Tierra Adentro

Ilustración de Lorena Mondragón (Ciudad Juárez, 1988)

Quiero escribirle
una carta a Dios
para que sepa
que su maraña de espinas
se incendia
y que no hay vaso de agua
que calme nuestra sed
de polvo y escombro:
que observo en las nubes
sus palabras de  éter y sulfuro
-las alas de un ángel,
las olas del mar,
canicas, asteroides, planetas,
explosiones nucleares-

 

 

Mi rosa
me dijo
que le gusta sentir
la fuente
de donde brotan
mis mentiras.
Se recubre
de espinas
como una zarza,
pero hay algo
en su alma
-no su tallo-
que me hace amarla.

 

 

Lucifer puso una venda en mis ojos
y me pidió que olvidara
todo lo que me enseñaron
sobre la fe.
Mis rodillas sangran
por todo el tiempo
que recé hincada.
Destapo mis ojos,
y contemplo el desierto.
Él me sonríe desde lejos,
le digo que ya no quiero estar ciega,
besa mis heridas
y me regala una manzana
por cada desobediencia.

 

 

Mi rosa
me dice
que es
de cobardes
cortarse las espinas.
Dejo crecer las mías
y luego
me toma en sus ramitas,
y las frota
contra las suyas,
hasta que se afilan.

 

 

Lucifer no habla
nunca de lo divino:
me habla de
lo grotesco
y lo mortífero.
A veces
reclina mi cabeza,
la echa para atrás
-me habla en la lengua
de los pájaros,
me enseña otras formas de rezar-

 

 

Cuando tenía cinco años soñé
que me caía en una fuente.
No me ahogué:

Luminiscencias blancas y doradas,

agua fría

ojos bien abiertos.

De niña encontré mi espíritu en un sobre
de diamantina blanca.

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