Tierra Adentro

Julia Pastrana. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

De todos los cadáveres del mundo,
ése era el más necesitado de compasión.

José Revueltas

 

La luz de las ocho de la mañana es ideal para el cometido. Valeria toma diligente el espejo de mano y las pinzas de depilar y se acerca a la ventana. Analiza con detenimiento su rostro, en especial el contorno de las cejas y los labios. Extirpa de raíz cualquier vello con más de medio milímetro de crecimiento. Si luego de diversos intentos no los puede arrancar, descansa unos segundos para arremeter de nuevo. Queda satisfecha ya que logra liberar a su piel de los indeseables inquilinos.

Cada tanto inspecciona sus fosas nasales con el mismo cuidado. Tan pronto un pelo se asoma, Valeria prefiere arrancarlo a tener que recortarlo usando unas minúsculas tijeras, pues el leve ardor y el atisbo de un estornudo la reconfortan.

Estas inspecciones matutinas son breves comparadas con las horas que llega a destinar para depilar por completo y con sumo cuidado axilas, piernas, brazos, abdomen y pecho, labor que no le permite descanso.

La vergüenza la acompaña desde la infancia. En la primaria, los tupidos y largos vellos de sus piernas y brazos flacos la apremiaban a usar calcetas apretadas arriba de las rodillas y suéter el año entero, sin importar el calor durante el verano sinaloense o el sudor por el esfuerzo en educación física. Las únicas personas entre las que se sentía cómoda eran sus padres, a pesar de sus casi inexistentes folículos pilosos.

A los trece años inició la contienda permanente contra las fibras capilares más insignificantes cuando la mamá de Sandra, su mejor amiga en ese entonces, le dijo que se parecía a la cantante Alaska. Le prestó unas revistas donde observó el rostro de Olvido Gara, nombre real de la mujer. Exhibía dos líneas delgadas a modo de cejas, los costados de la cabeza rapados y una melena cardada con mucho volumen, maquillaje cargado y vestidos cortos entallados. Valeria, quien sólo se vestía de negro y apenas usaba delineador oscuro, comenzó a darle forma a sus cejas hasta que las depiló por completo. Frente al espejo del baño, sacó pelo por pelo y pequeños puntos de sangre dibujaron la zona ahora expuesta.

Junto con Sandra probó cremas, ceras frías y calientes, depiladoras eléctricas, agua oxigenada, peróxido y polvos decolorantes. A diferencia de su amiga, casi lampiña, su vellosidad desafiaba cualquier producto o procedimiento. Por más que desterraba a los indeseados desde la raíz, siempre volvían. Eran igual de necios que ella.

Se distanció de Sandra al notar que un pelo grueso y negro invadía su pubis y los alrededores, incluso brotó una vereda que llegaba casi a su ombligo y un par de esos vellos circundó sus anchas areolas. Estaba convencida de que no era una mujer; hastiada de pelear consigo misma para lograr algo por lo que su amiga ni siquiera se tenía que preocupar.

En quinto semestre de preparatoria, Valeria conoció a otra mujer que cambiaría su relación con el exceso de vello. Comenzó a leer a Darwin en clase de Biología porque el profesor les daba puntos extra cada bimestre si leían obras relacionadas con sus temas, y el primero que eligió fue El origen de las especies. No lo hacía sólo por la recompensa, disfrutaba la asignatura y estaba segura de que su vocación era ésa, quería ser bióloga.

Buscó más ejemplares del naturalista en la biblioteca de la escuela y encontró La variación de animales y plantas domesticados. En ese libro halló la fotografía en blanco y negro de la mexicana Julia Pastrana. Aparecía ataviada con zapatillas, medias, un vestido de época de falda voluminosa y amplia y un corsé muy ajustado que resaltaba su busto. Un collar con dije de cruz le adornaba el cuello. El rostro grande cubierto de pelo parecía formar parte de otra imagen y estar superpuesto. La nariz ancha y los labios prominentes y gruesos resaltaban tanto como la barba.

En el texto que acompañaba la foto leyó que Julia padecía de hirsutismo, aunque ésa no era la razón por la que Darwin la incluyó en su investigación. El autor supo de Julia al recibir una muestra de yeso de su mandíbula, que exhibía una hilera doble de dientes en ambos maxilares, malformación culpable de sus rasgos simiescos. Darwin la describió como una persona muy educada con exceso de vello por todo el cuerpo y una barba masculina. Además, la ficha mencionaba su lugar de origen, Sinaloa de Leyva.

Por primera vez, Valeria se sintió identificada con otra mujer. La obsesionó al grado de pensar y casi asegurar que ella también era una Pastrana. Se preguntó cómo Julia había sobrevivido y triunfado a pesar de su aspecto, o si en realidad fue este el que trazó su destino. Sopesó olvidarse de los rastrillos y las pinzas, detener el suplicio rutinario.

Llegó a la conclusión de que, al no aceptarse tal cual era, quizá estaba evadiendo su propia suerte. Si en verdad era una Pastrana, debía tener alguna habilidad escondida que ya hubiera descubierto de no perder tantas horas en el asiduo escrutinio de sus zonas más pilíferas.

Al llegar a casa le preguntó a sus padres si conocían a Julia Pastrana. Ambos, extrañados al escuchar el apellido, respondieron que no. En su habitación, Valeria se dedicó a investigar en internet y encontró varios sitios amarillistas e investigaciones serias en torno a la vida de Julia. Leyó variaciones de la historia con elementos centrales que no cambiaban: nació en 1834 en Sinaloa de Leyva, y había aprendido a leer y escribir en la casa del gobernador de entonces, de quien era criada. La mayoría de las páginas incluían ilustraciones que exageraban los rasgos simiescos, así como volantes y pósteres que anunciaban sus presentaciones artísticas e incluso fotografías de su cuerpo y el de su hijo recién nacido tras ser embalsamados.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

 

 

Descubrió que lo más peculiar de Julia no era su aspecto: tenía una habilidad notable con los idiomas y bailaba y cantaba con maestría; fue una mezzosoprano reconocida en diversos países. Sin embargo, su apariencia peculiar la convertía en un espectáculo visual explotado por varios hombres a lo largo de su corta vida. Supo que su cadáver estaba en Oslo y que otra artista mexicana trabajaba ya en la repatriación del cuerpo.

Poco antes de concluir la búsqueda, encontró dos grabaciones breves en las que la cantante desplegaba su don en las zarzuelas Jugar con fuego, compuesta por Barbieri, y Marina, compuesta por Arrieta. Una voz sublime le desveló la fuerza que había en Julia. Era una mujer extraordinaria, Valeria quería saber todo lo posible sobre ella. Entonces pensó que, de haber coincidido en tiempo y espacio, no hubiera dudado en invadir su privacidad y comprarle un boleto a su esposo para verla comer o dormir. De repente, un pensamiento más oscuro la invadió: si ella misma ponía en duda su propia feminidad por un motivo estético, lo que ponían en duda en Julia era su mera condición humana.

Valeria imprimió fotografías en el centro de cómputo de la escuela, armó un rompecabezas coherente de la biografía de Julia y esa misma tarde buscó a Sandra para hacerla partícipe de sus hallazgos. Antes de hablarle sobre Pastrana, la hizo escuchar las dos romanzas recordando las tardes en las que tenían el pasatiempo de apreciar diferentes tipos de música para después adivinar cómo era físicamente el artista.

Compartían unos audífonos sentadas en la banqueta afuera de casa de Sandra, quien escuchaba con atención. Extasiada, Valeria dijo:

—Se llamaba Julia Pastrana, ¿cómo te la imaginas?

—Alta, de pecho amplio. De cabello castaño oscuro o negro…

—Acertaste en el cabello, pero te equivocaste en lo demás. No llegaba ni al metro y medio.

Sandra hizo un gesto de extrañeza. Valeria sacó su celular y escribió en el buscador de imágenes “Julia Pastrana”. Le mostró su favorita, la que aparecía en el libro de Darwin.

—Llevo días buscando información sobre ella. Fue una mujer súper sensible y con muchos talentos, ya le conociste uno.

Sandra miró las fotos con asombro.

—¡Parece un mono!

Valeria, ofendida, replicó:

—A mí no me gusta decirle así. “Híbrido maravilloso” o “la indescriptible” le quedan mucho mejor, Julia era una extrañeza en cada aspecto. Ni te imaginas lo inteligente que era, hablaba tres idiomas y ya escuchaste cómo cantaba. También era muy buena bailarina. Lo más sorprendente es que nació aquí hace muchísimo, trabajó en la casa del gobernador y a los veinte años él se la vendió al dueño de un circo en Nueva York, de esos que tenían espectáculos de freaks. Se presentó en Estados Unidos y escribieron sobre ella en el New York Times. Luego la compró un tal Teodoro, un empresario que se casó con ella y la siguió exhibiendo. Se aprovechó todo lo que pudo de Julia e inventó historias para hacerla más famosa, como que, de niña, acá en México la rescataron de una cueva donde la criaba un lobo. En ese entonces, la teoría de la evolución de Darwin era súper popular, y decían que Julia era el eslabón entre el humano y el orangután, ¿te imaginas? —Valeria hablaba deprisa, mirando sus manos—. La usaban para confirmar que los blancos eran más evolucionados. Estando en Moscú se enteraron de que tendrían un hijo, y a Teodoro se le ocurrió vender entradas para el parto. Ése fue su último espectáculo, el bebé murió muy pronto, ella tampoco sobrevivió. Lo peor es que Teodoro mandó disecar los cuerpos para seguirlos exhibiendo, ¡¿puedes creerlo?! Él se murió en un psiquiátrico, y los restos de Julia y de su hijo rondaron de aquí para allá, hasta cayeron en manos de los nazis. Después los guardaron en una bodega en Oslo y se volvió a saber de ellos cuando robaron los cadáveres. El gobierno de Noruega sólo pudo rescatar el cuerpo de Julia, lo resguardaron en el sótano de una universidad. Hace poco, otra artista de aquí empezó a pelear para traerla de vuelta. Ya te imaginarás el embrollo en el que anda. Pobre Julia. ¿Sabes? Nunca la trataron como a una persona, pero ella sabía que lo principal era aceptarse tal cual era; antes de morir, sus últimas palabras fueron “muero feliz porque me amé a mí misma” —Valeria terminó de hablar y su sonrisa de disipó al ver que Sandra no había dejado de mirar con repulsión mal disimulada las imágenes de Julia en su celular, y entendió que fue un error tratar de acercarse a ella de nuevo. Sintió como una afrenta propia aquel rechazo, le arrebató el celular, se puso de pie y se alejó con rabia.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

Julia Pastrana. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

 

***

Valeria no siente que se esté apropiando de un duelo ajeno, sino de uno olvidado durante más de ciento cincuenta años. Trae un ramo de rosas blancas y es de los pocos que viste de negro; la muerte de Julia es tan remota que los asistentes no sienten la necesidad de llevar el riguroso negro para un luto respetuoso.

En la iglesia de San Felipe y Santiago, inmersa entre una multitud que no llora ni se lamenta, tiene la sensación de que es la única en duelo. Valeria tiene veintiséis años, la misma edad que tenía Julia al morir. Vino con la mínima esperanza de ver su rostro al menos por un instante, pero colocaron un paño rojo sobre el cristal del féretro cerrado. Mientras observa el níveo ataúd de zinc rodeado por miles de rosas, alelíes, casablancas y gladiolas igualmente blancos, imagina a detalle las facciones que ha examinado en papel y en pantalla durante tanto tiempo. Lleva el rostro y la voz de Julia en la memoria: evoca la larga cabellera negra, el cuerpo pequeño cubierto de vello, la prominente barba, su timbre enérgico y grave.

El olor a incienso, a cera líquida y al cúmulo de flores crea una atmósfera tan sofocante como el aire cargado que respira el gentío reunido en ese espacio amplio ahora reducido. Antes de colocar su ramo entre el resto, toma un capullo.

Al terminar la misa, Valeria sigue el cortejo fúnebre al panteón municipal. Cuatro hombres llevan el féretro al sitio indicado al tiempo que la tambora ambienta la peregrinación de diez minutos. Ya que depositan el féretro en una fosa de cemento, empleados públicos le arrojan flores entre capas de tierra y mezcla gris. Con su mejor puntería, Valeria lanza con fuerza el capullo sobre las cabezas de los asistentes y se alegra al verla aterrizar en el sitio indicado. El único que se percatan de la hazaña es un niño que la mira con curiosidad.

Al terminar de colocar la lápida en la que se lee en letras grandes y negras “Julia Pastrana, 1834-1860”, la multitud comienza a dispersarse y Valeria camina algunas cuadras más para llegar a un parque.

No tiene con quién compartir el momento. En la agencia de publicidad pidió permiso para tener el día libre. El motivo fue el entierro de un familiar. Sin indagar ni darle el pésame, su jefe directo accedió. Hubiera querido que le preguntara qué familiar era, qué había sucedido. Tener la oportunidad de hablar de Julia una vez más, decir que la fallecida era una prima mezzosoprano a la que le encantaba viajar.

 

Ahora puedes leer…
0 461

0 436

Secretaría de Cultura