Tierra Adentro

Francisco Toledo. Foto de Arturo López. Secretaría de Cultura.

 

Francisco Benjamín López Toledo ofreció su último aliento a la tierra de la que emergió en 1940.  En Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, obtuvo de la capacidad de darle otro cuerpo y otro color a los elementos naturales ya de por sí colmados de juegos cromáticos, tierras de colores y de una absoluta rareza.

Francisco Toledo nació contemporáneo, no podía ser de otra forma, entre todo el cosmopolitismo de la época de los sesenta, entre el sentido abigarrado de las galerías de la Zona Rosa y las fallidas emergencias. Toledo se expuso de cuerpo presente. Desde su primera exposición individual en 1959 en la Galería Antonio Souza registró que no era un enfant terrible, no necesitaba serlo; ya era un artista con capacidades para volar, trepar a los árboles, recorrer la sierra, y ser niño y viejo en un solo gesto, en un solo trazo.

Pensar en su legado nos hace buscar algún punto de contraste para sentirnos todavía cerca de quién se ha ido volando, o al menos a sus bromas que lo hermanaban con la animalia que de forma noble retrató una y otra vez. Parece una broma maliciosa, como si en la sonrisa que todavía dejó ver la semana pasada nos hubiera dicho “adiós, ahí los dejo, mirando la casita, mirando las sombras”.

Toledo fue ganador del premio anual Fedérico Sescosse, el Premio Nacional de Ciencias y Artes del Bellas Artes en 1998, del Premio Clauss en 2000 y el Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad Benito Juárez 2007. De este último, que recibiera junto con Sergio Pitol, Monsivais realizó el discurso de entrega, diciendo que, “como Tamayo, como cualquier gran artista, Toledo es inventor de su tradición”.

Toledo inventó la tradición de nunca estar de acuerdo. Romper con los grupos y figuras que incluso aseguraban una vanguardia, —como la Ruptura— e izquierda —como los diversos partidos de su fiel Oaxaca—, regresar a los orígenes de las técnicas, reinventarse y ocupar un lugar en el diseño textil y de joyería, regresar a Juchitán, salir y perderse entre los edificios, perderse y regresar a sí mismo. Al aparecer su Murciélago, pedido por encargo de la casa presidencial en el sexenio de Salinas de Gortari, instaura la tradición de pedir, de exigir que aparezca lo que nos corresponde.

 

Toledo ya no es el mismo que nació un 17 de julio de 1940, ya no se llama Benjamín, tampoco “maestro”. Toledo es nuestro, Toledo sigue volando artefactos para alejar los males, para aliviar la tristeza como el mono de cara a la academia.

Es septiembre y como ahora dicta su costumbre, las ofrendas por todo Oaxaca y la Ciudad de México se pondrán con veladoras y flores desde este mes, mientras, esperaremos el aleteo del murciélago.

Secretaría de Cultura