Tierra Adentro
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

En la Alameda Central todas las formas
del olvido y del agua
están presentes;
desde sus malecones imprevistos
puedo medir la soledad atlántica.
Abigael Bohórquez, “Canción de la Ciudad de México bajo la tormenta y de la lluvia sin Laura”.

 

Si es cierto aquello de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, igual de cierto que no es posible atravesar la misma ciudad dos veces. Dicha afirmación corre el riesgo de sonar a chapuza, sobre todo si el recorrido a través de la urbe se realiza con premura, con descuido y bajo el fuste de la prisa y la costumbre.

Sin embargo, la máxima atribuida a Heráclito cobra significado cuando atravesamos la ciudad de forma lenta, pausada, y reparamos en sus detalles: no es la misma de ayer y, de más está decirlo, no es la que será mañana: Dios (o el Diablo, escoja usted) está en los detalles. Una marcha lenta (un paseo) y la enumeración minuciosa, detallada, siempre sorprendida y sorprendente (casi con torpeza, diría Georges Perec) de lo que ahí se ha alcanzado a apreciar, es lo que podríamos definir como la “labor” (sic) del Flâneur, aunque me resulta más cómodo el término “botánico del asfalto”, que Carlos Monsiváis acuña y encarna a la perfección en su Apocalipstick (2009).

Afirmaba José Alvarado Santos en “Meditación de un transeúnte”:

[…] porque en sus aceras transcurrieron, en años pasados, momentos felices de su vida, momentos de los que arranca para siempre su destino de transeúnte distraído, y supuso que la cuna del suyo propio puede ser un buen escenario para las consideraciones acerca de los ajenos.

Mucho meditó acerca de las flaquezas humanas que elevan a los mortales a cimas gloriosas o los hunden en abismos profundos y, naturalmente, negros, y en uno de los vericuetos de su divagación tropezó con el recuerdo de una figura que puede servir de ejemplo para toda explicación acerca del humano destino. [1]

 

Si bien la figura a la que se refería el autor de Visiones mexicanas (1985) no era la de Monsiváis, podría adecuarse al autor de Por mi madre, bohemios, quien, tal vez más que nadie, recorrió las calles de la Ciudad de México con afán observador y extrajo de ellas la esencia de esta, casi sublimada, para presentárnosla en brevísimos tratados unas veces, otras tantas en forma de ensayos más caudalosos, aunque siempre con un toque de ironía y mordacidad.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

 

Como pocos supo explotar la riquísima veta que es la Ciudad de México, monstruo de agua y concreto que se destruye constantemente para levantarse una vez más, distinta de como se fue a dormir. Porque Monsi lo supo siempre: donde entra una ciudad bien podemos meter otras cincuenta (y no en el sentido espacial y tortuoso que parece regir el cupo de los vagones del metro), sino en las múltiples lecturas que hagamos de esta; todo cabe en un ensayo sabiéndolo acomodar.

Tal como una ciudad es la urbe (así, monstruosa, unidad indisoluble vista desde lejos) pero también sus calles, casas y edificios (o sus definiciones, como diría el propio Monsiváis) Apocalipstick es un artefacto narrativo que bien pudiera leerse como un ensayo de largo aliento, crónica de los días inamovibles o bestiario urbano de semificción, pero también catálogo de aforismos, epigramas (con su respectiva miel y su aguijón) o transcripción de las voces de un coro anónimo citadino que habla y habla pero nunca se sabe cuándo empezó y dónde acabará.

Porque en la obra de Monsiváis, muy a la usanza de Pedro Páramo (1955), las voces de los vivos y los muertos se intercalan con agilidad en el discurso, casi con sabor a psicofonía, y ayudan a apuntalar todavía más el ritmo sabroso que sostiene toda su obra.

Mapeo de sus obsesiones y temas predilectos, Apocalipstick es también el registro del cambio de una ciudad con el andar de los años, un catálogo de instantáneas que rastrean el zeitgeist y su lenta mutación al paso de los tiempos. Sólo alguien con su mirada puede reconocer, y documentar, la lenta e inexorable transformación de la “Parranda” en “Reventón”, diseccionar el paseo por las calles y explicar cómo devino en recorrido por el mall más cercano. Bajo la pluma de Monsiváis, los vasos comunicantes entre el boxeador y la estrella pop, el cantinero y el sacerdote, se dibujan precisos y tan claros que uno piensa que ya los había notado antes, aunque no haya nada más alejado de la realidad.

¿Dónde yace la diferencia, si es que la hay, entre el observador contumaz, analítico, y el voyerista? Quizá, en caso de existir, reposa, una vez más, en los detalles, en lo que se produzca con lo extraído casi a hurtadillas del fenómeno observado. O, en todo caso, en el aprehender dicho fenómeno, aunque sea por un instante. Y para Monsiváis, que se reconocía observador, aunque peligrosamente cercano al voyerista (visual y auditivo) la única condición para renunciar a esa capacidad observadora era que se le permitiera tocar lo que miraba.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

 

Afortunadamente para nosotros sus lectores, la ciudad, siempre espejismo de sí misma, es inalcanzable, es el perro que se sacude los pelos cuando ya estábamos a punto de terminar de contárselos y hay que volver a comenzar. No se toca enteramente lo que no se comprende, y lo que no se comprende no puede morir, permanece inalcanzable en su calidad de anhelo.

Así, pues, Apocalipstick, como el resto de su obra, es solo el testimonio (menuda cosa, sin embargo) del hombre que quiso observar todo y no lo logró; bitácora del caminante citadino, del filósofo de la variedad de tipos humanos y sus oficios y manías. Para Monsiváis funciona más no estar en contacto directo con el objeto de admiración, sino verlo a través de la ventana, para dejar el resto a la imaginación.

Porque para él, el fenómeno de observar al humano en su condición más pura (esto es, justamente, cuando no se siente observado) se asocia más al chisme que al análisis sesudo, aunque los resultados que nos proporcionó tengan muchas más seriedad de la que él mismo quiso hacernos creer.

Si para Walter Benjamin los grandes hombres dan mayor peso a las obras inconclusas que a las que ya ostentan un punto final, Monsiváis fue, sin duda un gran hombre, porque reconocía siempre, implícitamente, en sus escritos, que lo suyo fue siempre un mero acercamiento a lo que en realidad deseaba expresar, que lo que él deseaba atrapar no se entiende bajo el cautiverio de la palabra y siempre encuentra el modo de estar fuera del discurso.

Como botánico del asfalto, destinado a perseguir especies sin cuerpo, flora urbana que se marchita apenas nace, se conformó con dibujarlas a través de la observación y verterla en su amplísima obra: con eso se quedó. A nosotros, afortunadamente, nos quedan sus libros, donde todas las formas de la memoria y la identidad mexicana están presentes.

[1]Alvarado Santos, José. (2007). El bolillo escéptico. México, UANL, p. 34

Secretaría de Cultura