto, Novo que Monsiváis, Gutiérrez Nájera que Villoro, tuvieron la voluntad y el propósito de recoger y reproducir lo que veían y de criticar y moralizar. Algunos con la suavidad de Amado Nervo, otros con las asperezas de José Joaquín Blanco, unos con la solemnidad de Cristina Pacheco, otros con la frivolidad de Guadalupe Loaeza” (…) De modo que la crónica no es la transmisión de la realidad, sino la reconstrucción de esa realidad mediada por quien la realiza.

Delimitada por lo factual, la crónica es, sin embargo, un género ficticio. No inventa, pero reproduce escenarios que han desaparecido. No crea personajes inverosímiles, toma los de la realidad y la memoria, los interpreta; pero ajusta las características de los mismos a las nociones del autor, ponderando aquellos que revelan un aspecto estético, o informativo.

“Es una creación de estructuras verbales cuya clave consiste en la transformación artística de la realidad, con una aguda conciencia del proceso creativo”, escribió Carlos Monsiváis en su artículo “De la hora del ángelus al zapping. La crónica en América Latina”, publicado en Letras Libres en diciembre de 2005.

Desde Días de guardar (1970) hasta Misónigo feminista (2013), Carlos Monsiváis, precursor y erudito de la crónica-ensayo, retrató las transformaciones culturales más importantes de México con un tono sesudo, mordaz y en el que nunca faltó la confrontación contra el régimen establecido, llámese político, o artístico. Con Monsiváis como ejemplo, aprovecho para acotar que entre los grandes milagros de la crónica en México está que los cronistas también fueron cronicados, reflejando su importancia en un sentido nacional y en la interpretación de nuestra idiosincrasia.

Por ello, para comprender el aporte de Monsiváis a la crónica mexicana, vale la pena leer el perfil que escribió Fabrizio Mejía Madrid, otro gran cronista mexicano, en la revista Gatopardo. Especializada en periodismo narrativo, particularmente en la elaboración de perfiles, en Gatopardo también es posible consultar un perfil sobre Juan Villoro, escritor por Diego Enrique Osorno, o sobre Lydia Cacho, escrito por Laura Castellanos.

Dentro de este equilibro entre hechos e imaginación, datos y estética, verdades y mentiras, lo que vuelve a la crónica literatura —y sin duda uno de los géneros más importantes que se han cultivado en México— es que “el aspecto recreativo termina por ser más importante que el aspecto informativo”, como apuntó Aníbal González en La crónica modernista hispanoamericana (1983), donde subraya que en la crónica no “pesa más lo que se dice, sino la fuerza de su exposición”.

De esta manera, si vemos las crónicas que se han escrito en México a lo largo de su historia desde una mirada aérea, pasaremos de la independencia a la  revolución, periodo en el que sobresalen textos como Cartucho: Relatos de la lucha en el Norte de México (1931), de Nellie Campobello, o Los de Abajo (1915), de Mariano Azuela. A su vez, contemplaremos a cronistas notables como Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Novo, Manuel Payno, Justo Sierra O’Reilly, Juan Díaz Covarrubias, Eligio Ancona, Luis G. Inclán, Ángel del Campo Valle, entre otros.

Avanzaremos décadas y aparecerán movimientos sociales y represiones, clases trabajadoras y cúpulas de poder que fueron retratadas por cronistas como Elena Poniatowska, Vicente Leñero, Julio Scherer, Ricardo Garibay, Luis González de Alba, José Joaquín BlancoArmando Ramírez, Guadalupe Loaeza, Guillermo Sheridan, Rafael Pérez Gay, Víctor Roura, Daniela Pastrana, Jaime Avilés, Juan Villoro, Paco Ignacio Taibo II y Alma Guillermoprieto.

Mientras que, en la actualidad, algunos de los cronistas que han retratado las derivas de la “Guerra contra el narco“, los perjuicios de las políticas públicas neoliberales y la vida urbana, son: Sergio Gonzalez Rodríguez, Fabrizio Mejía, Laura Castellanos, Lydia Cacho, Alejandro Almazán, Adrián Negro, Fernanda Melchor, Javier Valdez, Héctor de Mauleón, Magali Tercero, Marcela Turati, Diego Enrique Osorno, Blanche Petrich, José Gil Olmos, Lydiette Carrión, Daniel Rea, Memo Bautista, Iván Farías, Fabiola Eunice Camacho, entre otros.

Presenté a los autores anteriores como un retazo del panorama nacional de la crónica mexicana, a través de un sumario que responde a mis lecturas. Las listas y sus pretensiones totalizadoras son imposibles, por lo que subrayo: hay muchos más cronistas que trabajan en periódicos impresos o digitales; que han  publicado libros valiosos, o que han aportado a la construcción histórica de este género, sin duda el mejor del país.

 

Hablemos de crónicas mexicanas

Mi relación con la crónica mexicana comienza en el 2015, cuando trabajaba en un medio vendido a la derecha y un compañero reportero me pasó, vía inbox, “Acapulco Kids“, de Alejandro Almazán. Con este texto, publicado en diciembre del año 2008 en Emeequis, me parece viable desmenuzar algunos aspectos de la crónica mexicana contemporánea y hablar sobre otros autores.

Almazán narra un viaje a Acapulco, Guerrero, para investigar la prostitución infantil. En vez de iniciar el texto con un repaso mecánico sobre cifras, políticas públicas fracasadas, espacios de carácter oficial, el autor abre el telón al interior de un automóvil, en  un estacionamiento, y con un narrador en primera persona —él mismo— que dialoga con un franelero. Él le acaba de ofrecer a una niña por 300 pesos y le dice que “orita hasta te puedo conseguir una de nueve o diez años”, y Almazán contesta: “Regreso antes de esa hora, nada más no me vayas a fallar”.

Encubierto, personal, una narración en donde el autor participa físicamente en la experiencia fingiendo ser un pedófilo, “Acapulco Kids” rompió en un par de líneas todo lo que yo concebía entonces como las “reglas del periodismo”.

El texto retrata un Acapulco decadente, cuyo rumbo se perfilaba tras la conquista, “luego de quinientos años de ensangrentar destinos”, escribe Almazán, “llegaron los grandes edificios a la bahía y dividieron la ciudad en dos: la cara bonita y el patio trasero”; abarrotado de niños que viven en la calle. “Han traído hordas de niños al Malecón, al Zócalo, al canal que lleva las aguas negras a Hornos, al Oxxo que está rumbo a Telecable, a la Soriana de la Costera”, continúa el autor. Son menores de edad adictos a las drogas e inmersos en redes de prostitución infantil presuntamente dominadas por tailadenses, “Manuel es uno de esos niños que entran y salen del albergue (…) para comprar piedra y mariguana (…) sabe que debe de cumplir con el círculo vicioso para escapar, prostituirse”.

Entrar de lleno al ambiente retratado, ora como testimonio en tercera persona, ora como testimonio en primera, es un recurso que también encontré en cronistas como Sergio González Rodríguez, Diego Enrique Osorno, Lydiette Carrión, Javier Valdez, Fernanda Melchor, entre otros autores.

Algunos, como Osorno, Valdez y Melchor, han narrado historias de gente que está abajo, en el sicariato, o que han tenido poder y lo perdieron. Otros, como González Rodríguez y su libro Huesos en el desierto (2002), o Lydiette Carrión y La fosa de agua (2018), revelaron las historias y los datos que ocultan las versiones oficiales.

En tanto, escritores como Adrián Negro y Memo Bautista narran la vida urbana como participantes y receptores directos de la información, renovando así zonas ya muy contadas de nuestras ciudades —como “Tepito, tu onda me late, publicada en Yaconic—, o perfilando a personajes que pretendemos ignorar —Bautista lo logra en “Comer como teporocho en México“, publicada en Vice—. Aquí también se podrían incluir autores como Armando Ramírez y Héctor de Mauleón, así como Lydia Cacho, quien incluso hizo trabajo encubierto para revelar cómo funcionan las redes de prostitución en las ciudades.

El estandarte del periodismo narrativo sobre la vida urbana es, me parece, Los rituales del caos (1995), de Monsiváis, así como Instrucciones para vivir en México (2007), de Jorge Ibargüengoitia. Sin embargo, hay más narradores urbanos que han retratado las facetas oscuras del norte del país en textos personales —como Carlos Velázquez y Elma Correa— o del sureste —el caso de Carlos Hurtado—. Asimismo, se pueden consultar antologías de periodismo narrativo destinadas a profundizar en el narcotráfico, como La ley del cuerno (2011), o libros que explican la militarización del país, como La Tropa (2019), de Daniela Rea y Pablo Ferri.

La incertidumbre que vive el narrador de “Acapulco Kids”, inmerso en una investigación que podría costarle la vida al autor, es una manera de establecer un puente con el lector, a quien le resulta imposible no identificarse. Eso hace el periodismo narrativo: lanzarnos emocional e intelectualmente a un tema que desconocemos. De este modo, además de entrar en un territorio hostil para revelarnos la facilidad con la que se puede encontrar el horror en lo cotidiano, en un espacio turístico que se vende como destino seguro según las voces oficiales, Almazán cumple con varios preceptos de la crónica como género, entre los cuales se encuentra, de acuerdo con Sefchovich:

Se trata de un género que se ocupa de (o sea, que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa).

Además de Gatopardo, otros medios en donde se pueden leer crónicas mexicanas de excelente calidad son La Jornada —cuyos suplementos No ficción: el lado B de la escritura y La Crónica: el arte de narrar la historia recomiendo ampliamente—, El Universal, El País, Yaconic, Vice, Crónicas de asfalto y Tierra Adentro. Esta última realiza desde el año 2014 el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay, el cual nos acerca al panorama de la crónica contemporánea, con autores como Diego Olavarría, Emiliano Ruiz Parra, Aldo Rosales, Christina Soto van der Plas y, recientemente, Hiram Ruvalcaba.

La crónica se expande al compás de nuestra historia y cultura. Su evolución es un proceso que adquiere cada vez más profundidad y, por fortuna, mayor difusión. Pero su fin, como escribió Darío Jaramillo en Notas desabotonadas. La crónica latinoamericana, es  “conjugar la mirada subjetiva con una experiencia transubjetiva y, en ese sentido, una experiencia colectiva. Su importancia debe trascender lo meramente subjetivo y conectarse, por algún lado que a veces resulta ser un ángulo imprevisto, con un interés colectivo”.

  1. Jaramillo, Darío. Antología de la crónica latinoamericana actual. Alfaguara, 2012.

Autores
Mateo Peraza Villamil (Mérida, Yucatán, 1995). Cursa la licenciatura en biología en la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha publicado en medios impresos y digitales, como en Memorias de Nómada, Efecto Antabus, Revista Marabunta, Crónicas de Asfalto y el portal informativo Homozapping. Becario del PECDA en la categoría de Jóvenes Creadores (2017-2018).

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Secretaría de Cultura