Tierra Adentro

"Into the Jaws of Death" foto por Robert F. Sargent del desembarco en Omaha Beach, Wikimedia Commons

El 6 de junio de 1944, a las dos de la mañana, a bordo de un bombardero americano, Robert Capa jugaba póker. Faltaban pocas horas para el momento más decisivo de la historia del siglo XX: el desembarco americano en las playas de Normandía. Capa era un hombre único que, con apenas treinta años, tenía más experiencia en la guerra que aquellos jovencitos recién salidos de la academia que lo acompañaron ese día, en compactas lanchas, para atacar la playa mejor custodiada de Francia. Armada por el mismísimo general predilecto de Hitler, el “Zorro del desierto” Rommel, Omaha Beach, como la llamaron los americanos, era una fortaleza impenetrable. 

Todo salió mal ese día, pero la masacre de jóvenes americanos abrió el primer frente verdadero para la derrota de Hitler. 

A Capa le ofrecieron una alternativa sencilla: podía entrar con los primeros contingentes de batalla o esperar a desembarcar con los oficiales. La primera opción era una locura y ninguna de las personas presentes en aquellos contingentes había podido elegir si estar ahí o no. Pero la segunda opción no estaba en el manual de Capa. Este famoso fotógrafo y aventurero alguna vez dijo: “si tus fotos son malas, es porque no te has acercado lo suficiente”.

Cerca de las seis de la mañana, las balas de las metralletas alemanas empezaron a chiflar sobre las embarcaciones americanas. Capa se agazapaba en un fondo de barca lleno de vomito amarillento y agua de mar. Cuando, de pronto, se abrió la compuerta y esos chicos desprevenidos de mirada impávida bajaron del barco a un mar helado, Capa tenía lista una cámara y tomó las primeras fotografías del día fatídico que marcó la victoria de los aliados en contra del fascismo. Como siempre quiso, Capa estaba del lado correcto de la historia, pero nunca había estado tan aterrado.

"Into the Jaws of Death" foto por Robert F. Sargent del desembarco en Omaha Beach

“Into the Jaws of Death” foto por Robert F. Sargent del desembarco en Omaha Beach

 

En medio de un mar ensangrentado, Capa fue de los pocos afortunados que sobrevivieron ese día. El fotógrafo desembarcó en medio de Easy Red, una de las porciones más mortíferas de Omaha Beach. La mitad de los hombres que llegaron ahí ese día murieron. Entre más de 175 mil soldados, sobrevivió un civil, el único fotoperiodista en cubrir de primera mano el desembarco de Normandía, el hombre que le dio nuevo sentido a la verdad fotográfica, el suave y nonchalant conquistador de vedettes: Robert Capa.

Las 10 fotografías que logró rescatar ese día fueron publicadas en 7 páginas, el 19 de junio de 1944, en la revista Life. Hasta el día de hoy se les conoce como “Las once magníficas” (aunque no fueran once) y son un estandarte internacional para la valentía en el ejercicio del periodismo. ¿Quién en su sano juicio iría al frente de batalla más sanguinario para tomar unas cuantas fotos borrosas? ¿Quién se atrevería a descender, por elección propia, a ese infierno? ¿Qué clase de deber y disciplina debe tener un periodista para aventurarse así a las fauces de la guerra?

Solo Capa podía ser tan temerario y solo Capa podía sacar imágenes desesperadas de tal intensidad. Esas fotos borrosas y lejanas, esas fotos que sólo capturan la expresión desesperada de un soldado, esas fotos que parecen tan poco, son las únicas fotografías que hay de la batalla en Omaha Beach. Gracias a Capa, dos semanas después del asalto, el público norteamericano y los civiles de todo el mundo, podían dimensionar, más allá de la imaginación, el alcance real de una guerra que, superando cualquier ideología, decidiría el destino del planeta. Gracias a Capa, la guerra dejó de ser palabras pintadas para la excitada imaginación de quien nunca la había visto; gracias a Capa, la guerra llegó, con todos sus horrores, a todos los hogares. Por eso, Capa fue el visionario aventurero que creó la guerra como la conocemos, en imágenes y medios, detestando cada parcela del horror humano que se dedicó a retratar. Por eso, en este escrito, queremos celebrar la historia del hombre que creó la guerra con sus imágenes; una historia de amor desesperado, de violencia y de fama. 

 

El judío errante

Robert Capa no siempre fue Robert Capa. Mucho antes de que existiera ese nombre que recuerda el de una estrella de cine o un súper agente secreto, existió el pequeño André Friedman. Desde que nació, ese niño judío de extracción humilde estaba destinado a la grandeza. O, al menos, eso creía su apasionada madre al ver el extraño sexto dedo que tenía en una mano. 

André Friedmann nació el 22 de octubre de 1911 en Budapest Hungría y creció en la parte más popular de la que fuera, en algún momento de gloria, una de las capitales más lujosas de Europa. En el barrio de Pest, entre miles de familias judías, la madre de André batallaba diariamente por sobrevivir. Acostumbrada a los sufrimientos de una Hungría todavía feudal,  trabajó incansablemente toda su vida para que sus hijos tuvieran una mejor vida que la suya; en especial el pequeño André, su consentido.

Hábil costurera, gustaba de confeccionarle elaborados trajes. Más allá de mimarlo y consentirlo más que a cualquiera de sus otros hijos, a Julia le gustaba verlo en holanes elegantes. Era, tal vez, un sueño premonitorio. André desde niño, a pesar de la pobreza de su familia, aprendió a ser un dandi. Su padre, por otra parte, era un hombre disperso, buen conversador, bebedor empedernido y apostador descuidado. En esta amalgama está toda la idea de Capa, el hombre que jugó póker y dados hasta el fin de sus días; el hombre que brindó hasta desmayarse con Ernest Hemingway; el hombre que hablaba siete idiomas, todos mal y todos con cierto encanto natural.

Robert Capa y John Steinbeck, 1948

Robert Capa y John Steinbeck, 1948, Wikimedia Commons

 

 

En el popular barrio de Pest, André era conocido por todos. Un niño impaciente y audaz, completamente autodidacta y apasionado que gustaba de besarse en los callejones con todas las chicas bellas que pudiera encontrar.  Un niño que creció para ver cómo una rica y resplandeciente ciudad se hundía, catástrofe tras catástrofe, en la miseria. 

La primera mitad del siglo XX fue, para Hungría, el paso de una tragedia a otra. Entre 1914 y 1918, peleó la Gran Guerra como aliada de Alemania. Como consecuencia, fue uno de los países más penalizados por el Tratado de Trianon, firmado el 4 de junio de 1920. Gracias a esta capitulación incondicional, Hungría tuvo que ceder el 70% de su territorio y al 60% de su población. Y, de cualquier forma, los problemas de Hungría se escalonaban desde antes del fin de la Primera Guerra Mundial.

Meses antes del armisticio de 1918, las calles de Budapest se llenaron de manifestantes ondeando crisantemos. Se trataba de la idealista revolución socialista de Bela Kun. Una población harta del conservadurismo político que los había llevado a la guerra, tomaba las calles para cambiar al régimen. Y lo lograron, al menos por algunos meses. 135 días después de que Bela Kun asumiera el poder, otro golpe de estado lo derrocaría para imponer al terrible dictador fascista, el general Miklós Holty.

Tomay, Cecile, cartel de reclutamiento del ejército rojo húngaro, 1919: "¡A las armas!"

Tomay, Cecile, cartel de reclutamiento del ejército rojo húngaro, 1919: “¡A las armas!”, Wikimedia Commons

 

En medio de estos tiempos turbulentos, André Friedman se acercaba cada vez más a los círculos comunistas. Estaba harto del antisemitismo rampante de los acólitos de Holty y de la mano dura represiva de este nuevo fascismo militarizado. Pero, también, le atraía el peligro de la rebeldía ante el opresor. Así lo explicó su íntima amiga, Eva Besnyö:

“André se volvió un hombre activo políticamente por diversas razones. Lo discriminaban por judío, claro, pero también amaba el peligro.” 

Su temeridad, sin embargo, lo llevó a los calabozos del régimen. La policía militar del despiadado Peter Heim lo arrestó y lo torturó durante días. Dice la leyenda que cuando lo golpeaban salvajemente, André reía a carcajadas. Por un milagro inexplicable, después de cierto tiempo, los hombres de Holty lo liberaron. Y André decidió escapar. 

Aprovechando que su querida amiga Eva Besnyö partía a estudiar fotografía en la meca de la fotografía experimental, Berlín, André solicitó ayuda a la comunidad judía y siguió sus pasos. En Berlín, cuando la crisis de los años treinta alcanzó a su familia, André conoció las primeras penurias, el hambre, la miseria, y los estragos que hace el alcohol en una panza vacía. Pero también ahí, por necesidad y natural hiperactividad, André se dio cuenta que su llamado no estaba en el aula de clases aprendiendo teoría política, sino en algo mucho más inmediato, mucho más táctil, ágil y dinámico: el mundo de la fotografía. En palabras del propio Capa:

“Cuando estaba estudiando, los medios de mis padres se agotaron y decidí convertirme en fotógrafo, que era lo más cercano a un periodista que alguien sin lengua podía aspirar a ser.”

André no tenía lengua porque toda su vida se desplazó. Desde que los fascistas le quitaron su hogar en el populoso barrio de Pest, la vida de André fue la de un vagabundo del mundo. Y su amiga Eva Besnyö lo introdujo a una fascinante profesión de vagabundos al conseguirle un trabajo temporal como asistente de cuarto oscuro. Así, en medio de un Berlín desgarrado entre comunistas y fascistas, André había encontrado su verdadera vocación.

Bundesarchiv, Bild, foto tomada en marzo de 1930.

Bundesarchiv, Bild, foto tomada en marzo de 1930, Wikimedia Commons

 

Sin embargo, los días de Berlín libre estaban contados. Nuevamente, el judío errante tendría que partir, perseguido por la sombra del fascismo que se cernía sobre Europa. Cada vez se veían más jóvenes vestidos de caqui, juventudes nacionalsocialistas que amenazaban con golpear o matar a cualquiera por cualquier motivo. Europa era un lugar cada vez más peligroso para los judíos. Y André se exilió en el único lugar que parecía todavía seguro: la majestuosa ciudad de la libertad y el amor, París.  

En París, la vida bohemia de los artistas le venía bien a Capa. A pesar del hambre y las precariedades, este húngaro, judío errante, encontró un lugar que le fascinaba. París era la urbe perfecta para un seductor de su tipo; un lugar de encuentro en donde entabló una amistad con los otros dos cofundadores de lo que sería, en un futuro, la prestigiosa agencia Magnum de fotografía: Henri Cartier-Bresson y David “Chim” Seymour.

El conocimiento técnico de Capa era burdo, pero sus fotografías tenían acción siempre y siempre transmitían lo indecible. Los primeros retratos que le fueron publicados en una revista de prestigio, fueron los que hizo en el último discurso en Europa de León Trotsky. Eran fotografías tomadas desde la primera fila, fotografías únicas que, también, dejaban ver un más allá del personaje. Porque Capa logró representar la constante angustia de un líder en el exilio, su melancolía y la sombra omnipresente de Stalin.

También en París, en pleno Montparnasse, André conoció al único gran amor de su vida. Fue ahí en donde vio, por primera vez, a Gerda Pohorylles, una joven fotógrafa, altiva e independiente. Desde la primera vez que la vio, con su vestimenta masculina y pelo corto -rojo como sangre sobre la nieve-, Capa sabía que había encontrado a alguien único. En repetidas ocasiones le pidió matrimonio, pero Gerda se negaba: siempre fue una mujer libre que prefería el poliamor al matrimonio; Gerda vivía en otro idealismo y en otro tiempo. 

Esta amante fugaz y mujer deslumbrante creó a un personaje eterno. Para poder vender las fotografías que ella y André hacían por un mayor precio, juntos decidieron crear a un personaje. Un dandi americano rico que, por el puro placer de la aventura, se había aficionado al fotoperiodismo. Este hombre elegante, envuelto en un misterioso velo de cigarrillos y champaña, se llamaba Robert Capa. 

John Hersey, el famoso escritor y periodista, describió esta relación con singular tino: “Capa amaba a Gerda y Gerda amaba a André, André amaba a Capa y Capa amaba a Capa.”

Gerda Taro, autor anónimo

Gerda Taro, autor anónimo

 

Así, las primeras fotografías de Robert Capa eran indistintamente las fotografías de Gerda, de André y, a veces, del querido amigo de ambos, Chim Seymour. El nombre colectivo del debonaire americano surtió efecto: de pronto, los tres amigos empezaron a ganar buen dinero. Entonces, llegaron los encargos de revistas más importantes, mayores responsabilidades y el nuevo exilio voluntario al reino de otra guerra, la guerra más apasionante y terrible: la descorazonadora Guerra Civil Española. 

 

¿Necesita inventarse la guerra?

La Guerra Civil Española fue la gran guerra antes de la gran guerra. En el pequeño territorio español, se dieron cita todos los sueños bélicos de los fascistas y la contraofensiva de todos aquellos que querían defender la democracia y los valores republicanos. De pronto, España fue el lugar del idealismo de los comunistas, de los socialistas, de los demócratas frente a la creciente sombra de la ultraderecha. También fue el campo de juego de grandes potencias internacionales: los falangista insurgentes encontraron el apoyo de los aviones de Hitler y Mussolini, mientras que los lealistas de izquierda recibían el apoyo de Stalin. 

En España, Capa encontró todos sus sueños de anarquismo realizados. Por fin podría luchar, armado de una cámara, contra el fascismo que lo había perseguido toda su vida. Era un sueño hecho realidad para él y tantos otros. John Steinbeck, George Orwell, Silvestre Revueltas, Ernest Hemingway, John Dos Passos y muchos artistas más se dieron cita en España para luchar en contra del “mal absoluto”. Tanto André como Gerda estaban convencidos de su misión. Así lo contó Hemingway:

“La Guerra Civil Española fue el periodo más feliz de nuestras vidas. Éramos verdaderamente felices entonces porque, cuando alguien moría, parecía que su muerte era algo justificado e importante. Los que morían, morían por algo en lo que creían y eso tenía que suceder.”

Cartel de autoría desconocida, publicado en 1938 bajo la sigla H. Pertenece a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España)

Cartel de autoría desconocida, publicado en 1938 bajo la sigla H. Pertenece a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España), Wikimedia Commons

 

Ahora, Gerda estaba harta de seguir los pasos de un hombre ficticio. Era el momento de una unión y de una separación: André tomó el nombre de Robert Capa y Gerda tomó el apellido Taro. Ahora, cada uno era un fotoperiodista con una firma importante. Ambos tenían perspectivas únicas, cada uno era especial a su manera. Y los dos estaban juntos en la lucha. 

El 5 de agosto de 1936, después de un accidente aéreo del que salieron milagrosamente vivos, Gerda y Capa llegaron a Barcelona. Ahí encontraron la plena efervescencia política de la lucha contra los generales insurgentes; ahí, la pareja vio partir los trenes con jóvenes idealistas hacia el frente de Aragón. En grandes letras, al lado del tren, una pancarta rezaba: “JURAD SOBRE ESTAS LETRAS HERMANOS ANTES MORIR QUE CONSENTIR TIRANO”.

Gera y Capa estaban intoxicados: éste era el lugar en el que tenían que estar, ésta era la lucha para la que tanto tiempo se prepararon. Finalmente, la pareja llegó, en septiembre, al frente de batalla en Córdoba. Y, ahí, en Cerro Muriano, Capa tomó la foto que, para bien o para mal, lo inmortalizaría. 

“Muerte de un miliciano” es, sin duda alguna, la fotografía más conocida de la Guerra Civil Española. En ella, vemos a un soldado, vestido de blanco impecable, con una cartuchera en el cinturón caer para atrás en el momento en que una bala lo alcanza en la sien. Esta foto no nada más es una de las fotografías de guerra más reconocidas de la historia, sino que es, también, una de las más polémicas fotografías jamás tomadas. 

Estos eran los años salvajes de la fotografía y del fotoperiodismo, un momento único en el cual se creía en la transparente verdad de lo que se fotografiaba. El objeto retratado era el rey de la composición. Recordemos que, aquí, estamos a más de sesenta años de distancia de las concepciones teóricas de Joan Fontcuberta sobre la ficción de cualquier fotografía:

“Contrariamente a lo que la historia nos ha inculcado, la fotografía pertenece al ámbito de la ficción mucho más que al de las evidencias. Fictio es el participio de Fingere que significa “inventar”. La fotografía es pura invención. Toda la fotografía. Sin excepciones.” 

 

En ese momento lejano de verdad y transparencia, la fotografía del miliciano cayendo se convirtió en el centro de disputa teórico sobre ética, periodismo, verdad y fotografía. Porque, desde los años setenta, distintos historiadores comenzaron a hablar de un supuesto montaje por parte de Capa. La suposición no era increíble: Capa era capaz de eso y mucho más para tratar de demostrar el valor de la lucha republicana frente al fascismo. Pero la discusión abrió una duda sobre la intachable reputación de uno de los periodistas más reputados de la historia. ¿Acaso este bastión de la fotografía moderna era capaz de fingir su foto más famosa?

La pregunta, tal vez, nunca será respondida. Y, sin embargo, una respuesta no es lo que más puede interesarnos. Porque, haya inventado o no la fotografía, esta imagen fue un antes y un después para los fotógrafos de todo el mundo. Y Capa mismo lo dijo: 

“No se necesitan trucos para tomar fotografías en España. No necesitas que alguien pose para tu cámara. Las imágenes ya están ahí y solo tienes que tomarlas. La verdad es la mejor imagen… y la mejor propaganda.”

 

Los infelices accidentes

En España, en medio de la lucha contra el fascismo, Capa ganó la reputación que lo perseguirá toda su vida: la de un fotógrafo arriesgado, siempre al borde del peligro, siempre interesado en su lucha, nunca objetivo, siempre comprometido, elegante, encantador, romántico. En España, se podría decir que Capa inventó por primera vez la guerra con una imagen desgarradora. Fue la primera vez que Life lo publicó y fue con una imagen que impactó, por su crudeza, al público de todo el mundo. Olviden las fotografías hermosas, las portadas de estudio, los planos cuidados, las composiciones simétricas. Mientras Brassai tomaba sus fotos borrosas y brumosas de París de Noche, Capa retrató la acción misma de luchar y de morir. 

Con esta foto, la muerte del soldado anónimo tenía sentido, porque todos los que la vemos nos volvemos testigos de su sacrificio. Con esta foto de acción, movimiento y sacrificio, Capa inventó la guerra. De la misma forma, en España, la guerra inventó a Capa. André dejó de existir y nació una leyenda. 

 

Fue en España, también, donde finalmente el corazón de Capa se desgarraría. Mucho tiempo después de la trágica muerte de Gerda, Capa seguía arrepintiéndose por haberla dejado sola. Él pensaba que mientras estuviera a su lado, nada le pasaría. Pero la dejó sola unas semanas en España… y la tragedia ocurrió. 

La fotógrafa quería, con cada vez más temeridad, acercarse al frente de batalla. Después de sobrevivir un brutal ataque insurgente, Greda y su amigo Ted Allan intentaron subirse a uno de tantos coches militares entre Brunete y el pueblo de Villanueva, al oeste de Madrid. Greda abordó un camión y, desde arriba, le gritó a Allan: “¡Hoy tendremos una fiesta de despedida en Madrid! ¡Compré champaña!”. Pero ocurrió algo que nadie, entre tantos peligros, hubiera pensado: un tanque fuera de control arrolló el autobús en el que estaba parada Greda. La fotógrafa quedó prensada entre los dos vehículos, aullando de dolor. 

Las heridas abdominales que sufrió fueron terribles y varios paramédicos tuvieron que luchar para retener las tripas que se escapaban de su abdomen. Lograron llevarla a un hospital sin antibióticos ni medicinas en el que solo atinaron a darle un poco de morfina. Dicen que murió pacíficamente, preguntando siempre por sus preciadas cámaras. Tenía apenas 26 años. 

Greda fue enterrada con todos los honores de un ícono comunista en un enorme desfile en París. Una procesión inagotable de simpatizantes de izquierda siguieron su ataúd hasta el Père Lachaise. Y Capa estaba destruído. Todos, incluyendo él mismo, lo culpaban por la muerte de la talentosísima fotógrafa. Nunca había amado a alguien como amó a Gerda. Gerda fue, finalmente, la mujer que lo creó. A partir de ahí, la guerra y el dolor forjaron al Capa más cínico, más aventurero, más radical. El Capa que todavía recorrería otras tres guerras en Europa, África y Asia. Ningún hombre roto, como Capa, vivió más conflictos de tan cerca. Y su cámara los recreó todos para que nunca olvidemos los horrores del hombre devorando al hombre. 

 

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Capa encontró su fin caminando por una carretera en Vietnam, entonces Indochina. Como Greda, todavía bañado en sangre, con el pecho abierto y la pierna despedazada, Capa buscó, hasta el último momento, su cámara. Un coronel francés, frío y aburrido, simplemente le dijo a sus acompañantes: Le photographe est mort (El fotógrafo está muerto). Nadie podía creerlo: con apenas cuarenta años, en 1954, sólo, en un camino desierto de Vietnam, la suerte de Capa se había agotado. 

 

Autor anónimo, legionario francés en la guerra indochina, 1954, Wikimedia Commons

Autor anónimo, legionario francés en la guerra indochina, 1954, Wikimedia Commons

Después de sobrevivir a cinco guerras, al sangriento desembarco de Normandía, a un corazón roto, demasiadas apuestas y un alcoholismo funcional, el más valiente fotoperiodista de la historia sucumbía por su propia temeridad. El legado de Capa es el legado de la historia más violenta; el legado del terrible siglo XX; el siglo que vio la industrialización de la muerte y el mundo desgarrado entre dos potencias. 

Días antes de morir, en una conversación al calor del coñac, alguien escuchó decir a Capa: “Ésta es tal vez la última gran guerra…” A eso, el poeta Owen Sheers simplemente respondió: 

“¿Y Robert Capa, cómo lo iba a saber?”

 

Lápida en honor a Robert Capa en Normandía, Francia, su tumba está en Yorktown, Nueva York, Estados Unidos. Flickr

Lápida en honor a Robert Capa en Normandía, Francia, su tumba está en Yorktown, Nueva York, Estados Unidos. Flickr

Bibliografía

Todas las citas directas de Capa y sus allegados, además de las anécdotas y los datos históricos fueron tomados de la excelsa biografía de Alex Kershaw:

KERSHAW, Alex. 2002. Blood and Champagne. The Life and Times of Robert Capa. London: Macmillan. 

La cita de Fontcuberta fue tomada de su seminal ensayo: 

FONTCUBERTA, Joan. 1997. El beso de Judas. fotografía y verdad. Barcelona: Gustavo Gili.

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