Tierra Adentro

Imagen tomada de pixabay.

No soy un analista político, un economista marxista o un especialista del medio ambiente, pero como un ser humano en el planeta con acceso a internet no me parece arriesgado conjeturar que hay un malestar global, no sólo por la pandemia de Sars-Cov 19, sino por la forma en que se llevan a cabo las políticas gubernamentales, ecológicas y económicas. Desde la caída del muro de Berlín y el fin del socialismo realmente existente en 1989 la imaginación sobre formas de vida no capitalistas se paralizó. Al eliminar la dialéctica entre el bloque comunista y bloque capitalista, éste último se volvió lo único posible en lo económico y político. Con su triunfo también permeó la forma en que se produce la imaginación sobre el futuro. La intención de este ensayo es trazar una ruta en que el capitalismo podría no existir a partir de ejemplos cinematográficos populares que finalmente perpetúan y sirven al imperio ideológico del realismo capitalista.

La primera vez que vi una imagen de la serie adaptada de The Handsmaid’s Tale de Margaret Atwood di por hecho que trataba sobre el pasado, un momento en alguna comunidad religiosa antes del capitalismo. Las vestimentas rojas, el ascetismo y el orden parecían mostrar una época que precedía al libre mercado. Quizá el siglo XVII.

Pero como quizá sabrán la novela de Atwood y la serie suceden unos ocho años después de un punto de quiebre dentro del capitalismo tardío. Fue escrita en 1985 y en la imaginación de su autora era posible en los noventas, pero si la vemos hoy fácilmente puede ser pensada para 2029.

Es un régimen religioso nombrado Los hijos de Jacob que ante una plaga de infertilidad reorganiza la sociedad asesinando al presidente, miembros del congreso, jueces y personal de la casa blanca para imponer su orden. Ahí las mujeres fértiles mediante adoctrinamientos violentos son vueltas esclavas-criadas de familias acomodadas cuyas esposas no pueden ser preñadas. Así, los altos rangos cada mes realizan la ceremonia que consiste en violar a la criada y rezarle a Dios por que haga su voluntad y traiga un niño al mundo. Ese sistema, junto con las Marthas que se dedican a las tareas domésticas y la cocina, se organizan los hogares de la hegemonía del país inventado Gilead. La vida cotidiana consiste en que las criadas vayan al mercado por lo básico para que su hogar coma cada día, las Marthas cocinan, el esposo que trabaja en política sale de casa para hacer sus asuntos y las esposas hacen visitas a sus amigas que han sido bendecidas con un hijo o simplemente rezan o pasan el día esperando la siguiente ceremonia. En ese régimen no existe la idea del ocio, las mujeres tienen prohibido leer o jugar. Su tarea es procrear. Gilead en su forma de producir y la relación con el medioambiente parece ser un futuro próspero: al eliminar el consumismo redujeron la contaminación y frenaron el calentamiento global, son el país con mayor natalidad y quienes ostentan el poder son felices sin necesidad de consumir mercancías, aunque siguen una lógica colonial de conquista. Puede ser que la tierra y las mujeres sean lo único que pueden poseer al eliminar el libre mercado. Este mundo parece vivir un lugar que no es el capitalismo, habita una especie de reino de los fines para servir a Dios que se regula sin excesos como normativa (la prostitución y el alcohol siguen existiendo para los hombres con poder).

De este relato me interesa su anacronismo y la forma en que vacía a los sujetos de deseo. Todo funciona hasta que la memoria y el cuerpo que recuerda, necesita las bondades del capitalismo liberal. Una vez que el deseo se liga al capitalismo no se puede hacer nada, ni la más ardua tortura harán olvidar al cuerpo que la felicidad es la libertad de consumo. La salida de Gilead, ese lugar que no es ni el comunismo ni el capitalismo sino un régimen represivo con eficiencia medioambiental sin consumismo, es la democracia capitalista –tal vez más laxa que EUA – representada en Canadá. ¿De verdad?

Más o menos en el mismo año 2028 pero en una línea temporal distinta, sucede la pequeña distopía years and years. Ahí sigue habiendo capitalismo, injusticias sistemáticas, libertad y el deseo reprimido de que las máquinas nos dominen en forma de una transición posthumana. No vale la pena entrar en detalles más que contextualizar que es la narración de una familia que vive nuevos paradigmas tecnológicos que mejoran la vida diaria y hace entrar a los adolescentes en nuevas crisis, pero nada más. En plena noche vieja le piden matrimonio a una de las integrantes de la familia. Ella reflexiona un poco, viendo el cielo estrellado, sobre los años que se avecinan:

  1. Cuando era niña, 2028 sonaba como el futuro. Habría mochilas cohete y monorrieles. Nos alimentaríamos con píldoras, como los astronautas. Pero aquí estamos y de astronautas no tenemos nada. Todo lo que sé es que mi internet sigue lento. Ya no existen las bananas, se extinguieron. Los niños exigen 27 tipos de televisor, cada uno más caro que el otro. Y las cuentas de gas y luz son cada vez más altas. No quiero ni pensarlo. ¿Qué demonios más nos espera? (T1, E5 10mm)

La desazón que experimenta se parece mucho a los primeros diálogos que circulaban en redes y la esfera pública respecto a la pandemia por Covid 19.

¡Nos prometieron un futuro espectacular!

Durante los años 60s se diseñó el futuro. La imaginación capitalista de Hollywood nos prometió un fin del mundo espectacular, tan lleno de imágenes increíbles, planos visuales imposibles, música estrepitosa y la promesa de que algunos seríamos salvados. Un fin del mundo que se empalma con la gloria en el imaginario patriarcal blanco. El fin del mundo como lo conocemos, es decir como una serie de lugares comunes, es una imagen fabricada por los Estados Unidos de Norte América en la carrera nuclear contra la Unión Soviética durante la guerra fría. Sólo en esa fantasía geolocalizada yace el imaginario que tenemos del futuro que ahora deberíamos estar habitando. Todo se debió de acabar en 2012. No llegó, pero luego Robocop y Volver al Futuro sucederían en 2015 y Blade Runner 2019. Ese fin del mundo en forma de un evento interestelar con fuegos artificiales, luces y criaturas de muchos mundos es un problema de diseño que no se concretó.

Esa fue la maquinaria ideológica con la que el capitalismo triunfó y actualmente en su faceta neoliberal sigue produciendo las subjetividades y el futuro que permiten hacer creer que ese es el único sistema posible. El futuro puede ser dos cosas: un continuo progreso hacia un capitalismo más equipado o la fantasía ilusoria de una vuelta primigenia a la idiotez de la vida rural: esa línea de trabajadores racialmente puros que surcan el mismo pedazo de tierra por toda la eternidad.

El fin del mundo es una herramienta ideológica y más allá de condenar este u otros futuros, habría que dar un paso atrás para ver por qué se están ofreciendo ciertos futuros y cómo funcionan en el imaginario.

Hablar del futuro es hacer siempre una promesa

¿Quieres acabar con las monarquías? Hay que decapitar el rey. Pero necesitas prometer algo para que te apoyen. En el momento en el que dices: “si matamos a ese hombre, todos podremos vivir bien porque haremos un sistema descentralizado de administración del gobierno” se inventa la potencia del futuro dentro de la narrativa capitalismo. Esa es, desde entonces, la promesa.

El inicio de la pandemia por Sars-Cov 19 en 2020 coincidió con una extraña fiebre por la serie Dark que, aunque había salido desde 2017 y 2019 resurgió junto a la crisis mundial por el futuro y la espera de la tercera y última temporada en junio de 2020 mientras todos estábamos esperando que la pandemia pasara por fin tras tres o cuatro meses. En ese momento las redes sociales desbordaban de comentarios sobre el sentido y la luz hacia el futuro que la serie de Netflix pudiera ofrecer. Todo se explicaría el 27 de junio de 2020 donde se auguraba comenzó el bucle de tiempo que mantiene el motor narrativo de la serie.  La serie terminó, quizá alguien en su individualidad tuvo una revelación, pero no se develó el sentido del futuro ni mucho menos.

Lo que me interesa no es tanto la serie sino el culto que formó por algunos meses mientras todos estábamos confinados sin saber si este era el fin de la humanidad como la conocemos. Tal vez no a un nivel racional, pero en el subconsciente colectivo existía la fe de que alguna respuesta tendría Dark sobre la situación mundial. Alguna imagen que potenciara nuestra imaginación fuera del estéril tiempo presente. Yo me confieso haciendo mapas con teorías sobre posibles salidas al bucle del tiempo como repetición.

Pasó la fiebre pandémica de Dark y la pandemia sigue y los centros de poder capitalista se potenciaron. Algo que podríamos conjeturar de esa serie es la necesidad de imaginar y diseñar el futuro, para ello debe haber una ruptura y una promesa, tal como con la decapitación del monarca, se espera algo distinto. Esa ruptura puede ser algo más que el enamoramiento intrafamiliar en un pequeño pueblo alemán.

Un mundo con lógicas no humanas, no patriarcales y cuyo orden no sea la cadena de producción bajo el capitalismo necesitaría mucho sacrificio. Dejar todo lo que conocemos. Hay señuelos en la cosmogonía hollywoodense donde un cambio o final del orden mundial era posible: Hellboy: Rise of the Blood Queen (2019), X-men, Dark, Phoenix (2019), Suicid Squad (2016), X-Man Apocalipsis (2016) y Avenger End Game (2019). Aunque de franquicias distintas, estas narraciones tienen un problema en común: el avistamiento de la otredad que amenaza con imponer un orden mundial nuevo y posiblemente no en los parámetros del humano contemporáneo –a pesar de que todas la criaturas y brujas son marcadamente antropomórficas. La amenaza es también la vuelta a un primitivismo desde la ancestralidad.

En las primeras tres películas hay una bruja; en X-Man Apocalipsis un Dios y en Avenger End Game un titán que se enfrenta a grupos y colectivos de humanos (o humanoides) con superpoderes que mantienen acuerdos con los Estados Nación para proteger el statu quo, salvar y preservar a la humanidad contemporánea.

Acabar con un mundo, cambiarlo o renovarlo en estos imaginarios es equivalente a destruir ciudades. No se profundiza en cómo sería el reinado de las brujas, pero es rápidamente condenada la idea de una nueva forma del mundo. El argumento es la defensa de los centros de consumo masivos como Nueva York. Cualquier intento de eliminar la forma de vida capitalista es satanizado en virtud de los “valores” humanos universales. En cada uno de esos ejemplos el riesgo es perder la forma de vida y la comodidad que el capital ofrece: familia, amor, bienes inmuebles, negocios, comida industrializada y la libertad de tener acceso a seguir consumiendo en centro de poder económico estable. Hellboy no comienza el apocalipsis por el amor a su padre, Phoenix por los valores familiares, Magneto por el amor a su hija y la posibilidad de redención social y los Avengers porque son la encarnación de la defensa de las élites financieras del capital global aunque éstas signifiquen un futuro ecocidio.

No alego que la solución al capitalismo sea el reinado de las bestias míticas o los súper hombres resentidos, pero negar cualquier alternativa por conservar lo conocido como lo único posibles es un gran problema. Quizá es la razón por la que actualmente no hay imaginación utópica sino un presente continuo donde el capital es lo único posible.

Regreso a The Handmaid’s Tale que parece un caso paradigmático. En esa ficción nadie puede negar dos cosas: la primera es que el sufrimiento psicológico y las torturas que los ideólogos de Gilead someten sobre los cuerpos de las mujeres son condenables y la segunda es que lo que ahí se vive es algo distinto al capitalismo.

No sé si sea el postcapitalismo o simplemente una regresión conservadora de las jerarquías de antaño, pero la forma en que se narra la disociación del deseo al consumo dilucida una vía hacia crear mundos no capitalistas. Aunque al igual que en las películas de superhéroes, lo que no permite un cambio o una transición no capitalista son los valores y los vínculos sociales de una democracia liberal: esas pequeñas libertades y la férrea fe en el amor heterosexual elegido y sus derivas familiares.

Le pregunta es, si el mundo no se acaba como espectacularmente nos narró Hollywood, ¿cómo es la vida que queremos? La no capitalista, no patriarcal, no violenta. ¿Cómo luce?, ¿qué se ve?, ¿qué se siente estar ahí?, ¿cómo es el amor dentro de ese mundo?, ¿hay amor, familia, gobiernos?

Si hubiera respuestas posiblemente habría, o ya otra forma de existir, o al menos guerras luchando por ellas. El correlato a ese silencio es la falta de proyectos existenciales, tanto de las izquierdas como de militantes ecologistas. Salvar y mantener la diversidad de las especies no es suficiente. En cambio, la derecha sí que tiene proyectos para que el capitalismo sea más y más y más. No sólo eso, en esas proyecciones futuras la figura de lo humano ni siquiera es considerada. El humano común no es parte de las vidas que importan en el desarrollo de la inteligencia, las máquinas y la acumulación de capital.

Entonces ¿cómo se desdibuja el vínculo entre el deseo y el capitalismo? El peligro es que el placer, la vida familiar, la tecnología y la propia existencia se sustenta en el libre mercado, en el derecho a elegir qué consumes y cuándo: ya sea el tipo de alimentación, la elección de pareja, el sabor de helado cuando estás triste, el amor familiar; tu representante municipal, tu carrera, tu color de pelo, tu perfume o tu producto industrial favorito de Miniso. La vida que se defiende en todas estas ficciones se sustenta en que el capitalismo es el único sistema que nos las puede ofrecer –si puedes pagar por ellas. Esa salida a una vida distinta, si es que la hay, va a doler. Es más cómodo, y cada que un movimiento organizado se diezma por la necesidad de trabajar y llevar una buena vida, ser feliz como nos enseñaron a serlo. Tal vez un día haya un relato que nos convenza de que esa es la solución a algún problema grande y se trabaje para ir colectivamente a ese lugar llamado utopía. Pero si no es una utopía para unos cuantos, sino algo totalmente distinto, será un proceso doloroso en el que el mismo cuerpo y lo que hoy consideramos necesidades cambien, se quiebren y habitemos algo que no podríamos ni imaginar.

Secretaría de Cultura