Tierra Adentro

Ilustración: Daniel Salud

 

A través del encuentro con dos hermanas durante una noche confusa, el narrador de este texto profundiza en los vericuetos del turismo, el postporno y lo que significa la identidad sexual.

 

… dijo Dimitri. La primera tiene que ver con las necesidades del cuerpo: beber agua, alimentarse, respirar. La segunda es la seguridad: tener un lugar donde dormir, creer que nada malo te va a pasar. Y la tercera es obvia, dijo y se quedó callado. Contempló la noche: el sonido del agua, el viento. Me pidió el porro con la mano. Se lo extendí. Exhaló tres serpientes de humo. Nunca vi el puerto de Barcelona tan desolado (y con dragones). Entonces, ¿cuál es la tercera? Follar. Todo lo demás tiene que ver con follar, obtener placer, ejercer la fecundidad. Pero no hay que confundirnos. No hay que confundirnos con Freud ni con nadie. Freud estaba equivocado. Freud era un maniaco. Para Freud todos somos maniacos, igual que él.

Nos metimos a un bar. Pedimos dos tragos. Por momentos me quedaba viendo fijamente a Dimitri. Podía verme en él. No sabía la razón exacta. Quizá era porque los dos somos científicos o porque tenemos un corte de cabello parecido. Quizá era por la soledad en la que nos encontrábamos en esas calles. O quizá no. Quizá el tiempo simplemente fluía sin el peso que eso conlleva y eso nos gustaba. Todo sucedía fluorescente, en neón. Solamente había lapsos blancos cuando otras personas pasaban muy cerca de nosotros. Y era en esos momentos cuando Dimitri recordaba su otra tesis: todos los gustos son sexuales, pues todas las personas que crees impresionantes por algo, las que te impactan, a las que les prestas atención o a las que buscas, todas, en algún sentido, te agradan por algo sexual. No es que sean atractivas o impresionantes de verdad. Aunque eso tampoco significa que te quieras follar a todos. Hay muchos tipos de atracción además de la de utilizar tus órganos sexuales con alguien. Lo que significa es que todas las personas son hologramas. Una proyección. Fractales. Todas son iguales. Todas, todos, la misma persona. Pero lo interesante no es eso. Lo interesante es que a partir de ahí se podría afirmar que todas son dignas de atención y por lo tanto de interpretarse en sus respectivos parámetros. Es decir, que uno podría enamorarse de todos, o que todos podrían enamorarse de ti, dijo y se volvió a quedar callado. La noche volvió a ser contemplada. Dimitri se veía fuera de sí o muy acumulado en sí. Bajó la mirada y dijo: estoy en LSD. Se rió: ahora todo tenía sentido con este joven científico ruso.

Pero poco me interesó que Dimitri estuviera bajo esas sustancias. Más bien, el hecho me provocó desolación e incluso pensé en irme. Sin embargo, antes de decir cualquier cosa, un par de chicas se nos acercaron. Una parecía como de veinte y la otra como de treinta. Claramente eran hermanas. Claramente eran hermosas. Nos preguntaron en catalán que si teníamos un cigarrillo. Ninguno de los dos entendió exactamente qué era lo que querían; claramente estaban ebrias. Luego lo dijeron en castellano y yo instintivamente les extendí dos cigarrillos. Nos dieron las gracias con un tono muy agudo y se alejaron.

Se necesitan tres cosas para vivir 1

La piedra había sido removida.

Al poco rato regresaron. Sin decir nada se sentaron en nuestra mesa. Nos hablaron en inglés, pues ese era el idioma en el que Dimitri y yo nos hablábamos. Las dos claramente eran hermosas, pero había algo en su mirada que me hacía sentir que no estaba ante dos mujeres hermosas, sino ante dos hombres hermosos. Las dos eran actrices. Lo suyo era actuar en teatros experimentales. ¿Teatros porno? No, teatros postporno, decían. ¿Por qué post? Porque no buscamos darle placer al espectador. Vamos más allá de eso, y se reían, sonreían, y Dimitri y yo nos mirábamos con complicidad.

La suerte estaba echada.

Durante un rato seguimos hablando de cosas al azar hasta que regresamos a lo mismo: se necesitan tres cosas para vivir, dijo Dimitri. Y luego de su breve explicación la más joven dijo: se necesitan tres cosas para vivir, una de ellas es el acto de follar, por lo tanto, el porno es necesario para vivir. Dimitri y yo nos reímos. El postporno, querrás decir, dijo la otra. Bueno, sí, claro que me refiero al postporno, hostia. Y luego la mayor: oigan, pero si queréis podemos enseñarles algunas de nuestras representaciones. Nuestro piso no está lejos de aquí. Vale. Perfecto. Tiramos tres billetes de diez euros y caminamos

a través de la noche

que era una noche triste

Cuando entramos en su departamento, Dimitri me dijo en señas que ya tenía la verga parada. Me reí. No sabía si realmente le había entendido. Presencié el espacio. Sentí confusión de dónde posar mi cuerpo. Me senté en un largo diván rojo. Extendí mis piernas. Peiné mi cabello. Miré las paredes. Todo estaba lleno de objetos raros e interesantes. Objetos escatológicos, quiero decir. Pitos y vaginas por todas partes. Las chicas se cambiaron rápidamente. Se pusieron cómodas. La mayor trajo su ordenador. Durante un rato estuvieron buscando videos en una carpeta llamada Semen negro. No encontraban el que querían. Estaban muy ebrias. Todos estábamos muy ebrios. Luego la mayor dijo: les cambiaremos la vida, uf, puta madre, se las cambiaremos tanto. Dimitri susurraba cosas en ruso para sí mismo. Yo no entendía nada. La menor parecía estar mareada. Creo que Dimitri se decía a sí mismo que todo estaba mal. Creo que yo también sentía que algo estaba mal, pero no sabía qué y me importaba muy poco, muy poco. Dimitri me dijo algo al oído. Ellas vestían largas blusas blancas. Adoquines. Venablos de seducción. Instinto secular. Inicio o fin del mundo. Sus piernas eran idénticas. Piernas tonificadas, como de bailarina. Se decidieron por un video. Era una grabación en un teatro negro. Era una obra porno, o postporno. Al poco tiempo Dimitri ya se había metido a un pequeño cuarto con la de treinta años, o con la que parecía de treinta años. El cuarto era un armario. La que aparentaba ser menor se quedó a mi lado. En la pantalla veíamos un sesentainueve, o un postsesentainueve, su cabeza estaba recargada sobre mi hombro y nadie decía nada. Se le notaban los pezones a través de la blusa. Sentí la necesidad de decir algo, lo que fuera. Pregunté quién era la hermana mayor. Se acercó a mí, dijo yo y comenzó a besarme.

El recuerdo se bifurca: la tercera necesidad de la vida comenzaba a manifestarse. Sin embargo, algo me hacía pensar en Dimitri. Aquellos murmullos extraños en ruso. Sus peroratas de que sólo necesitamos tres cosas para vivir. No saber en dónde realmente me encontraba. No saber con quién verdaderamente me encontraba. No saber quién es la verdadera hermana mayor. ¿Qué podría significar todo esto? ¿Qué podía significar toda esta noche y cómo debía terminar? Luego recordé que apenas conocía a Dimitri de hacía unas cuantas horas. ¿Qué me importaba él en realidad? De repente nos vimos fumando en soledad en el puerto, hablamos y nos llevamos bien. Nos parecíamos tanto. Quizás Dimitri sólo estaba drogadísimo. Quizás sólo estábamos jugando. ¿Quién era la hermana mayor? No entendí lo que Dimitri me dijo al oído. Era algo acerca de que estábamos jugando a algo que en ningún momento habíamos aceptado jugar. ¿O no? Luego de unos minutos ella se quedó dormida con mi cara entre sus piernas. Dimitri salió del baño y me habló en ruso. Me le quedé viendo perplejo. Me puse de pie, tomé mi mochila y un grito se escuchó desde la calle: ¡Yo hago lo que quiera con mi vagina! Nos asomamos por la ventana; la voz sonaba idéntica al tono de las dos hermanas. ¿Había una tercera? ¿Había una tercera herma¬na? Salimos del departamento. En las escaleras nos encontramos a la chica que gritó. Estaba llorando. Nos seguimos de largo sin voltearla a ver. Salimos del edificio y nos detuvimos un momento. Dimitri se me quedó viendo. Le dije: Dimitri, ¿quién era la hermana mayor y qué fue lo que me dijiste acerca de ella? Yo sé exactamente lo mismo que tú sabes, me respondió. Comenzamos a caminar y sin decirnos nada seguimos el paso hasta la estación de autobuses del norte. Dimitri tomó uno con dirección a Madrid y yo otro con dirección a Francia. Jamás nos volveríamos a ver. Nos burlamos mucho de ese hecho y nos besamos antes de despedirnos.

Se necesitan tres cosas para vivir 2

En la carretera me puse a pensar en las tres cosas que se necesitan para vivir. Comencé a escribir en mi libreta todo lo que acababa de suceder. Me pongo a pensar en lo que estoy escribiendo —esto que lees— y me doy cuenta de que Dimitri tiene toda la razón: más de la mitad de todo esto trata acerca de las hermanas. Las hermanas le dieron el giro adecuado a este relato, aparentemente; quizá si las hermanas nunca hubieran aparecido, el relato estaría destruido y no ante tus ojos. O quizá no estaría destruido, pues se hubiera bifurcado hacia otro lado, hacia cómo me llamo, hacia cómo es mi cabello o la ropa que llevo puesta, o hacia las líneas negras y la brillantina dorada bajo mis ojos. Quizá lo hubieras empezado a leer, pero luego de los primeros párrafos lo hubieras abandonado para siempre, sin dudarlo. ¿Cómo saberlo? No importa. Nada de lo que hubiera pasado importa. No obstante, incidir en palabras lo que acabo de vivir, pensar todo esto, escribir todo esto, me está provocando una desolación mayor a la que presencié en el puerto de Barcelona mientras viajaba errante, mientras viajaba totalmente en soledad con el pensamiento viciado circulando alrededor de amo-res perdidos e imposibles de recuperar, o mientras pensaba en la sensibilidad para presenciar la noche, o mientras pensaba en los amores que no conoceré, o mientras pensaba en ti, en nuestro encuentro —este momento en que yo escribo y tú lees— y en que nunca nos veremos el rostro, o mientras pensaba en la idea reciclada y acartonada del sentido de la vida, o mientras me cuestionaba si en serio las necesidades para vivir son necesidades para vivir, o escribir. Presencio la noche y es una noche fría. La carretera se bifurca. Nos adentramos en la luz solar. Tomo mi celular y me veo en la pantalla. Mi cabello, acomodado de esta manera, me hace parecer al fin una chica hermosa y no un chico hermoso. Me pregunto si alguno de nosotros supo realmente lo que pasó esta noche. Decido cambiarme el nombre a Euyène. Me bajo del autobús en la Gare de Lyon-Perrache, me dirijo al hostal más cercano y pido una cama:

—Su habitación, señorita, está a la izquierda, al fondo.

–¿Al fondo?

–Sí. Al fondo.

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