Tierra Adentro
Portada del libro "Las visiones", de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Portada del libro "Las visiones", de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Iniciar el camino es solo el pretexto para alejarse de uno mismo. El que se va intenta reiniciar en otro lado; olvida que se puede quedar atrás un pueblo o la familia: se lleva a sí mismo. Esa es la premisa de cualquier Road Trip, término que siempre relacionamos con autos y carreteras, aunque no siempre es así. Esta obra de teatro es la prueba fehaciente que no siempre es así.

Ubicada en la época revolucionaria, un atribulado Ramón Llanes, en compañía de su Sancho, Atanasio Robles, deciden emprender una empresa similar a la que Ambrose Bierce tomó a su debido tiempo, buscar a Pancho Villa. Ramón deja a tras no solamente una vida común por seguir un sueño que ni si quiera se antoja como épico, sino que deja atrás a su mujer, el amor de su vida, Margarita Macías.

El escritor norteamericano fue al encuentro de la aventura luego de haber visto la muerte frente a frente en el campo de batalla. La búsqueda del mítico revolucionario era más bien una muerte heroica, un viaje del que no esperaba volver. Y del cual no volvió.

Pero el viaje de Ramón Llanes, con toda la precariedad y sin sentido de un hombre al cual le obsesiona una idea, parece ser más la de un hombre que en busca de su padre mítico, que al de un guerrero buscando gloria. Al inicio, su mujer, le advierte el resultado de su épica. “Y luego él se queda callado y me pregunta: dónde se quedó mi fusil. Es el que tiene el cañón desviado, le digo. Sí, me dice, ese mismo”.

Un futuro soldado con un fusil que no da en el blanco. Lo cual lo llena de una poesía muy de la fatalidad. Y es que este texto teatral no esconde su fascinación por Rulfo, haciendo que sus personajes tengan ese juego enunciativo del cual el maestro de Apulco exprimía poesía.

Es también de Rulfo que la obra de Hernández tenga este sabor a fantasmas, a voces que parecen salir de aquí y de allá, que recuerdan cosas que no han pasado o que ya pasaron. Que en el texto parecen no funcionar, pero que seguramente en la puesta en escena lo harán de buena manera.

Es esta reflexión en la que debemos detenernos para advertirle al lector de dramaturgia, ese que no tuvo estudios teatrales, pero que gusta de leer estas piezas, que los textos necesariamente serán interpretados por un actor o actriz, y que serán enriquecidos por la puesta en escena.

Así, nos encontramos los que disfrutamos de leer dramaturgia o guiones de cine, que estamos frente al embrión de algo que acabará creciendo y tomando muchas vidas. Como esos huevos sorpresa que al ser sumergidos en agua acabarás entregándonos animales enormes.

José Emilio Hernández Martín se aleja de los temas de moda, lo cual siempre refresca, para entregarnos una obra en la que los terrenos polvorosos, con poca esperanza, son recorridos por un par de inocentes viajantes. Villa se convierte en el Mago de Oz, esa meta inalcanzable, ese señor Mictantecutli que los espera al final del viaje para por fin descansar luego de pasar por decenas de pruebas.

Pese a esa aridez, tiene diálogos salpicados de humor, esos que surgen de la inocencia. Por ejemplo, este monólogo: “Pensamos que son fantasmas o visiones que el demonio quiere que veamos. Pero yo les digo, deténganse apariciones y luego les pregunto qué son y de dónde vienen y qué quieren.

Lo digo alto y frondoso en el pecho: deténganse apariciones y qué son o qué quieren y de dónde son y a dónde van/a lo que yo respondo mirando a Atanasio que se hallaba triste y de muy pocas palabras, muy buenas señor mío, no somos aparecidos a menos de que esto sea el cielo y que en el entendido de que así sea no hemos pasado nosotros por ningún San Pedro o por ninguna puerta dorada ni hemos escuchado las voces melodiosas de los ángeles. Somos revolucionarios”.

Y es cierto Atanacio y Ramón son ya revolucionarios sin pegar un solo tiro, solo porque decidieron subirse a una destartalada carreta y decidieron buscar un sueño, su sueño.

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