Tierra Adentro

Ilustración de Julissa Montiel

Recuerdo que le entregué mi resignación al insomnio. El círculo vicioso de la luz azul continuó alejándome del sueño con cada deslizamiento que mis dedos hacían sobre la pantalla del celular. En algún punto de la noche brotó, inadvertido y sobrio, un recuadro negro. La presencia de la imagen en mi Facebook estaba pagada por publicidad de una página extraña. La partía en dos un texto breve, en letras blancas: You deserve to live in fear.

¿Merecía vivir con miedo? La consigna me pareció la jugada comercial de alguna película de terror próxima a estrenarse. La hubiera ignorado en su totalidad de no ser porque noté, casi al deslizarme de nuevo, que estaba decorada por dos runas Algiz. Estoy seguro de que tú las conoces: quítale el círculo al símbolo hippie de la Paz y te quedarás con la Algiz invertida, sello de la muerte. Con los tres picos hacia arriba, la misma runa representa al hombre, a la protección de la vida.

La clave dialéctica del mensaje me obligó a entrar a la página. Con menos de 4,000 seguidores, se llamaba HOLY TERROR. Un par de publicaciones me bastaron para llenarme de una extrañeza incómoda: estaba poblada por posters tricolores (negro, rojo y blanco) que se valían de una estética heterogénea.

Uróboros, vírgenes, cruces, runas, dragones, soles negros y dharmas convergían en un repertorio de simbolismos en el que estaba disuelta una cantidad enorme de religiones. Aparentemente, a todas las hermanaba cierto culto a la guerra y a la muerte, reversos necesarios de una vida en paz. Las imágenes estaban siempre acompañadas por imperativos parcos: Rechaza la modernidad, Asciende, Reina como un rayo desde las alturas, Conviértete en el vacío, Acepta el miedo.

La página tenía una tienda en línea, en la que se vendían sus diseños estampados sobre camisetas de algodón. No pude evitar reírme, confundido aún.

Las reacciones de cada publicación eran escasas: hay más gente reunida en la sala de un cine de pueblo. Sin embargo, los adeptos eran constantes y fieles. La mayoría de los perfiles tenían orígenes anglosajones; algunos, innegablemente hispanos. Todas las cuentas coincidían en contener poca información de la persona que la administraba, pero muchos, muchos memes antisemitas y propaganda con tintes fascistoides.

Todos los usuarios eran proclives a repetir, bajo cualquier excusa: Reject modernity, embrace tradition.

 

 

II

 

Fascismo es una moneda desgastada, en busca de un nuevo troquel. Desde la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, la izquierda y buena parte de los sectores liberales se han ocupado en usar el término como un peyorativo en el que se agrupan, sin distinción y todos juntos, a los componentes políticos e ideológicos de la ultraderecha. Incluso conductas discriminatorias como la xenofobia y el racismo suelen nombrarse con el epíteto de fascistas, sin el uso de mayores intermediarios.

Autores como Robert Praxton han definido al fascismo como un comportamiento político marcado por una preocupación obsesiva por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad, así como por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza. En este sentido, el fascismo surge en estrecha complicidad social: Hitler asaltó el poder, sí, pero antes estuvo respaldado por el 33% de los votantes alemanes.

El asunto que le compete a este ensayo no es el fascismo, sino el criptofascismo: el arte de disimularlo a través de la política y de la iconografía. Un nazi, prácticamente caricaturizado por el paso de las décadas y de millares de producciones audiovisuales, se presenta ante nosotros como un energúmeno irracional, aficionado a abalanzarse contra enemigos inocentes con tal de satisfacer sus deseos superlativos de poder. Por ello es fácil identificarlo y marcar su frente como si fuéramos el teniente Aldo Raine, cuchillo en mano. Pero ¿qué pasa cuando el propio fascista pareciera eludir los adjetivos que se vacían sobre su reputación?

En la respuesta a esa pregunta reside el problema más urgente de nuestro siglo.

 

 

III

 

Internet ha demostrado que una broma no siempre es una broma. El usuario común le ha suministrado cierta difuminación semántica a su discurso con el fin de disfrazar sus filias bajo la máscara de la provocación, ingenua y divertida.

Como siempre, 4Chan patentó el modus operandi. El primero de los antecedentes que se me vienen a la mente ocurrió el 12 de julio del 2006, en la página del juego infantil Habbo Hotel. Probablemente llegaste a participar en la plataforma: te permitía formar parte de salas de chat dentro de un hotel, simulando la experiencia social genuina. El raid de los miembros del tablón /b/ de 4Chan consistió, llanamente, en ingresar todos al mismo tiempo con la intención de bloquear el acceso a la piscina. Aquí va lo memorable: los avatares, de piel negra y con afros, estaban parados en formación de esvástica. Advertían al resto de los usuarios que la piscina estaba cerrada debido a la presencia de mantarrayas infectadas por VIH.

Nótese el binomio: una comicidad absurda usada para camuflar iconografía (y, desde luego, también discurso) explícita. Sin duda, se podría argumentar la perfecta inocuidad de los raids como un simple medio de troleo políticamente incorrecto… de no ser por su fijación inamovible. En agosto del 2012, la marca de refresco Mountain Dew propuso una dinámica de votación en línea para elegir el nombre de una nueva bebida. Al enterarse, un usuario de 4Chan llamó al resto a votar por una serie de nombres ofensivos. El primer lugar se exhibía en la punta del listado, como un sol: Hitler did nothing wrong. No contentos con bautizar a un refresco de manzana a partir de la supuesta inocencia absoluta de Hitler, una flota del equipo se encargó de hackear la página de la votación para agregarle una nueva cabecera: Mtn Dew agradece al Mossad israelí por demoler tres torres durante el 9/11!

El antisemitismo virtual contemporáneo, primero usado como broma y después ensalzado como la reivindicación de una advertencia, ha permanecido empotrado con honores en el círculo de las fobias del fascismo. Hubo un tiempo en el que abundaban los chistes que buscaban banalizar al holocausto en pro del humor negro: desde los jabones hechos de Ana Frank hasta la sabida diferencia entre un judío y una pizza.

Sin embargo, el tablón /pol/ permitió que en la última década cuajara con la firmeza necesaria el resurgimiento de discursos viejos, retocados con nuevas conspiraciones. La propaganda en turno dicta que el holocausto no pasó, y si pasó, no pasó como se dice que pasó. Camuflados, mensajes como el anterior llegan diariamente a millones de adolescentes despistados a través de memes.

Hace no mucho me topé con la imagen de un doge hablando a la pantalla, con un gorrito de panadero encima: ¿De verdad me está pidiendo 6 millones de panes? No lo sé, señor Adolfo, nuestros hornos no tienen esa capacidad.

 

 

IV

 

El criptofascista, consciente de su condición como proscrito mediático, aprendió que el odio es tan maleable como el humor; por ello diluye a ambos en el mismo recipiente. La estrategia ha funcionado: en nuestro país, de vez en cuando, aparecen páginas de memes tercerposicionistas que sobreviven a la censura gracias a su manejo discreto de las palabras y las imágenes.

Gradualmente, se han ido desplazando las mofas por manifiestos de nostalgia reaccionaria. Páginas como la que conocí por accidente durante mi episodio de insomnio son más que comunes en ciertos nichos de varias redes sociales. A los administradores no les importa delimitar estrictamente las ideologías con las que compaginan: les basta con anhelar pasados más dignos, tradiciones inexistentes, cualidades perdidas. Bajo las cenizas de una estirpe buscan más madera para incendiar al presente.

La radicalización es una apuesta de velocidad. Como si estuvieran hermanados por un pacto oculto, los fascistas, anarcocapitalistas, nazbols, primitivistas y militantes virtuales de otros grupos se han inclinado por la heterogeneidad y el caos en su propaganda: de momento sólo buscan despertar, con la mayor discreción posible, alguna chispa de rebeldía o hartazgo en el poblador promedio. Para ellos, rechazar a la modernidad significa fundar un presente nuevo, tramado sobre un pasado falso.

Y para que ocurra, hace falta quemarlo todo.

Créeme: tenemos mucho que hablar al respecto.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Estudia Ingeniería en Sistemas Biológicos en la Universidad de Guadalajara y trabaja como asesor académico en la Dirección de Ciencias Exactas y Habilidades Mentales de la Secretaría de Educación Jalisco. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento) y “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo). Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Secretaría de Cultura