Tierra Adentro

Ilustración realizada por Julissa Montiel

Los Juegos Olímpicos de Tokio están ocurriendo. Los primeros sin público. Los segundos en la capital japonesa desde 1964. El deporte es un cóctel de emociones: ¿cómo no conmoverse ante la velocidad, la fuerza y las capacidades sobrehumanas de un corredor, una gimnasta o un lanzador de disco? ¿Cómo no sentirse parte de la adrenalina común? Miramos todo desde la pantalla. Nos extasiamos. La competencia nos lleva al disfrute y el ritual deportivo se presenta como zona de seguridad, porque hay reglas, pasos a seguir, espacios homogeneizados para cada práctica, un terreno dispuesto, la cancha de futbol para el futbol y la cancha de tenis para el tenis. Mirar deporte es aceptar reglas de civilidad. Y sin embargo, ¿qué ocurre cuando Zinedine Zidane le da un cabezazo a Marco Materazzi en plena cancha? ¿Qué cuando el cubano Ángel Matos golpea a un referee del tae kwon do en Beijing 2008? ¿O cuando el exmarido de la patinadora Tonya Harding ataca con un tubo de metal a Nancy Kerrigan, la contrincante directa de Harding, con toda la intención de fracturarle las piernas? En los asuntos deportivos hay una frontera muy delgada entre la civilidad y la violencia; hay contrincantes, asaltos, estrategias. Los Juegos Olímpicos pueden verse como una versión ligera de la guerra mundial.

Antiguamente, en Grecia, la celebración de las Olimpiadas implicaba un periodo de tregua bélica. La fuerza física se aprovechaba en el salto de longitud y las competencias de carros, bien descritas por Píndaro en sus odas. En la versión moderna es la guerra la que interrumpe los Juegos. Así ocurrió en 1916, 1940 y 1944. Es preciso, sin embargo, recordar otros momentos que conectan la violencia y la olimpiada. Munich, 1972: once atletas, entrenadores y jueces fueron abatidos por un grupo terrorista. México, 1968: apenas diez días antes de la ceremonia de inauguración, el ejército abrió fuego contra estudiantes. Atlanta, 1996: un ataque con bomba en el Parque Olímpico hirió a ciento once personas, mató a una espectadora y le provocó un infarto a Melih Uzunyol, un camarógrafo turco que había cubierto las guerras en Azerbayán, Bosnia y el Golfo Pérsico. Vaya ironía. En todos los casos, la dinámica de la violencia más palpable puede compararse a la del ritual deportivo: del tiro con arco al balazo, ¿qué distancia hay? Se ataca al contrincante. Alguien gana y alguien pierde. Y el deseo de abatir, de erradicar, va de la mano con el nacionalismo y sus radicalizaciones. ¿O no los atletas que marchan en el desfile de inauguración, tan a la par, cada uno con su bandera, al avance, se parecen a una unidad militar?

En El perdedor radical, Enzensberger identifica el odio y la profundidad que llevan a un terrorista a cometer actos atroces. El ánimo destructivo del hombre terrorista se parece al del atleta vanidoso, competitivo y dispuesto a ganar. En el que pierde radicalmente, escribe Enzensberger, “se forma una amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza, y de su falta de poder le redime un sentimiento de omnipotencia calamitoso”. En el contexto globalizado de los Juegos Olímpicos -y en la era del capital, la alta definición, el evento patrocinado- esta desigualdad es evidente en términos numéricos: no sorprende cuando el estadounidense Michael Phelps gana seis medallas de oro en Atenas, ocho en Beijing, cuatro en Londres y cinco en Río de Janeiro, pero sí cuando la norcoreana Hong Un Jong, contra todo pronóstico, gana el primer lugar en la prueba de salto de caballo gimnástico. Y otra imagen: esa misma gimnasta, Hong Un Jong, se toma una selfie con Lee Eun-ju, también gimnasta, pero de Corea del Sur. Nada inusual, excepto que las dos Coreas están peleadas y su frontera tiene gran presencia militar.

Este tipo de encuentros y desencuentros atléticos se repiten a lo largo de los días que dura la olimpiada y, si se mira de cerca, pueden leerse como un campo de fuerzas de poder económico, político, de revancha histórica. Son de nuevo los atletas de los países más desaventajados los que, como perdedores radicales, se abren paso en una trinchera de tenis, raquetas, cronómetros y discos de acero.

Sorprende mucho más, entonces, cuando donde debería haber tan solo un encuentro deportivo -o un circo contemporáneo, o entretenimiento- las bombas y las víctimas se hagan presentes. En el ataque de Munich 1972 fue un grupo terrorista palestino el que tomó como rehenes a varios atletas de la delegación israelí. En este conflicto bélico, que continúa hasta hoy, un nacionalismo toma territorio y oprime a otro; el oprimido, desde su limitada posición, contraataca. El origen religioso de los atentados alcanza las canchas y las plataformas de clavados, impregna la Villa Olímpica y los comedores. En el Centennial Olympic Park de Atlanta 1996 el extremista fue un cristiano: Eric Rudolph, opuesto al aborto, la homosexualidad y el multiculturalismo -una marca de los Juegos Olímpicos modernos-. Rudolph declara que, al planear el ataque, uno de sus principales objetivos fue forzar al gobierno estadounidense a cancelar los juegos y crear un clima de inseguridad alrededor de los complejos deportivos para, en suma, vaciar la grada de espectadores, negar el espíritu común del deporte y quizá, de manera indirecta, devolver a los Juegos el espíritu bélico y la violencia primaria de los que gozaron en sus ediciones antiguas.

Quizá se haya escuchado alguna vez que el deporte es una religión. Y que su radicalidad sobrepasa las líneas marcadas de la cancha. Dos obras de teatro contemporáneas hacen un escrutinio de los vínculos entre el nacionalismo exacerbado, el culto al cuerpo y las dinámicas violentas de lo atlético. En Sports Play, Elfriede Jelinek da voz a los deportistas, pero también a quienes, al margen del espectáculo, son perdedores. En el escenario el cuerpo atlético se equipara al cuerpo que va a morir: “Entonces este cuerpo se ha formado, ahora solo resta someterlo al sauna, desollarlo. ¿Cómo se le deja claro a un hombre joven que tiene que ir a la guerra si nunca ha practicado algún deporte?”. Los espectadores de Sports Play, gracias a la disposición de los asientos, se miran unos a otros, están frente a frente como los hinchas de un partido de futbol. El deporte, naturalmente, ocurre justo en medio. La fatalidad atraviesa a los personajes, el exceso de práctica los lleva al desgaste: “Incluso desaparecer es un deporte de alto rendimiento, quizá el mayor de todos, porque el rendimiento en esta disciplina no puede medirse”.

En Olimpia 68 de Flavio González Mello, representada cuarenta años después de los Juegos Olímpicos de México 1968, es la desaparición de los cuerpos lo que predomina. Los personajes, una serie de atletas de múltiples nacionalidades, pasan del asombro al horror cuando pasean por las calles de la Ciudad de México y son confundidos con estudiantes universitarios / terroristas / criminales. La obra aprovecha la espectacularidad del deporte y su puesta en escena es dinámica: los actores hacen planchas, corren, saltan la cuerda, pero más tarde el equipamiento olímpico se vuelve instrumento de tortura. Una cuerda de salto sirve, qué importa la obviedad, para saltarla, pero también para ahorcar a alguien o para amarrarle los pies.

Las obras de Jelinek y González Mello proponen una lectura política alrededor del deporte y sus límites. En el caso de la última, la dramaturgia funciona como un instrumento de memoria y plantea una pregunta: ¿qué recordar, la civilidad y la magnificencia de las Olimpiadas o los cuerpos abatidos por la fuerza bruta? ¿Recordar la gloria o la mano del francotirador, el exterminio?

Hacer un paralelismo entre la guerra y los Juegos Olímpicos conlleva imaginar la ruina. ¿Qué queda cuando las pruebas han terminado, los ganadores se colgaron medallas y los perdedores volvieron a casa? Basta ver lo que ha sido de los complejos deportivos que alguna vez se presumieron modernos. El Parque Olímpico de Los Ángeles 1984 es hoy tierra de nadie; las pistas de esquí de los juegos de invierno en Grenoble, Cortina d’Ampezzo y Sarajevo nunca volverán a ver la nieve; en la alberca de Atenas 2004 crecen los líquenes y, en Río de Janeiro, la villa olímpica está abandonada, igual que varios gimnasios. Como en las ciudades arrasadas por la guerra, el espacio del deporte también muestra un semblante ruinoso. El óxido y la humedad corroen. El sentimiento de fracaso y victoria quedó atrás. Permanece, eso sí, un hálito de violencia, el recuerdo de lo que fue cronometrado, civilizado, pero que, con un poco más de energía destructiva -a decir de Enzensberger- habría podido ser catástrofe, la batalla última del que va perdiendo y cree suya la mayor de las victorias.


Autores
Cristian Lagunas (Metepec, 1994) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha recibido las becas del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México (2014) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020), en el área de narrativa. Cursó el Programa de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2020.
Secretaría de Cultura