Tierra Adentro

Ilustración de Caro García.

Amo mi ciudad. Nací aquí, entre el tianguis y el tráfico, en este hormiguero que es la Ciudad de México. Mientras que casi todas las personas que conozco están ansiosas por salir, vivir en el campo o en la playa, regresar a sus estados natales y huir de la contaminación y el alboroto, yo desearía poder quedarme aquí toda la vida. Los que la experimentamos día a día sabemos que esta ciudad está viva. Siempre cambiante, en movimiento constante, es un monstruo rugiente dispuesto a tragarse entre sus fauces de humo y cemento al viajero incauto.

Lo único que le resiento a esta bestia ruidosa y maloliente, es la falta de espacio, de intimidad y de silencio, a la que nos somete día tras día. El caos que tanto amo nos depriva de lugares donde se pueda encontrar soledad absoluta. Todo está lleno siempre, lleno de olores, de ruidos, de personas. Lleno el metro, llena la oficina, aún las calles vacías deben compartirse con los coches que circulan por ahí, con las personas que viven en las casas que pasamos al caminar. Ni nuestras casas son totalmente nuestras; aquí, las paredes de los edificios son tan delgadas que cuando era niña me despertaba el militar que vivía en el piso de arriba cuando se bañaba a las cinco de la mañana y silbaba en la regadera. Todo es compartido, hasta la intimidad.

En un lugar así, uno debe inventarse sus trucos para construir espacios propios, pequeños oasis de aislamiento cuando se está lejos de casa y la jornada laboral o escolar no permite regresar a la alegría que es tener un cuarto propio, cuando las lágrimas atacan, cuando nuestra soledad interna regresa, es importante tener un lugar donde podamos estar solos con nosotros mismos porque, por más que lo deseemos, nadie vendrá a rescatarnos, no aparecerá un héroe a bordo de una nave mágica para brindarnos un lugar suspendido en el tiempo donde podremos llorar hasta el hartazgo para después volver justo al momento en el que fuimos abducidos. Debemos crear esos lugares, crearlos en donde se pueda.

Yo he construido mucha de esa intimidad en el lujo que a veces es el baño vacío de una oficina, de una escuela o de una biblioteca. He descubierto también los poderes espacio-temporales de un baño, aquella extrañeza que hace que en ellos el tiempo transcurra de una manera distinta y he llorado, desde luego, he llorado sentada en la taza o apoyada contra la puerta del cubículo, parada y con la mejilla apretada contra la pared fría del baño. Y me he preguntado si será que  algún día dejaré de llorar en los baños públicos.

 

Lugares suspendidos en el tiempo

Los centros comerciales me ponen triste, me abruma estar sola en uno. Las cosas que amo de la ciudad son también, en muchas ocasiones, las cosas que odio de los centros comerciales. Odio su ruido, ese bullicio perpetuo en el que no se puede tener ni un segundo de paz, la variedad de sus olores, prefabricados, empaquetados y vendidos en serie, pero más que nada odio lo sola que me hacen sentir. 

Cuando camino por una calle solitaria o bulliciosa no me siento ni la mitad de abandonada que cuando estoy sola en un centro comercial. Son lugares hechos para ser experimentados en grupo o en pareja, y resultan ser poco amables con el paseante solitario. Quizás están diseñados para hacernos sentir mal si vamos solos o quizás se trata de algo que solo me afecta a mí.

Cuando veo a los grupos de amigos paseando entre las tiendas, extraño a los míos, casi puedo encontrarme en ellos, recorriendo los pasillos de Parque Delta o Plaza Universidad. Pocas cosas cambian realmente en un centro comercial. Aún cuando los remodelan se siguen sintiendo como el mismo lugar.

En ellos el tiempo fluye de manera distinta, se detiene, se ralentiza. Entras a una hora, pero es difícil seguirle el paso a los minutos una vez que se está adentro, ¿quién puede asegurarnos que si entramos, no saldremos una década después? No hay forma de saberlo. Son lugares suspendidos temporalmente, cuya esencia no cambia nunca. En ellos habitan los fantasmas de nuestras vidas pasadas. Los odio porque nunca son a quienes quiero ver. No quiero descubrirme entre la multitud: yo de 13 años, yo de 16 años, yo de 21, todas viven ahí. Quiero ver a mi hermana, a mis abuelos, a aquellos a los que he perdido y no volverán jamás, pero las plazas son caprichosas y nunca me regresan lo que quiero. 

 Quizás los malls hayan logrado aquello que más he anhelado en la vida: influir directamente en el paso del tiempo.

 

Mi gran ambición 

El día en el que murió mi hermana quise cerrar los ojos y parar el tiempo. Quise quedarme para siempre en la silla de mi oficina, con el celular en la mano y la voz temblorosa de mi madre hablando desde un lugar remoto. Quise parar el tiempo mientras buscaba su departamento en esa unidad habitacional llena de árboles, de paz. El día transcurría como si nada hubiera pasado, los pájaros cantaban, el sol brillaba, los árboles se movían con el silbido del viento; un día bonito, plácido incluso. Ojalá el tiempo se hubiera detenido en ese jardín, antes de llegar a su departamento, antes de llegar a esa entrada oscura y esa puerta sucia, antes de ver a su novio deshecho en la entrada. 

Quise parar el tiempo cuando nos quedamos solas, ella y yo. Ella en su cama, los ojos abiertos, presas de un rigor mortis que la mano de mi padre no pudo vencer, mirando a un lugar indefinido, la boca entreabierta, el hilillo de sangre seca que bajaba hasta su barbilla. 

Si hubiera podido decidir, me habría quedado ahí para siempre, sin enfrentar nada, sentada en su sala llena de basura, solas las dos. Ella y yo hasta el fin de los tiempos. Pero no pude, el tiempo decidió no obedecer y pronto me encontré con que debía continuar con mi rutina diaria. El trabajo, el transporte público, la familia, las salidas con amigos: la vida. Debía retomar mi vida y lo que se esperaba de mí —nadie lo decía, pero todos lo sabíamos— era que no rompiera en llanto, que supiera comportarme, que fuera productiva, feliz, incluso y esas expectativas crecían conforme el tiempo pasaba. No he sido realmente feliz desde que mi hermana murió. ¿Cómo lograrlo? 

Viví como un fantasma esos primeros meses, como un celular en modo ahorro de energía que ejecuta las tareas básicas y nada más. No logré detener el tiempo, pero mi tiempo sí se detuvo. Por muchos meses estuve atrapada en ese día, quizás siga ahí ahora, en esa sala, sentada en esa silla, con mi hermana en la habitación de al lado; atrapada en ese lugar que ahora solo vive en mis recuerdos.

Fue ahí donde descubrí el potencial de un buen baño de oficina vacío. 

Ilustración de Caro García.

Ilustración de Caro García.

Otro lugar suspendido en el tiempo

En el lugar en donde trabajo hay ciertas horas en las que el baño se transforma. Esa metamorfosis obedece a reglas silenciosas que aprendí a entender gracias a la necesidad de construir una intimidad que no podía conseguir en la sala de redacción. 

La primera es un poco asquerosa, hay un momento de la mañana en el que todos han tomado su café matutino y se ven en la necesidad de ir al baño a vaciar sus intestinos. Es la hora más peligrosa, en donde el baño está más lleno, en donde se huelen y escuchan las cosas más espantosas.

La segunda es un oasis de calma. Casi a medio día el baño está vacío. Es la hora perfecta de silencio absoluto, de soledad y tranquilidad. Después de la muerte de mi hermana visité el baño muchas veces en esa hora de serenidad absoluta. El último cubículo tiene una pequeña ventanita que da a la parte de atrás de la oficina, deja ver algunos árboles y las azoteas de los edificios colindantes. Es un vistazo a otro universo, un rincón apacible, un oasis en medio del caos. 

Ahí, cuando el dolor dentro de mí deseaba salir y desbordar mis ojos, cuando tener que fingir que todo marchaba bien era demasiado insoportable, cuando el recuerdo de mi hermana llegaba a golpearme en las pupilas, ponía mi mejilla contra el muro frío, veía por la ventanita y me preguntaba cómo se sentiría esa calma absoluta. Cómo sería si esa calma fuera mía o si algún día podría volver a serlo.

En esos momentos el tiempo se detenía y ya no importaba el dolor ni la tristeza. Era una bocanada de aire fresco que me mantenía lúcida, que lograba que pudiera completar la jornada laboral, poner una buena cara y alcanzar a llegar a casa en una sola pieza. 

 

El héroe que no vendrá

Doctor Who es una serie de televisión que lleva más de 50 años siendo transmitida por la BBC, cuenta las aventuras de El Doctor, un extraterrestre del planeta Gallifrey de la raza de los Señores del Tiempo, que viaja a bordo de su nave extraterrestre la TARDIS (acrónimo de Time And Relative Dimension(s) in Space, cuya traducción sería Tiempo Y Dimensión(es) Relativa(s) en el Espacio) por el tiempo y el espacio acompañado por una gama variada de amigos que cambian cada cierto número de temporadas. Juntos se enfrentan a guerras espaciales, aliens fascistas, amenazas robóticas, monstruos terroríficos y los problemas y paradojas que puede ocasionar viajar en el tiempo.

No recuerdo cuándo comencé a verla, pero me sorprendieron las infinitas posibilidades que suponía tener una nave así. Todo el tiempo y el espacio, todo lo que ha existido y existirá al alcance de la mano. 

Quizás lo que más me atraía de esa serie era la TARDIS, con la forma de una cabina telefónica azul, en su interior contenía una gama variada de cuartos y atracciones, nadie que viajara en ella podía volver a ser la misma persona. Lo hermoso era que El Doctor y sus amigos podían vivir mil días, cientos de aventuras a bordo de la nave y regresar a sus vidas justo a tiempo para la cena. 

Creo que no he vuelto a ver la serie desde que me di cuenta de lo imposible que era que se cumpliera mi anhelo. Escapar, que El Doctor llegara por mí en su TARDIS, ir a algún lugar lejano y vivir mis pérdidas plenamente. Regresar a mi vida en el mismo segundo en el que partí, habiendo superado todo. Pero la vida rara vez nos da regalos tan amables.

 Creo que también es por eso que odio tanto los centros comerciales. El Doctor rescató de ahí a una de sus más queridas acompañantes, Rose Tyler, y la llevó a vivir aventuras increíbles. 

En un capítulo la lleva a contemplar el fin de la Tierra desde una nave que orbita nuestro planeta, Rose se da cuenta de que todas las personas a las que amó alguna vez llevan ya cientos de años muertas. “¿Cómo es posible, si acabo de ver a mi mamá?”, piensa Rose desde el ventanal de la nave. El Doctor le da entonces un celular con el que puede llamar a su mamá sin importar que en estén en el futuro. Rose piensa que en esa charla telefónica, su madre está viva y muerta a la vez. Viva en el pasado, muerta en el futuro que ella visita ahora y cuando la aventura termina, la TARDIS los transporta a un pasado en el que la Tierra aún no se acaba y Rose abraza a su madre, acaba de entender lo mucho que la ama.

 

Ilustración de Caro García.

Ilustración de Caro García.

 

Sé que es imposible  que tal nave exista en la vida real, que El Doctor ande por ahí recogiendo personas heridas para darles la oportunidad de sanar. Pero ante el duelo, uno solo puede desear lujos así, por más tiempo que he pasado en los centros comerciales, El Doctor nunca ha llegado a rescatarme. Por más que desee tener ese celular, es tristemente solo una creación televisiva. Aunque no venga a rescatarme, no he perdido las ganas de escapar, el anhelo de regresar en el tiempo y volver a ver a aquellos a quienes perdí, el anhelo de poder cambiar las cosas.

Lo que más me duele es que el tiempo de mi hermana se paró, quedó suspendida en el instante de su muerte y su reloj nunca volverá a andar, mientras que el mío continúa, lenta, constantemente, sigue su paso y me gustaría que me hiciera el favor de detenerse un poquito. Solo un día, un día en absoluta soledad. Un día para llorar. Un día que sea solo mío. Un día suspendido en el tiempo.

 

 

Una carta que no va a ser leída por la persona indicada

XXX,

 

Esta ciudad parece más abrumadora sin ti. Lo que amaba de ella ahora me resulta demasiado. Demasiado ruido, demasiado humo, demasiada gente. Cada vez me encuentro más y más buscando lugares de silencio en donde pueda dejar de ser por un ratito. No aguanto ni mi celular, demasiados mensajes, demasiadas cosas. Cuando te fuiste, te llevaste contigo mi capacidad de disfrutar el caos.

A veces me pregunto por qué no puedo dejarte ir. Nuestra relación no fue ideal, en realidad nos conocimos poco. Pero yo te quise mucho y pensé que tendría más tiempo contigo. Para aprender a querernos, para construir algo; quizás la relación que no pudimos tener.

 Quiero decirte que nos rompiste a todos, no te importó el desastre que ibas a dejar. Solo nos rompiste, sin advertencias, sin cariño, te fuiste dejándonos así, deshechos. Partidos en cientos de pedacitos que quizás no logremos juntar nunca. ¿Sabías el desastre que ibas a causar? Claro que lo sabías.

Espero, al menos, que hayas logrado la calma que siempre quisiste, sé que ahora yo la busco sin éxito. Atrapada en esta ciudad que también fue tuya.

 

Un momento de calma atemporal

Cuando murió mi hermana cerré los ojos y deseé que llegara El Doctor a bordo de su TARDIS. “Esto es demasiado”, pensé, “es demasiado y no sé si podré lograrlo”. Pero no llegó a salvarme y me vi obligada a enfrentar ese día horroroso. Sobreviví a su departamento, al anhelo de que todo hubiera sido una mala broma, a los arreglos funerarios, a esa noche que pasó en el ataúd que simulaba ser de madera pero era de metal. (Perdóname por escoger un ataúd tan horrible, tan falso.) Sobreviví a la cremación y a las noches de insomnio que siguieron, al miedo de soñar con ella, al anhelo de soñar con ella; a la vuelta al trabajo, el regreso a la vida normal, a esta ciudad que grita demasiado fuerte, a esta bestia horrible y frenética que no duerme. Debí de haber perdido la cabeza, pero no lo hice. 

“Esto es demasiado, es demasiado y no sé si pueda lograrlo”, pienso seguido en el trabajo. Entonces camino hasta el baño y apoyo mi frente en la pared fría.  Por un momento logro mi anhelo y detengo el tiempo, creo un lugar de calma en el que está bien sentirse como una basura, sentir todos los pedazos que faltan, la culpa de seguir viva, el anhelo de volvernos a ver, de regresar a ese día que quedó detenido en el tiempo, de tener más tiempo contigo para hablar, para conocernos de verdad.

Aún no sé si pueda lograrlo, cualquiera diría que estoy logrando sobrevivir al duelo. Que estoy saliendo victoriosa. Esto no se siente como una victoria.

 

Ilustración de Caro García.

Ilustración de Caro García.

 

Jinetes del caos

Dado que es poco probable que nuestra ciudad decida detener su rugido constante de smog y pavimento, lo más razonable es aprender a sobrevivir a ella. La victoria, damas y caballeros, se encuentra en el baño. En esos cuartitos donde el tiempo fluye de manera distinta y que tienen el mismo poder de un centro comercial para jugar con nuestra percepción espacio-temporal. En estos oasis citadinos quizás sea posible pasar una eternidad en soledad absoluta, al menos hasta que llegue el siguiente usuario a sacarnos de nuestro ensimismamiento. 

El baño es un regalo, un espacio de intimidad en el lugar donde no hay intimidad. Un lugar de calma en la ciudad sin calma, mi lugarcito donde no transcurre el tiempo, donde está bien estar mal y donde puedo intentar salir de ese día en el que me quedé detenida hace casi un año. Un lugar para el llanto, para la fragilidad y en lo que llega el Doctor a rescatarnos a todos a bordo de su nave espacial, creo que yo no dejaré de intentar convertirlos en mi refugio.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ilustrador
Caro García
Primero dibujó, después le gustó mucho conocer nuevas historias y así fue que comenzó a tener un cariño especial por los libros ilustrados. Estudió la carrera de Diseño Gráfico en la Universidad Intercontinental y después cursó el diplomado CASA Ilustración Narrativa en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Disfruta mucho ilustrar situaciones en las que pueda contar algo gracioso. Su trabajo se ha publicado en el periódico Excélsior, revista S1ngular, Moi, la Gaceta del Palacio de Hierro, Tierra Adentro y Editorial Planeta.
Secretaría de Cultura