Tierra Adentro

Detalle de portada

Titulo: Descubrí que estaba muerto

Autor: J. P. Cuenca

Editorial: Tusquets

Lugar y Año: Colombia, 2017

 

Todo buen escritor es un farsante. Un sujeto capaz de conjuntar elementos de la realidad con la ficción para crear un mundo habitable donde el lector es el héroe que emprende el viaje sin salir de casa. Justo como sucede en el libro Descubrí que estaba muerto de J.P. Cuenca (Río de Janeiro, 1978), en el cual, tanto el personaje como el narrador y el autor comparten nombre e historia, así que el viaje que se emprende nos da la sensación de iniciar una y otra vez con la noticia que desata la historia: en la comisaría 5a de Lapa encontraron el certificado de defunción de Cuenca. Este suceso fue real. O no. Quizá es ficción. Es lo de menos. La novela entreteje una realidad donde lo único verdadero es el epígrafe de Brás Cubas: La franqueza es la primera virtud de un difunto.

En los cinco capítulos que conforman el libro se percibe un tono de ironía para tratar con el mundo de los intelectuales en el que, por ejemplo, un escritor afortunado puede vivir de los festivales de literatura sin siquiera haber escrito una novela que sea celebrada por los amigos más íntimos. Justo como sucede con el protagonista de la historia. Además, gracias a la narración fluida de J.P. Cuenca, tenemos noticia de la realidad social y económica del Brasil previo a las olimpiadas, del pasado y presente emocional del protagonista y del devenir de la investigación que realiza Cuenca, con un amigo y un detective, ante la notificación de su propia muerte. Sería complicado catalogar la novela en un solo género, pues conjunta elementos de la no ficción —se anexan copias del certificado de defunción y papeles que responden al proceso de investigación—, así como del género policial y autobiográfico, por lo cual convendría hablar de ella como una realidad distorsionada. La historia autoral es inagotable, casi tanto como la novela misma.

A pesar de que hay un momento en la historia en que no se puede ir más allá en la investigación, en el camino se descubren cosas importantes sobre el autor —como la relación que mantiene con su editor, el impulso por huir que experimenta constantemente y su postura frente al mundo de los intelectuales— y la manera en que se relaciona con la ciudad: un edificio derrumbado en Lapa es justo como un hombre a quien le dicen que está muerto y que necesita más que sólo respirar para demostrar lo contrario. Un edificio remodelado, a su vez, refiere los cambios políticos y de poder que suceden como algo natural y necesario para mantener a la ciudad de pie. En síntesis, el espacio en esta novela es la construcción y deconstrucción del escritor mismo frente a la sociedad. Descubrí que estaba muerto es un libro que al final pone en tela de juicio el sistema de legitimación del texto y que poco a poco se convierte en una caída caótica hacia la nada, sin posibilidad de retorno. El último capítulo está narrado con una voz que le pertenece a varios, una voz que recuerda a las personas que han muerto en vida ya sea porque así lo dice un certificado de defunción o porque se han entregado a la nada. Una caída, en fin, a la locura, a la depresión y a un «aquí se interrumpe el manuscrito».

Secretaría de Cultura