Tierra Adentro

Titulo: Prisión perpetua

Autor: Ricardo Piglia

Editorial: Anagrama

Lugar y Año: Barcelona, 2007

Acaso para todo escritor, parte fundamental de su historia íntima radica en contar su iniciación literaria. Esa historia iniciática, además de recordar el deslumbramiento que ejercen ciertas influencias literarias, es el relato de una transformación personal, un primer proceso narrativo vivido en carne propia, más o menos complejo, que abarca las experiencias vitales que convierten a un individuo en un narrador o poeta.

Prisión Perpetua (1988, 2007) se origina en los diarios que el escritor argentino Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) comenzó a los 17 años. Estos cuadernos trascienden el mero carácter confesional para ser el germen de ficciones, ideas, recuentos cotidianos e inquietudes teóricas y narrativas. Agrupan relatos, fragmentos, personajes, vivencias reales e imaginarias. El diario de Piglia perfila una memoria y su paradoja, porque hay hechos que registra pero de los que el escriba ya no guarda recuerdo. Esto le descubre la escritura como una realidad alterna y poderosa. “Quizá eso es narrar. Incorporar a la vida de un desconocido una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida” (54).

El Diario es también el terreno donde el joven iniciado lucha contra el aparente vacío de lo cotidianidad.  Ahí construye su estilo o, entretanto, se convence de que tiene uno. Es su sitio de búsquedas, su taller narrativo, un espacio de pensamiento e intimidad. Estos elementos estructuran una obra donde los géneros confluyen en un conglomerado de fragmentos que exploran distintas variantes narrativas: autobiografía, cuento policial, diario, relato histórico, pero no desdeñan secciones de ensayo, elucubraciones teóricas o impresiones personales.

La obra reúne dos nouvelles (“Prisión perpetua” y “Encuentro en Saint-Nazaire”) escritas en 1988. Por cuestiones de espacio y las similitudes teóricas y narrativas entre ambas, me ocuparé sólo de la primera. “Prisión perpetua” se alimenta de la autobiografía de Piglia. Narra la salida de su familia –alcanzada por la “tradición de los vencidos” debido a sus simpatías peronistas- en 1957, desde un suburbio de Buenos Aires a la ciudad de Mar del Plata, a 400 kilómetros de distancia. Para el narrador de Piglia, un borgiano personaje de sí mismo, la mudanza representará la vivencia del destierro. En el contexto de derrota política y pérdida del hogar, Piglia aprende a ver la literatura como “una forma privada de la utopía” (16), una manera de enfrentar, soñar o negar el futuro que lo abruma; asimismo, lo hace profundizar en ese misterio que transforma una experiencia humana en un relato.

Las intuiciones reflexivas del libro se asientan con la aparición de un Virgilio que guía al narrador inexperto. Se trata de un escritor estadounidense, Steve Ratliff, atrapado en Mar del Plata por la búsqueda obsesiva de una mujer a la que persigue un aura de destrucción, Pauline O´Connor, quien cumple una condena en la misma ciudad por asesinar a su marido. Contagiado de un halo trágico y misterioso, Ratliff introducirá a Piglia en la literatura norteamericana y le dará lecciones de vida y literatura. A su modo, el narrador maduro entrenará y experimentará sus nociones literarias con el joven para convertirlo en el lector ideal de sus obras y el hacedor de su plan narrativo.

Ratliff representa no sólo al escritor de talento devorado por sus obsesiones, sino al hombre que pone su vida al servicio de la literatura, aquel que “busca hundirse en el fluir de la experiencia para destilar el arte de la ficción” (21). En este punto, las principales temáticas de la obra literaria de Piglia vuelven a salir a la luz: Ratliff es el obseso que estudia la vida para encontrar en la serie de acontecimientos una constante narrativa, una repetición. Como Macedonio Fernández, el estadounidense escribe y reescribe una novela interminable, con “todas las variantes de un relato que proliferaba y se expandía” (21) y está atrapado por el amor de una femme fatale. Además, Ratliff es una suerte de doppelganger maduro del joven Piglia: ambas voces se confunden en la nouvelle, como si el narrador no pudiera determinar el límite de la influencia vital y narrativa de su maestro: “No importa quién habla. Soy el que puede decir lo que él dijo” (62).

Obsesión y repetición. Prisión perpetua se integrará como un catálogo fragmentario y razonado de personajes que viven bajo el signo de la idea fija: la esposa de un párroco que habla un idioma personal y privado que se basa en una vieja lengua vernácula y religiosa; una mujer que asesina a su marido prendiéndole fuego, pero antes lo ata a la cama para que no incendie los muebles con su cuerpo en llamas; un hombre que explora las posibilidades narrativas del lenguaje carcelario o criminal, donde la prisión es vista como una enorme fábrica de relatos y variantes nacidas del experimento social del encierro. Ladrones, devotos del I Ching, antiguos reclusos, los personajes obsesivos de Piglia pierden el sentido del tiempo y la orientación. Los conocemos sólo durante ese instante en que la idea fija ha trastornado su existencia. Andan en círculos sin fin, alrededor de las personas y acontecimientos que los han marcado.

No hay nada más bello y perturbador que una idea fija. Inmóvil, detenida, un eje, un polo magnético, un campo de fuerzas psíquico que atrae y devora todo lo que encuentra. ¿Ha visto alguna vez alguna luz imantada. Se traga todos los insectos que se le acercan, los trata como si fueran de fierro. He visto volar interminablemente a una mariposa en el mismo lugar hasta morir de fatiga. (22)

Ratliff atrapado por Pauline y el joven Piglia atrapado por la escritura son los modelos generales de este conjunto de réplicas obsesivas. La obsesión narrativa es el tema de Prisión perpetua y se bifurca en distintas direcciones: la comprensión del lenguaje cerrado, cercado, tenso, violentado que iguala y contrasta la experiencia carcelaria con el universo hermético de la novela moderna desde Flaubert; la fascinación del narrador por explorar los usos tergiversados de la lengua como génesis de los relatos y las dicciones personales desviadas de la norma (la noción de un estilo); la mención de desquiciados proyectos utópicos en la provincia argentina o la herencia de la locura familiar, que lleva a sus implicados a trastocar la distinción entre realidad y mentira, convirtiéndolos en creadores de ficción.

 

A medio camino entre la narrativa fragmentaria y el ensayo, el volumen deja una rica estela de definiciones y reflexiones sobre el acto de narrar mediante un tono a ratos irónico, confesional o de humor negro. Si adoptamos la teoría general del relato que Piglia extrae de Ratliff, todas las historias se articulan en una serie de datos mínimos, giran sobre un punto de viraje y presentan variantes infinitas acordes con las ideas fijas de sus personajes. Siendo consecuentes con este razonamiento, todos los retazos narrativos en Prisión perpetua están entrelazados y narran una historia oculta: la de los mecanismos de la ficción, expuestos mediante la obsesión que Ratliff le hereda a Piglia por encontrar la lógica del relato, el hallazgo de ese momento cuando el fluir de la experiencia cotidiana se detiene, apresado por el narrador, y se convierte en literatura.

Desde una conciencia posmoderna y metaliteraria, Prisión perpetua expresa un conjunto de interesantes preguntas para escritores y lectores. Quizá una de las principales sea su intención de comprender la creación literaria en la época del fin de la experiencia. ¿Qué queda por contar cuando todo se ha dicho o es sólo leído u observado por nosotros, sin ser vivido? ¿Qué clase de literatura puede escribirse cuando la experiencia ha desaparecido? ¿Adónde marcha un relato que desplaza la vivencia por la tensión de una experiencia lingüística? Para Ratliff, el fin de la experiencia engendra la ficción paranoica, la perfección estilística, la estructura cerrada y el mot juste (a lo Flaubert). Es la creación del narrador aislado de la vida. El relato de la literatura dentro de sí misma, el universo cerrado y autosuficiente de sus propias referencias. La literatura de los hombres enloquecidos y atrapados por el lenguaje.

Piglia crea una ficción conceptual, un experimento teórico que se nutre y se replica narrativamente. Los breves núcleos de historias que abundan en el libro son “golpes de realidad” que adquieren sentido en su montaje y demuestran las proposiciones teóricas. “Narrar es transmitir al lenguaje la pasión de lo que está por venir”, dice Ratliff-Piglia. Mientras el narrador piensa, suspende su relato y nos hace conscientes del mismo. Ideas y fragmentos narrativos se aplican en el relato final, donde Piglia se desdobla y recrea la voz narrativa de Ratliff (como lo hizo brillantemente en Nombre falso escribiendo con la voz de Roberto Arlt). Entonces la serie de pistas que el narrador ha dejado en las páginas se reúnen para dar sentido último al relato. Como un científico loco, el narrador ha construido un personaje, una trama y una voz. Ha puesto a funcionar la maquinaria verbal del relato en tiempo real, ante nuestros ojos.

Ése es uno de los logros más fascinantes de Prisión Perpetua: su capacidad para despertarnos al mundo narrativo que fluye en la vida cotidiana e introducirnos en un laboratorio de escritura, en el taller de un narrador obsesionado con las maneras en que se reproduce un relato. Tal y como su inventor Mac creó una máquina de ficciones en el cuerpo de una mujer en La ciudad ausente,  Piglia nos adentra en su memoria personal para mostrar la raíz germinal de las historias. Su galería de personajes trastornados y enfermizos intenta asir las repeticiones y variantes del relato humano que ejemplifican una lógica narrativa enloquecida y determinada por el encierro, la obsesión, y el uso peculiar, vivo, creativo y alterado de la lengua individual. Si la experiencia ha sido reducida, entonces es preciso hacerla inagotable desmadejándola en sus variantes sin fin. Buscar la lógica del relato es buscar la lógica de la experiencia, la lógica de la vida.

Prisión perpetua me ha parecido siempre el libro más personal de Piglia. Posee una intimidad cerebral, teórica, fragmentaria, pero que no es fría a pesar de su análisis, ni deja de tener episodios conmovedores en sus retazos. Seduce por la cabeza pero nos toca porque apunta a uno de los grandes misterios de la especie: ¿Qué permite que sigamos generando y transmitiendo relatos? ¿Por qué esos fragmentos narrativos se repiten y llegan a ser tan importantes en nuestra vida? ¿Cuál es la obsesión o locura personal que ha marcado la historia de nuestra existencia? La vida de Ratliff y la de Piglia quedan unidas por una obsesión literaria, que engendrará una de las obras narrativas más sólidas en las letras hispanoamericanas actuales.

Para cerrar el recuerdo de este libro extraordinario, me quedo con esta confidencia del narrador, acaso el Piglia más franco y desnudo, mirándose a solas en su espejo: “La imagen de un hombre desterrado, prisionero de una historia siniestra, que se hunde de un modo maníaco en una novela interminable, encierra para mí un sentido que nunca pude terminar de descifrar. A veces imagino la historia de Steve como un oscuro signo de mí mismo.” (21)


Autores
(ciudad de México, 1982). Estudió Periodismo y es Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha colaborado en diversas revistas culturales y en libros colectivos universitarios. En 2007 ganó el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol convocado por la Universidad Veracruzana, y menciones honoríficas en el XII Premio de Narativa Breve Tirant Lo Blanc y en el Concurso Nacional de Cuentos Campiranos Marte R. Gómez, en 2012. Ha publicado los libros de narrativa Vértigos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2010) y Tiempos de Furia (Ediciones B, 2013). Próximamente aparecerá su traducción conjunta del poemario Nierika, del poeta francés Serge Pey. Actualmente trabaja en la redacción de Playboy México.
Secretaría de Cultura