Tierra Adentro

Ilustración sacada de flickr

Capítulo 1

En el que la personalidad y nacionalidad de los personajes es revelada poco a poco

 

—¡Debemos aceptar, sin embargo, que la vida es buena! —dijo uno de los invitados, mientras mascaba una raíz azucarada de nenúfar apoyado en el brazo de su asiento de mármol.

—¡Y mala también! —respondió otro entre ataques de tos después de casi haberse ahogado debido a las espinas de una delicada aleta de tiburón. 

—¡Seamos filósofos!— dijo un personaje de edad avanzada, cuya nariz llevaba encima un enorme par de anteojos con vidrios grandes sostenidos por unas varillas de madera— el hoy llega casi entre ahogos, mientras que el mañana fluye con suavidad como las corrientes fragantes de este néctar. Así es la vida, después de todo.

Habiendo dicho eso, ese sibarita fácil de complacer bebió una copa de excelente vino tibio cuyo vapor se escapaba lentamente desde una tetera de metal.

—Por mi parte —continuó un cuarto invitado— la existencia, existir, parece muy agradable cuando uno no hace nada y tiene los medios para mantenerse ocioso.

—Te equivocas —dijo el quinto invitado— pues la verdadera felicidad se encuentra en el estudio y el trabajo. Conseguir la mayor cantidad de conocimiento es el verdadero camino para conseguir la felicidad propia.

—Y entender, una vez que has conseguido todo el conocimiento, que en realidad no sabes nada.

—¿No es ese el principio de la sabiduría?

—¿Entonces cuál es el final?

—La sabiduría no tiene final —respondió filosóficamente el hombre con anteojos— tener sentido común es la satisfacción más grande que existe.

Después de esto, el primer invitado le habló directamente al anfitrión, que ocupaba el asiento del principio de la mesa, es decir, el peor asiento, como lo requieren las reglas de la cortesía. El anfitrión escuchaba con indiferencia y en silencio la discusión filosófica.

—Escuchemos lo que nuestro anfitrión opina de estas divagaciones llenas de vino, ¿le parece que la existencia es una bendición o un mal? ¿Es un sí o un no?

El anfitrión masticaba descuidadamente varias semillas de melón y tan solo frunció los labios con desprecio a modo de respuesta, como un hombre que no encuentra interés en nada.

—¡Pff!— dijo.

Esta es la exclamación preferida de las personas indiferentes, pues significa, a la vez, todo y nada. Le pertenece a todos los lenguajes y debe tener un lugar en todos los diccionarios del globo, es poner una mala cara verbalmente.

Los cinco invitados a quienes estaba entreteniendo este anfitrión indiferente, comenzaron a lanzarle argumentos, cada uno en favor de su postura; pues anhelaban escuchar su opinión. Al principio evitó contestarles, pero finalmente dijo que su vida no era una bendición ni una maldición: en su opinión, era un “invención” bastante insignificante, y en breve, poco alentadora.

—¡Ah! Nuestro amigo revela sus verdaderos sentimientos.

—¿Cómo puede decir esto cuando su vida ha sido tan suave como una rosa?

—¡Y es tan joven!

—¡Joven y con buena salud!

—Con buena salud y adinerado.

—Muy adinerado.

—Más que muy adinerado.

—Quizás demasiado adinerado.

Estas observaciones se siguieron una a la otra como cohetes de fuegos artificiales, sin siquiera traer una sonrisa a la cara impasiva del anfitrión. Tan solo se encogió de hombros casi imperceptiblemente, como un hombre que nunca ha deseado, ni por una hora, pasar las hojas del libro de su propia vida y que no había leído ni las primeras.

Y aún así, este hombre indiferente tenía 31 años como mucho; estaba en un excelente estado de salud, poseía una gran fortuna, una inteligencia superior al promedio y tenía, en breve, todo lo que los demás no tenían. Tenía lo suficiente como para convertirlo en una de las personas más felices del mundo. ¿Por qué no era feliz?

—¿Por qué?

La voz profunda del filósofo resonó en la sala, hablaba como el líder de un coro griego.

—Amigo —dijo— si no eres feliz aquí, es porque hasta ahora tu felicidad ha sido solo negativa. La felicidad es como la salud: para valorarla uno debe ser privado de ella ocasionalmente. Nunca has sido desafortunado: eso es lo que tu vida necesita. ¿Quién puede apreciar la felicidad si nunca ha caído sobre él la desgracia?

Después de haber dicho esa observación llena de sabiduría, levantó su vaso lleno de champaña de la mejor calidad y dijo:

—Deseo que alguna sombra ensombrezca la luz de nuestro anfitrión y que algunas tristezas vengan a su vida.

Y tras decir eso, vació su vaso de un solo trago.

El anfitrión asintió brevemente y de nuevo, se sumergió en su habitual apatía. 

¿Dónde ocurrió esta conversación? ¿En una sala de estar europea en París, Londres, Viena o San Petesburgo?

¿Estos seis compañeros discutían juntos en un restaurante del Viejo o Nuevo Mundo? ¿Y quién eran aquellos que, sin haber bebido más de lo usual, discutían estas cuestiones en medio de la sobremesa?

No eran franceses, pues no hablaban de política.

Estaban sentados en un salón elegantemente decorado de tamaño mediano. Los últimos rayos del sol emanaban a través de los vidrios azules y naranjas de las ventanas y más allá de las ventanas abiertas, la brisa de la tarde mecía guirnaldas de flores naturales y artificiales. Algunas linternas mezclaban su luz pálida con los últimos rayos del sol. Sobre las ventanas estaban grabados arabescos representando hermosuras celestiales y terrenales y animales y plantas de una flora y fauna exótica.

En las paredes del salón, colgados en tapices sedosos, había espejos amplios y doblemente biselados; en el techo, un abano movía sus alas finamente pintadas haciendo que la temperatura en la habitación fuese tolerable.

La mesa era enorme y cuadrada, oscura y lacada; descubierta, reflejaba las piezas numerosas de plata y porcelana como lo hubiese hecho el cristal más fino. No había servilletas de tela, tan solo un suministro abundante de unos cuadrados de papel ornamentado para cada invitado. Alrededor de la mesa había sillas con respaldos de mármol, mucho más gustados en esta latitud que los respaldos acolchados de los muebles modernos.

La servidumbre estaba compuesta por chicas muy atractivas, con lirios y crisantemos trenzados en su cabello oscuro, y en cuyos brazos descansaban coquetamente brazaletes de oro y jade. Servían o quitaban platos siempre sonrientes y animadas con una sola mano y con la otra, movían enormes abanicos con gracia para mover las corrientes de aire creadas por el abano del techo. 

La comida era igualmente grandiosa. Es imposible imaginar algo más delicado que aquél festín que era a la vez ordenado y artístico; pues el cocinero del lugar, sabiendo que cocinaba para verdaderos conocedores, se había superado a sí mismo en la preparación de no más ni menos que quinientos platillos que conformaban el menú.

 

Era, pues, el salón de uno de los botes floreados que cruzaban el Río de las perlas en Cantón y nuestro anfitrión era el rico Kin-Fo, acompañado de su inseparable Wang, el filósofo y juntos acababan de entretener a cuatro de los mejores amigos de su infancia: Pao-Shen, un mandarín de la cuarta clase y de la orden del botón azul: Yin-Pang, un rico mercader de seda que negociaba en la calle de los boticarios, Tsin, el epicúreo endurecido y Hual el literato.

 

Este encuentro se había llevado a cabo durante el vigésimo sétimo día de la cuarta luna, durante el primer de aquellos cinco periodos que poéticamente dividen la noche en China.

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