Tierra Adentro

Fotografía: DavidDennisPhotos.com CC-BY-SA

Tengo un amigo al que admiro por su escritura y capacidad lectora. No solemos estar de acuerdo, pero nos llevamos bien. Sobre todo, nos peleamos cuando hablo de mi escritor favorito. Él lo ningunea a pesar de no haberlo leído.

Tal vez tenga que ver con que el autor en cuestión es un pato[1].

Hablo de José Luis Zárate, a quien prefiero sobre a Nicanor Parra, Italo Calvino, Macedonio Fernández, Georges Perece, Jacques Roubaud, Philip K. Dick o Stephen King. Y siempre he pensado que un crítico[2] debe hablar de los libros que ama[3] porque eso es un verdadero reto.

De ahí que hablar de la literatura de Zárate sea para mí un reto de lo más interesante. Creo que la literatura mexicana contemporánea tendría parámetros más altos –más interesantes, más arriesgados –si hubiera abordado el Demeter en lugar de buscar a Klingsor. La afirmación es simple: José Luis Zárate es el mejor narrador mexicano de su generación. Para bordear mi declaración (porque bordear es siempre mejor que ir directo), voy a hablar, de entrada, de su versatilidad narrativa. Ahí donde algunos –pienso en Eloy Urroz, Álvaro Enrigue o Ana Clavel –dan prioridad a un género literario sobre otro (novela sobre cuento, en este caso), Zárate nada entre géneros con la misma potencia.

Si me creen[4], podríamos empezar hablando de sus cuentos. Incluidos en varias antologías y ganadores de premios en el extranjero, sus textos breves se rigen por las reglas clásicas de Poe: son redondos, con un final sorprendente… Ejem, perdón, pero eso no es del todo cierto. Dichas características pueden encontrarse en los escritos de Permanencia voluntaria (Instituto Politécnico Nacional, 1990), Hyperia (Lectorum, 1999) y algunos de Quitzä y otros sitios (Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, 2002) pero la construcción ve modificaciones desde “Mundo blanco”. El tope de esas variaciones está en Castillos que se incendian (La Regia cartonera, 2012) donde el impacto no se encuentra en el cierre, sino que la explicación vital del cuento está en el final, el cual reconfigura el texto y se vuelve su verdadero eje.

Tal vez eso tenga que ver con los años que el autor de Puebla tiene haciendo literatura en twitter[5]. Su cuenta –@joseluiszarate– ve aparecer tres cuentos de 140 caracteres cada día. Si eso fuera todo, escribir cuentos y ya, sería como la cuenta de cualquier participante de #Microhorror. El detalle es que es un atascado. Puede ser que un día se le ocurra hacer cuentos de ciudades muertas, hadas, Ulises y las sirenas, Batman, Simbad, la baronesa Frankenstein, Godzilla, Moby Dick o una piedra que mata a aquel que la toca (Sesho-Seki). Y escribe sus cuentuitos. Unos sesenta por tema.

Y a veces, como todos saben, Twitter no da suficiente espacio para contar una historia. Igual que un cuento a veces no da el espacio suficiente para narrar una historia. ¿Entonces?, pues haces una novela, ¿no?

Zárate lo ha entendido así para este formato. El crimen en los caballitos o Algunas consideraciones sobre el tema de la luna son tuits que están pensados para leerse en orden como novelas. ¿El colmo?, funcionan como si estuvieran escritas en párrafos breves y contundentes. Como sus novelas fuera de la red social.

Estos textos funcionan como centro de la poética de José Luis. Textos escritos a base de líneas cortas, giros casi al final de cada capítulo y una capacidad de impacto en cada oración. Si esto fuera boxeo, sus novelas serían como Floyd Mayweather Jr.: rápidas, de golpes certeros, espectaculares en sus movimientos y, cuando se termina su lectura, no queda más remedio que darles el lugar de campeón.

Para defender la afirmación anterior están Xanto, novelucha libre (Planeta, 1995), Del cielo oscuro y el abismo (Premio UPC, 2001), Fe de ratas (La Jornada de Oriente, 2007), Las razas ocultas (Times editores, 1999), Ventana 654, ¿cuánto falta para el futuro? (SEMARNAT / SOMEDICYT, 2004), o El tamaño del crimen (Editorial Sigueleyendo, 2012). Sin embargo, el tope de todo (del estilo, de la obra, del uso del lenguaje, de la historia, de lo que se te de la gana) está en La ruta del hielo y la sal (Editorial VID, 1998).

Dicho superficialmente: la novela narra el viaje del barco que lleva unos cajones con tierra de Transilvania a Londres desde el diario y la bitácora del capitán.

Dicho sinceramente: con lo de arriba, no tienes ni idea de qué va este libro.

Para empezar, lo que hace Zárate aquí es unirse a una tradición para modificarla. La afinidad a Drácula es clara, pero no burdamente declarada. Me explico: lo único que sale aquí de la novela de Stoker es el barco y el fragmento de la bitácora con la que el inglés refiere el episodio, pero nada más. Aquí Drácula ni siquiera se llama Drácula. Para José Luis, el conde es el mal encarnado, y así lo trabaja. Pero no sólo es la tradición de terror de la cual nuestro autor toma elementos, también están los textos de vida marítima. Aquí la brisa huele a Poe, Melville y Defoe gracias al lenguaje, al tedio, al miedo a la peste y las supersticiones navales.

Si eso fuera todo, las cosas serían muy simplonas. Pero es José Luis Zárate, con él nada es simplón. Su literatura tiene, entre otras fortalezas, la capacidad de darle vueltas de tuerca a las limitantes que podrían tener sus historias a partir de los personajes que las protagonizan. Superman en Del cielo oscuro y el abismo o el patito feo (Duck Swan) en El tamaño del crimen son una muestra de ello. Sin embargo, el mejor ejemplo es el capitán homosexual de La ruta del hielo y la sal. No sólo no es la caricatura o el panfleto que se aparece en la literatura gay en México. El de Zárate es un personaje sólido, con un lenguaje hermoso y una forma de relatar sus deseos no muy común en la literatura en español.

Es al lenguaje al punto que quería llegar desde el inicio.(Casi lo olvido. En el principio fue la sangre (Universidad de Guadalajara / Ediciones Arlequín, 2004)  es un libro de ensayos sobre asesinos seriales que muestra una faceta poco señalada de este autor. Hay en el libro una mente capaz de hacer conexiones entre cosas simples y las heridas siempre abiertas del ser humano. El ensayo “La multitud” es la mejor prueba de ello. Mira que ponerse a hablar de cómo nosotros –que nos amontonamos alrededor de un cadáver, que gozamos del dolor del otro, que saciamos nuestra sed de sangre con la suya– somos tan homicidas como quien cometió el crimen no es muy condescendiente que digamos. El uso de la palabra es lo que pone la obra de José Luis Zárate en un nivel aparte del de sus contemporáneos. Si nos ponemos a leer, por ejemplo, a Pedro Ángel Palou, Guillermo Fadanelli o Mario Bellatín, encontraremos que hay una misma voz en todos sus libros. No es que eso esté mal, sólo es una zona de confort.

Pasa lo contrario aquí. Superman no habla igual que el heraldo tatuado, el patito feo o el capitán del Demeter. Entonces, el tono debe cambiar. La estructura básica de su escritura se mantiene, pero el uso lingüístico va de la prosa más arreglada del siglo XIX a la que se usa en los comics. No es sólo una gracia, es una experimentación narrativa. Un riesgo que casi ningún autor toma en la actualidad. Si a eso le sumamos la calidad literaria con que se lleva a cabo, sólo queda aceptar que estamos ante un escritor de otro nivel.

Tengo el gusto de decir, como suelo decirle al amigo con quien empecé este ensayo, que los trabajos más sólidos de José Luis Zárate están inéditos en su disco duro. Si aparece el editor con suficiente visión para sacarlos a la luz, no habrá remedio: tendremos que ver a ese pato correr a la cabeza. Los demás deberemos conformarnos con seguir sus paso, deslumbrados por su estela.


[1] Un pato amarillo de hule es el avatar de Zárate en las redes sociales. Pero no se queda ahí: también pone patos en cada presentación que va, es ya un personaje.

[2] Entiendo “crítico” como aquel que lee profesionalmente, que analiza y desmenuza una obra, que adora los libros y que sabe contagiar esa adoración a un lector cualquiera.

[3] Porque hablar de los que no te gustan es facilísimo. Eso podemos dejárselo a los reseñistas profesionales, no a los críticos que se precien de serlo.

[4] Porque la crítica, como la narrativa, requiere de un acuerdo: tú, lector, te comprometes a creer lo que te diga. Yo, escritor, me comprometo, en este caso, a ser lo más sincero que pueda.

[5] Twitter no es la única red social en la que Zárate escribe. Usando una imagen como punto de partida, algunos de sus cuentos más sobresalientes están hechos como comentario de Facebook. Tal es el caso de la serie Los cazadores.


Autores
(1990). Estudia Literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana. Publica reseñas mensualmente en la revista digital Penumbria, donde también publicó el libro de ensayos La Generación Schrödinger.
Secretaría de Cultura