Tierra Adentro

Fotografías de Tomás Granados Salinas por Nur Rubio.

El 3 de septiembre el Fondo de Cultura Económica cumple ochenta años de vida. Para festejarlo habrá un lanzamiento de diferentes aplicaciones, sitios y ediciones digitales, además de un seminario sobre el libro electrónico impartido por Michael Bhaskar y Frania Hall. Tomás Granados Salinas (Distrito Federal, 1970), gerente editorial del Fondo, platica sobre las iniciativas digitales de este sello.

 

Una de las instituciones culturales más sólidas en nuestro país es el Fondo de Cultura Económica; queremos hablar acerca de este FCE más dinámico, que no sólo voltea a ver a las tecnologías digitales sino que hace uso de ellas. ¿Cuál es la visión del FCE para adaptarse a un modelo de negocio digital?

Para el festejo del aniversario número ochenta del Fondo vamos a lanzar varios productos digitales. Déjame decir que la palabra digital es una noción complicada; pensemos sólo en aquello ligado a lo electrónico, porque algunos son libros, otros son aplicaciones, otros son sitios web; en síntesis son —voy a utilizar una palabra horrible— productos. El festejo lo abrimos con algunas publicaciones en libros físicos desde el año 2013 y terminaremos con ediciones impresas y electrónicas en 2015. Lo mismo pasa con estos productos electrónicos. Tenemos ePubs, el formato más usual, lo que nos hace decir que hoy lo más convencional es publicar un libro electrónico. El propósito que se fijó el Fondo de Cultura para este año es llegar a mil títulos en nuestro catálogo. Pongámoslo en contexto: el Fondo ha publicado cerca de diez mil obras, de las cuales entre cuatro y cinco mil se siguen vendiendo. Sabemos que el grueso de nuestra actividad está en dos mil quinientos títulos en papel. De éstos, habrá mil en su versión electrónica, casi la mitad de los que constantemente estamos imprimiendo.

 

El modelo editorial cambia con velocidad gracias a la tecnología, ¿qué nuevas ideas formula el FCE para capturar el valor de un libro?

Lo ideal para hacer una selección es que ésta, primero, sea de índole intelectual; segundo, con criterios comerciales; tercero, con criterios de derechos; y por último, con disponibilidad digital. Un libro publicado antes de 1996 no existe en versión digital, no hay un archivo PDF. Aquí hay una dificultad, superable por supuesto, porque el texto se escanea, se procesa y se genera el archivo, pero de entrada nos basamos en esos cuatro criterios mencionados. Después está el asunto de los derechos, un tema delicado. A muchos de los autores y a sus herederos les cuesta trabajo entender qué es un libro electrónico. Hay que convencerlos, seducirlos e involucrarlos en este tipo de nuevas ediciones y no es una tarea sencilla. Con las traducciones puedo dar un ejemplo: las más de las veces los derechos se manejan a través de agencias. Hay que encontrar la ruta para saber quién puede darnos autorización y no es fácil. Otro ejemplo es cuando se fusionan editoriales de un libro contratado hace veinte años que hoy pertenece a otra editorial, y que a su vez otro sello en Inglaterra compró esa traducción y ahora nadie sabe quién es el dueño.

 

Una tarea complicada donde no sólo se involucran personas si no diferentes factores económicos.

Así es, ciertos modelos no estaban claros. Un problema importante que acabas de mencionar es saber cuánto se le paga al autor. En el libro físico se paga una regalía, un porcentaje del precio de venta al público, independientemente del dinero que ingrese a la editorial. En el caso del Fondo no es igual que lo vendamos en nuestras librerías a ofrecerlo en Gandhi. En el libro en papel no importa por qué canal se venda, lo que le llega al autor como regalía es lo mismo. Y en el libro electrónico es un porcentaje de lo que realmente ingresa a la editorial por las ventas de ese producto. Ha habido un cambio importante, pero todavía no existen estándares para saber cuánto pagar de derechos por el libro electrónico. Los agentes y los autores cada día quieren un porcentaje mayor por los ingresos que la editorial recibe. Nosotros no queremos el menor, pero digamos que es una materia en disputa.

 

¿Piensas que actualmente existe una discusión sobre el libro en México?

En tu pregunta caben más. Un problema de la industria editorial mexicana es su escala. Es muy pequeña a pesar de ser un país gigante. Se ha medido geográficamente o poblacionalmente y nuestra industria para ciento diez millones de personas es minúscula. Nuestra red de librerías es pequeñísima, nuestros editores son poco abundantes. ¿A qué se debe esto? Yo creo que a asuntos de educación, de economía, de hábitos de consumo ya no culturales, sino de entretenimiento. En esencia, nuestro país es geográficamente grande pero nuestra industria no tiene el peso para esa magnitud territorial y poblacional, y me temo que se hace cada vez más chica. En lugar de decir “crece el país, crece la población, hay un mayor número de alumnos, qué bueno para los editores”, me temo que está ocurriendo lo contrario. Aquí hay un problema grandísimo que no le corresponde resolver a una editorial del Estado. A pesar de ello, el Fondo afronta una variedad de problemas con actividades de fomento a la lectura; hacemos muchísimas actividades con niños en las librerías, donde hay cuenta cuentos, por ejemplo. ¿Cuál es la lógica de eso? El cuenta cuentos genera un interés en el niño, después el niño leerá la historia que ya le contaron o leerá otra relacionada y se introducirá al mundo de los libros. Otra actividad es el concurso Leamos la Ciencia para Todos, para que jóvenes de doce a veinticinco años lean libros de divulgación científica. ¿Cuál es la intención? La escuela pone énfasis en la lectura literaria, así que ofrecemos una actividad de lectura no literaria. Es importantísimo que también haya esfuerzos donde la lectura sirva para aprender, para conocer y digerir conocimientos, salirnos de esa idea de la literatura que dice “¡cuánto placer me da!”, sino pensar que leer también me da información y oportunidad de asimilarla.

Otra faceta son las ferias del libro, un asunto paradójico. Qué bueno que haya muchas ferias donde no hay librerías, pero es un asunto “remedial”; es decir, las ferias que resultan eficaces se hacen donde no existen librerías, y eso es lo grave.

 

A bote pronto recordé el ensayo “¿Cuál es el negocio de la literatura?”, de Richard Nash. Imaginé a las ferias como esos espacios similares a las librerías o bibliotecas donde el libro, al parecer, muere por su quietud.

Acabas de dar con otro tema. Que las bibliotecas puedan asociarse a un féretro, un lugar donde se muere el libro, me parece gravísimo, y eso es un asunto de percepción social. Hay países, digamos los escandinavos o los Estados Unidos, donde la biblioteca pública, la biblioteca de barrio, cumple un papel que en México no existe. Ahí los libros están lejos de estar muertos, circulan, la gente se suscribe a las bibliotecas y sabe que va a encontrar las novedades, hay colas para leer los libros recién llegados. Aquí hay otro problema que, me parece, el Estado debe solucionar.

 

Regresando al tema electrónico, ¿cuál es la postura del Fondo y de sus editores en cuanto a la piratería de libros, tanto física como electrónica?

Somos muy anticuados y convencionales. Creemos en el derecho de autor. Parece un anacronismo. Hoy hay miles de opciones para el consumo de contenido cultural que no pasan por el derecho de autor. El copyleft, el open access, creative commons, todas estas modalidades son claramente opuestas al derecho de autor y otras no son más que variantes de ese derecho. Nosotros estamos convencidos y respetamos y hacemos respetar el derecho de autor.

 

La vieja escuela de la edición…

Somos la vieja escuela… y al mismo tiempo estamos en una situación extraña respecto del derecho de autor. La mayor parte de nuestros autores no viven de lo que sus libros les dan, porque son académicos, tienen algún otro ingreso que les permite ganarse la vida sin regalías. Así que esa defensa no es económica, no se trata de ningún autor de best-seller que se opone a la piratería porque va en detrimento de su ingreso. Es un asunto de respeto a la producción intelectual de la obra.

 

Las incitativas digitales del FCE, ¿han cambiado su relación con los lectores?

Sí, básicamente en saber qué tipo de consumidor tenemos. Lo que permite el libro electrónico es la dispersión geográfica. Hoy no vendemos ejemplares de libros impresos en Japón, pero gracias al libro electrónico hay tres consumidores del Popol Vuh y lo compraron con velocidad. En este momento es lo más relevante.

 

Tomando en cuenta lo anterior, ¿qué tan difícil es comprar en línea en el FCE?

Tenemos dos roles: editores y libreros. Como libreros, en la propia página del Fondo los libros están a la venta, y es ligeramente complicado venderlos porque se involucra a un proveedor externo. Nosotros somos la cara, la imagen a través de la cual se venden los libros, y el proceso es éste: nosotros recibimos la información, se descarga, y después el lector tiene que decidir en qué plataforma lo va a ver. En la pantalla, en un programa o va a descargarlo en un dispositivo móvil. Todo eso lo hace el lector, que requiere una mínima pericia técnica. No es como Amazon que es la máquina perfecta para comprar. En máximo tres pasos tienes ya un libro nuevo en tu librería. Nosotros como editorial estamos en Amazon porque sabemos que hay consumidores que prefieren comprar sus libros ahí. Y se entiende, son negocios concebidos para simplificar el proceso de venta.

 

Háblanos de las iniciativas digitales del Fondo.

Para este 3 de septiembre vamos a publicar una aplicación llamada Archivo abierto. Ochenta años del Fondo de Cultura Económica. El guión lo hizo Yael A. Weiss, y a iniciativa suya se pensó en hacer un libro para conmemorar los ochenta años del sello. En las conversaciones lo que se pensó fue en decir que el Fondo, en estos ochenta años, tiene un pasado heroico, pero no hay que detenerse en él, sino mirar hacia delante. Publicar un libro es el modo convencional de festejarnos; sin embargo, con el lenguaje de hoy, ¿por qué no hacer ese libro que se tiene en mente como una aplicación? Así surgió la idea, y básicamente es una exploración del archivo del Fondo: cartas, fotografías, dictámenes, audios, documentos que no suelen ser públicos, y que permiten contar la historia de la editorial de manera fragmentaria; no es un relato, es una navegación. Quisimos poner énfasis en eso. Imaginemos una carta en la que Cosío Villegas le escribe a Arnaldo Orfila y en ella hablan sobre el envío de libros de cierta colección, ahí tocas la pantalla y se abre una descripción sobre esa colección con sus autores principales. No hay un solo modo de navegar y todo es a partir de estos documentos de los fundadores del Fondo de Cultura Económica. Esta aplicación va a mostrar las colecciones, los editores de algunos libros importantes; se podrán ver las filiales del Fondo, no sólo cuál fue la relación de la editorial con Argentina, Chile y España, sino las relaciones políticas con sus personajes.

Otra iniciativa estará lista para 2015: en 1886 Joaquín García Icazbalceta publicó el Índice alfabético de la bibliografía mexicana del siglo XVI, el repertorio de los libros impresos en México en ese siglo, nuestro periodo incunable. En 1954, cuando el Fondo cumplió veinte años, le encargó a Agustín Millares Carlo, un bibliófilo y exiliado español, una nueva edición a partir del material original con todo lo que él, desde 1886 y hasta 1954, sabía de estos libros. Así tenemos dos etapas, el primer núcleo que irradia García Icazbalceta y un segundo anillo con el trabajo de Millares Carlo; ahora nosotros, sesenta años después, en lugar de hacer un tercer anillo en impreso, lo que haremos es una Wikibibliografía del siglo XVI, que va a tener indexado lo que escribió García Icazbalceta, lo que investigó Millares Carlo y se va a abrir a la oportunidad, con un moderador de por medio, de que cualquier bibliófilo, bibliotecario o coleccionista pueda agregar más a lo que se sabe hoy de los primeros libros impresos en la Nueva España.

Para el 5 de septiembre vamos a hacer un seminario sobre el libro electrónico. Identificamos dos títulos valiosos sobre este tema. El primero de ellos se llama The Content Machine (La máquina del contenido) de Michael Bhaskar, escritor y editor inglés, que ofrece una nueva comprensión del contenido, la publicación y la tecnología, y responde a aquellos que sostienen que la publicación no tiene futuro en la era digital. El segundo libro es de la artista londinense Frania Hall, The Business of Digital Publishing (El negocio de la publicación digital), que discute que en el mundo hay muchos modelos en disputa, no hay un negocio establecido. Hall analiza cuatro subsectores: qué se está haciendo alrededor del libro de texto, del libro de interés en general, qué se hace con los libros de referencia, y habla de modelos que han demostrado ser exitosos o viables. A raíz de la publicación de estos libros, Hall y Bhaskar visitan nuestro país para impartir conferencias para los editores mexicanos interesados en el libro electrónico.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Distrito Federal, 1982) es autor del libro Pantone 8602 (Bonobos, 2011).
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