Tierra Adentro

En esta novela Habacuc Antonio De Rosario urde la trama de la violencia generalizada, de la lucha por el poder y del narcotráfico en el norte de México. Los hilos de su historia, sin embargo, no se ocupan de los capos ni de los intereses más oscuros del conflicto de la droga: sus personajes lo viven desde lo cotidiano, el día a día donde hay que pagar por protección, donde el dinero aparentemente fácil de una vida criminal deslumbra, donde el azar puede ponerlos, en cualquier momento, en medio de la balacera. ¿Dónde refugiarse en una guerra sin trincheras? Este libro fue ganador del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2014.

 

Un adelanto:

Uno

 

Ahorita ando recolectando mojoncitos. Creo que por un rato me voy a quedar en esto. Se supone que nos rolan; hay que pasar los cargamentos grandes por el bordo, a veces hay que recoger la mercancía de los proveedores, otras cobramos en los puntos de venta, y así, dependiendo de cómo ande el agua. Pero casi siempre me toca de este lado del río Bravo; si algo me dejó mi madre antes de morir fue la visa láser arreglada. Creo que esa fue una de mis cartas fuertes el día que me presenté ante el jefe, no tan recomendado como debería ante la mera paipa. Se sabe que si uno no llega bien parado a hablar con ese tipo de gente y dices una pendejada o ves pa’ donde no debes, ahí mismo te presentan a la flaca. Acá, en los States, está tranquilo el bisnes, aunque muy de vez en cuando también tenemos que saldar cuentas con los mafiosillos que nomás porque viven del otro lado ya se creen de la organización gringa.

La semana ha estado movidita porque llegó cargamento nuevo. Un putazo de toneladas que separamos en varias casas de seguridad. Me pareció que el jefe se excedió; seguro que otros también lo pensaron, pero nadie dijo nada, nomás nos quedamos mirando la montaña de bultos y moviendo la cabeza. Ya estamos acostumbrados a sus discursos, pujidos soltados con desgana; que si la demanda, que si la competencia, lo mismo de siempre. A veces, cuando anda de buen humor y tiene ganas de invitarnos a su pachanga personal, le cambia tantito, y nos suelta un choro en el que a veces sobresale la palabra venganza y otras recompensa. La neta tengo poco de conocerlo, pero ya lo admiro. Entré al jale hace más o menos veinte meses y la ley aquí, como en todos lados, para llevarla en paz, es no meterse donde no lo llaman a uno y, cuando en verdad me llaman, no hacer preguntas pendejas, o pa’ que quede más claro, no hacer preguntas. Si me dice que vaya y deje, voy y dejo; si me ordena que vaya y le meta unos chingazos a alguien, voy y se los meto, así conozca y me caiga bien el infeliz al que tengo que poner en su lugar; si me grita que dispare, chingue a su madre, disparo. Por ahí se menciona que es un ex militar, pero eso dicen de casi todos; algunos corren el rumor para parecer más cabrones y dar más miedo, que no hay que negarlo, en este bisnes eso cuenta un resto. Nomás él sabe, pero de que es chingón, es chingón.

Nos acaban de echar el pitazo: sembraron un paquete en una Suburban negra. Esas son las más culeras, hay un chingo de Suburban negras. Les respondo que no mamen, que den más datos. Me responden que mi mamá la va manejando en pelotas. ¡Chinguen a su madre! El Kucho, que está fumando frente al volante, suelta una risita pendeja. ¿Por cuál lado viene?, les pregunto por el radio. Estamos estacionados frente al Whataburger esperando la respuesta. El Kucho lanza la colilla por la ventana y de inmediato prende otro tabaco. Va por el lado izquierdo, responde una voz que no puedo identificar. El Whataburger está del lado izquierdo, aquí estamos bien. El Kucho suelta otra risita pendeja. Casi siempre los conductores comienzan en una línea y terminan en otra, pero ya más o menos le calculamos de qué lado van a salir. Una vez un pendejo desesperado, no sé cómo le hizo pero se pasó completamente de un lado del puente a otro, fue brincándose de línea en línea hasta la última del lado derecho. Mentadas de madre le han de haber sobrado. Nosotros lo estábamos esperando en un pequeño estacionamiento de una casa de cambio del lado izquierdo, y mocos, que sale del lado derecho y se mete rumbo al centro de Hidalgo. Ahí nos tienes como pen13 dejos haciendo aracles con el auto para poder seguirlo. Creo que hasta el rojo del semáforo nos brincamos. Pero muy rara vez pasa.

Vimos pasar una Suburban negra bajo el techito de revisión. El agente de la migra toma los papeles de una mano femenina y le dice algo. Se le ve relajado al puto, se contonea mucho en los dos jodidos metros que hay de la cabinita al mueble. La troca trae un Ray-Ban mamalón en los cristales que no me deja ver cuánta gente viene adentro. Hay una Suburban negra a la vista, les aviso. Si trae rines negros esa es, responden. Okey, por qué chingaos no me dijeron eso antes. La Suburban arranca despacio, después de un último contoneo del pendejo de la migra. Afirmativo, trae los rines negros. El Kucho enciende el auto. La dejamos alejarse por la 23, al siguiente verde la seguimos tranquilamente.

Dos semáforos más adelante, la camioneta se mete en una casa de cambio. Nos detenemos para esperarla a un lado del camino. Una muchacha va manejando, se ve buena. A su lado me parece que viene una niña, o a lo mejor es un escuincle, no lo puedo asegurar. El Kucho arranca tranquilamente detrás de ellos cuando terminan de hacer su operación. Todo parece normal: vieja de dinero con las tetas operadas que cambia sus pesos a dólares para gastarlos en tanguitas. ¡Qué ricura! Seguimos a la troca toda la calle 23 hasta el aeropuerto, damos vuelta a la derecha y afirmativo, entramos al estacionamiento de La Plaza Mall.

Esperamos a que la morrita encuentre parqueadero. Insiste en encontrar uno cercano a la puerta, pinche vieja huevona. Finalmente elige uno a mediación. Se baja de la camioneta, y por cierto, sí está bien buena. No te la vayas a empezar a jalar, dice el pendejo del Kucho. Se abre la puerta del otro lado y salta una niña de unas diez primaveras. La niña gira su faldita en el aire, muy alegre, debe de estar agradecida de poder bajarse de la troca, mientras la mamacita se entretiene sacando algo de la cajuela. Ya, es una pinche carriola. La abre como un acordeón y le pide a la niña que la sostenga. Saca un bebé del asiento de atrás y lo mete al carrito. Cierran y comienzan a caminar. La morra le pone la alarma a la troca ya cuando están bien pinche lejos. Adiós nalguitas, no será esta vez.

Cuando estamos seguros de que ya se metieron al mall, nos acercamos. El Kucho se estaciona detrás de la troca. Me bajo en chinga y me acuesto en el puto pavimento; está ardiendo. Ya cuando siento que se me va a cocer la pinche espalda localizo el mojoncito. Lo despego fácilmente con la navaja y regreso con El Kucho, que se está riendo. Me arde la espalda y el culo. Arrancamos despacio, muy quitados de la pena.

Sin trincheras

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Autores
(Reynosa, Tamaulipas, 1981) estudió Negocios Internacionales en el Tecnológico de Monterrey. Ha participado en diversos talleres literarios. Es coautor de un largometraje, junto a la cineasta belga-rumana Teodora Ana Mihai.
Secretaría de Cultura