Tierra Adentro
Daños en casas antiguas en el centro de Oaxaca. Foto: Centro INAH - Oaxaca, Secretaría de Cultura.

Daños en casas antiguas en el centro de Oaxaca. Foto: Centro INAH - Oaxaca, Secretaría de Cultura.

Tras el sismo de ayer por la mañana —de 7.5 magnitud Richter con epicentro en la Crucecita, Oaxaca—  en mi familia todos empezamos a hacer llamadas y mandar mensajes. Supimos de las fachadas que se dañaron en el centro de Oaxaca de Juárez, así como de los derrumbes en construcciones viejas, las mismas que cada que pasábamos junto a ellas pensábamos “en el próximo temblor esto se cae”.

En mi familia sabemos de las dificultades para comunicarnos con mi papá, acostumbrados como estamos a que se encuentre en comunidades donde no llega la señal, por su trabajo como productor de café y encargado de un almacén de cooperativas de abasto, que reparte mercancía en comunidades de bajos recursos en el estado de Oaxaca.

En la mañana, después de vivir la sorpresa de escuchar la alerta sísmica, recuperar el aliento tras sentir cómo la casa saltaba debajo de nosotros y recordarle a los vecinos que cualquier cosa, aquí estamos, nos alivió recibir pronto un mensaje de mi papá: “En El Tomatal, todo bien”. El Tomatal es una comunidad de Santa María Colotepec, Oaxaca, está dos horas del epicentro del sismo. De Tomatal solo recuerdo la estructura de lámina de uno de los almacenes de CONASUPO, a un costado de la carretera.

Sin atrevernos a decirlo en voz alta, mis hermanos y yo envidiamos el trabajo de mi papá, que le permite estar al aire libre casi todo el tiempo, cerca de la playa, o entre los cafetales en Pluma Hidalgo. Pero desde siempre nos ha preocupado su don para atinarle al lugar exacto (o muy cercano) en el que los desastres naturales suceden. Por ejemplo, en 1997, mi papá sobrevivió al huracán Paulina en su camioneta atorada en un puente, detrás de un vehículo militar. Al estar en medio de la nada, en la carretera, no le quedó de otra que intentar abrir camino para él y para otros. Participó entonces en la reapertura de las vías terrestres y lograr que pasaran los equipos de emergencia, así como los camiones del almacén para repartir víveres.

Su mañana empezó gris, fría, algunas nubes se aborregaban en el cielo. Va a temblar, dijo Beto Pérez, amigo de toda la vida de mi papá, oriundo también de los cafetales. A las diez de la mañana los gallos cantaron y se nubló totalmente. El viento empezó a soplar del mar. Para entonces, mi papá ya estaba en el almacén supervisando las actividades que, aunque más lentas por la contingencia sanitaria, continúan el proceso de abastecimiento de las tiendas comunitarias. Él es parte del Consejo de Administración, que en conjunción con la gerencia se encarga de supervisar la distribución. Desde que inició la Jornada Nacional de Sana Distancia, todos los trabajadores que entraban en la población de riesgo se retiraron a sus casas. El resto continúa; el trabajo del almacén es vital para las poblaciones oaxaqueñas, pues los precios de dichas tiendas son los más accesibles y justos. El Consejo monitorea el uso continuo de cubrebocas y el proceso de sanitización, así como la planeación de las rutas para entregar los productos, puesto que algunas fueron cerradas por agencias municipales.

Alrededor de veinte trabajadores y él salieron para escuchar mejor las olas. El sonido del mar chocando contra la costa era más fuerte que de costumbre. Se quedaron quietos, poniendo atención a la violencia de la marea, hasta que después de unos minutos se calmó.

Volvieron para resguardarse de un aguacero que se soltó de pronto. Los perros aullaban. En eso, las láminas del techo empezaron a tronar, parecía que querían despegarse. Las estibas de harina cayeron en los pasillos. Intentaron salir por atrás, pero los rollos de papel higiénico taparon esa salida. Por fin alcanzaron la puerta de enfrente y vieron cómo la estructura se movía de un lado al otro. Los vidrios de las oficinas caían al piso.

La lluvia se calmó y el susto por el temblor seguía pegado al cuerpo, igual que la ropa mojada. La segunda alarma llegó por un reporte de la capitanía de Puerto Escondido en las radiodifusoras. El mar se retiró cincuenta metros y se esperaba un regreso en forma de tsunami en las próximas tres horas. Comunicaron el desalojo de las personas que viven cerca de las playas y repitieron la noticia para que los pobladores cercanos a la costa se alejaran del mar. No supimos la ubicación de mi papá en todo ese tiempo, pero esperamos lo mejor. Además, por su historial en desastres como este, nos lo imaginamos dirigiendo la evacuación.

Por la pandemia, las entradas a los pueblos que dan a la carretera internacional se encontraban cerradas. Para muchas de las comunidades de la costa, hasta este momento, la cuarentena había sido total, ningún foráneo tenía permitido el paso. Después del temblor, se levantaron los retenes. Poco a poco empezó a llegar el recuento de daños: varias construcciones se derrumbaron en San Juan Oxolotepec. “Sin novedad en los demás pueblos y ahora a esperar”, fue lo último que me escribió.

Mi mamá dice que mi papá solo aparenta estar en los lugares equivocados en el momento equivocado, porque, de una manera u otra, así aprendió a tener la voluntad para quedarse y ver cómo seguir adelante. Hace veintidós años, durante el huracán, nadie supo nada de él en días. Al menos ahora sabemos que está seguro, esperando que la marea vuelva con calma o la lista de comunidades afectadas para saber cómo ayudar.

 

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