Tierra Adentro
Ilustración de Luis Ham.

Ilustración de Luis Ham.

Hace casi una década acudí a un evento académico en Nueva York, Estados Unidos. Era la segunda vez que visitaba la ciudad aunque la primera que entraba en contacto con gente local. Una de las cuestiones que me llamó la atención es que dos de los anfitriones del evento, jóvenes afroamericanos, me dieron una lista de recomendaciones, la más importante era evitar cualquier contacto por circunstancial que fuera con la policía. Me pareció exagerado y se los hice saber, tratando de indagar el porqué de su postura. Me dijeron: “es simple, ellos son policías y nosotros afroamericanos, la violencia policiaca es un peligro constante aunque no hagas nada incorrecto. Y recuerda que tú eres mexicano”. Me seguía preguntando si el racismo del cuerpo policial era tan alarmante como lo planteaban mis colegas. Investigué un poco con otra gente y coincidieron en que era un tema de bastante gravedad y que no se le tomaba con la seriedad debida.

En los últimos días una imagen ha dado la vuelta al mundo en apenas un par de días. George Floyd, un ciudadano afroamericano es sometido en Minneapolis por el policía Derek Chauvin, quien ejerce presión con su rodilla contra el cuello de Floyd y le impide respirar provocándole la muerte. El hecho ha causado una indignación de tal magnitud que en pocas horas manifestantes prendieron fuego al cuartel de la policía de Minneapolis y las protestas se extendieron a más de 140 ciudades. Las autoridades han respondido con toques de queda y el despliegue de la Guardia Nacional en varios estados mientras que en Washington se apagaron las luces de la Casa Blanca y Donald Trump buscó refugio brevemente en un bunker.

No es la primera vez que el racismo y la brutalidad policiaca están imbricados en casos que desatan oleadas de movilización social. En 1992, la ciudad de Los Angeles ardió en llamas con las protestas por la violenta detención de Rodney King y la absolución de los policías involucrados. De 2013 a 2016 hubo una serie de mítines políticos por la brutalidad policiaca contra afroamericanos que alcanzó su punto culminante en los disturbios en Ferguson en 2014 y Baltimore en 2015 cuyo eje de la protesta se condesaba en la frase Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) que encontró un amplio eco internacional.

Imagen de Luis Ham.

Imagen de Luis Ham.

Queda de manifiesto que el racismo y la violencia policiaca no son hechos aislados, sino que forman parte de un problema estructural en Estados Unidos, de dos visiones distintas de país que originó la Guerra Civil.

A pesar del triunfo de los estados del Norte y la abolición de la esclavitud, es un hecho que la integración de los afroamericanos en Estados Unidos estaba lejos de generar algún consenso, incluso el propio Lincoln veía con buenas ojos que emigraran hacia algún lugar en Centroamérica.

Cien años después la segregación en los lugares públicos como parques, transporte, universidades o locales comerciales seguía siendo algo común y corriente. A pesar de su derrota en la Guerra Civil, los estados del Sur se las ingeniaron para elaborar legislaciones locales discriminatorias que se conocieron popularmente como las leyes Jim Crow y que funcionaban cotidianamente hasta 1965.

En Las raíces del fracaso americano (2010), el sociólogo estadounidense Morris Berman destaca que el enfrentamiento de Norte contra Sur fue mucho más allá de la cuestión de la esclavitud, que aunque era condenada moralmente por Lincoln y la Unión era más relevante en la agenda por cuestiones económicas. Pero la economía también traía consigo una modificación de valores por lo que para Berman, el conflicto entre Norte y Sur puede ser explicado como un “choque de civilizaciones”.

Al finalizar la Guerra Civil, los estados confederados vieron modificada no solo su economía cuasifeudal, sino también muchos de los valores tradicionales que ellos concebían como correctos como la familia, la comunidad o el supremacismo blanco. Y aunque el capitalismo industrial fue ganando espacio en la expansión del oeste, los valores quedaron ahí, agazapados, escondidos quizás, pero firmemente arraigados en amplios sectores de la población estadounidense.

Decía William Faulkner que el pasado no está muerto y que ni siquiera es pasado. Y si bien la Guerra Civil acabó con la esclavitud como forma económica, la relación amo-esclavo se transformó en la afirmación de valores que pretenden sustentar la figura de autoridad de la gente blanca sobre los negros y que con el tiempo se ha extendido a los latinos o a los musulmanes. Esa figura de autoridad que no se cuestionaba en el esclavismo con el paso de los años no ha desaparecido aunque si es mucho más cuestionada y puesta en duda, lo que fácilmente deriva hacia el autoritarismo. Y la violencia policiaca se vuelve una expresión constante de esa deriva autoritaria de los valores del supremacismo blanco.

La derrota del movimiento secesionista permitió el triunfo de la mitología del capitalismo estadounidense basado en el individualismo del hombre de empresa y acción con toques liberales. Sin embargo, como lo muestran las novelas de Faulkner, lo valores sureños sobrevivieron a la derrota y se enquistaron en generaciones de familias y personas, y no solo hasta el siglo XX, sino que están presentes hoy en día y toman la forma más parecida a una cosmovisión que de una ideología estructurada.

La victoria electoral de Donald Trump representa la continuidad de esos valores. “Make America Great Again” no refleja un programa económico o político, es principalmente el deseo de restablecer cierto tipo de valores ligados a Dios, la familia, la tradición, la superioridad racial y la autoridad. Es el “otro” proyecto de nación que quedó desterrado después de la Guerra Civil. Trump no creó un discurso de la nada y mucho menos inventó a sus votantes. Ellos ya estaban ahí, con una narrativa clara y definida que la campaña electoral de Trump y su presidencia solo han amplificado.

El racismo y la violencia policial coinciden muchas veces porque están ancladas en la misma matriz de autoridad que fácilmente se pervierte hacia el autoritarismo. Donald Trump es el síntoma de la enfermedad solamente. Pero el problema es tan viejo que se remonta a la Guerra Civil y la derrota del “otro” proyecto de nación. Esa derrota fue muy clara en el sistema económico pero muchos de sus valores se fueron adaptando al nuevo modelo económico y hoy encuentran un tiempo propicio para salir a la arena pública. Una eventual derrota electoral de Trump no cambiará los valores del Deep South (Sur profundo). Eso permanecerá por mucho tiempo porque no es una anomalía sino parte de la historia misma de los Estados Unidos.

Ilustración de Luis Ham.

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Secretaría de Cultura