Tierra Adentro

Ilustración por Angy.

 

 

Es raro volver a Hannah Arendt en estos días. Quizás suceda lo mismo con muchos autores y autoras emblemáticos del siglo XX; aunque sabemos que sus aportes son en algún sentido eternos, la sensación de que estamos protagonizando una transición única le da a la lectura una extrañeza, una distancia. El mundo del que estos pensadores hablaban parece estar mucho más lejos; los apenas cincuenta años que cumple el ensayo Sobre la violencia de Arendt se sienten estirados, se sienten como siglos, como si la distancia que nos separa de Arendt, Sartre o Heidegger fuera la misma que nos separa de Kant o incluso de Platón.

En el caso de Arendt, incluso, esta brecha puede parecer aún más grande, por razones inherentes a su propia forma de entender la filosofía: la idea de que una obra quiera pensar más allá de su tiempo parece contraria al modo en que Arendt siempre pensó la producción filosófica. Tanto en su vida, en su persistencia en participar del debate público más allá de los muros de las universidades (que en algunos fragmentos, presentes también en Sobre la violencia, puede leerse lisa y llanamente como un desprecio a las instituciones académicas, probablemente influido por la docilidad de los intelectuales alemanes frente al nazismo que Arendt atestiguó antes de huir de Alemania), como en sus críticas a la tradición filosófica y en su estilo de escritura vivo y polémico. Esta pulsión por ser una habitante de su tiempo es quizás una de las características más salientes de Arendt. Pero leyendo Sobre la violencia es como si ese principio de Tolstoi para la ficción, “pinta tu aldea y pintarás el mundo”, tuviera también sentido en la filosofía política. Eso sentí releyendo este ensayo ardiente: una filosofía política que habla a conciencia de una época (y a una época) es más actual que una filosofía que pretenda ser atemporal.

El tema central de Sobre la violencia (que antes de ser libro fue publicado en la revista New York Review of Books) es la violencia política. El detonador de estas reflexiones sobre qué es la violencia y cómo se relaciona con la política, el Estado y fundamentalmente con el poder es el clima de movilización que se vivía en las universidades norteamericanas en la segunda parte de la década de los 60 (relacionado con las protestas antibélicas y con el movimiento Black Power, entre otros), y también las conversaciones desatadas en medios intelectuales europeos a partir de la explosión de las luchas anticoloniales. Lo que a Arendt le interesa son los diversos modos en los que durante estos años circula la idea de que la violencia política es una buena estrategia para la izquierda; o más aún, en algunos discursos, la idea de que es la única estrategia posible. Esta discusión es probablemente de lo más extemporáneo del texto; la verdad, no importa qué inclinación tenga el lector en el siglo XXI, si a favor o en contra de las estrategias violentas, porque la violencia revolucionaria no es una opción política viable hoy, al menos no en el sentido en que parecía serlo en el siglo XX. Sin embargo, algunos de los conceptos que Arendt pone en juego para hacerse las preguntas que se hace sobre esto sí que son productivos para pensar la actualidad.

Es interesante que Arendt intenta correrse de la dicotomía fundamental que dividía a la izquierda en su tiempo, de la pregunta de si la violencia es buena o mala. Con la ironía que la caracteriza —que en algunos puntos del texto raya en el desdén— Arendt toma distancia del modo en que Frantz Fanon y Jean-Paul Sartre hacían, desde su punto de vista, una épica de la violencia. Sin embargo, Arendt también quiere tomar distancia de una descalificación de la violencia sin más, y sobre todo de la idea sostenida tanto por defensores como por detractores de la violencia política de que la intervención violenta es siempre irracional. “Bajo ciertas circunstancias, la violencia (…) es el único medio de restablecer el equilibrio de la balanza de la justicia”, escribe Arendt: “en este sentido, la rabia y la violencia, que a veces —no siempre— la acompaña, figuran entre las emociones humanas ‘naturales’, y curar de ellas al hombre no sería más que deshumanizarle o castrarle”[1]. Y Arendt da un paso más, llegando a preguntarse por el concepto de “racionalidad” que se oculta tras esta idea de la violencia como “irracional” y “emocional”, en la que estos dos últimos términos aparecen como sinónimos: “La ausencia de emociones ni causa ni promueve la racionalidad. ‘El distanciamiento y la ecuanimidad’ frente a una ‘insoportable tragedia’ pueden ser ‘aterradores’, especialmente cuando no son el resultado de un control sino que constituyen una evidente manifestación de incomprensión. Para responder razonablemente uno debe, antes que nada, sentirse ‘afectado’, y lo opuesto de lo emocional no es lo ‘racional’, cualquiera que sea lo que signifique, sino o bien la incapacidad para sentirse afectado, habitualmente un fenómeno patológico, o el sentimentalismo, que es una perversión del sentimiento”[2]. La relación de Arendt con el pensamiento feminista en vida fue, en el mejor de los casos, distante: sin embargo, este pasaje está muy en sintonía con algunos planteamientos que autoras feministas de segunda ola como Audre Lorde, Adrienne Rich, Luce Irigaray y Hélène Cixous empezarían a articular apenas unos años después de la publicación de Sobre la violencia. En Sobre la violencia, como en otras obras suyas, Arendt discute tanto con los que postulan a la violencia como lo eminentemente humano y lo eminentemente político como contra aquellos que postulan a la racionalidad o la contemplación como lo humano y lo político por excelencia: y aquí ya no se está refiriendo solamente a las discusiones de su tiempo, sino a gran parte de la tradición filosófica, llegando hasta Platón y el gobierno de los filósofos. Para Arendt —y esto es lo que la acerca a las colegas feministas, lo supiera ella o no— no hay nada negativo ni irracional en la emoción: por el contrario, la emoción tiene un lugar legítimo y clave en la concepción de lo político de Arendt. Lo dice en el fragmento citado: para responder a una situación en el mundo, hay que tener la capacidad de sentirse afectado por lo que pasa en él. Y es ese responder lo que para Arendt es la quintaesencia de la humanidad y la política: no es la reflexión, sino la acción (que Arendt distingue en este texto de la “mera conducta”) lo que tuerce la historia de la humanidad, lo que tiene la capacidad de guiar nuestro destino. Y esa acción no se produce sin que aparezca una voluntad de actuar, voluntad que no puede ser puramente intelectual, que tiene que estar ligada a la capacidad de sentirse parte del mundo: de sentir las injusticias, como luego diría el Che Guevara, o de reconocer la propia vulnerabilidad que deviene posibilidad de resistencia, como también escribiría luego Judith Butler.

Resulta paradójico leer esta reflexión tan lúcida sobre la relación entre la sensibilidad y la acción política en un texto tan plagado de racismo como Sobre la violencia. Es difícil avanzar en la lectura como si nada luego de leer que el interés principal de los estudiantes negros en las universidades norteamericanas “consistía en reducir los niveles académicos”[3], como escribe Arendt muy suelta de cuerpo. En las reseñas en Amazon y GoodReads, de hecho, podemos encontrar muchos usuarios que abandonaron Sobre la violencia luego de encontrarse con esas frases; nadie tiene la obligación de leer nada ni de rescatar a nadie, pero sí hace falta decir que notables filósofos negros como Lewis Gordon y Kathryn Sophia Belle[4] (autora del libro Hannah Arendt and the Negro Question) han preferido seguir leyéndola, y en todo caso preguntarse de qué manera la ceguera de Hannah Arendt —o, para ponerlo en sus propios términos, su incapacidad de sentirse afectada por la causa negra— pudo haber empobrecido su perspectiva no solamente sobre el activismo del Black Power en Estados Unidos sino incluso sobre el colonialismo como fenómeno más amplio (y, en el caso específico de este texto, sobre la violencia política en contextos postcoloniales, por ejemplo en su lectura de Fanon).

Con sus defectos y limitaciones, Sobre la violencia sigue siendo un ensayo profundamente valioso para los tiempos que vivimos. En sus páginas encontramos no solamente el vigor, la elegancia y la sutileza que caracterizaron a la escritura de Arendt, sino también algunas de las razones que la hicieron tan influyente en la teoría democrática que la sucedió.

Pensando en estos tiempos pandémicos, hay una línea de este texto que es particularmente rica: aquella en la que Arendt se pregunta por la relación entre el Estado y la violencia. La tesis más famosa de Sobre la violencia, la que más ha trascendido, es la que dice que el poder y la violencia no son cosas que vayan juntas, sino más bien casi opuestas: que la violencia aparece cuando el poder de un actor político aumenta, sino justamente cuando el poder (que, en la visión de Arendt, solo puede ser colectivo y venir de la legitimidad social) languidece. Lo que quizás se recuerda menos es el análisis del Estado que se desprende de esta tesis: distanciándose explícitamente de la ortodoxia marxista de su época, Arendt propone pensar el Estado como algo más que un mero agente de violencia de la burguesía, como una institución que tiene el potencial de producir poder en el sentido de un poder colectivo (que era el único sentido en que Arendt usaba el concepto de “poder”, diferenciándolo por ejemplo del concepto de “fuerza”). Esta es quizá una de sus ideas que mejor han sobrevivido, que podemos leer con claridad en los progresismos “estatistas” del siglo XXI y también que explican la influencia de Arendt en teóricos de la democracia tan difíciles como Jürgen Habermas y Chantal Mouffe. También nos puede servir para pensar la relación con el Estado en días de amenazas invisibles: mientras que en el imaginario de muchos “libertarios” que salieron a las calles con pancartas en las últimas semanas la intervención de un Estado democrático no puede ser otra cosa que violenta (curiosamente o no, lo que en 1970 todavía podía ser considerado patrimonio de algunas izquierdas se vuelve hoy propiedad casi exclusiva de las derechas), muchos otros intentamos pensar los modos en que el poder puede organizarse para cuidar las vidas de las personas, tanto en lo que refiere a la salud como a sus consecuencias económicas y sociales. Muchos nos preguntamos, también, cómo se puede articular ese cuidado con medidas y estrategias en las que lo que prime no sea el disciplinamiento violento (tanto vertical como mutuo) de la ciudadanía, ni la humillación ni el castigo, sino sobre todo la construcción de redes comunitarias y políticas. Arendt no utilizó —al menos hasta donde puedo recordar— el lenguaje del cuidado para pensar en el poder, pero sí planteó algunos elementos para imaginar una relación entre el Estado y la sociedad que no se leyera solamente en términos de poder de policía, de penas y prohibiciones. Puede no parecer novedad en 2020, pero definitivamente no es una pelea ganada.

 

Ilustración por Angy.

Ilustración por Angy.

 

 


 

[1] Arendt, Hannah, Sobre la violencia, Madrid, Alianza, 2005 (trad.: Guillermo Solana), p. 86.

[2] Arendt, Hannah, ibid., p. 86-87.

[3] Arendt, Hannah, ibid., p. 30.

[4] Ana Deumert explora diversos aportes sobre este tema en esta nota de la revista Diggit https://www.diggitmagazine.com/column/racism-and-how-read-hannah-arendt

 


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.

Ilustrador
Angy
(1988) es investigadora y artista visual. Vino de Caracas a la Ciudad de México a hacer una Maestría en Comunicación en la IBERO y ahora está a punto de empezar el Doctorado en Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey. Su proyecto creativo, Recorta y mueve, es un espacio creado para hacer exploraciones materiales y conceptuales con la imagen digital: específicamente le interesa manifestarse a través del collage y la animación GIF. Ha participado en dos exposiciones colectivas: Inauguración del Restaurante-Galería Otates (Guadalajara, 2017) y Noches de Autor en la Sociedad Dante Alighieri (CDMX, 2019); así como también ha colaborado como ilustradora en diversos medios digitales e impresos. https://recortaymueve.tumblr.com/
Secretaría de Cultura