Tierra Adentro

Titulo: Toda la soledad del centro de la Tierra

Autor: Luis Jorge Boone

Editorial: Alfaguara

Lugar y Año: México, 2018

Luis Jorge Boone, escritor coahuilense reconocido por multitud de premios a lo largo y ancho del país, posee un registro sorprendente, de la poesía a la novela pasando por el cuento, y con Toda la soledad del centro de la tierra nos recuerda por qué la poesía no está necesariamente alejada de la narrativa.


La prosa de Boone es ya conocida en novelas interesantísimas, góticas y oscuras, a pesar de que el desierto relumbre como el fuego doloroso del aislamiento, la soledad, la tristeza o la muerte. El lirismo de la mejor poesía convive al lado de la oralidad, de las frases norteñas, de la contundencia de los diálogos, o junto a una descripción que deslumbra. En Las Afueras, Boone ya exhibía la aridez para contar una historia que, de manera secreta, casi como un juego con el lector, en realidad era la del mismo desierto.

Narradores del desierto hay, y muy buenos, en el país. Tan sólo hay que pensar en Jesús Gardea, Daniel Sada o en David Toscana. Por suerte el desierto no ha hecho sino configurarse como un tropo que la literatura del norte aprovecha, exprime, exhibe y modifica. Corre el rumor de que la narrativa más señera del país reside en el norte. Y es fácil barajear los nombres, desde Cristina Rivera Garza a Carlos Velázquez, hasta Julio Torri y Martín Solares. No todas las obras de estos escritores tratan del norte, ni tampoco toda la obra de Boone lo hace, pero lo que permanece es un territorio imaginario, un mapa sentimental y filosófico que se mantiene vigente. En la prosa de Boone vive y ruge una añoranza hacia el pasado, hacia lo perdido, hacia esa semilla que Carpentier retrató en su prosa galopante: el único lugar en el que podríamos arribar sin sentir la pérdida de la vida, del tiempo, es la infancia.

El personaje principal de Toda la soledad es un niño, El Chaparro. Celebro que Boone no haya elegido un nombre para él, o que éste no importe. El Chaparro es ese mocoso que brinca y se esconde y juega al lado de sus hermanos, pero también es ese bato (permítaseme la apropiación de este término norteño, y sí, se escribe con “B”) que sufre una pérdida, que está solo en el laberinto de su pequeña existencia breve y, al mismo tiempo, tremebunda. Es esa potencia, esa profundidad, la que se exhibe con otro punto geográfico que es más bien psíquico: el pozo sin fondo. El pozo, dice el narrador de la novela, podría estar en cualquier parte, en Los Arroyos, en las ciudades cercanas, en la frontera, o más al norte. Arnulfo, el primo que lleva el mismo nombre que el abuelo, el nieto mayor, el más alzadito, el que cree que todos son idiotas menos él, asegura haberse asomado por aquel lugar, llenando a El Chaparro de sueños inquietantes.

La novela va transcurriendo entre una prosa que se asemeja a la crónica, a la denuncia, y entre la poesía más acuciante y triste muestra una historia que se derrapa, se entremezcla, va de aquí para allá como los recuerdos de un “chamaco” que aún no ha salido del cascarón pero ya tiene que enfrentarse al sol desgraciado, a los “felones”, a las balas, a la vida que no perdona, y también al olvido.

La estructura de Toda la soledad llama la atención pues enmarca y profundiza una historia que en apariencia es breve y que puede devorarse en unas cuantas horas debido a su extensión. Pero la sorpresa es mayúscula porque mientras la tensión sube, el dolor y la melancolía también lo hacen. El personaje del niño se va enterrando en el ojo del lector gracias a las agudas frases que exhiben una oralidad que cualquiera reconoce, incluso si no se es mexicano, si no se vivió en el norte de niño, si no se ha sufrido de la misma forma, si lo ha tenido todo. El lenguaje se mezcla con la fuerza de la literatura a secas y con la lúdica irreverencia de la calle, de las frases “comunes”, de las amenazas, de las groserías que ha inventado la sociedad mexicana desde siempre. Y la combinación asombra. Y la combinación duele.

Si acaso, podría decirse que Luis Jorge Boone ha querido convertirse en alguien muy jodón con esta novela, en un escritor con trinche, que no deja en paz la barriga ni las costillas en ningún momento. Se pasa la página y ahí está la frase aguda, la penetración de la psique de un personaje, la de un hombre solitario que atiende en la miscelánea de la esquina, la de una señora que sufre una invasión, la de una mujer que apenas tiene voz pero que está ahí, transformada en una madre.

Se ha dicho que Luis Jorge Boone es uno de los escritores mexicanos más interesantes del momento. Yo lo contradigo: él es un escritor puntilloso, muy hábil, de prosa hermosa, de literatura sutil. Boone no va con el momento, con la corriente, con la moda actual; las últimas páginas del libro se hunden en la carne como el aguijón del alacrán.

Su prosa y su poesía obedecen a una tradición, a unas lecturas bien hechas pero, sobre todo, a una voz propia que trasciende la época, que se hace universal – incluso cuando se narra la historia de un pueblito olvidado en el arenal, en el desierto que parece olvidar todo y aun así nunca perdona.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Juan José Ibáñez
Doctor en Ciencias Biológicas e Investigador del Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC). Ha representado durante muchos años a España en el Buro Europeo de Suelos y la Agencia Europea de Medio Ambiente. También colabora asiduamente con la FAO en materia de suelos.
Secretaría de Cultura