Tierra Adentro

Stanisław Lem en el año 1966, CC BY-SA 3.0

I

Hace algunos años, en Buenos Aires, me encontré por casualidad el nuevo libro de Silvio Nobinson, crítico, teórico y peculiar novelista brasileño, que se llama, La obra de Stanislaw Lem como literatura potencial. Inmediatamente intrigado por el título, me aventuré en la lectura de su copioso volumen para descubrir, en él, toda una veta insospechada en el pensamiento alrededor de la obra de Stanislaw Lem.

Como bien saben ustedes, amables lectores, Stanislaw Lem es uno de los más grandes escritores de ciencia ficción que hayan caminado sobre la faz de esta inhóspita tierra. Él escribió Solaris, esa novela seminal que adaptaron al cine, con resultados muy diferentes, Andrei Tarkovski y Steven Soderbergh. Él escribió también la Ciberiada, los Diarios de las estrellas, El Congreso de Futurología, Golem XIV, los ​​Relatos del piloto Pirx, Edén, El hospital de la transfiguración y muchas otras locuras maravillosas. Pero lo que siempre me impresionó de Lem, más allá de sus obras más sonadas (y aquí Nobinson está de acuerdo conmigo), es la capacidad que tenía de generar nuevos imaginarios inagotables.

Dos de sus libros, en particular, expanden su obra hacia lugares insospechados. Vacío Perfecto de 1971 y Magnitud imaginaria de 1973. Vacío perfecto es una recopilación de prefacios a libros que no se han escrito y Magnitud imaginaria es una recopilación de introducciones a libros que tampoco se han escrito. Ambos libros plantean entonces la posibilidad de grandes novelas, relatos imposibles, cuentos que sólo podemos concebir en abstracto, mientras no existan. Con estos libros, entonces, Lem convirtió a la literatura en ciencia ficción.

II

Con Vacío Perfecto Lem, en realidad, quería salvar al autor literario y, de paso, salvar a la crítica literaria. De cierta manera, los consideraba encerrados, en esos años setenta tan cercanos a teorías revolucionarias, dentro de los mismos esquemas de siempre. Ni Robbe-Grillet, ni Nabokov, ni Brecht, ni Macedonio Fernández nos habían librado de la pesadez de las obras de ficción con sus personajes y sus realidades, con sus figuras autorales y sus ferias literarias. Los críticos, por su parte, le parecían un caso aún más desesperado. Se entiende.

Para Lem, había que cambiar algo:

“Al escribir una novela se pierde en cierta forma la libertad creativa. (…) La tarea de criticar los libros, es, a su vez, una especie de trabajos forzados, aún más faltos de nobleza. Del autor podemos decir, al menos, que se aliena a sí mismo sometiéndose al tema que ha escogido. El crítico se encuentra en una situación peor: como el presidiario a su carretilla, así está él encadenado a la obra que analiza. El escritor pierde la libertad en su propio libro; el crítico, en el ajeno.”

Una de las soluciones de Lem es lo que llama el Autozoilo. Se trata de una creación libre “al cuadrado” en donde el crítico se integra al texto que critica y, así, tiene un rango de maniobra más amplio que el narrador en la literatura más o menos tradicional. Esto funciona, por supuesto, llevando a la crítica a la arena de la ficción para que en ella demuestre, por un lado, la futilidad de su empresa; y por el otro, la evidencia de que los textos producen más textos y que la ficción, una vez lanzada al mundo, terminará por engullirlo.

Las críticas de libros que no existen crean entonces un vacío perfecto: se dialoga con algo que no puede responder; nace un texto ahí en donde no había nada; se subvierten las formas de la autoridad crítica y académica en pos de la libertad de creación literaria; se detona el deseo, eso que está ahí siempre, pero que nunca puede ser realizado. En este tour de force que parece delirante, pero que está muy bien pensado, Lem puede evadirse de la ciencia ficción tradicional para plantear el deseo eterno de la ciencia ficción: construir un universo tan complejo que exista antes y después del texto, en el vacío de sus posibilidades.

III

El capítulo más intrigante de la obra de Nobinson se centra en el estudio de Vacío Perfecto como la creación potencial de una literatura futura. La idea central de Nobinson es que la especulación científica de Lem plantea también las vías para pensar nuevamente las ciencias humanas y, en particular, la teoría literaria, la producción literaria, la crítica literaria y, en general, todo lo que llamaría Even-Zohar, el polisistema de la institución literaria.

Más allá de la hermosa lectura que hace de la llamada “introduccionística” de Magnitud Imaginaria, Nobinson enarbola lecturas particularmente interesantes sobre los mecanismos metaliterarios de Vacío Perfecto. Y con eso, no es exageración decir que cambió al mundo.

Cuando Nobinson habla de metaliteratura, claro, se refiere a una definición amplia del término que nació con Barthes y que se expande a toda consideración autorreflexiva sobre el fenómeno literario.

“Durante siglos, nuestros escritores no se imaginaban que fuese posible el considerar a la literatura (la palabra misma es reciente) como un lenguaje sometido, como todo otro lenguaje, a la distinción lógica: la literatura no reflexionaba jamás sobre ella misma (a veces sobre sus figuras, pero nunca sobre su ser), no se dividía jamás en objeto a la vez observador y observado; finalmente, hablaba pero no se hablaba. Y después, probablemente con las primeras sacudidas a la buena conciencia burguesa, la literatura empezó a sentirse doble: a la vez objeto y mirada sobre ese objeto, palabra y palabra de esa palabra, literatura objeto y metaliteratura.”

Para Nobinson, entonces, Vacío Perfecto constituye el núcleo más completo de todas las intenciones metaliterarias de la obra de Lem porque se trata de un libro que quiere explorar los límites de la comunicación literaria. Todo esto, claro, especulando sobre sus posibilidades futuras. Vacío Perfecto muestra a la literatura en el juego mismo de la ciencia ficción: nos hace ver a la literatura con extrañamiento; nos hace considerar las posibilidades futuras de una realización cognitiva en un contexto totalmente diferente al que habitamos. La literatura estira sus fronteras más allá de lo que, en el presente, podemos concebir de ella. La literatura se realiza como puro deseo.

IV

Para Nobinson, con esta obra revolucionaria, Lem hace una crítica de diferentes pilares del pensamiento literario y juega con ellos hasta lo imposible. Los mundos que se crean en estos prólogos de libros imaginarios, son mundos habitados por una literatura que se nos escapa y con la que apenas podemos soñar.

En Gigamesh, por ejemplo, encontramos el prólogo de un libro que quiere superar al Finnegan’s Wake de Joyce, convirtiéndose en “una novela que contenga todo el bagaje idiomático, cultural e histórico del universo, la omnisciencia y la omnitécnica” en poco más de 300 páginas. La idea aquí no es exactamente la del libro total de Mallarmé u otras locuras Oulipianas, sino una burla de las intenciones totalizantes de una literatura imposible. Porque, no sin mofarse, Lem describe este libro de 300 páginas a través de la lectura de su introducción de 900 páginas. En esta introducción leemos cosas tan desquiciadas que, sin embargo, juegan con viejos conceptos de teoría literaria. La idea de Lotman, por ejemplo, de una máxima acumulación de información en una materia finita para describir las infinitas posibilidades de comunicación del lenguaje poético:

“Si tomamos los números que indican las fechas de nacimiento de Weisman, Mendel y Darwin y los aplicamos al texto como una clave a un cifrado, veremos que el aparente caos de una escatología de retrete es una lección de mecánica sexual, donde los cuerpos colisionantes son sustituidos por los cuerpos copulantes, y que toda esa corriente de significados empieza a sincronizarse (SYNCHROMESH) con otras partes de la obra de modo siguiente: el capítulo III (¡Trinidad!) se relaciona con el capítulo X (¡El embarazo dura 10 meses lunares!); este último, leído al revés, resulta ser el freudismo explicado en arameo. Esto no es todo: como demuestra el capítulo III –si lo superponemos al IV poniendo el libro cabeza abajo- el freudismo, o sea, la doctrina psicoanalítica, se convertirá en una versión del Cristianismo secularizada y naturalista. Estado anterior de la Neurosis = el Paraíso; complejo de la infancia = la Caída; neurótico = el Pecador; Psicoanalista = el Salvador; cura freudiana = Salvación por la gracia.”

La paranoia de la escritura quiere burlarse claro de todas las conexiones delirantes que puede imponer la teoría literaria a la literatura o, en otro sentido, las interpretaciones disconexas de los críticos proyectadas en la obra. Lem se burla, con un contexto prospectivo, de una tendencia a sobreteorizar la literatura, a proyectar la neurosis crítica en la literatura. Lo curioso, claro, como bien nota Nobinson, es que su propio libro de prólogos imaginarios es un buen ejemplo de esa tendencia. Lem ataca entonces, hasta las certezas más íntimas.

De hecho, y aquí el juego de Lem toma alturas borgianas, hay un prólogo a su libro de prólogos imaginarios que termina de la siguiente forma: “Vacío Perfecto es una narración sobre las cosas deseadas, pero imposibles de obtener. Es un libro sobre sueños que jamás se cumplen. Y el único ardid que le queda todavía a Lem sería un contraataque: afirmar que no fui yo, el crítico, sino él mismo, el autor, quien escribió la presente reseña, e incluirla, como un texto más, en Vacío Perfecto”.

V

La lectura amplia de Nobinson pasa por varias críticas imaginarias del libro de Lem describiendo, una a una, las propuestas metaliterarias que el autor enarbola. En Nada o la consecuencia, Lem plantea la existencia de un libro escrito neuróticamente, como sueño de fiebre de un Barthes radicalizado, para no decir nada y borrarse en su propia escritura; En Haz tú mismo un libro, Lem habla de un futuro en el que una compañía inglesa junta, en una caja especial, frases mezcladas separadas con pertinencia de grandes clásicos literarios para que cada lector pueda hacer de sus héroes favoritos lo que quiera:

“Natasha puede acostarse con quien quieras antes de la boda y después de ella; Svidrigailov, casarse con la hermana de Raskolnikov; este último, escapar de la justicia y marcharse con Sonia a Suiza; Anna Karenina engañará al marido no con Vronski, sino con un lacayo”.

En fin, “Dime qué hiciste con Caperucita Roja y te diré quién eres”.

Pero, sin duda, lo que más impresiona en el análisis de Nobinson es el intrigante apartado sobre el capítulo más extraño en el libro de Lem. Me refiero, claro, al último prólogo que no es un prólogo, tal vez el más grande capítulo del libro y el que cierra, con una maravillosamente rica idea de ciencia ficción, toda la obra. Se trata de La Nueva Cosmogonía. Este último capítulo de Vacío Perfecto no es una crítica o un prólogo propiamente hablando, sino que, siguiendo la tradición de Kafka con su Discurso para una academia, se trata un discurso de aceptación del premio nobel de física en un futuro desconocido. Éste es el caballo de troya y la pierre de touche de todo el constructo propositivo de Lem. Y Nobinson lo sabía muy bien.

VI

En La Nueva Cosmogonía, Alfredo Testa, el receptor del premio nobel de física, explica cómo llegó a comprobar una teoría que cambiaría para siempre el pensamiento humano. A través de un libro filosófico que todos descartaban como basura especulativa, descubrió que el silencio del universo y las pocas señales que nos llegan en forma de la luz de un quásar o, ahora, podríamos decir, de las ondas gravitacionales, pueden interpretarse como los cambios mínimos en un juego cósmico que nos precede.

Entes racionales que nacieron miles de millones de años antes de la aparición de la vida en la tierra comprendieron, en el camino propio de sus lejanas civilizaciones, las leyes de la física. Ahora, las dominan completamente. Para ellos, el universo entero es un gran juego que inició eones antes de nuestra existencia. En ese juego, los jugadores, seres de dimensiones insospechadas, acomodan las piezas de la física que nos limita, que nos rodea y que permitió que tuviéramos vida.

Lo que es más interesante aquí, en la lectura de Nobinson, no es, particularmente, su interés por esta forma de ciencia ficción en la elaboración de discursos científicos prospectivos, sino su enfoque en la idea de una invitación potencial para la creación literaria. Como las llamadas “contraintes” del Oulipo para la creación de literaturas potenciales, Nobinson lee el último cuento de Lem como un reto, una suerte de invitación práctica para la destrucción de la crítica y de la teoría literaria. Para él, éste es el inicio de un universo posible que Lem comenzó y que se extiende a la posibilidad ilimitada de la escritura de ciencia ficción. Aquí, Nobinson sigue la idea de Jameson según la cual la ciencia ficción habita una peculiar contradicción:

“Para que una narración proyecte una cierta idea de totalidad de la experiencia del tiempo y del espacio, debe conocer, sin duda, algún tipo de clausura (una narración debe tener un final, incluso si éste está ingeniosamente organizado alrededor de la represión estructural de los finales como tales). Al mismo tiempo, de cualquier manera, la clausura o el final narrativo es la marca de un límite o de una frontera después de la cual el pensamiento no puede ir. El mérito de la ciencia ficción es el de dramatizar esta contradicción en el nivel de la trama misma, puesto que la visión de una historia futura no puede conocer un final puntual de este tipo, al mismo tiempo que la expresión novelística demanda un término.”

Y aquí es donde el proyecto de Nobinson toma vuelo propio. Porque en el final abrupto de este capítulo que indica la imposibilidad de los finales en la ciencia ficción, se inscribe un proyecto novelístico que va mucho más allá de su obra como teórico. Aquí empiezan pues la literatura y la ciencia ficción a devorar activamente la obra de Silvio Nobinson como crítico y teórico.

VII

Se ha tratado de demostrar, en investigaciones que llevan ya cierto tiempo, que el círculo de los alumnos de Nobinson y -Nobinson mismo-, han planteado la idea de una literatura sin autores reales que no sea ni siquiera literaria y que se expande, secretamente, entre los pliegos del polisistema literario. La labor del teórico y del crítico dejaría de ser una reacción encadenada a una obra para convertirse en la construcción infinita de un universo paralelo. Un universo que, a final de cuentas, podría terminar por devorar nuestra realidad.

Los pocos libros que, hasta ahora, se han rastreado, como publicaciones surgidas del círculo de Nobinson, han sido publicados discretamente, en polaco, alemán, francés y portugués, desde la década de los ochenta. Evidentemente, el círculo de Nobinson ha negado absolutamente su involucramiento en estas publicaciones oscuras y difíciles de conseguir que, sin embargo, han aparecido aquí y allá, en polvosas librerías de viejo. El círculo de Nobinson, de hecho, niega la existencia de algo establecido como un “círculo de Nobinson”..

Estos libros continúan expandiendo el universo de La Nueva Cosmogonía en formas cada vez más complejas. Por ejemplo, hay un pequeño sermón por un ficticio Abbée Théophile Nouveau, publicado por las Éditions de Midi (una casa editorial independiente que desapareció sin dejar rastro y que nació, como burla de las Éditions de Minuit, en uno de los prólogos de Vacío Perfecto). Se sabe que este libro tiene una estrecha relación con el pensamiento de Nobinson y que, muy probablemente fue escrito por él. Ahí se habla de los conflictos de la religión para aceptar el duro golpe a la trascendencia que representan las teorías físicas comprobadas por Alfredo Testa en ese último capítulo de Vacío Perfecto.

Esta peculiar forma de literatura sin autor consumió completamente la obra crítica y teórica de Nobinson que, después de escribir su voluminoso tratado sobre Lem que aquí comento, desapareció de la faz de la tierra con un misterio que haría enrojecer a Thomas Pynchon. Las obras que produjo en secreto, pródigamente, el círculo de Nobinson, expandieron un universo paralelo, como si se tratara de esa dimensión misteriosa en la que los aliados ganan la Segunda Guerra Mundial en The Man in the High Castle de Philip K. Dick.

Todas estas obras -o, al menos, las que se han podido rastrear- son una muestra fehaciente de la aplicación de las teorías de Lem sobre la ciencia ficción como literatura potencial, sin final, para siempre heredada a los quieran completar, sin terminarlos, los mundos posibles que sugiere la creación literaria. Hay libros que tratan sobre el impacto sociológico que tuvieron las revelaciones de Testa. Otros son tratados filosóficos sobre las posibilidades de una nueva moral para la humanidad ahora que somos conscientes del enorme juego cósmico en el que vivimos atrapados. Otros tomos hablan de las posibilidades de contacto con los seres interdimensionales que controlan nuestra realidad; una forma de entender las matemáticas como un lenguaje que trasciende el tiempo y el espacio. Pero también hay películas que, sin mencionar el gran descubrimiento de Alfredo Testa, lo suponen en su desesperación derrotada. Nadie sabe, sin embargo, por su misterio semántico, si en realidad forman parte de las creaciones del círculo de Nobinson o si son, simplemente, obras experimentales de desasosiego contemporáneo.

De cualquier manera, la producción literaria, científica, artística que sucedió a partir de la nueva cosmogonía no ha dejado de crecer. Al punto en que hay una nueva realidad creada que tiene textura. Al punto también en que muchos críticos y teóricos, desesperados por la futilidad de sus lecturas, se han entregado de lleno a estas creaciones. Todavía es incalculable el número de adeptos que ha ganado esta corriente de producción. Lo que sí sabemos es que nació una pendiente autofágica de la crítica y de la teoría literaria. A partir de eso, la historia de la literatura dejó de ser simplemente una construcción académica de acumulación indefinida de conocimientos autotélicos, para entregarse de lleno a la cimentación del universo descubierto por Alfredo Testa. La historia de la humanidad se divide en un antes y un después de la narración prospectiva de Lem, desde que Nobinson y sus secuaces decidieron hacer de la ficción una rama científica de producción de verdad.

Por eso, los más interesantes libros que expanden el universo de la Nueva Cosmogonía son los que no se han hecho. Cientos de miles de textos sobre un universo nuevo, creado en el prólogo de Lem que algún día desbordarán, desde mazmorras insospechadas, el conocimiento científico de nuestro mundo. Lo que siempre quiso Nobinson, la invitación que creyó leer religiosamente en Vacío Perfecto de Stanislaw Lem, es la creación de una certeza inapelable ahí en donde no había nada. La realidad alterna, poco a poco, valiéndose de los esquemas tradicionales de la autoridad académica, seguirá corroyendo las certezas de nuestra realidad.

Tal vez algún día los seguidores de Nobinson lo consigan y, en un futuro más o menos cercano, ya nadie sabrá cuál de las dos bifurcaciones de la ciencia es la correcta: si lo que conocemos hasta ahora o la Nueva Cosmogonía de Testa.

La teoría literaria, entonces y sólo entonces, habrá vencido a la realidad asumiéndose ella misma como una pura práctica de ficción.

VI

Hay que considerar que ni Silvio Nobinson, ni su círculo, existen en realidad.

Estos nombres sólo son invenciones mías que vinieron a habitar hoy este ejercicio de palabras para conversar las posibilidades de la crítica por hacerse, de la teoría por explorarse y de la literatura por escribirse. Todo, claro, guiados por el deseo irrealizable de un vacío perfecto.

Si podemos inventar las potenciales lecturas que nos intrigan para el futuro, si podemos experimentar algún interés por lúdicas aplicaciones del legado de Lem. Podemos, también, de paso, desautomatizar nuestra experiencia cotidiana de la cada vez más insulsa reflexión literaria.

Igual, qué sé yo, todo esto es sólo un juego.

Ahora puedes leer…
Portada del libro "Matadero Cinco", de Kurt Vonnegut, 1969. Blackie Books.
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Secretaría de Cultura